Entrevista al director de ‘Goya Producciones’, referente mundial en la producción y distribución de contenidos audiovisuales con valores
En abril, Goya Producciones, pionera del cine católico en España, celebra su 25 aniversario. Detrás de las cámaras está siempre su fundador y director, el periodista Andrés Garrigó. Un hombre audaz, como él mismo se define, que en sus 84 años de vida nunca se ha apabullado ante las contradicciones (en su caso bastante curiosas). Al contrario, está siempre listo para emprender nuevos proyectos de evangelización: “Nuestro trabajo no consiste sólo en dar información, sino también en ofrecer una visión de los tesoros desconocidos de la Iglesia”.
¿Cómo es que usted, que estuvo tantos años haciendo prensa escrita, llega al negocio del cine?
Se pueden trazar los rasgos de mi vida viendo la acción de la Providencia. Yo nunca pensé en dedicarme al cine. Nunca. En prensa escrita nos burlábamos de la “jauría audiovisual”, los que iban con una cámara de televisión. Llegué al cine por una serie de malentendidos, equivocaciones, o cosas imprevistas… Luego te das cuenta de que lo que hiciste en aquel momento, que te parecía absurdo o imposible, te preparaba para la siguiente etapa.
¿Por ejemplo?
Pasé 30 años en Bruselas trabajando como corresponsal de La Vanguardia y ABC; allí también colaboré con los iniciadores del movimiento provida; y creé una revista especializada en temas de familia y vida que se llamaba Europe Today… Pero en Bélgica las cosas iban cada vez peor, porque como dice el refrán “la corrupción de los mejores es la peor”. Bélgica fue declinando: dejó de ser un país modelo, de católicos, que en los años 50 eran el 80 %. Cuando yo llegué ya sólo había católicos de nombre. A finales de los 90 se me ocurrió hacer una revista como esta [Misión], pero no conseguía financiación, entonces pensé que era el momento de volver a España.
¿A qué se dedicó al regresar?
Uno de mis compañeros de universidad, Juan Pablo Villanueva, que ya murió, me dijo: “¡Llegas a tiempo! He comprado un diario económico y necesito un subdirector”. A mí lo de la bolsa no me interesaba, pero era algo para empezar. Entre tanto, le dije a otro compañero de la universidad, Ramón Pi, director del diario católico Ya: “¿No tendrás alguna buena obra a la que yo pueda ayudar en mi tiempo libre?”. Y me dice lo mismo: “¡Llegas a tiempo, pues estoy en un grupo que quiere traer a España la cadena de televisión de la Madre Angélica!”. Nos fuimos a ver al jefe, a José Seller, que era el representante de EWTN en España, y una vez más me dice: “¡Llegas a tiempo! Puedes ser mi sucesor”. Y le digo: ¿Qué hay que hacer?”. “Muy sencillo: te vas a Alabama, hablas con la monja, y ya está”. Así que tomo el avión, llego allí y me quedo impresionado. Aquello no era simplemente un convento. Tenían unas antenas parabólicas enormes, ordenadores, y 200 personas trabajando. Y ahí estaba la Madre Angélica, en plena forma, haciendo reír a la gente… Me habló de Madrid, de sus viajes; me presentó al equipo, y me explicó la cantidad de conversiones que había…
En pocas palabras, allí vio su gran sueño de evangelizar a través de las comunicaciones hecho ya realidad…
Así es. Regresé a España encantado. Aquello era una cosa que profesionalmente funcionaba, pero dedicada a la evangelización. Además, no permitían publicidad. Todos los recursos les venían de la Providencia. Me volví con la idea de que ya estaba todo arreglado. Le dije adiós al director de La Gaceta de los Negocios, busqué un lugar donde establecer la oficina de EWTN España, y un amigo me prestó una en la calle Goya (de ahí el nombre de Goya Producciones). Al cabo de una semana, cuando ya había quemado las naves como Hernán Cortés, recibí un fax diciendo que debía haber un malentendido porque el representante seguía siendo Seller; que, si se me ocurría hacer algún programa que les pudiera interesar, se los mandara para ellos verlo. Ahí me di cuenta de que lo que no está escrito no existe.
¡Menuda contradicción! ¿Qué hizo entonces?
Me di cuenta de que en medio de ese sinsentido también actuaba la Providencia. Al comienzo me quedé en una silla sin saber qué hacer, pero luego, como soy periodista, me puse a investigar qué podía hacer para la televisión. Y justo en ese momento un amigo me dice: “Hay un equipo de científicos que está estudiando el sudario de Oviedo, y parece que han descubierto coincidencias con la sábana de Turín en la sangre, las manchas, y las perforaciones de la corona de espinas”. Eso no se había publicado, así que me fui a entrevistarlos, los grabé, hice un montaje y se lo llevé a Antena 3, porque se acercaba la Semana Santa. Lo vieron y les gustó. Cuando se empezó a emitir tuvo un share altísimo. Entonces pensé: esto también viene del Cielo. Ver el éxito de ese documental me animó a seguir. Empezamos a hacer todo tipo de pequeñas cosas para unos y otros. Salían cosas increíbles, que no esperábamos.
