Algunas reflexiones sobre la Nota doctrinal Cor ad cor loquitur
“A diferencia de Zubiri, en vez de inteligencia sentiente, es mejor hablar de sentir inteligente, para dejar todavía más claro que no es que tengamos una racionalidad (una inteligencia) que deba complementarse con la sensibilidad, sino un sentir que ya en sí mismo es inteligente” (Josep María Esquirol, La penúltima bondad)
“No te digo que me quites los afectos, Señor, porque con ellos puedo servirte, sino que los acrisoles” (San Josemaría, Forja 750)
“A Dios no se llega en toda época por el mismo camino” (Nicolás Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito)
La reciente Nota doctrinal de la Conferencia Episcopal Española sobre el papel de las emociones en el acto de fe [1], viene motivada por dos relevantes motivos. En primer lugar, por el hecho innegable de que “en nuestros días la experiencia de fe se centra en el universo emocional y sentimental de la persona, lo que podría interpretarse como uno de los signos de los tiempos” [2]. En segundo lugar –pero no menos importante- por el peligro real del reduccionismo emotivista de la fe, que lleva de hecho en nuestros días a bastantes personas a “convertirse en consumidores de experiencias y buscadoras insaciables de complacencia del sentimiento espiritual” [3].
Esas observaciones que recoge este documento sobre un tema tan fundamental y actual me dan pie a hacer personalmente otras, no con el fin de aclarar un texto que de por sí es conciso, equilibrado y claro, sino para poder expresar en alto algunas cosas tal vez no dichas explícitamente en ese texto, pero que tras leerlo me han venido al corazón. Y el corazón me pedía hablarlas.
Además, lejos de tratarse de un texto redactado para salir al paso de ciertos abusos que se están dando en las experiencias de fe (la tentación inmediata es interpretar así el motivo de su publicación, debido al lógico dolor que causa en el pueblo cristiano cualquier tipo de abuso) el tono de la Nota es positivo y propositivo. Es sobre todo una necesaria llamada que nos anima como cristianos a “recuperar la importancia de los sentimientos y a integrarlos, sin menoscabo de la razón, en la vida cristiana” [4].
Es muy de agradecer que la Iglesia, como Madre buena, nos ayude a valorar hasta qué punto las emociones y sentimientos, si bien pueden provocar un primer impacto en la persona y conducirla a la conversión y adhesión a Cristo, también pueden llegar a ser un obstáculo en el crecimiento espiritual.
Los puntos que me gustaría destacar del documento son estos:
1ª. El medio, no el método, es el Mensaje
La primera expansión del cristianismo en el imperio romano sigue siendo una incógnita para muchos estudiosos. Pero hay cosas que parecen ya muy claras y arrojan luz en nuestra época, en la que encontramos también tanta necesidad de un primer anuncio de la Palabra. Como ha ilustrado el magnífico libro de Alan Kreider La paciencia, aquellos cristianos de la primera hora no tenían un método, pero sí un medio. Fue su estilo de vida (habitus) y su paciencia lo que removía las almas de los que se acercaban a ellos. Vivían una fe pacífica, una caridad dialogante y una entrega esperanzada, que arrastraba. Arrastraba su testimonio real, un testimonio que además movía los corazones de quienes los trataban.
A sensu contrario, podemos pensar la publicación y enorme éxito hace poco tiempo del bienintencionado libro de Rod Dreher La opción benedictina, libro que contenía ideas de valor, pero profundamente equivocado en su planteamiento. Su error no radicaba tanto en que animara a los cristianos a vivir en paralelo al mundo, sino en proponerlo como método, bien de supervivencia bien de evangelización. La opción benedictina hizo un flaco favor al pensamiento de san Benito, quien no optó por retirarse del mundo como método, sino que con mente abierta y universal fue llamado por un camino dentro de la Iglesia universal. Camino al que la inmensa mayoría de los cristianos no está llamado.
Valgan estos dos botones de muestra para esta primera observación. Los sentimientos son buenos para una evangelización en la medida en que no sean un método para evangelizar, sino fruto de un testimonio de vida real. De lo contrario es fácil confundir al que cree y conformarse con que sea creyente. Y eso es lo menos importante en el Cristianismo. “Algunos pretenden que lo que en definitiva interesa no es tanto qué se cree como el hecho de creer, y la seriedad y la intensidad que en ello se pone… No es éste el pensamiento del Nuevo Testamento… La Fe está en su contenido” (Guardini, Sobre la vida de fe).
2ª. Confusión respecto al primer anuncio
La nota doctrinal hace referencia directa a aquellas iniciativas de primer anuncio que el Espíritu Santo ha suscitado en la Iglesia. Y más en concreto a aquellas que van dirigidas a la llamada generación Z, nativos digitales nacidos entre mediados de los 90 y la primera década del 2000.
Pero claro, conviene recordar que llamar a eso primer anuncio puede llamar a un equívoco, en este caso importante. Porque el primer anuncio sobre el amor y la afectividad lo recibimos en los cinco o seis primeros años de nuestra vida, y siempre en el ámbito de nuestra familia. Ahí se juega en gran medida la imagen que una persona pueda forjarse de un Dios que es Amor. Es la familia, la Iglesia doméstica, el cauce natural para hablar de los afectos en el camino de fe, y todo lo que no cuenta con ella o no se construya sobre ella necesita antes una cuidadosa deconstrucción y restauración.
