[Nuestro esfuerzo] debería mostrar que el desorden espiritual de nuestro tiempo, la crisis de la civilización de la que todo el mundo habla con tanta facilidad, no tiene por qué ser permitida de ninguna manera como si fuera un destino inevitable; al contrario, todo ser humano posee los medios para vencerla en su propia vida. Nuestro esfuerzo deberá indicar no sólo los medios, sino también enseñar cómo emplearlos. Nadie está obligado a participar en la crisis espiritual de una sociedad; al contrario, todos estamos obligados a evitar esta locura y vivir nuestras vidas de forma ordenada.
Eric VOEGELIN [1]
Aunque entre las diversas interpretaciones de la Utopía de Tomás Moro no ha faltado quien haya visto en sus páginas el juego brillante de un apasionado humanista, un chiste intelectual de proporciones gigantescas, una defensa del comunismo, el elogio renacentista del imperialismo o la profecía certera de los movimientos socialistas europeos del siglo XIX, los más devotos estudiosos del libro están en perfecto acuerdo al afirmar que, en su esencia, la mejor obra del humanismo inglés es un documento de reforma en cuya redacción su autor esclareció cuestiones de su propia vida [2]. No hay duda de que este libro resulta un gran entretenimiento para el lector espabilado, pero fue escrito por un humanista y para un círculo de lectores humanistas, es decir, con una precisa intención educadora. La variedad de lecturas a lo largo de los siglos habla de la importancia del texto no sólo en cuanto documento literario sino en su valor humano. Este tipo de obra (lo que tendemos a llamar una obra clásica) se dice inmortal porque hace preguntas y plantea problemas eternos. Su solución en el texto es secundaria. El interés está en forzar al lector a entablar una conversación y hacer un examen de la manera en que vive su propia vida comparándola de alguna forma con los parámetros o al menos con las preguntas radicales que hace el texto. (Hay siempre una cualidad socrática en estos documentos). Son textos que se retraen con timidez de ofrecer una solución directa, clara, o dogmática. No son catecismos. El propósito de este tipo de literatura es despertar al lector, abrir sus ojos y hacerle ver mejor la realidad de las cosas. No son sermón sino desafío o diálogo entre personas inteligentes. Pero la autenticidad de un escritor también se expresa en que escribe para sí mismo, como una manera de dilucidar los misterios de su propia experiencia. Y por supuesto ningún escritor mostrará lo que él no haya visto. Esta era la forma más adecuada para Moro de comunicar sus preocupaciones y pensamientos con sus colegas ingleses y continentales, y de poner sobre papel para su propio esclarecimiento los problemas y conflictos de su espíritu [3]. Tal vez, en el hecho de que Moro muy pronto deseara que el libro no se hiciera demasiado notorio hay que ver su intención de haberlo escrito para .sí mismo, es decir, como un ejercicio personal hacia la solución de lo que durante años había sido su propio conflicto. Más aún, al escribir Utopía Moro elucidó lo que había sido e iba a ser hasta su muerte su designio vital [4].
El carácter satírico del libro es un aspecto que ha recibido considerable atención en excelentes estudios de los últimos veinte años, pero de ninguna manera es un obstáculo al deliberado intento socio-político y filosófico-religioso de la obra. El título completo de las primeras ediciones recoge estas intenciones. De Optimo Reip. Statv, deque noua insula Vtopia, libellus uere aureus, nec minus salutaris quam festiuus: «Sobre la mejor forma de Comunidad política y la nueva isla de Utopía, librito verdaderamente áureo y no menos saludable que festivo». Como todos los humanistas Moro desea enseñar y goza enseñando. Y por lo tanto los problemas del libro casi se confunden con el objeto de esta lección magistral: ¿qué quería enseñar exactamente?
I
Tomás Moro (1478-1535) vivió en uno de los períodos más críticos de la historia de Inglaterra, del continente europeo y de la Cristiandad Su vida se extiende entre el polvoriento crepúsculo de la Edad Media y los violentos albores de lo que también siglos después se llamaría la Edad Moderna. La figura de este hombre eminentemente público refleja de modo espléndido y trágico la gloria y el dolor de toda una época. De Moro escribía uno de sus recientes biógrafos que fue un «magnífico individuo cuya vida recapituló toda una época de una manera que muy pocas vidas han podido hacerlo» [5]. Como nosotros, Moro vivió en tiempos de transición y crisis lo que en buena parte explica o aumenta los rasgos que presenta como hombre medieval y moderno. Y cuando se piensa en el relieve histórico de esas pocas décadas del siglo XVI, no es difícil hacerse idea de la importancia de Moro como testigo para nuestro tiempo, tan crítico como aquél en que le fue dado vivir y morir [6]. Vio la necesidad de reforma y la deseó con una dimensión global: en el terreno privado y en la gestión pública, en la vida secular y en la eclesiástica, en la educación y en la economía. «Dichoso el Estado en el cual el soberano nombrase para todos los cargos magistrados tales como Moro», escribía Erasmo de Rotterdam a Ulrich von Hutten expresando entusiasmado su admiración por los talentos de su amigo inglés [7]. Reforma es una de las ideas claves para entender su vida cualquiera que sea el campo de interés. (En algunos aspectos Moro merece el título de revolucionario, aunque jamás habría aceptado tal epíteto). Y es una de las paradojas de esta gran figura histórica que su obra hacia tan deseada reforma fuera frustrada en buena parte por lo que se conocerá en los manuales de historia como la Reforma protestante. Para Moro, como para muchos de sus contemporáneos, la secesión religiosa protestante fue un cataclismo espiritual sin antecedentes. El peligro de una invasión turca reforzaría luego en Moro la necesidad de unidad entre los cristianos, e hizo aún más terrible el cisma.
Su célebre obra Utopía es un manifiesto brillante, paradójico, salpicado de sátira juiciosa, no tanto de reformas concretas contempladas como necesarias de inmediato, tanto en Inglaterra como en Europa, sino más bien la expresión acertada de un cierto disgusto o malestar ante actitudes profundas de los tiempos y de lo que era entonces la cristiandad occidental. Al final del libro reconoce que toda la discusión sobre el tema no ha sido nada más que un inicio, un planteamiento que dará pie al menos a que el lector no espere el advenimiento abstracto de una milagrosa reforma, sino que examine su propia conducta con respecto a los males e injusticias de la vida social de su tiempo. Al acabar la curiosa obrita se nos dice que «el muy distinguido y erudito señor Tomás Moro no puede dar su asentimiento a todas las cosas de que se ha hablado» en su diálogo con el misterioso Hythlodeo, y que la efectiva realización de muchas de ellas es más objeto del deseo que de la esperanza [8]. Si esto es lo que piensa Tomás Moro, ¿qué es lo que piensa el lector del libro? [9].
Este entretenimiento literario con su sátira y su crítica social no ha dejado de fomentar apasionada conversación intelectual a lo largo de cinco centurias. Ahora que muere una que ha ahogado con sangre un buen número de terribles y vanas utopías, el librito de Moro no ha perdido nada de su carácter áureo. El lector del siglo que empieza lo encuentra sin duda tan saludable como festivo, y nadie sabe a priori el beneficio de entablar aquel mismo diálogo y examen sobre las condiciones de la vida humana que su autor deseaba.
En este artículo me propongo presentar algunos elementos fundamentales de la filosofía de Moro como los deja a entender su experimento literario. Son principios que de tal forma permean la obra, que reciben aplauso incondicionado de su autor. Los acontecimientos de la historia de los hombres y de las ideas no han hecho nada más que remontarlos a la superficie para mostrar su urgencia en lo que hoy llamamos (de forma muy significativa porque la expresión denota tal vez el cansancio intelectual y espiritual de siglos) la época postmoderna. No pretendo sentar a Tomás Moro a escribir otra Utopía para nuestro fin de siglo; mucho menos suplantarle con ideas ajenas. Mi objetivo es más sencillo: delimitar elementos de lo que para el autor estaba entonces en la misma fundación de una nueva civilización cristiano-europea tras el desgaste y la decadencia espiritual e intelectual del largo final de la Edad Media y el resurgimiento de una nueva edad y tal vez de un nuevo mundo alimentada en buena parte por magníficos descubrimientos geográficos. La reflexión de este humanista en su madurez puede ser tan instructiva al iniciar un nuevo siglo como ya lo era el día en que su obra salió de una imprenta en Lovaina a finales de 1516.
He aquí cuatro temas que juzgo fundamentales del pensamiento de Moro que para su propio provecho y el de otros clarificó y explayó de forma dramática y dialógica en Utopía. La primera se refiere a la convicción sobre el carácter creatural que anima la vida de los utopienses. Dios creador y gobernador fundamenta la sociedad de la isla. De ahí la «apertura a lo transcendental» como característica señalada de sus habitantes y del espacio espiritual, intelectual y psicológico de la sociedad utopiense. Moro muestra esto especialmente en la relación entre razón humana y fe religiosa [10]. La segunda es «la bondad de lo institucional en cuanto institucional»; el abuso es una derivación, es decir, una perversión de la institución, no algo intrínseco a ella; y toda institución sólo tiene sentido y utilidad en la medida en que respeta y fomenta esa relación creatural. La tercera (por la que se inicia el diálogo del primer libro) se refiere a la necesidad absoluta de mantener una constante reforma a nivel institucional y personal. Por último, las circunstancias en las que hoy hacemos la lectura de Utopía reclaman el tema de la unidad de la sociedad utopiana en la diversidad de opciones religiosas: la «tolerancia» no es para Tomás Moro la retirada relativista o escéptica de la verdad sino la confianza absoluta en su triunfo y el respeto a la conciencia de cada ser humano sin el cual en lugar del orden de la verdad existe sólo el orden inhumano de la tiranía.
II
A primera vista Utopía se presenta como un producto del humanismo inglés y europeo del primer período que encuentra razón de fulgurante optimismo en los descubrimientos de nuevas tierras y poblaciones humanas. Pero una lectura más atenta pronto manifiesta que una condición necesaria para entender el libro es una correcta apreciación de sus raíces medievales. Utopía se encuentra en el horizonte de un mundo ya pasado y otro que empieza a alborear. El mismo Moro es un hombre medieval y moderno, aunque me vea obligado a utilizar vocablos llenos del polvo y prejuicio de siglos. Entender a Moro como espíritu de transición es una clave para no caer en la trampa preparada mucho después con los historiadores del siglo XIX y que gustaría convencernos de la existencia de una ruptura completa entre el renaciri1iento humanista del XVI y el espíritu de la Edad Media.