Sin proponérselo, se convirtió en pionero del cine católico en España…
Ahora hay siete u ocho productores católicos en España, antes había cero. Empecé con gente que tenía ganas de trabajar en algo que no se conocía, algunos sin fe. Una vez que tomamos camino vi que todos mis colaboradores tenían que compartir el beneficio de una “patria espiritual”. Es decir, la suficiente fe, esperanza y ganas de asumir que aquí no nos guía el dinero, sino la salvación de las almas. Porque nuestro trabajo no consiste sólo en dar información, sino también en ofrecer una visión de los tesoros desconocidos de la Iglesia.
Y ahora celebran el 25 aniversario. ¿Cómo se constituye propiamente la productora?
El 14 de abril del año 2000 firmamos la escritura ante notario para la creación de la sociedad anónima Goya Producciones y, al mismo tiempo, creamos la Fundación Telefamilia. Dos entidades hermanas. Con la Fundación hemos desarrollado proyectos como Famiplay, y ahora tenemos una línea de material para catequesis y de libros para niños. Además, tenemos otro proyecto que consiste en la traducción de la obra de la mística francesa Gabrielle Bossis.
¿La autora de “Él y yo”?
Sí, ¡esa es otra historia de la Providencia! Déjeme y se la cuento. Cuando yo tenía 17 años, por casualidad me enteré de una beca para hacer el último año de bachillerato en EE. UU. Yo no sabía inglés, pero con un poco de audacia, que es lo que me ha caracterizado, y un poco de osadía, me presenté al examen. La señora con la que hice el examen me dice: “¿Usted es hijo de un periodista?”. Le contesté: “Yes, madam!” (Sí, señora). Eso le gustó porque me mandaron a Anoka, un pueblo de Minnesota, aguantando las protestas de mi madre preocupada de que yo cayera en una familia protestante… ¡Y caí en una casa protestante! Pero lo pasé muy bien. Allí la mentalidad se me abrió, y eso me ha servido en toda mi carrera, especialmente en esta etapa de Goya Producciones.
Pero ¿qué tiene que ver esto con la mística francesa?
¡Es verdad! Hace 15 años vino a verme una de las hijas de aquella familia. Ellos eran metodistas, y Charlotte, que entonces tenía 14 años, me trajo un libro de regalo. Después de aquella cena el regalo seguía ahí envuelto porque yo pensaba que sería propaganda protestante… Hasta que tuve que abrirlo para, por lo menos, escribir una nota para darle las gracias. Comencé a leer He and I [Él y yo (Editorial Balmes, 1985)] y me quedé capturado. Descubrí que el original estaba en francés, y escribí para pedirlo: “Ese libro contiene sólo extractos del original, que son siete volúmenes. Tiene que pedirlo en París”, me dijeron. Comencé a usarlo a veces para hacer la oración. Hasta que entendí que tenía que hacer algo para que la obra íntegra se tradujera al castellano. Y es lo que estamos haciendo… Con la buena noticia de que la Asociación de Amigos de Gabrielle Bossis, en Nantes, me ha informado recientemente de que por fin se abrirá el proceso diocesano para su beatificación.
Ha dicho que su padre era periodista. “De tal palo, tal astilla”. ¿Qué le enseñó él del ejercicio periodístico?
Mi padre era el redactor jefe de La Vanguardia, el hombre que ponía a todos firmes. Cuando murió, lo sustituyeron con cuatro redactores jefes: nacional, internacional, deporte y local. Y, como no se ponían de acuerdo, nombraron uno más. Mi padre se había hecho a sí mismo de la nada. De joven había entrado en política y de ahí pasó al periodismo. Luego vino la Guerra Civil y entró en la lista para ser asesinado por ser corresponsal de ABC, un diario monárquico y católico. Los grupos de izquierdas vinieron a nuestra casa buscándolo. Por suerte, le habían dado un chivatazo. Le pusieron la pistola a mi madre: “Díganos dónde está su marido o disparamos”. Mi madre dijo: “Mi marido no está aquí”. No la mataron, por suerte, porque yo nací después de la Guerra.
¿Su padre lo apoyó cuando le dijo que quería hacer periodismo?
