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Un hogar, una casa, una familia

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Escrito por Juan Luis Selma
Publicado: 29 Diciembre 2025

No podemos renunciar al bien de la familia. No es una utopía, un sueño irrealizable. Puede ser una realidad, pero hay que trabajarla: es una tarea preciosa

Muchos jóvenes encuentran difícil acceder a una casa que pueda convertirse en el hogar de su familia. Es una pena que, en una sociedad tan avanzada como la nuestra, tras tantos años proclamando los avances sociales, los jóvenes tengan tantas dificultades para formar una familia. Recuerdo que, en mi época, nada más terminar los estudios universitarios o de formación profesional, la mayoría, con poco más de veinte años, ya tenía trabajo estable, casa propia y un utilitario. Era frecuente estar casados y tener hijos. Había ilusión, sueños, esperanza de vida.

Hoy recordamos a la Sagrada Familia: Jesús, María y José. A ellos encomendamos nuestras familias y, sobre todo, las futuras. Les pedimos que todos aquellos que sueñen con formar un hogar tengan los medios suficientes, y también las ganas y la ilusión. Nada mejor que la familia, nada más necesario y valioso.

En Nazaret, junto a la Basílica de la Anunciación, donde estaba la casa de la Virgen, se encuentra la casa de José. Allí vivió la Sagrada Familia, en una cueva ampliada que probablemente incluía el taller de trabajo de san José, o al menos su almacén de herramientas.

Los arqueólogos y la tradición de la Iglesia creen haber identificado estas casas -o al menos aproximarse mucho-, situadas a poca distancia una de otra. Han comprobado que eran en parte cuevas, con su mikvá (baño ritual de agua corriente), espacios para animales y, enfrente, más viviendas… Era el pequeño pueblo de Nazaret, hoy convertido en una gran ciudad de unos ochenta mil habitantes, en su mayoría árabes.

La cueva que se conserva tiene una estancia con un agujero que servía de hogar para cocinar, calentar e iluminar. Allí, un mosaico moderno presenta a la Virgen cocinando, a José trabajando y a Jesús joven extendiendo la mano para recoger el plato que prepara su Madre. En ese lugar se conjuga lo humano con lo divino: el trabajo, la vida familiar, el descanso, las relaciones de vecindad y parentesco, junto con la santidad.

San Pablo nos recuerda: “Hermanos: Como elegidos de Dios, santos y amados, vestíos de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada". El amor es el cimiento que une a la familia, el seguro que la hace duradera.

No podemos renunciar al bien de la familia. No es una utopía, un sueño irrealizable. Puede ser una realidad, pero hay que trabajarla: es una tarea preciosa. Hay que prepararse para ser un buen esposo o esposa, padre o madre. Recuerdo a un joven que, tras una ruptura, me decía que había comprendido la necesidad de madurar, ser más responsable y prepararse para amar de verdad.

El Santo Padre nos dice: "Podemos entender la familia como un don y una tarea. Es crucial fomentar la corresponsabilidad y el protagonismo de las familias en la vida social, política y cultural, promoviendo su valiosa contribución en la comunidad. En cada hijo, en cada esposa o esposo, Dios nos encomienda a su Hijo, a su Madre, como hizo con san José, para ser, junto a ellos, base, fermento y testimonio del amor de Dios en medio de los hombres. Para ser Iglesia doméstica y hogar donde arda el fuego del Espíritu Santo, difunda su calor, aporte sus dones y experiencias para el bien común y convoque a todos a vivir en esperanza".

Para estar en condiciones de formar una familia hay que cultivar actitudes que sostienen la vida compartida. Escucha profunda: no solo oír palabras, sino atender al corazón del otro. Respeto y libertad: amar sin poseer, acompañar sin sofocar. Perdón y paciencia: aceptar la fragilidad mutua y dar espacio al crecimiento. Cuidado cotidiano: los gestos pequeños (un café, una sonrisa, un abrazo) sostienen más que las grandes declaraciones.

Y, sobre todo, rezar unidos: la oración común ayuda mucho. Es como una lámpara encendida en la casa: ilumina suavemente, no impone, pero da calor y guía a todos los que entran. Ver las cosas con la luz de Dios y contar con su gracia fortalece la vida familiar.

Juan Luis Selma en  eldiadecordoba.es

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