En la Utopía moreana hay una crítica de la escolástica decadente pero también una seria advertencia de los peligros que se vislumbran en un humanismo sin Dios o la catástrofe de una vida humana sin principio religioso. Para el humanista inglés la misma vida humana no puede tener orden ni integridad sin una referencia a Dios y a su providencia en la historia Cristo para Moro es el Señor de la historia, y por consiguiente su defensa de las grandes conquistas teológicas medievales no quita su deseo de una nueva edad que rompa entre otras sepulturas la decadencia escolástica. Es bien conocida su apasionada crítica a Dorp que sería luego un ataque contra la postura conservadora a ultranza, contra la rigidez de una herencia que se hace pasar por tradición pero que lejos de ayudar destruye petrificando el pasado; algo que en definitiva es más conservadurismo que fidelÍdad a una tradición viva. No hay aquí ninguna paradoja aunque cierta preconcepción histórica sobre la Edad Media y el renacimiento puedan contribuir a verla como tal. Como humanista, Moro buscaba tanto aceptar la verdad en los Padres de la Iglesia o en los monjes de la Edad Media como en los clásicos griegos y latinos [11]. No despreció el pasado por ser pasados no abrazó el futuro sólo porque está todavía por venir. Su humanismo le exigía alabar lo bueno y lo verdadero y lo bello en qualquier rincón del tiempo en que se encuentren y con Utopia, precisamente porque se trata de «ningún lugar», en cualquier rincón del planeta por remoto y extraño que fuera a la Cristiandad y aunque jamás hubieran oído el hombre de Cristo.
Ahora bien, el logro más importante del pensamiento medieval había sido la superación de las dos corrientes griegas del platonismo y aristotelicismo en una síntesis superior. Todo esto es bien conocido, o debería serlo. De ahí se alcanzaba algo insólito en la historia de las ideas: la justa armonía entre la ciencia humana filosófica y la ciencia divina de la teología. La razón no iba contra la revelación. Las obras y poderes naturales no tenían que temer un enemigo de los dones sobrenaturales de la gracia. No es sólo la primera filosofía original del siglo XIII sino mucho más importante, la primera auténtica filosofía de la civiliación cristiana en general [12].
Étienne Gilson, uno de los más prestigiosos historiadores del pensamiento medieval, alabo la solución de este antiguo problema como «un hito en la historia del pensamiento occidental», identificando justamente a To más de Aquino como autor de la solución [13]. En efecto, en la obra del fraile dominico el aspecto fundamental y misterioso de la fe cristiana recibe respetuoso homenaje, pero, al mis o tiempo, la inteligencia humana avanza audaz hacia las fronteras más lejanas de una verdad cuya esencia es misterio insondable y que permanecerá siempre misteriosa por mucho que se estudie (de hecho más misteriosa cuanto más se estudia). La fides no puede ir sin la compañía del intellectus, y la inteligencia sólo encuentra de alguna forma descanso en la fe.
La armonía medieval entre filosofía y teología hizo de ambas disciplinas ciencias perfectamente equipadas para que cada una se desenvolviera en su terreno propio. Sin embargo, como es bien sabido y como no deja de ocurrir con otras grandes conquistas del espíritu humano, la síntesis medieval nunca gozó su triunfo. Su misma credibilidad pareció anularse con la famosa condenación de París sólo tres años después de la muerte de Tomás de Aquino en 1277. Luego, por desgracia, como escribió Gilson, el resto de la Edad Media iba a ser «testigo del desastre más completo tanto de la filosofía escolástica como de la teología escolástica como necesaria consecuencia del divorcio final entre razón y Revelación» [14].
Sum Occamicae Jactionis [15], proclamaría siglos después un hijo de este divorcio trágico. «Soy del partido de Ockham». Cuando Lutero era estudiante de filosofía y teología en la universidad de Erfurt, de aquel viejo convencimiento del siglo XIII sobre la armonía de los dos órdenes apenas quedaba rastro. Con Lutero uno se encuentra en las antípodas del espíritu filosófico medieval original. La misma decadencia de dos largos siglos había hecho imposible la restauración de un principio central. Aristóteles era el representante por excelencia de la razón humana, del pensamiento filosófico. Pues bíen, para Lutero, como él mismo lo expresó con el formidable apasionamiento de los geniales visionarios rerigiosos, «todo lo de Aristóteles es a la teología como la oscuridad a la luz». Y para quienes pensaban que sin Aristóteles no había ciencia teológica, Lutero podía afirmar que al contrario: «sólo sin Aristóteles podemos llegar a ser teólogos» [16].
Sé bien que mucho de Lutero hay que leerlo como «exageración contra exageración», pero aun así, la diferencia existe entre una tradición y otra. La espléndida síntesis del siglo XIII no gozaba ya ni del recuerdo nostálgico. En el mismo año en que se publicaba la Utopia de Moro, Lutero enviaría al impresor el tratado anónimo Theologia deutsch, con su prefacio lleno de vigor y entusiasmo, y pocos meses depués iniciaba su campaña contra la teología escolástica. Lo que me interesa hacer notar no es el ataque a la postura escolástica (en gran parte justo), sino la pérdida de un principio fundamental sobre las esferas propias y las relaciones mutuas de la ra zón humana y de la revelación divina, y las consecuencias que pronto o tarde tendría en el quehacer teológico y en la vida cristiana. Un importante estudioso de Lutero ha visto en la Reforma una «humillación» del hombre en sus poderes y capacidades como creatura [17].
Tomás Moro no enmudeció a la hora de criticar la escolástica [18], pero el magnífico principio conquistado en el siglo XIII sigue de alguna manera vigente entre los utopienses. La Utopia es un ejemplo genial de su vigencia en la mente de Moro. En efecto, las olas del nominalismo nunca alcanzan las costas de su felicísima isla; y la portentosa ausencia de esa polución mental es una de las características más señaladas del libro. Si es una crítica del rigor moribundo de la escolástica decadente -y no hay duda de que lo es- de ninguna manera lo es de la originaria grandeza de su espíritu. Moro critica la decadencia, la pobreza intelectual de autores que dejaron perder de vista o nunca entendieron la síntesis de Tomás de Aquino. En las corrientes centenarias de las dos escuelas, una la primacía de la razón y la otra la primacía de la revelación, el humanista inglés expresa con convencimiento, como si fuera connatural a su pensamiento, el justo equilibrio entre razón y revelación, la armonía de los órdenes creados.
Pero este balance, como cualquier otro, no es algo que viene dado sin más, sino que es una postura mantenida con concentración y esfuerzo. La Utopia, desde este punto de vista esencial, es una obra humanista en defensa de un logro del pensamiento medieval cristiano.
Religionem nostram, feliciter ibi éoepta. Nuestra religión, que tan felizmente ha prendido allá [19]. Así se refiere Moro en la carta prefatoria a Pedro Gilles a la actitud de los utopienses con respecto a la religión cristiana. Además de entenderla de una manera directa, en el sentido de que muchos habitantes de la isla abrazan la fe cristiana en cuanto oyen hablar de ella, la expresión muestra de alguna manera una importante característica intelectual de los utopienses. Su vida basada en la razón natural y en la recta conciencia, ha preparado el camino para recibir con prontitud y gozo la fe cristiana. El terreno emocional y espiritual de Utopía es propicio al mensaje que llevan los visitantes europeos. Hay una cierta continuidad al menos en el sentido de que lo que escuchan resuena armonioso con lo que ya creen y practican. No resulta menos misteriosa la fe de que oyen hablar por el hecho de que no la vean contraria a su modo de vivir y pensar, a sus deseos y aspiraciones. La gracia no viene a destruir la naturaleza sino a darle cumplimiento. y a elevarla por encima de sus mismas aspiraciones y capacidades. ¿No se encuentra ahí en un meollo lo mejor de los esfuerzos teológicos medievales?
Se ha afirmado que el título más honroso para Tomás de Aquino sería el de Tomás. de Aquino del Creador por el carácter central que esta verdad tiene en su antropología y teología Q. Pieper). El mismo privilegio honra a los habitantes de Utopía. Moro sabía que un humanismo que no tuviera sus raíces en esa verdad aboriginal sobre el hombre estaba condenado a destruir la persona y la sociedad. Todas las cualidades que podemos admirar sin restricción en los utopienses encuentran su origen en su firme convicción de su carácter creatural [20]. Y las consecuencias se extienden más allá del conocimiento teórico de un catecismo con conclusiones para la actitud contemplativa, la dignidad del ser humano, el desarrollo de la persona en sus talentos, el trabajo y el descanso, etc. Aquí Tomás Moro se muestra brillante admirador y heredero de Giovanni Pico della Mirandola (1463-1494) en su famoso Discurso sobre la dignidad del hombre. Las citas de Utopia se podrían multiplicar sin esfuerzo.
«Es ante todo la razón la que inicialmente inflama a los hombres en amor y reverencia a la majestad divina, a la que debemos nuestra existencia y nuestra capacidad de gozo» [21]. Los utopienses glorifican a Dios en la adquisición de conocimientos naturales. El mismo uso de la razón es de por sí un acto de adoración. Gratum deo cultum putant naturae contemplationem. «Estiman que es culto agradable a Dios la contemplación de la naturaleza y la alabanza que ello inspira» [22]. En otro lugar se lee, «Cuando con ayuda de la filosofía escudriñan los secretos de la naturaleza, piensan que, además del admirable deleite que con ello obtienen, se hacen sumamente propicios a los favores del Creador y Artífice de la naturaleza. Creen que, al igual que los. demás artífices, expone la máquina de este mundo a la contemplación del hombre, único ser al que hizo capaz de encararse con semejante maravilla, por lo que muestra mayor agrado hacia el que admira su obra, como observador curioso e inteligente, que no hacia quien, como animal romo de entendimiento, lelo e indiferente, no presta atención a espectáculo tan grandioso y estupendo [23].
El comportamiento ético de los utopienses sigue la razón natural según lo que observa la naturaleza. «Según ellos la virtud se define como un vivir con arreglo a la naturaleza, por ordenación de Dios, y sigue el curso de la naturaleza quien, al apetecer o rechazar algo, se somete a la razón» [24]. Y nuestro guía en esta tierra extranjera asevera que sus habitantes aceptan una revelación natural de la que su religión y su moral son consecuencias prácticas.
