No teman. Es serio lo que deseo exponer y en esta sociedad que nos toca vivir y a la que amamos hay que darle juego. Permítanme unas ideas sobre la importancia de la objeción de conciencia que se plantea en tantos foros, principalmente políticos y sanitarios
Defiendo que la objeción de conciencia y su repercusión legal y legítima en el ámbito en el que se ejerza debe ser una manifestación del progreso social y científico cuando su fundamentación antropológica responda a la verdad de lo que somos y estamos llamados a ser. Algo que implica también adaptarse, solo en la forma, a las circunstancias cambiantes de la sociedad. Conlleva la noble exigencia de construir, cada uno desde su lugar, una polis acogedora y hospitalaria, no vacía ni falsamente neutra.
En la actualidad hay decisiones de temas importantes que generan opiniones dispares, conducen a situaciones complicadas en las que parece no haber lugar para el diálogo ni para el enriquecimiento mutuo. El buen objetor de conciencia, tiene que representar el paradigma deseable de ciudadano activo y comprometido, y manifiesta que el bien común responde a la suma de los bienes individuales y personales que se articulan gracias a la dimensión relacional de la persona. Es decir, la libertad personal no disminuye a medida que aumentan las exigencias del bien común. Todo lo que responde a vivir y a crecer lo es por yuxtaposición: célula a célula, persona a persona.
Es esperanzador que hasta ahora, ha sido admitida en los Tratados internacionales. Se trata de trabajar por una calidad democrática, comprendiendo que el hombre, al vivir en sociedad, no puede plantearse alcanzar el bien ético de una forma aislada, que no trascienda al otro. Vivir bien éticamente también exige un vivir bien juntos. Me detengo a continuación en dos objetores de conciencia magníficamente llevados al cine: Sir Tomás Moro y el granjero Franz Jägerstätter. Vale la pena releer las críticas realizadas en CinemaNet por Sergi Grau (Un hombre para la eternidad) y M. Ángeles Almacellas (Vida Oculta). Aquí solo incido en el ejemplo valiente de ambos objetores, que lo fueron reales, de carne y hueso.
Patrono de Gobernantes y Políticos. Según Erasmo, Moro había sido «creado para la amistad». Y así actuó con todos. El año 1535 fue citado a prestar juramento al “Act of Succession” aprobado por el Parlamento. Este acto tenía como finalidad legitimar los hijos del Rey con su amante, Ana Bolena. Moro negaba la competencia del Parlamento para declarar que Enrique VIII era el jefe de la Iglesia de Inglaterra y también que su matrimonio con Catalina de Aragón era inválido. Pero a su vez no tenía inconveniente en admitir que el Parlamento podía reconocer como heredero de la corona al hijo de Ana Bolena. Aparte de no hacer el juramento, no dijo nada en contra del Rey y disimuló honradamente su pensamiento, puesto que quería salvar su vida. Al final del proceso, cuando ya estaba escrita la sentencia, pronunció una espléndida apología de sus propias convicciones sobre la insolubilidad del matrimonio, el respeto del patrimonio jurídico y la libertad de la Iglesia ante el Estado. Hizo todo lo políticamente posible para no ser mártir; todo menos sacrificar su conciencia y poner al Rey por encima de su Dios. Subió Tomás Moro con tranquila resignación al patíbulo y, dirigiéndose a los presentes, dijo que moría siendo buen siervo del Rey, pero primero de Dios. La película ofrece una red de contrastes en donde sobresale un auténtico canto al honor, a la gallardía y a la coherencia encarnado en el personaje de Sir Thomas Moro. Impresionante la escena en que a la pregunta de su esposa de por qué se opone al Rey, Moro responde: “porque no puedo hacer otra cosa”.
Beato Franz Jägerstätter
En junio de 1940, es llamado a filas por Hitler. Objetó realizar ningún servicio militar bajo el nazismo. Fue el único de su pueblo en actuar de este modo. No se lo pusieron fácil, ni siquiera sus vecinos. Solo tuvo la ayuda de su mujer. Fue sentenciado a muerte, víctima de vejaciones y guillotinado en la prisión de Brandenburgo-Gorden. En los últimos días de su vida, Franz sintió de modo especialmente intenso el dolor que estaba causando a su familia ─tenía tres hijas, la menor con solo seis años─ y escribía mostrando sus sufrimientos y esperanzas. Copio de estas cuartillas: “Se dice que las palabras instruyen, pero los ejemplos arrastran. Y aunque uno callara como un muro, podría hacer mucho bien, pues así se puede ver a cristianos que, aun hoy, en plena oscuridad, son capaces de alzarse con toda claridad, serenidad y seguridad, que en medio de tanta falta de paz y de alegría, con tanto egoísmo y odio se levantan con la más pura paz, alegría y ánimo de servicio. Que no son como una caña agitada por el viento.” En los créditos finales el film recoge un pensamiento George Elliot: “Porque el bien creciente del mundo, depende en parte de actos al margen de la historia, y que las cosas no nos vayan tan mal a ti y a mí, como pudiera haber ocurrido, se debe en parte a los que vivieron fielmente una vida oculta y descansan en tumbas que nadie visita”.
¿Qué sobrevuela en todas estas argumentaciones? ¿Qué nos ofrecen estos objetores? Que la defensa de la verdad del hombre nunca es trivial, siempre inagotable, y cada vez más profunda. El quid de la objeción de conciencia es que somos libertad, una libertad que me es dada para poder dirigirme hacia mi propio bien y, consecuentemente, para hacer el bien, algo que se conquista y nos libera de tantos prejuicios. Algo que tienen los objetores presentados.
Vuelvan a ver estas películas…