La historia de Tomas Moro y su martirio a manos de Enrique VIII es un monumento a lo más sagrado del hombre: su conciencia
En esta escena de Un hombre para la eternidad —la obra de teatro de Robert Bolt que dio lugar a una excelente película—, Thomas More, Canciller de Inglaterra y eminente jurista, se niega a conceder una prebenda a Richard Rich, un joven cercano a la familia.
Éste se marcha desairado, mientras amenaza con aliarse con los enemigos mortales de More. Junto a éste han contemplado la escena su esposa Alice, su hija Margaret y el marido de ésta, William Roper. Todos ellos claman por el arresto inmediato de Rich, sin embargo, sir Thomas lo ve de otra manera.
ROPER – Arrestadlo.
ALICE – ¡Sí!
MORE – ¿Por qué?
ALICE – ¡Porque es peligroso!
ROPER – Por calumnia; es un espía.
ALICE – ¡Lo es! ¡Arréstalo!
MARGARET – Padre, ese hombre es malo.
MORE – Eso no es bastante ante la ley.
ROPER – ¡Sí lo es para la ley de Dios!
MORE – Dios entonces puede detenerlo.
ROPER – ¡Sofisma sobre sofisma!
MORE – Al contrario, la sencillez suma: la ley. Yo entiendo de la ley, no de lo que nos parece bueno o malo. Y me atengo a la ley.
ROPER – ¿Es que ponéis la ley del hombre sobre la ley de Dios?
MORE – No, muy por debajo. Pero deja que te llame la atención sobre un hecho: yo no soy Dios. Tú quizá encuentres fácil navegar entre las olas del bien y del mal; yo no puedo, no soy práctico. Pero en el bosque espeso de la ley, ¡qué bien sé hallar mi camino! Dudo que haya quien me pueda seguir dentro de él, gracias a Dios…
ALICE – Mientras hablas, se escapó.
MORE – El propio diablo puede escaparse mientras no quebrante la ley.
ROPER – ¿De modo que, según vos, el propio diablo debe gozar del amparo del Derecho?
MORE – Sí. ¿Qué harías tú? ¿Abrir atajos en la selva de la ley para prender más pronto al diablo?
ROPER – Yo podaría a Inglaterra de todas sus leyes con tal de echar mano al diablo.
MORE – ¿Ah sí? Y cuando hubieses cortado la última ley, y el diablo se revolviese contra ti, ¿dónde te esconderías de él? Este país ha plantado un bosque espeso de leyes que lo cubre de costa a costa, leyes humanas, no divinas. Pero si las talas —y tú serías capaz—, ¿crees que podrías resistir en pie los vendavales que entonces lo asolarían? Sí, yo otorgaría al diablo el amparo de la ley, por mi propia seguridad.
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