Sin embargo, la razón no es entronizada como diosa en la isla de la fantasía moreana. Los utopienses no son ni racionalistas ni precursores de. la Ilustración. Se sirven de la razón pero no la ponen en el último pedestal no hacen de ella lin absoluto juez de la realidad. Para ellos es una facultad que ha de permanecer siempre abierta a la realidad de aquello que el ser humano no puede alcanzar con sus sentidos, no puede ver ni tocar. Su ámbito se extiende por igual y no con disminuidos derechos a la realidad de lo invisible. Para los utopienses la razón es un poder que admite ulterior perfección y esta convicción parece ser central en su quehacer filosófico. «Al discutir sobre la felicidad nunca dejan, por tanto, de utilizar, junto con los razonamientos propios de la filosofía, algunos principios derivados de la religión. Piensan que la razón de por sí sería manca y floja, si le faltasen aquéllos, en la búsqueda de la verdadera felicidad» [25]. Estos principios son la inmortalidad del alma, cuyo fin es la felicidad con Dios, y la remuneración según las obras y virtudes de cada habitante. Tales convicciones facilitan la apertura de los utopienses a una revelación divina que vaya más allá de lo natural, de lo que sus mejores inteligencias les ofrecen. No parecen estar satisfechos y reza,n pidiendo por aquello que pueda ser todavía más del gusto de Dios, más en conformidad con sus designios: «Al final vuelven a recitar juntos, sacerdote y pueblo, la fórmula solemne de las preces, compuesta de forma que lo que todos recitan al unísono pueda apli cárselo cada uno a sí mismo en particular. En ella se reconoce a Dios como autor de la creación, de su gobierno y de todos los beneficios recibidos y, en particular, por cuanto su divina benevolencia les hizo vivir en la más feliz de las repúblicas, tocándoles en suerte una religión que -así lo esperan- es la más verdadera de todas. Pero, caso de que se equivocasen o existiera alguna otra forma superior a esa y más aceptable a Dios, suplícanle. que por su bondad se lo dé a conocer, pues están dispuestos seguir por el camino que él quiera conducirles» [26]. Esta es una de las convicciones que Moro siempre mantendrá como principio de la vida del espíritu humano, a saber, no quedar satisfecho con el status quo personal en ningún momento, ni en tomar fácil consuelo o refugio en lo institucional. Aquí Moro" vuelve a ser evangélico. Los que entran en el reino no son los que dicen Señor, Señor, sino quienes hacen la voluntad de Dios.
En muchos momentos Utopia es ambigua, otras veces paradójica, y según el entendimiento más o menos académico de los que la han analizado, una obra abierta a todo tipo de interpretaciones. Pero en los temas que subyacen a la fisonomía espiritual de la ínsula, no hay duda alguna ni ambigüedad ni paradoja. Moro dice lo que Pascal expresará con una hermosa expresión, que «el hombre es más que hombre». Los pensadores medievales lo pusieron de manera no menos formidable: el hombre es capax gratiae. El hombre es creatura pero capaz del Creador.
Siguiendo el dato revelado, veían en la persona humana una capacidad de recibir gracia, es decir, de adquirir una cierta y real participación en la vida divina. Y al recibirla, el hombre no deja por eso de ser hombre, como había sido el temor de los griegos. Lejos de ser absorbido por la divinidad, la infusión de esta gracia lleva la naturaleza misma del hombre a un orden más elevado. La gracia le perfecciona. Uno de los principios fundamentales de la exposición teológica de Tomás de Aquino es gratia non tollit naturam, sed supponit et perficit eam [27]. Como los dos órdenes tienen su origen en Dios, tiene que darse entre ellos una armonía básica aunque en su fenomenología terrena las cosas a veces se nos den de forma muy distinta [28].
Utopia ,por tanto, es una dramatización humanística de la armonía entre razón y fe, naturaleza y gracia, que había sido la gran conquista de los teólogos medievales. Más de dos siglos habían pasado desde la síntesis, y Moro nos da la impresión de haber visto el peligro de dar una absoluta primicia a la revelación caso de que el espíritu religioso se volcara del todo en la experiencia mística rechazando lo que hay de natural en el ser humano, aún la luz de la razón. Pero al mismo tiempo Moro parece haber sido consciente del peligro opuesto, esto es, de reducir a tamaño humano las realidades sublimes e incomprehensibles de Dios y de los misterios divinos, reemplazando el cristianismo con un mero sistema filosófico o sociológico. El proyecto «moderno» ya estaba presente en el humanismo de la baja edad Media y en el humanismo del siglo XVI, e iba a avanzar impertérrito hacia las conquistas de los siglos siguientes y a establecer lo que más tarde se llamaría el espíritu moderno o la modernidad.
En los presupuestos filosófico-teológicos que Moro defiende en Utopia encontramos un manifiesto del humanismo cristiano: no se niega al hombre su ser hombre, pero se afirma sin ambages y en todas sus consecuencias su llamada o destino transcendental. Se ha dicho que la gran tragedia de Lutero, desde el punto de vista doctrinal, está no en lo que afirma, sino en lo que niega. La herencia nominalista del divorcio entre razón y revelación, entre la naturaleza y la gracia, no podía haber producido otro resultado. Pocos años más tarde, en su polémica con Lutero, Moro se asusta menos ante el rechazo violento de la Tradición como parte de la Revelación que ante el desprecio de los poderes de la razón natural [29]. Entre otras cosas, naturalmente, porque en ese desprecio termina toda posibilidad de discusión racional y diálogo. La idea de una evolución o desarrollo de la doctrina cristiana era anatema para Lutero como lo ha sido en el protestantismo en general hasta hace poco y, por supuesto, lo sigue siendo de manera hermética en el fundamentalismo evangélico o cristiano ahí donde se encuentre [30].
Tomás Moro podría muy bien aceptar lo que sería para su compatriota John Henry Newman «la gran característica de la revelación», a saber, «adiciones y sustituciones». «Todo es igual que antes, aunque ahora un poder invisible lo ha capturado todo. Este poder no desnuda a la creatura sino que la viste» [31]. «A good mother wyt», pediría Moro en la misma lengua y en su obra polémica. Para el humanista era una característica indispensable del reformador, de quien quiere dar nueva forma a cualquier realidad. Su negación, sin lugar a dudas, conduce al aislamiento en la subjetividad, produciendo una visión extremista y sin fundamento en la realidad. La reforma no puede hacerse abandonando lo que es esencial o vital en una tradición de siglos. Aunque mucho pueda haber en esta que haya ido malparado, en la tradición de siglos resuena también la razón como posesión comunitaria de valor universal en el tiempo y en el espacio.
Los utopienses son conscientes de ese homenaje que presentan sin más complejidad en la admiración de la naturaleza. En lo que se refiere a la gloria de Dios, el mundo, lo secular, es para el renacimiento un espacio tan legítimo como el claustro conventual. La operosita renacentista (que no deja de hacer eco al ut operaretur de la primera página del Génesis según el latín de la Vulgata) está basada en esa convicción sobre la nobleza del ser humano y de su desarrollo en la tierra. Dios y el hombre no se excluyen, por lo que tampoco se excluyen las obras de uno y de otro. No son adversarios y es dado al hombre la cooperación con su Creador (la persona es particeps Creatoris). Ambos, creatura y creador, encuentran en esa cooperación su respectivo orgullo. No es sorprendente por lo tanto que a lo largo del Renacimiento se encuentre con frecuencia el tema de cómo puede la existencia terrena ser más parecida a la existencia de los bienaventurados en el cielo. Tal vez, en ese anhelo de un mundo mejor se encuentra también la primera inspiración de la obra de Moro. En el terreno de la piedad la misma saturación de prácticas religiosas debió ser un factor de no poca importancia en el regreso a la sencillez de los Padres, como lo fue en otras áreas el rntorno a la belleza de los cánones griegos o al ideal del orden social.
El éxito de este libro a lo largo de los siglos tiene también su lección para el teólogo y el historiador de las ideas como las tiene para las ciencias sociales y políticas. Cuando el teólogo. viaja aunque sea rápidamente entre los utopien.ses, las lecciones aprendidas pueden tener gran relevancia. Uno de los primeros lectores de la Utopia, Juan Desmarais, expresaba su deseo -en una carta a Pedro Gilles- de que algunos teólogos visitaran la isla para promocionar la fe de Cristo que ya estaba germinando en esa tierra y trajeran las costumbres y leyes de sus habitantes a las naciones cristianas europeas [32]. Para el teólogo y para el historiador el interés de Utopia reside en la comprobación de la armonía fundamental entre razón y revelación, constituyendo ella misma un parámetro esencial en las ideas reformadoras de Moro. He aquí un libro que en el horizonte de la edad media con la moderna presenta lo que a partir de entonces debe ser considerado como el sine qua non de cualquier reforma, especialmente, por supuesto, de la Iglesia. [Mientras escribo, un cuarto de siglo después de otro magnánimo intento de reforma cristiana en el Concilio Vaticano 11, ¿no es acaso este balance su objeto dave: el respeto al misterio revelado y a la autonomía de la creación y de lo secular, el equilibrio entre la persona humana y el Creador, pues dar a cada uno lo suyo es en verdad toda Justicia y Santidad?].
Si Lutero hubiera visitado la isla de fabula moreana, los utopienses pronto hubieran entendido que la nueva cristiandad protestante no encajaba con sus ideas y costumbres fundamentales. Para hacerse cristianos, los habitantes de Utopía se verían obligados a dejar de ser utopienses. En puntos radicales, los principios de Lutero y los de Moro se oponen. La única cristiandad que los utopienses podían aceptar sin rechazar sus legítimas conquistas en lo humano y secular es una cristiandad que nunca desprecia el desarrollo más completo de la inteligencia humana y que está al mismo tiempo abierta al misterio de una revelación más allá de la razón. Con Utopia Moro describe una sociedad que necesita no sólo reforma sino el advenimiento de una nueva forma; ella misma, basada en cierto humanismo por pedestre que sea, se hará cargo de cualquier deformación presente en usos y costumbres. Esta nueva forma es la infusión de la gracia a través de la acción eclesial y el mensaje de la revelación cristiana.
III
La reforma como idea y realidad práctica es fundamental en la tradición bíblica cristiana (metanoia, conversión). Y Utopia es una reflexión sobre los fundamentos y condiciones en que se pudiera llevar a cabo en la sociedad y en la Iglesia. Moro tenía presente la necesidad imperiosa de una reforma global en la Cristiandad. Entre 1512 y 1517, es decir, en el período en que se escribe y publica el libro, el V Concilio Lateranense tendría igualmente sus sesiones. Moro empezó un experimento intelectual, jugando en el laboratorio de su mente con probetas y diferentes combinaciones de compuestos con el deseo de ver qué resultados podría lograr.
