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Pobres y libres

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No hay alternativa: o pobres y libres o esclavos de la incoherencia

Cope.es

La viuda que, bajo la mirada silenciosa de Cristo, echó dos monedas insignificantes —todo lo que tenía— como limosna para el templo de Jerusalén, es una imagen de lo que la Iglesia y cada cristiano podemos y debemos hacer hoy.

En ese pasaje del Evangelio se detuvo Benedicto XVI durante su viaje a Brescia. Muy parecido a la muerte de Jesús —que lo dio todo por la salvación del mundo— “en el gesto de Almudi.org - Ramiro Pelliterola viuda se concentra todo el amor de aquella mujer por Dios y por los hermanos: no le falta nada y no se le puede añadir nada”.

Recogió luego algunas frases del “Pensamiento en la muerte”, de Pablo VI. Dirigiéndose a la Iglesia, expresaba un deseo que era a la vez un requiebro y una oración: “Que Dios te bendiga, sé consciente de tu naturaleza y de tu misión, ten conciencia de las verdaderas y profundas necesidades de la humanidad; y camina pobre, es decir, libre, siendo fuerte y amando a Cristo". Y el Papa actual quiso subrayar esas últimas palabras: pobre y libre, señalando que “así debe ser la comunidad eclesial para poder hablar a la humanidad contemporánea”.

¿Qué puede querer decir esto cuando todos entendemos que hacen falta ciertos medios para anunciar el Evangelio? Esto no se niega. Sólo se confirma lo que el Concilio Vaticano II quiso expresar, cuando señaló que la Iglesia, “aunque el cumplimiento de su misión exige recursos humanos… reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y paciente” a la vez que “se esfuerza en aliviar sus necesidades y pretende servir en ellos a Cristo” (Constitución sobre la Iglesia, n. 8).

Once años después, en su exhortación sobre la Evangelización en el mundo contemporáneo (1975), Pablo VI explicaba cómo ser “pobre y libre” es una condición para el anuncio del Evangelio: “Será sobre todo mediante su conducta, mediante su vida, cómo la Iglesia evangelizará al mundo, es decir, mediante un testimonio vivido de fidelidad a Jesucristo, de pobreza y desapego de los bienes materiales, de libertad frente a los poderes del mundo, en una palabra, de santidad”.

Benedicto XVI ha dicho por activa y por pasiva que la Iglesia debe ser cercana a los pobres y a los que sufren; que todo Obispo —insistió en Camerún— debe ser “el primer defensor de los derechos de los pobres” y que esto es también un deber especial de los fieles laicos. En el último Jueves Santo señaló concretamente: “Si nos convertimos en una sola cosa con Cristo, aprendemos a reconocerlo en los que sufren, en los pobres, en los pequeños de este mundo; entonces llegamos a ser personas que sirven, que reconocen a Sus hermanos y hermanas y que en ellos le encontramos a Él mismo”. El Papa sostiene que es necesario no sólo acercarse a los pobres sino, como hizo Cristo, hacerse pobre para enriquecer a otros con la propia pobreza llena de amor, de modo que la invitación a frenar la voracidad insaciable, el consumo y el ansia de poseer —tan típicos de nuestra época— encuentre, en quienes los denuncian, un testimonio creíble, por la razón de que llevan una vida sencilla y siempre disponible para compartir y ayudar.

No se trata, por tanto, de instalarse en la pobreza como indigencia, que hay que “combatir” (también las pobrezas no materiales que no son menos pobrezas: marginación, pobreza moral y espiritual, etc.), sino de un principio que Benedicto XVI expuso con nitidez en la Jornada mundial de la paz (1-I-2009): “Para combatir la pobreza inicua, que oprime a tantos hombres y mujeres y amenaza la paz de todos, es necesario redescubrir la sobriedad y la solidaridad, como valores evangélicos y al mismo tiempo universales”. Esto tiene una primera condición: “No se puede combatir eficazmente la miseria, si no se hace lo que escribe san Pablo a los Corintios, es decir, si no se intenta ‘hacer igualdad’, reduciendo el desnivel entre quien derrocha lo superfluo y quien no tiene siquiera lo necesario”.

Pobre y libre. Así quería Pablo VI a la Iglesia como consecuencia del amor a Dios y a la humanidad. Pobres y libres deberíamos aspirar a ser todos los cristianos. Cada uno verá el modo en que puede lograrlo, viviendo con lo necesario según su condición. Pero no hay alternativa: o pobres y libres —capaces por eso de atraer a muchos hacia el Evangelio—, o esclavos de la incoherencia.

Ramiro Pellitero, Instituto Superior de Ciencias Religiosas, Universidad de Navarra

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