Con relativa facilidad somos capaces de hacer un análisis certero de los fallos y pecadillos de los demás, no nos cuesta verlos. Lo difícil es captar los nuestro
El próximo miércoles comienza la Cuaresma con la ceniza. Ya están apareciendo los pasos por las parroquias y casas de hermandad, ya se empiezan a mover las cuadrillas de costaleros, se preparan los cultos, la calle va oliendo a incienso. A la vez, el concurso de agrupaciones de Carnaval con sus chirigotas, comparsas y coros tiene sus ganadores. Como florecen los almendros, el ambiente semana santero va reviviendo. ¿Qué lección podemos aprender este año?
También los damnificados de la Dana valenciana encuentran un poco de consuelo con su ambiente fallero: la pólvora y los ninots les alegran la vida y ayudan a ir pasando página. Tanto carnaval como fallas, fiestas populares que coinciden en el tiempo, son un retrato o termómetro de la vidilla ciudadana. Con gracejo, humor y un pelín de pimienta hacen una crítica desenfadada de la sociedad y, la verdad, es que aciertan.
Con relativa facilidad somos capaces de hacer un análisis certero de los fallos y pecadillos de los demás, no nos cuesta verlos. Lo difícil es captar los nuestros. En el ámbito político nos escandalizan los deslices y tonterías de los que no son de nuestro color y tragamos carros y carretas de los nuestros. En la familia tenemos lecciones para el cónyuge, hijos, hermanos, suegras y demás parentela -consejos vendo que para mí no tengo- y nosotros nos consideramos casi perfectos.
Nos dice el Evangelio: “¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: "Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, ¿sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano”.
Comienza la Cuaresma el próximo miércoles con la imposición de la ceniza. El sacerdote nos invitará a la conversión: “Conviértete y cree en el Evangelio”. Esas cenizas, que provienen de los ramos de olivo del Domingo de Ramos, bien podrían ser las pavesas de nuestras miserias.
Queremos un mundo mejor, una España próspera y serena, una familia unida, … Una buena receta sería encargar una chirigota en nuestro honor, un ninot que nos retrate. Nosotros no somos cómo nos vemos, sino cómo nos ven los demás. Las caricaturas duelen por su realismo. Aceptemos las críticas, los consejos que nos dan. Hay que bajar del Olimpo, donde nos entroniza nuestra soberbia, a la arena de los mortales. Tenemos defectos, pecados, y estos son los que debemos arreglar. Si quieres una familia mejor, mejora tú mismo. Si quieres una sociedad más justa, ve tú por delante.
Dice san Agustín: “¿Hay algo que no quieras que sea bueno? ¿Solo la vida será mala en ti? Si te pregunto cómo quieres el vestido, respondes que bueno; cómo quieres la casa de campo, respondes que buena; cómo quieres la mujer, respondes que buena; cómo quieres los hijos, respondes que buenos, cómo quieres la casa, respondes que buena; solo la vida la quieres mala”. Es el momento de la autocrítica, de mirarse al espejo, reírse de uno y, con buen humor, cambiar.
Dice la experiencia que los defectos que más vemos en los demás, los que nos molestan más, son una proyección de los nuestros. Eso que echamos en falta en los otros es, precisamente, aquello que adolecemos. El consejo de Jesús de la viga en nuestro ojo es así. Para convertirnos, que es lo que se pretende, nos puede ayudar, aplicarnos a nosotros mismos los consejos que damos al vecino.
“El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca lo bueno, y el malo de su mal saca lo malo: porque de la abundancia del corazón habla su boca”, sigue diciendo el Evangelio. Saquemos con humildad lo mejor de nosotros y seremos capaces de ver las cualidades buenas de los nuestros.
“Cada uno de nosotros tiene su carácter, sus gustos personales, su genio –su mal genio, a veces– y sus defectos. Cada uno tiene también cosas agradables en su personalidad, y por eso y por muchas más razones, se le puede querer. La convivencia es posible cuando todos tratan de corregir las propias deficiencias y procuran pasar por encima de las faltas de los demás: es decir, cuando hay amor, que anula y supera todo lo que falsamente podría ser motivo de separación o de divergencia. En cambio, si se dramatizan los pequeños contrastes y mutuamente comienzan a echarse en cara los defectos y las equivocaciones, entonces se acaba la paz y se corre el riesgo de matar el cariño”. Este es el camino que nos marca san Josemaría para vivir el consejo del Señor.
Tenemos cuarenta días por delante para mejorar, para hacer este mundo un poco más agradable, justo, solidario y fraterno. Pongamos especial empeño en ver en nosotros esos defectos que tanto nos molestan en los demás. Intentando superarlos, nos daremos cuenta de que no es fácil, así seremos más comprensivos.