La Utopia como documento-plantilla para una reforma social general adquiere una dimensión casi «postmoderna» cuando el lector de Utopia comprueba la manera en la que trabaja la imaginación literaria de Moro. La sociedad que describe en el segundo libro es una sociedad sin beneficio de revelación bíblica y sin conocimiento alguno del Mesías Dios-hombre. La isla moreana no es una sociedad cristiana, ni ha recibido influencia alguna cristiana lo que de forma directa ofrece aún mayor interés para el lector post-cristiano. El narrador y guía Rafael Hythlodeo es uno de los principios exploradores de la isla que es creyente cristiano. De ahí el reproche que sirve de grito reformatorio: ¿cómo es posible que en un país donde Cristo no es conocido, sus habitantes tengan sentido común tan extraordinario y vivan en muchos respectos una vida ejemplar aún para los mejores cristianos? Así lo ha visto todo lector (cristiano) del libro y con estas palabras lo puso uno de los mejores biógrafos de Moro, R. W. Chambers: «El pensamiento de fondo en Utopia es siempre: Con sólo la razón para guiarles, los utopienses hacen esto; y sin embargo, nosotros, ingleses cristianos, nosotros europeos cristianos... » [33]. Moro vio en el humanismo la base donde poder construir la, reforma de la sociedad y de la Iglesia. Para él, como escribió André Prevost; «un humanismo sano era la condición de una sana teología» [34].
Algunos estudiosos moreanos vieron en la aparición de Lutero en la escena europea de 1517 la línea que corta a Moro en dos antes de su degollación en Londres en verano de 1535, y terminaron hablando del Moro del período pre-luterano y del Moro del período luterano. En este hombre de tan asombrosa integridad y consistencia, encontrar una línea divisoria es en verdad cercenarle en dos y destruirle, como si el Moro de la Utopia no practicara después lo que con tanta elocuencia había predicado (se ha dicho por ejemplo que Moro iba a morir por una causa opuesta al espíritu de la Utopia); y c:omo si la irrupción de Lutero en el curso de la historia hubiera desvestido al escritor inglés de su garbo humanista y con él de todo espíritu razonable, comprensivo, tolerante; como si le hubiera arrancado de su fe simple y su religión compasiva para. revestirse luego con la coraza del creyente fanático, escrupuloso, amargo, intolerante, petrificado por los dogmas y prerrogativas de la Iglesia de Roma. En esta interpretación el humanista abierto y liberal cae en manos de clérigos que sin piedad alguna transforman la tierna tolerancia de la vida religiosa de Utopia en una religión dogmática, presuntuosa y triunfalista, lo que pronto se llamaría «papista». Traidor al espíritu librepensador y tolerante de Utopia, según esa teoría, el mismo autor habría acabado sus días muriendo por la rigidez de uno de esos «dogmas», a saber, la autoridad suprema del Romano Pontífice en materias religiosas [35]. Pero no existe inconsistencia entre la filosofía de la vida que subyace a Utopia y la que discurre por las obras r:nás polémicas de Moro contra autores protestantes. Hay una diferencia marcada en estilo, de temas, de actitud, pero no de principios. Cuanto más se reflexiona sobre el pensamiento religioso y vital en Utopia tanto más este libro clásico se abre al lector del siglo presente y venidero con su mensaje más fructuoso. «Después de la Utopía Moro ya no tuvo que luchar para entender qué pensaba de su vida y de sí mismo» [36].
Moro quiso que sus lectores se acercaran al libro con calma y actitud estudiosa. En una carta a Pedro Gilles que se publicó en la edición parisina de 1517, Moro contaba su satisfacción de que alguien haya leído el libro de cabo a rabo y de que no haya sido una lectura «negligente y precipitada, sino con calma y cuidado para poder considerar todos los detalles de manera inteligente» [37]. Para Moro cualquier intento por pequeño que sea de reforma es una tarea compleja en extremo. No es difícil ver la necesidad de reforma en la vida social, jurídica, política, etc., pero ¿cómo llevarla a cabo? El mismo objetivo de Utopia lo hace intrincado y no pocas veces ambiguo, pues Moro se vale de diferentes personas literarias para aclarar su propio pensamiento y decisión vital (una de ellas lleva su nombre). La excitación intelectual de Rafael Hythlodeo parece una manera de conseguir que el lector tome aún con mayor reserva y prudencia sus ideas. El sentido común de Moro hace recordar cómo cualquier realidad, material o espiritual, puede ser abusada o desgastada por el mero uso, bien sea de forma accidental o intencionalmente. Su restauración no ha sido nunca el resultado de un accidente fortuito, mucho menos de la impaciencia revolucionaria. Sin prudencia, según la mejor tradición clásica griega, la tarea de reforma no producirá resultados deseables. La reforma de cualquier realidad conlleva sumas considerables de pensamiento sereno y de cuidadosa planificación. Ha de haber diálogo (la primera parte de Utopia es dialógica), consejo, deliberación y, siempre, ante todo, paciencia. La falta de esa virtud en cualquier medida y en cualquier momento hace que la reforma se salga de su cauce y acabe en una rebelde secesión o en una causa sectaria, si no lo es en la violencia trágica de la revolución [38].
El mensaje que emerge del complejo diálogo del primer libro es que la autoridad puede ser abusada, es decir, algo bueno es susceptible de ser llevado a uno u otro extremo. Tomás Moro escogió una ilustración de gran claridad y que resulta tanto más perspicaz y brillante hoy día, pues vivimos una era en la que fácilmente progreso humano se confunde con progreso tecnológico. La anécdota de la aguja magnética parece sólo un detalle más de la cuidadosa observación del explorador de la isla y sin embargo es una imagen importante en la reflexión de Moro sobre la manera en que uno debe pensar la reforma de la sociedad civil o eclesiástica. La imagen pertenece al rico contexto de figuras literarias marítimas tanto en la literatura profana como en la cristiana. Gracias a este invento Rafael se ha ganado el respeto y la confianza de los habitantes de Utopia: «Le agradecieron muchísimo que les enseñase a usar la brújula, hasta entonces absolutamente desconocida para ellos, por lo que no se arriesgaban a lanzarse a alta mar» [39]. La aguja magnética o brújula era entonces una formidable invención tecnológica, un descubrimiento revolucionario pero, como Moro se preocupa de señalar, de ninguna manera hacía superfluas otras venerables ayudas con que contaba el arte de navegar los mares. Por extraordinaria que fuera la innovación, una aventura marítima seguía exigiendo entre otros enseres un buen navío y expertos marineros. Más aún, la misma naturaleza del invento, es decir, la libertad y seguridad que proporciona refuerza la necesidad de la prudencia. Antes de conocer tal invento los marinos utopienses se animaban a navegar en alta mar sólo durante la estación veraniega: «Ahora, en cambio, confiados en la piedra-imán desafían la estación invernal, sintiéndose más seguros, aunque no estén menos libres de peligro. Mucho me temo que semejante instrumento, que podría serles de grande utilidad, vaya a ser por su imprudencia causa de grandes desastres» [40]. La brillante solución de un problema puede crear otro, y como se señala sin ambages más adelante, en verdad un «médico que no sepa curar una enformedad sin provocar otra es incompetente de remate» [41].
Sólo el pensamiento de una reforma levanta en Moro. con urgencia la preocupación de actuar siempre con tacto. Una crítica a la escolástica pronto pasa a reformas en asuntos de Estado: «Ante la imposibilidad de arrancar de raíz desviadas opiniones o de poner remedio -según tu buen parecer- a las malas prácticas arraigadas con el uso, no por ello hay que abandonar el Estado; tampoco se abandona una nave en caso de tempestad, al no ser posible gobernar los vientos. No trates, pues, de inculcar ideas novedosas y peregrinas, que carecen de peso -como es sabido- ante quienes están convencidos de todo lo contrario. Has de intentar, más bien, un método indirecto, arreglándotelas para actuar con mucho tacto» [42]. Consciente de la barrera entre el ideal humano y la realidad concreta, la dificultad de pasar de uno a otro lado no es soslayada ni siquiera por la narración directa de la vida en una sociedad hasta ahora desconocida. Ahí donde haya seres humanos, no hay mucha distancia que recorrer del uso al abuso; y cualquier reparación de éste exige una prudencia a veces casi sobrehumana.. Me parece que ésta es la razón por la que el tema de la verdadera naturaleza de las cosas (la veritas rerum de los autores medievales) navega majestuosa por las páginas de Utopia ya se trate de objetos de oro, de la vida placentera, del trabajo, de la conducta ética, de la moda en el vestido o del culto religioso entre los utopienses. «Tomás Moro» escucha las descripciones que el guía le ofrece del «mejor orden en la sociedad» pero nunca sin ad vertencia plena, siempre en una actitud tan atenta como crítica, y a menu do dejando un rastro de sospecha y escepticismo sobre lo que el misterioso viajero Rafael narra como proveniente de una realidad experimentada en ultramar. A lo largo de todo el discurso Moro, en su calidad de autor y de participante en el diálogo, permanece en una actitud definida por la prudencia. Cuando termina la perorata el Moro del diálogo desea «otra oportunidad» para seguir la discusión [43].
Por el contrario, otra cosa muy distinta ocurre con nuestro guía en la narración sobre la exploración de la isla. Moro casi fuerza al lector a dudar de la capacidad de Hythlodeo para escuchar las opiniones de otros. Y es que la visión de esta sociedad utópica, los rasgos que con tanto cuidado describe de sus habitantes y modos de vida, le han atrapado de tal forma que ya han cristalizado como si fuera un ideal hermético y racionalista. Aquí se encuentra la fascinación de lo que después se llamará sin más «utopía» no sólo como género literario sino como programa ideológico-político, sociológico, artístico, etc. Ahí está su atractivo y su peligro mortal. «Las utopías tienen su mérito -nada extiende tan maravillosamente los horizontes imaginativos de lo que puede realizar el ser humano- pero como guías de conducta pueden ser fatales» [44]. El hombre prudente conoce los límites, y los ideales o ilusiones sobre las posibilidades vienen siempre temperadas por la experiencia. «Si no logras que lo malo se torne bueno, haz por lo menos que el mal se limite al mínimo» [45].
Otro incidente, que arroja luz sobre la noción que Moro tenía de reforma necesaria, se encuentra en la discusión del primer Libro sobre la imposición de la pena capital comio castigo de ofensas criminales menores. Al concluir el argumento sobre las reformas legales que habría que introducir en Inglaterra, Moro pone estas palabras en la boca del Cardenal: «No es fácil pronosticar si los resultados serán buenos o malos, en tanto no se intente una prueba (... ) Solamente entonces veríamos si funciona de verdad ese sistema y si procede el implantarlo legalmente» [46]. Es decir, una reforma social, como cualquier descubrimiento científico, debe en primer lugar ser puesto a prueba con gran cuidado, responsabilidad y prudencia. Sólo si el resultado empírico es favorable debería ser instituido el cambio. «Ningún riesgo se corre haciendo entretanto la prueba» [47]. La reforma viene a decir Moro no es rebelión que eche todo por la borda por la sola razón de que haya venido antes en el tiempo.