No. Me dijo: “Los periodistas se mueren de hambre”. Y yo le dije: “Tú no te has muerto de hambre”. Mi madre tampoco quería que hiciera periodismo porque decía que los periodistas se van con las artistas por ahí… Entonces, me encontré, también por “casualidad”, la escuela de Periodismo de Pamplona y pensé: “Ahí no hay artistas, y hay todavía conventos y curas”. Me fui a la primera escuela que estaba dentro de una universidad, la Universidad de Navarra, fundada por san Josemaría Escrivá, donde tuve la ocasión de verlo algunas veces.
Cuando lo veía, ¿se podía afirmar que estaba en presencia de un santo?
Era clarísimo. Era una persona al mismo tiempo enérgica y dulce, con gran sentido de humor y, sobre todo, un hombre que vivía las virtudes que predicaba: humildad, caridad, detalles finísimos… como todos los santos. Desde entonces, cuando veo a alguien que se parece a un santo, pienso que se parece a él. Por ejemplo, cuando conocí a san Juan Pablo II, era evidente que estabas frente a un santo.
Gracias a la ‘Gaceta Universitaria’ estuvo también en París durante la Revolución de Mayo del 68. ¿Verdad?
Viví la Revolución en el epicentro. Me hicieron un salvoconducto para entrar en la Sorbona ocupada. Cuando ya la huelga general estaba paralizando todo, agarré el último avión a Bruselas, y en Lovaina encontré un profesor que me explicó las causas intelectuales, filosóficas y políticas de la Revolución. Escribí un librito que se llama La rebeldía universitaria (Guadarrama, 1970). A partir de entonces, lo que hemos hecho es ahondar en ese movimiento. Hoy el diablo está muy metido e intenta arrebatar al Redentor el fruto de la redención, y vengarse en el hombre, ya que a Dios no lo pueden tocar. Quiere destruir al hombre física o moralmente.
¿En qué etapa de ese plan diabólico nos encontramos?
Va de mal en peor porque el número de los que rezan disminuye. Aparecía hace pocos en una revista que en España se han cerrado 25 conventos en un año. Eso va acompañado de que menguan los bautismos, de la curva descendente de la natalidad, de los divorcios. Estas tendencias no se solucionan con paños calientes. Los católicos no podemos asimilarnos al mundo, tenemos que dar testimonio con audacia, como los primeros cristianos, y estar dispuesto a dar la vida.
¿Qué proyecto tiene entre manos?
Un proyecto muy interesante sobre la conversión de los judíos, el pueblo elegido. Está en la Escritura que es uno de los requisitos para la segunda venida de Cristo. Dios quiere que su pueblo vuelva a Él. Hoy hay conversiones, pero aún no las suficientes. Otro requisito para el fin de los tiempos es la gran apostasía. Alguien escribió que así como en el Viacrucis Jesús cae tres veces, hay tres caídas en la historia de la humanidad. La primera fue la de Adán y Eva; la segunda, la del pueblo judío que rechazó al Mesías; y la tercera es la que estamos viviendo: la del pueblo católico que rechaza a su redentor. Esta es una síntesis de la historia.
De todos los proyectos que ha hecho, ¿cuál es el que más le ha apasionado?
En cada momento me apasionaba el que tenía en las manos. Pero mirado en retrospectiva, cuando hicimos la del sudario de Oviedo nos dejó muy marcados. En los últimos años, hemos pasado a hacer cosas de más envergadura: películas de ficción como Poveda, Luz de Soledad, Petra de San José; grandes reportajes, tipo Guadalupe, una de las producciones más importantes que hemos hecho. O Fátima, de gran contenido profético, no sólo de las apariciones de 1917, sino que muestra que la Virgen no se quedó en el paro. Siguió trabajando a lo largo del siglo XX.
¿A qué se refiere?
Quisimos mostrar que Ella no sólo hizo grandes milagros, como la caída del comunismo, sino que hay esperanza para el mundo cuando la gente reza y se convierte. Cuando Fátima, el último misterio se estrenó en Colombia, a la gente le preguntaban: “¿Qué le ha parecido la película?”. Un militar contestó: “Esta película hay que verla seis veces para absorber todo su contenido”. Ahí se ve que el rumbo del mundo depende del rezo del Santo Rosario y de la oración. Y de lo que dice el ángel en la tercera parte del misterio, de la penitencia. Se ve al ángel con la espada flamígera apuntando al eje de la tierra, y a la Virgen parando las llamas con su mano para que no prenda fuego. Está demostrando que ese ángel es el mismo que expulsó a Adán del Paraíso. La Virgen detiene su espada hasta que la gente se arrepienta de sus pecados.
Hasta que no pueda pararlo más…
Por eso nosotros en la película mostramos el caso de Nínive, comparado con el de Sodoma y Gomorra, que no han hecho penitencia y desaparecen en las llamas. ¡Hay que hacer penitencia!
Isabel Molina Estrada en revistamision.com
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