Utopía es un experimento de reforma sobre papel, un ensayo intelectual siempre preguntando al lector (y Moro a sí mismo): ¿Qué ocurriría si... ? Sabemos que Moro escribió primero el Libro Segundo (la descripción ininterrumpida de la isla que Rafael Hythlodeo dice haber visitado), y tal vez debió darse cuenta de que para mantener esa visión prudencial de reforma sería necesario escribir lo que ahora es el Libro Primero, una descripción la realidad tal como se experimentaba en Inglaterra [48]. En esa parte introductoria el deseo de reforma está concedido pero sin caer en la visión irreal de lo que después se llamará utópico. El radicalismo «utópico» de la utopía moreana está en todo momento sospechado por el realismo empírico del primer libro. De esta manera prepara al lector para una lectura crítica del discurso de Rafael Hythlodeo en la segunda parte. Cuando llegamos aquí, ya hemos visto igualmente la distancia entre lo real y lo ideal. La sociedad perfecta puede muy bien ser una ilusión inalcanzable: quizás los utopienses no son como nosotros humanos o no están infectados con males que parecen hacer imposible una vida más justa y más consonante con nuestras creencias. Por otra parte, cae sobre el lector la responsabilidad de que él es cristiano (en la mente de Moro porque llegaría el tiempo en que su libro tendría muchos lectores de ninguna manera cristianos) mientras que los utopienses apenas han recibido ese nuevo mensaje. Hay tantos factores, la complejidad de cualquier arreglo social es tan extraordinaria e imprevisible, que en cualquier momento un nuevo dato o hecho puede alterar todos los planes. Moro parece decir que confiar de manera absoluta (como si uno fuera ciego) en la visión de otro es siempre una tarea peligrosa tratándose de cuestiones que afectan a la sociedad entera. El guía visionario, Rafael, por ejemplo, exige la abolición total de las instituciones vigentes en las naciones europeas y lo pide fundado en su propia visión. He aquí como se ha señalado a menudo el peligro absoluto de toda utopía: no establecer su carácter utópico. La naturaleza radical del programa que exige hacer tabula rasa y empezar de nuevo, echando por la borda la experiencia humana del pasado [49].
El extremismo de Lutero contrasta con el esfuerzo de Moro en Utopia por encontrar sanción natural a instituciones y modos humanos. El contraste a veces resulta profético. Parece que Moro hubiera previsto la tensión interna de la reforma que iba a rasgar por siglos la faz del mundo cristiano.
Y es tanto más de señalar por cuanto Moro desde luego no pensaba en Lutero mientras escribía en su obra de fantasía en la que daba parte fundamental al sacerdocio, a las instituciones monásticas, al celibato de algunos de sus habitantes, o la piadosa veneración de los muertos. Años después Moro tratará los mismos temas en sus obras polémicas contra ideas protestantes. En la obra publicada en 1516 lo hace a modo de experimento mental sobre la pauta que debería llevar la ansiada reforma de la sociedad civil y religiosa.
No es de extrañar, por ejemplo, que las mayores alabanzas se reserven para el sacerdocio de la sociedad utopiana. En esta ínsula de fábula hay sacerdotes también. Hythlodeo dice que sacerdote para el utopiense es una persona «consagrada a Dios de modo tan particular, como una ofrenda» y son «intérpretes de Dios» [50]. Ninguna otra posición u oficio recibe tanto honor. Uno de entre ellos preside sobre todos los demás [51], pero son elegidos por el pueblo. Como intérpretes de Dios los sacerdotes «presiden los oficios divinos, cuidan de los asuntos religiosos y son algo así como los censores de costumbres» [52]. Amonestan, recriminan, dan consejo. Exentos de deberes civiles. Se encargan de la educación de niños y jóvenes. Seguir sus consejos es considerado como una «acción pía y santa» [53]. Son pocos, pero santos [54] y humanos, susceptibles de caer en corrupción y de obrar la maldad [55]. Moro no ignora que no hace excepción del clero en lo que a capacidad para el mal respecta, como de cualquier otro miembro de la raza humana, pero hace decir a Hythlodeo que por muy criminales que sean, en Utopia, nadie pone su mano sobre ellos [56]. No es ciego a la realidad de la condición humana pero en ningún momento piensa que la manera de suprimir un abuso sea liquidar el uso de algo, o que la manera de acabar con la corrupción sea terminar con la institución. Con la presencia de sacerdotes en la isla de su imaginación, Moro sin duda funda la existencia misma del sacerdocio en la religión natural. La mediación sacerdotal tiene raíz en la misma naturaleza relacional del ser humano.
El contraste se intensifica con la presencia de los monjes como miembros especiales de la nación. La institución monástica da la impresión, al menos al narrador Hythlodeo, de haber tenido en la isla éxito sorprendente, y es imposible leer estos pasajes sin recordar la ironía del escritor inglés. Aquí la sátira es mordaz. Los monjes utopienses trabajan más que los mejores esclavos y dejan a un lado cualquiera otra empresa de su interés para dedicarse al servicio de los demás [57]. Están preparados para tomar con gozo sobre sus hombros tareas de servicio público que nadie en la comunidad se atreve a realizar. Ofrecen y procuran estos servicios de forma del todo desinteresada en vistas al bien común y al honor del Dios que dicen adorar [58]. Para colmo, Moro hace decir a Rafael Hythlodeo que estos monjes no desprecian el estilo de vida de los demás habitantes ni se dedican a ensalzarse a sí mismos. Sirven en la sociedad sin ningún otro propósito [59]. Unos viven en el matrimonio pero hay otros que son célibes, y estos últimos son considerados más santos. Son religiosos de forma extraordinaria. La institución monástica goza de prestigio entre los utopienses porque la ven como una levadura que fermenta la sociedad. Es en cierto modo una consecuencia del principio fundamental sobre el que se asienta Utopía: la apertura a lo trascendental lleva a estos habitantes no al desprecio, sino al sacrificio de realidades materiales terrenas. Hythlodeo observa que la familiaridad de los habitantes con el fenómeno religioso monástico fue un factor importante en la recepción positiva que tuvo la religión cristiana entre ellos. «En todo caso» -cuenta- «estoy convencido de que debió influir no poco en ello el que oyeran decir cuánto agradaba a Cristo la vida en común de sus discípulos, y que ésta se practicaba todavía entre las más íntegras comunidades de cristianos» [60].
Moro iba a escribir años después muchos folios respondiendo a los ataques de los reformadores protestantes contra verdades y prácticas católicas como el purgatorio, las oraciones por los difuntos, las peregrinaciones, el culto y la intercesión de los santos, las imágenes y estatuas del culto litúrgico, etc. Todas ellas tuvieron ya en Utopia su defensa esencial y humanista. En la imaginación de Moro los utopienses no sólo están convencidos de que hay algo inmortal en el ser humano, sino que piensan que tras la muerte su presencia aunque invisible e insensible es aún más intensa que en vida. Su perspectiva mejora, creen que los muertos tienden a crecer en toda cualidad buena. «A su parecer, este tipo de bienes -u otros cualquiera-, si se trata de gente buena, más que a disminuir tiende a aumentar después de la muerte» [61]. Hablar sobre ellos, sobre sus obras y especialmente sobre su muerte es un estímulo a la buena conducta y a la manera mejor de hacerles homenaje [62]. Piensan que no sería lógico el que los muertos no tuvieran libertad de moverse a su gusto tras la muerte y que sería injusto por su parte el que, desagradecidos, rechazaran de manera absoluta todo deseo de volver a visitar a quienes estuvieron unidos en vida por lazos de amistad y de caridad. Como todas las cosas buenas, piensan que la libertad es algo que lejos de disminuir aumenta ,con la muerte en todo hombre bueno [63]. Aunque, como ya he dicho, Moro estaba muy lejos de pensar en Lutero, es difícil leer estas páginas sin pensar en el contraste que ofrecen de cara a una reforma de la Cristiandad. Moro desea la reforma. Lutero, que mientras se escribe Utopía es religioso agustino, llegará a ver en el fenómeno monástico y otras instituciones una perversión de la religiosidad humana. Su reforma ha estallado de tal forma que se ha convertido en innovación.
IV
En la Cristiandad europea de las primeras décadas del siglo XVI, la necesidad de una reforma era imperiosa y había sido arrastrada durante siglos. La tarea no era fácil, y Moro advierte sobre los extraordinarios peligros como señala en otro texto ya famoso de Utopía: «Claro que si tuviésemos que callarnos -como si se tratara de algo insólito y absurdo- todo lo que las costumbres depravadas de los hombres han dado en considerar chocante, los cristianos tendríamos que silenciar casi todas las enseñanzas de Cristo» [64]. Moro no verá en Lutero un reformador sino un innovador, y aquí el mismo Lutero le daría la razón. Se podrá hacer la objeción de que el problema que trajeron los reformadores protestantes se refería precisamente a realidades fundamentales y no a accidentes o a malas costumbres eclesiásticas. Es decir, la polémica se iba a referir a la misma naturaleza de la Iglesia que Cristo instituyó. Utopía, desde luego, no es un tratado eclesiológico, pero aun esa pregunta es formulada en ella por Moro de una manera no menos radical. Si no se pregunta en esa obra qué es la Iglesia, Moro lo hace de otra manera, pues no hay duda de que se pregunta ¿qué es ser cristiano? Y parece decir: Estos utopienses no son cristianos ni saben de Cristo o la Iglesia y sin embargo... Como lo puso un gran conocedor de Moro: «Con sólo la razón para guiarles, los utopienses hacen esto; y sin embargo, nosotros, ingleses cristianos, nosotros europeos cristianos... » [65]. Erasmo de Rotterdam se hacía la misma pregunta y muy pronto se la haría también Martín Lutero, como se hace hoy en las iglesias cristianas y en el movimiento ecuménico. Cuando se la hace Moro en 1516 o antes, mientras diseña en su mente la idea del libro, no hay todavía escisión en la cristiandad [66].
La respuesta de Moro es clara. El cristiano no deja de ser hombre ni abandona sus facultades por ser cristiano. La Utopia es un documento de reforma que abraza como principio básico y como objeto de la reforma un humanismo cristiano. Esa es la solución que desea y defiende Moro. Nada que pertenezca por derecho a la condición humana debe divorciarse de la gracia de Cristo ni permanecer opuesto a ella: ni la inteligencia humana, ni la libertad personal, ni la tradición, ni el progreso. La gracia que hace a la persona cristiana respeta su naturaleza, cura sus heridas y defectos para elevar luego toda ella a una nueva y sublime dignidad. Esta había sido la doctrina antes de la innovación protestante y seguiría siéndolo después: En su dimensión teológica el mensaje de Moro en Utopia es la alabanza que durante siglos cantaba la liturgia de su iglesia: Deus qui humanae substantiae dignitatem mirabiliter condidisti et mirabilius reformasti . . . qui humanitatis nostrae fieri dignatus est participes. Utopia es un himno a la naturaleza y a la gracia como venidas ambas de Dios; un himno a la armonía entre la razón y la fe cuando al unísono deciden, respetarse mutuamente; un canto a la libertad y a la gracia, a la virtud humana y a los dones del Espíritu, a la ley civil y a la divina, a lo visible, y a lo invisible, es decir, a la apertura a lo trascendental como d sello y corona de la persona humana.
V
Ita tota insula uelut una familia est [67]. «Toda la isla viene a ser como una sola familia». La lectura de Utopia en nuestro tiempo no puede de ninguna manera evitar el tema de la unidad y la tolerancia religiosa. La Europa de Moro era la cristiandad de siglos en el borde de otro cisma. Joseph Lortz, considerado por muchos como el padre de la interpretación ecuménica de la reforma luterana, ha dicho que el cisma es de la misma esencia de lo que Lutero creó. La unidad absoluta, por el contrario, es de la esencia de la Iglesia [68].
No muchos años después de escribir Utopia, Moro iba a ser testigo del desgarramiento de la unidad cristiana y al mismo tiempo del peligro que las naciones cristianas corrían con la amenaza exterior del imperio Turco. Mucho se ha hablado del principio de la tolerancia en la isla «que no existe en ninguna parte». Escrita antes de la conmoción religiosa luterana, Moro no pudo tener presente a Lutero ni sus doctrinas innovadoras en la redacción de Utopia. Ni pudo haber escrito con espíritu polémico en contra de los reformadores -Lutero en Alemania y de otros en Inglaterra- como haría años más tarde y por extenso en sus obras de controversia; Cuando, según el mismo cuenta, robaba «tiempo del sueño y de la comida», Moro estaba libre de la presión de acontecimientos religiosos y políticos que iban a trastocar el orden entero de Europa [69]. Si las ideas que se han expuesto en ese artículo eran de verdad centrales para la reflexión de Moro sobre el orden de su propia vida personal y el orden de la sociedad, no es dificil hacerse una idea del carácter terrible y trágico de la innovación luterana en Alemania y las ramificaciones que inmediatamente tendría en su propio país. Estas le llevarían a su propio martirio en julio de 1535. En lugar de la paciente reforma hecha con extraordinario tacto para no desechar con el abuso el uso correcto de cosas e instituciones, Moro encontrará un ataque frontal y violento, casi sin tregua ni cuartel, a las instituciones en cuanto tales. El cisma de la cristiandad occidental es pronto completo y rígido; quedará petrificado sin diálogo durante siglos. Aunque yo nunca he observado un Morus furiosus como ha querido alguno que otro de sus lectores, qué duda cabe que entre 1522 y 1534 el sueño magnífico del Tomás Moro humanista cristiano es interrumpido ante la necesidad de combatir una pelea que Moro jamás deseó. Cuando leemos hoy sus voluminosas obras de controversia teológica, vemos a su autor prisionero de un estilo y forzado por las circunstancias. Hemos de esperar hasta que la controversia religioso-política le atrapa a él mismo y entra prisionero en la Torre de Londres. En sus obras de prisión -en su correspondencia, en el Diálogo de la Fortaleza contra la Tribulación, y en La Agonía de Cristo- [70] el humanismo cristiano del autor de Utopia es de nuevo liberado y esculpido, esta vez con su pluma para todos los tiempos y con su sangre para la eternidad.
Con abandono total en una misteriosa providencia divina sobre los acontecimientos terrenos Moro tuvo que recordar las palabras que había puesto en boca de Hythlodeo describiendo los principios religioso-políticos de la Sociedad utopiana. Habría que citar aquí para hacer justicia a su autor la sección entera en Utopia dedicada a la religión de los utopienses. Su unidad está fundada sobre su monoteísmo: un solo Dios «al cual se debe la creación y el gobierno del universo». Sus aspiraciones sublimes en la conducta y en su tendencia a la vida más contemplativa aún en su trabajo en el mundo, llevá a los utopienses poco a poco a un entendimiento católico de la creencia religiosa: «todos se an apartando poco a poco de aquella diversa de creencias supersticiosas, para venir a coincidir en una única religión, que racionalmente se muestra superior a las otras» [71].
Entre sus mas antiguas instituciones cuentan, ciertamente, con una por la que se establece que nadie ha de sufrir molestias a causa de la religión que profese.. Ya desde un comienzo se enteró Utopo de que antes de su llegada los habitantes peleaban continuamente unos con otros por cuestiones religiosas; (... ) lo primero que ordenó fue que cada cual podría practicar la religión que quisiera y hacer prosélitos, a condición de exponer sus razones con serenidad y moderación, sin acritud demoledora hacia las otras creencias. Si no lograba convencer, no debía recurrir a la violencia ni exacerbar los insultos; quien demostrara un descarado fanatismo en esta cuestión sería castigado con el destierro o la esclavitud» [72]. Y se menciona a un converso que lejos de seguir los principios utopienses (junto con el precepto de la caridad cristiana) degenera en fanático y es condenado al exilio. Lo más sorprendente es que esta medida prudencial y de respeto a las conciencias de los ciudadanos de la isla no es únicamente por razón de mantener la paz y la concordia, sino «por estimar que ello redundaría en beneficio de la propia religión». Para Moro humanista, despertando por fin en 1516 con la redacción de Utopia a lo que el mundo podría ser si se siguieran tales principios de convivencia, es la confianza en la verdad única, que es la verdad de Dios y la verdad de las cosas, la que apoya incondicionalmente este principio: «en el supuesto de que únicamente existiese una religión verdadera y el resto fuesen falsas, previó [Utopo] que la fuerza misma de la verdad fácilmente terminaría despuntando e imponiéndose por sí, siempre que se actuase con sentido común y discreción».
En las oraciones comunitarias los utopienses reconocen y ensalzan a Dios como creador, le agradecen el que les haya tocado vivir en «la más feliz de las repúblicas», y practicar la religión que es «la más verdadera de todas». Pero, «caso de que se equivocasen o existiera alguna otra forma superior a ésa y más aceptable a Dios, suplícanle que por su bondad se lo dé a conocer, pues están dispuestos a seguir por el camino que El quiera conducirles. Si, por el contrario, la forma de su Estado es la mejor y su religión la más ortodoxa, en ese caso piden a Dios les conceda la perseverancia y atraiga a todo el resto de los mortales a esa misma condición de vida, y a esa misma creencia en la divinidad, a menos que Su inescrutable querer muestre complacerse en la diversidad de cultos» [73].
Pocos años después, en 1523, Moro terminaba su primera obra de controversia, la Responsio ad Lutherum, pidiendo que pronto toda la disputa pasara al olvido y de esta manera «la serena luz de la fe pueda brillar en las almas, y regrese la piedad sincera y la auténtica armonía cristiana» [74]. Desgraciadamente el curso de la historia iba a seguir por derroteros muy distintos a pesar de que no faltaron los intentos de concordia.
Muchos años después, confiaba un día Moro a William Roper su más íntimo deseo y esperanza: con gozo dejaría que le metieran en un saco y le arrojaran al río Tames si se cumplieran tres cosas en la Cristiandad. La primera era la «paz universal» y la segunda que ahí donde la iglesia de Cristo estaba siendo duramente afligida con muchos errores y herejías, pudiera alcanzar la paz «en una perfecta uniformidad de religión» [75]. En los últimos meses de vida, prisionero en la Torre de Londres, su deseo por la unidad perdida no hizo nada más que crecer y aceptando los acontecimientos se disponía de manera que hace eco de la tolerancia utopiana. En su Diálogo de la Fortaleza contra la Tribulación pone estas palabras en el personaje del anciano Antonio tras recibir noticias que le han causado sosiego en su mente.
La primera es que en recientes discusiones entre ambas partes se ha visto buena probabilidad de llegar a algún acuerdo para crecer en una misma fe. La segunda es que, hasta que eso llegue a ser realidad, ambas partes, que antes no hacían sino luchar entre sí, han prohibido efectivamente todo tipo de polémicas y disputas que falten a la caridad. La tercera es que en Alemania profesan el nombre de Cristo a pesar de sus diversas opiniones, y todos se ponen ahora de acuerdo en un frente común para defender la Cristiandad contra nuestro común enemigo, el Turco. Y confío en Dios que esto no sólo nos ayudará a ser más fuertes en esta guerra, sino también a que, ya que Dios ha hecho posible que estemos todos de acuerdo en la defensa de su nombre, la misma gracia suya nos llevará a estar todos de acuerdo en la verdad de su fe [76].
VI
La composición de Utopia fue para Moro en primer lugar, un ejercicio personal por el que esperaba dilucidar las grandes cuestiones y problemas de su propia vida, y después (como si ya hubiera decidido su lugar en la vida pública de su país y en su Iglesia) un experimento mental sobre el plan, propósito y posibilidades de una reforma a nivel europeo, en la sociedad civil y en la eclesial. Pero Moro está en las antípodas del soñador visionario. Con razón se ha señalado que no hay anti-utopía más enérgica que la Utopia moreana. Porque, al final de cuentas, todo el libro es un desafío al lector mismo como individuo. El ser humano corre el riesgo de dormirse y soñar para despertar en una nueva y terrible pesadilla. O puede -aunque le parezca un sueño- reafirmar su dignidad y trascendencia como persona, como ser capaz de Dios, en cuya apertura y sólo en ella puede encontrar su identidad primero y con ella la realización de sus aspiraciones. Si no se entiende esto se ha entendido muy poco sobre Utopia y sobre su autor. Y la lección de Tomás Moro merece ser escuchada si uno escucha -como lo hizo- los silencios y los ruidos de la historia. Como explicaba San Agustín en uno de sus sermones (Sermo 311, 6), los tiempos no son ni buenos ni malos: son más bien los hombres y las mujeres los que piensan, hablan y actúan arraigándose más y más en fondos de bondad o malicia. O los tiempos se tiñen muy poco del color de los humanos o los hombres mismos son los tiempos. Por eso he citado al iniciar este ensayo la afirma ción de Eric Voegelin: «nadie está obligado a participar en la crisis espiritual de una sociedad; al contrario, todos estamos obligados a evitar esta locura y vivir nuestras vidas de forma ordenada». Con Utopia Moro estableció con firmeza el designio de su vida, decidió arriesgarse y entrar en el mundo turbio y peligroso de la política al servicio de un rey que se convertiría al final en su verdugo. Tal vez al terminar su vida en una celda de la prisión londinense recordaría Santo Tomás Moro otras palabras de San Agustín, el primer filósofo de la historia: Necesse est ut aspera sint tempora.
Álvaro de Silva,en dadun.unav.edu/
Notas:
1. It [our effort] should show that the spiritual disorder of our time, civilizational crisis of which everyone so radily speaks, <loes not by any means have to be borne as an inevitable fate; that, on the contrary, everyone possesses the means of overcoming it in his own life. And our effort should not only indicate the means, but also show how to employ them. No one is obliged to take part in the spiritual crisis of a society; on the contrary, everyone is obliged to avoid this folly and live his life in arder (Eric VOEGELIM, Science, Politics and Gnosticism, Chicago 1968, pp. 22-3; ed. original de 1959).
2. La bibliografía sobre la Utopia de MORO es considerable, el lector interesado hará bien en consultar guías bibliográficas especiales sobre la figura y obra literaria de Moro, em
pezando por St. Thomas More: A Preliminary Bibliography, editada por R. W. GIBSON y J.
Max PATRICK, New Have, Conn. 1961, y la edición crítica de la universidad de Yale en The Complete Works of St. Thomas More. La Utopia es el vol. 4, editado por Edward SURTZ y J. H. KEXTER, New Haven and London 1965, cuarta impresión de 1979. Los volúmenes de esta edición crítica serán referidos con las siglas CW seguidas del número correspondiente en la colección y la página. Los dos libros de E. SURTZ, The Praise of Wisdom, Chicago 1957, y The Praise of Pleasure, Cambridge, Massachusetts 1957. Véase también la edición de André Prevost, L'Utopie de Thomas More. Paris 1978.
3. Cfr. Alistair Fax, Thomas More: History and Providence, Yale University Press, New Haven - London 1982. El primer capítulo es un fascinante estudio de los conflictos de Moro en su desarrollo como hombre y como cristiano.
4. Fox ha visto con gran acierto en Utopia una «síntesis moreana» (cap. 2) en la que Moro resolvió los grandes conflictos sobre el sentido y manera de su existencia.
5. Richard MARIUS en The Confutation of Tyndale's Answer, ed. by Louis A. SCHUSTER, Richard MARIUS,. James P. LUSARDI, and Richard J. SCHOECK, The Complete Works of Saint Thomas More, CW 8, Part III, p. 1272.
6. Véase la obra de André PREV0ST, Tomás Moro y la crisis del pensamiento europeo, Madrid 1972. Sobre la Utopia véase pp. 83-117.
7. Fechada el 23 de julio de 1519, fue publicada en octubre del mismo año (Farrago Nova Epistolarum). Erasmo la retocó posteriormente. Véase P. S. ALLEN Opus Epistolarum De siderii Erasmi, Oxford 1906, vol. IV, n. 999. En el mismo documento, describe a Moro como el defensor o «protector de todos los necesitados».
8. «Interea quemadmodum haud possum omnibus assentiri quae dicta sunt, alioqui ab homine citra controuersiam eruditissimo simul & rerum humanarum peritissimo, ita facile confiteor permuta esse in Vtopiensium republica, quae in nostris ciuitatibus optarim uerius, quam sperarim» (CW 4, 244-246). Utilizo en este artículo la reciente versión de Andrés VÁZQUEZ DE PRADA, Utopía, Colección Tomás Moro, Rialp, Madrid 1989. Se citará a partir de ahora como Utopía seguida del número de página.
9. Arthur F. KINNEY, Rhetoric and Poetic in Thomas More's Utopia, Malibu 1979. Este ensayo muestra cómo Utopía se apoya mucho más que otras obras literarias en las implicaciones del escritor y en las inferencias del lector.
10. Aquí habría que tratar de un tema central en el diálogo, el «recto uso de los bienes materiales de la tierra», como una consecuencia de una determinada idea sobre el hombre y el propósito de su existencia.
11. Sobre este tema el artículo de P. Albert DUHAMEL, «Medievalism of More's Utopia», Studies in Philology, 52 (1955), 99-126; reimpreso en Essential Articles for the Study of Thomas More, ed. por Richard S. SYLVESTER y Germain MARC'HADOUR, Hamdem Connecticut 1977.
12. Cfr. Fernand VAN STEENBERGHEN, Aristotle in the West. The Origins of Latin Aristotelianism, New York 1970 (original impreso en Lovaina en 1954). p. 184.
13. Reason and Revelation in -the Middle Ages, New York - London 1948, p. 74.
14. Ibid., p. 87.
15. Citado por casi todo biógrafo de Lutero. Cfr. Luther Werke (Weimar)., vol. IV, p. 600.
16. Citado por Gilson, Reason and Revelation ... , pp. 93-94.
17. Heiko A. ÜBERMANN, Luther, New Haven 1989 (ed. original alemana de 1982), p. 155.
18. Cfr. Warren W. WOODEN, «Anti-Scholastic Satire in Sir Thomas More's Utopia», The Sixteenth Century Journal, VII, 2 (1977) 29-45.
19. CW 4, 42/8; Utopía, 58.
20. Cfr. cuatro espléndidos artículos de Joseph RATZINGER sobre la verdad de la crea ción y las consecuencias para el creyente moderno: lm Anfang schuf Gott, Munich 1986.
21. Rationem porro, mortales primum omnium in amorem, ac uenerationem diuinae maiestatis incendere, cui debemus, & quod sumus, & quod compotes esse felicitatis possu mus (CW 4, 162/22-25; Utopía, 145).
22. Gratum de deo cultum putant naturae contemplationem, laudentque ab ea (CW 4, 244/19-20; Utopía, 190).
23. Cuius ope philosophiae dum naturae secreta scrutantur, uidentur sibi non solum admirabilem inde uoluptatem percipere: sed apud auctorem quoque eius, atque opificem sum mam inire gratiam: quem caeterorum more artificum arbitrn.ntur: mundi huius uisendam machinam homini (quem solum tantae rei capacem fecit) exposuisse spectandam: eoque chariorem habere: curiosum ac sollicitum inspectorem, operisque sui admiratorem: quam eum qui uelut animal expers mentis: tantum ac tam mirabile spectaculum, stupidus immotusque neglexerit (CW 4, 182/12-21; Utopía, 158-159).
24. Nemque uirtutem definiunt, secundum naturam uiuere ad idsiquidem a deo institutos esse nos. Eum uero naturae ductum sequi quisquis in appetendis fugiendisque rebus ob temperat rationi (CW 4, 162/17-22).
25. Neque enim de felicítate desceptant unquam, quin principia quaedam ex religione deprompta, tum philosophia quae rationibus utitur coniungant, sine quibus ad uerae felicitatis inuestigationem mancam, atque inbecillam per se rationem putant. Ea principia sunt huiusmodi. Animam esse immortalem, ac dei beneficentia ad felicitatem natam, uirtutibus ac bene factis nostris praemia post han uitam, flagitijs destinata supplicia. Haec tametsi religionis sint, ratione tamen censent ad ea credenda, & concedenda perduci (CW 4, 160/26 a 162/5; Utopía, 144-145).
26. In his deum & creationis, & gubernationis, & caeterorum praeterea bonorum omnium gratias agit. Nominatim uero quod deo propitio in eam rempublicam inciderit quae sit felicissima, eam religionem sortitus sit, quam speret esse uerissimam. Qua in re, si quid erret, aut si quid sit alterutra melius, & quod deus magis approbet, orare se eius bonitas efficiat, hoc ut ipse cognoscat (CW 4, 236/12-18; Utopía 199).
27. Entre muchos otros lugares véase De veritate, q. 27, a. 6; In IV lib. Sententiarum, IV, q. 1, a. 3.
28. Por el contrario en el pensamiento de Lutero, en donde la degradación o corrupción del orden natural, de la misma dotación natural del ser humano, permanece como caracterís tica fundamental.
29. Que la razón no tiene animadversión alguna hacia la fe es repetido constantemente por Moro en sus escritos contra los autores protestantes. En la Responsio ad Lutherum escribe: Nec dubito, quin facile sentias, eum non magis pugnare cum pontificum decretis, quam cum ipsi sentias, Scripturis: nec magis pugnare cum Scripturis quam pugnat cum sensu communi (CW 5, 170/8-10). En el Dialogue Conceming Heresies, Moro insiste en que la razón es necesaria para entender la misma Escritura y para saber lo que creemos. Se ve obligado a defender los estudios de las humanidades, las artes liberales, la «lyberall scyence» siguiendo aquí una vieja tradición cristiana: «And yet I thynke other lyberall scyence a gyft of God also and not to be cast away but worhty to wayte and as hande maydes to gyve attendance vpon dyuynyte. And in this poynt I thynke notthus alone» (CW 6, 126/16-19; veanse también los cap. 22 a 24 del Primer Libro de la misma obra). En la Torre de Londres esperando su ejecución, Moro ofrece este comentario sobre el nombre de Maleo, el siervo que perdió la oreja la noche del prendimiento de Cristo en el huerto: «whose name is the Hebrew word far 'king', can ar,propriately be taken as a figure of reason. Far in man réason ought to reign like a king, and it does truly reign when it makes itself loyally subject to faith, in obsequium fidei se captiuans, and serves God. For to serve Him is to reign» (CW 14, 509/1-4; edición española titulada La agonía de Cristo, Madrid 1979).
30. Véase la conocida obra de Yves CONGAR Tradition and Traditions: An Historical and Theological Essay. En su obra Development of Christian Doctrine: Sorne Historical Prolegomena (New Haven-London 1969), Osear Pelikan acepta que para el pensamiento ortodoxo protestante «no ha habido desarrollo doctrinal» («there has therefore been no doctrinal development», p. 23), y que lo que se ha añadido en la iglesia romana «no ha sido preservativo sino destructor de la verdad doctrinal, en base a la misma definición de doctrina cristiana» («additions were not preservative but destructive of doctrinal truth, by the very definition of Christian doctri ne», p. 23).
31. «The great characteristic of revelation is addition, substitution. Things look the same as before, though now an invisible power has taken hold upon them. This power does not uncloth the creature, but clothes it» Qohn Henry Newman, On the Development of Christian Doctrine).
32. Cw 4, 27/36-29/5.
33. R. W. CAMBERS, Thomas More, Londres 1935, p. 128.
34. «Un humanisme saín était la condition d'une saín théologie». La aseveración es en cierto modo el resumen del capítulo dedicado a la Utopía en su obra Thomas More et la crise de la pensée européene, Tours 1969; la cita en la p. 106.
35. Antes de 1523 sería el período rosa y propiamente humanista de Moro: «... the tone of these early works was far different from the attitude of his polemical efforts. To maintain the distinction between this early period and the period wich followed enables the scholarto trace the development of a 'liberal' pre-Reformation humanist into a Catholic polemicist who helped dig the grave for many of the attitudes which had been allowed to flourish whithin the Catholic Church in the Renaissance (Thomas More and the Heretics, Yale University, 1962, tesis doctoral sin publicar, pp. 15-16). Años más tarde, en su biografía de Moro, Marius rechazó esta degollación del personaje como del todo inexacta (Thomas More, New York 198). La obra más reciente sobre «el caso de Tomás Moro» es Thomas More: In Search of the Inner Man, escrita por Louis MARTZ (Yale University Press, New Haven-London 1990). Este libro es también una respuesta a la voluminosa y en algunos respectos caprichosa biografía de Marius.
36. Alistair Fox, Thomas More: History and Providence, p. 74.
37. Nam primum siue mei studio siue ipsius operis illectus, non laboris videtur fuisse pertesus quominus totum perlegeret neque in quidem perfunctorie ac praecipitanter quomodo sacerdotes horarias preces solent. videlicet hij qui solent, sed ita sensim as sedulo vt interim singula sollerter expenderit (Thomas Morus Petra Aegidio suo, CW 4, 248/10-41 ).
38. La paciencia es una de las cuatro condiciones de la «verdadera reforma» dentro de la Iglesia según el famoso estudio de Y. M. J. CONGAR, Vraie et jausse réforme dans l'Eglise (París 1968). Escribía Congar: «Ce qui, dans un mouvement réformiste, risque de tout gater et de faire évoluer dans le sens sectaire l' ambivalence de l'inspiration premiere, c' est l'impatience» (p. 277).
39. Sed miram se narrabat inisse gratiam, tradito magnetis usu, cuius antea penitus erant ignari, ideoque timide pelago consueuisse sese, neque alias temere, quam aestate credere (CW 4, 52/18-20; Utopia, 66).
40. Nunc uero eius fiducia lapidis contemnunt hyemem, securis magis, quam tuti, ut periculum sit, ne quae res magno eis bono futura putabatur, eadem per imprudentiam magnorum causa malorum fiat (CW 4, 52/20-24; Utopia, 67).
41. ... imperitissimus medicus est, qui morbum nescit nisi morbo curare... (CW 4, 06/1; Utopia, 98).
42. At neque insuetus & insolens sermo inculcandus, quem scias apud diuersa persuasos pondus non habiturum, sed obliquo dueto conandum est, atque adnitendum tibi, uti pro tua uirili omnia tractes commode (CW 4, 98/28-31; Utopia, 101).
43. Praefatus tamen aliud nobis tempus, ijsdem de rebus altius cogitandi, atque uberius cum eo conferendi fore, quod utinam aliquando contingeret 244/28-30.
44. Isaiah BERLIN. The Crooked Timber of Humanity. Chapters in the History of Ideas. Ed. Henry Hardy London 1990.
45. & quod in bonum nequis euertere, efficias saltem, ut sit quam minime malum. Nam ut omnia bene sint, fieri non potest, nisi omnes boni sint, ad aliquot abhinc annos adhuc non expecto (CW 4, 100/1-3; Utopia, 101).
46. Tum Cardinalis non est, inquit procliue diuinare, commodene an secus res cessura sit, nullo prorsus facto periculo. Verum si pronuntiata mortem sententia, differri executionem iubeat princeps, atque hunc experiatur morem, cohibitis asylorum priuilegijs. Tum uero si res comprobetur euentu esse utilis, rectum fuerit eam stabiliri (CW 4, 80/7-11; Utapia, 86-87).
47. Ne ullum interea nasci ex ea re potest periculum (CW 4, 80/14-15; Utopia, 87).
48. El tema de la composición y cronología del libro han sido estudiados por J. H. HEXTER en su More's Utopía: The Biography of an Idea, Princeton 1952.
49. El tema ha sido estudiado por R. S. JOHNSON en More's Utopia. Ideal and Illusion, New Haven-London 1969. «The radical character of an ideal program as reflected in Rap hael's demand that current i stitutions be utterly abolished, signals the first danger of Uto pia, for defining a goal that may legitimately claim everyone' s allegiance is the task of gene rations reflecting upon their history, their traditions, their limitations as human beings, not a project to be trusted to men guided only by a vision» (p. 94).
50. Qui deo tan singulari modo velut anathema dedicatus est (CW 4, 228/22-23; Utopia, 194); id est interpretum dei sit obsecuturus (CW 4, 186/15).
51. Nam unus reliquis praeficitur (CW 4, 226/25).
52. Hij rebus diuinis praesunt, religiones curant, ac morum ueluti censores sunt (CW 4, 226/27-28).
53. Cw 4, 186/16.
54. ...sacerdotes habent eximia sanctitate, eoque ad modum paucos (CW 4, 226/19-20).
55. Cfr. CW 4, 228/27.
56. Neque enim fas putant illum, quantumuis scelestum, mortali manu contingere (CW 4, 228/21-23).
57. Bonisque in caeteris officijs statuunt, futuram post fata felicitatem promereri CW 4, 224/23-24.
58. Cfr. CW 4, 225/36-227/3.
59. Ipsi perpetuo in opere ac labore uersantur, nec imputant tamen, nec aliorum sugillant uitam, nec suam efferunt (CW 4, 224/33-24).
60. Quanquam hoc quoque fuisse non paulum momenti crediderim, quód CHRISTO communem suorum uictum audierant placuisse, & apud germanissimos Christianorum conuentus ádhuc in usu esse (CW 4, 218/4-8; Utopia, 185).
61. Quam bonis uiris, ut caetera bona, auctam post fata potius, quam imminutam coniectant (CW 4, 224/8-10; Utopia, 190).
62. Hanc probitatis memoriam ... gratissimum defunctis cultum putant (CW 4, 224/2-3; Utopia, 189-190).
63. Cw 4, 224/5-7.
64. E quidem si omittenda sunt omnia tanquam insolentia atque absurda, quaecunque peruersi mores hominum fecerunt, ut uideri possint aliena, dissimulemus oportet, apúd Christianos, pleraque omnia quae CHRISTVS docuit (CW 4, 100/17-20; Utopia 102).
65. R. W. CHAMBERS, Thomas More, Londres 1935, p. 128.
66. Prevost, p. 105. Sólo una lectura superficial del libro puede llevar a ver en él puritanismo a ultranza. Es extraño que se haya encontrado similaridad «tanto en detalle como en espíritu» entre la Utopía de Moro y la Ginebra de Calvino (HEXTER, «Utopia and Geneva», en The Vision of Politics on the Eve of the Reformation, Nueva York 1973, pp. 111, 108). La única manera de entender esa afirmación se encuentra en el hecho de que para Hexter la filosofía y la religión son temas periféricos en la obra de Moro. Cfr. More's Utopia: The Biography of an Idea, Princeton 1952, reimpreso en 1976, Greenwood Press, p. 56). La idea de una revelación natural (central en Utopia) fue descartada por los innovadores protestantes, sobre todo Calvino (véase su Institutio Christianae religionis, I, c. 2, n. 1, Ginebra, 1618). Sólo esto pone a Utopia en las antípodas del sentimiento protestante. Véase A. PRÉVOST, Thomas More et la crise de la pensée européenne, Mame 1969, p. 105.
67. CW 4, 148/3; Utopia, 135.
68. «The affirmation that Luther destroyed unity has a significance which extens far beyond the purely religious and ecclesiastical spheres. This verdict -serious above others for the Christian- cannot be avoided by complaining that the old Church did not follow Luther. For it is plain that it was out of his communion, following his basic views, that the fatal splintering of Protestantism itself emerged, so that today we find ourselves confronted by countless Protestant denominations, and observe within these various groups a lack of dogmatic cohesion. In so far as historical data can give evidence of essences, we may say that schism is of the essence of what Luther created ... Unity -absolute unit- is the essence of the Church. A doctrinal attitude which gives rise to a plurality of Churches, each with an essentially different doctrine, sorne denying redemption by the Godman, automatically arouses deep suspicion, and is in danger of refuting itself» Ooseph Lortz, The Reformation in Germany, London 1968, vol. 2, p. 343).
69. J. H. HEXTER advirtió a los lectores de Utopia sobre este punto casi obvio. «... in the years 1515-1516 there could have been nothing further from Thomas More's mind (or in deed from Marttin Luther's) than any intimation that the unity of the Church was about to be irreparably rent by a confict over the fundamentals of Christian theology» O. H. HEXTER, en la Introducción a la edición crítica de Utopia, CW 4, p. XXIV).
70. En la edición española de Rialp: rt¡7Ü: La agonía de Cristo, Madrid 1979; Diálogo de la Fortaleza contra la Tribulación Madrid 1988 y; un hombre solo: Cartas desde la Torre, Madrid 1988.
71. Quas reliquas uidetur antecellere Caterum paulatim omne ab ea superstitionu uaritate desciscunt, atque in unam illam colalescunt religionem, quae reliquas ratione uidetur antecellere ((JW 4, 215/25-27 Utopia, 184)
72. Utopía 186-7.
73. Utopía 199.
74. Illucescat animis serenum fidei lumen: redeat syncera pietas, et uere christiana con cordia (CW 5, 695/28-9).
75. «... in a perfect unifarmity of religion» Cf., ROPER'S Lije oj More, New York 1950, pp. 29-30.
76. «The first is, that in sorne comunications we had of late together, hath appeared good likelihood of sorne good agreement to grow together in once accord of our faith. The second, that in the meantime, till this may come to pass, contentions, dispicions, with uncharitable behavior, is prohibited and farbidden in effect upan all parts: all such parts, I mean, as fell befare to fight to it. The third is, taht all Germany, far all divers opinions, yet as they agree together in profession of Christ's name, so agree they now in defense of Christendom against our common enemy the Turk» (CW 12, 37/2-38/17).
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