Quien pretenda emplear como método de evangelización los sentimientos para personas de la generación Z debe saber que llegan muy tarde. Lo único que podrían hacer es paliar las lagunas afectivas si se tratara de personas que no han recibido una formación adecuada para el amor en sus hogares. Pero el primer anuncio de esas personas ya ha sido dado. Esa experiencia iniciática con la ternura de Dios ayudaría a que vuelvan a creer de modo nuevo en aquello en lo que un día creyeron de una manera errada, pues aquella primera fe en el amor les fue robada tal vez por sus propios progenitores. Es el drama de tantos jóvenes que en nuestros días ni siquiera han recibido el Bautismo, por ejemplo.
Claro que el primer anuncio debe estar acompañado del amor, de los afectos. Pero si se trata de personas que llevan años sin sentir o confiar en un amor como el de Dios es muy fácil confundir los sentimientos con el fin a alcanzar y no con el medio para llegar a Dios y a los demás. Es el ejemplo que ponía C. S. Lewis en La abolición del hombre, cuando señalaba que la tarea de los educadores modernos no consiste tanto en talar selvas como en regar desiertos. Cuando los corazones están tan secos, la presencia del primer oasis se acaba convirtiendo en la meta de llegada. Pero un oasis no te lleva al mar.
Me vienen a la cabeza estas palabras tan inspiradas de Saint Exupery: "Si quieres construir un barco, no empieces por buscar madera, cortar tablas o distribuir el trabajo. Evoca primero en los hombres y mujeres el anhelo del mar libre y ancho". Aplicado a este tema, bastaría con seguir el orden que propone el Catecismo de la Iglesia Católica, que con su propia estructura nos enseña: empieza a hablar de la Vida de Fe (primera parte del Catecismo) y muestra la grandeza del misterio litúrgico (segunda parte), y ya tendrás tiempo de hablar de la parte moral (corazón) y de la oración (relación).
3ª La llamada a amar apasionadamente
La imagen de los ríos que llevan al mar y de evocar el océano me permite hablar de un tercer aspecto muy importante, que podemos comprobar especialmente meditando la Pasión del Señor. Es esta: todos hemos sido llamados a amar con pasión (a Dios, a los demás, al mundo…), pero amar apasionadamente no consiste tanto en amar mucho o muchísimo. Antes que un tema cuantitativo, amar con pasión es un modo muy específico de amar. Amar apasionadamente es amar teniendo como referencia la Pasión de Cristo. Y la Pasión de Cristo, la Cruz de Cristo, es todo menos sentimiento. Es una historia real de Amor, que le llevó a morir por nosotros. Es el dolor, no la intensidad, la piedra de toque del amor auténtico.
Pero claro, normalmente a esa infinidad de nativos digitales a los que se dirige la Nota se les ha enseñado a huir del dolor. Entre otras cosas porque lo digital, las pantallas, no pueden transmitir un amor así. Y por esto comprobamos que la inmensa mayoría de ellos no están formados para sobrellevar la frustración, por ejemplo. La multiplicidad de adicciones, el aumento del suicidio entre los jóvenes, la esterilidad que provoca la pornografía en muchos corazones jóvenes, la lógica irracional de la eutanasia… Son muchas las pruebas evidentes de que la afectividad no está siendo bien encauzada. Cada vez se habla más de ella, al tiempo que cada vez ayuda menos como camino hacia la felicidad.
Y es que mientras la afectividad se forja en el dolor, las emociones y sentimientos nos hacen huir de ellos si no están bien enraizados. Es lo que se da en una época como la nuestra, que huye del dolor auténtico. Como dice Han, «lo que ha quedado son los dolores crónicos silenciosos, a los que se ha despojado de toda palabra, de toda inspiración que haya aún que combatir. En cambio, ya no hay dolores iluminadores, inspiradores, que sean, como decía Walter Benjamin, “una especie de corriente navegable cuyo caudal nunca se seca” y que conduce al ser humano “hasta el mar”» [5].
Volvemos a la idea de los oasis de Lewis, que en el fondo no son sino pozos de Sicar donde almas samaritanas de lo más variadas desean sencillamente calmar la sed de hoy. Aquella tarde esa mujer dejó el cántaro junto al pozo y decidió dejarse llevar por la corriente de esa agua que salta hasta la vida eterna; hasta ese mar que es Dios. Amar apasionadamente requiere hacer primero lo que hizo Cristo: entrar a todos los temas de fondo que deben aclararse, decir lo que está mal en nuestras vidas, explicar de dónde viene la salvación y de dónde no… La escena de la samaritana es una Masterclass sobre lo que es la ausencia de emociones y la presencia de una afectividad que encauza el corazón y lo libera.
4ª. Emotivismo como contexto
El reciente fallecimiento de A. MacIntyre me trae inmediatamente algo que no debemos olvidar y que este gran filósofo supo explicarnos mejor que nadie. El emotivismo dominante en nuestros días es una de esas armas que, como los bárbaros que hicieron caer el Imperio Romano, no vinieron en realidad de fuera, sino que ya llevaban tiempo dentro (es la famosa analogía que emplea MacIntyre en Tras la virtud). No debemos olvidar que la Fe de los neófitos actuales debe arraigarse no en un contexto neutral respecto a los afectos, sino en un contexto esencialmente emotivista y sentimental: siento luego existo, siento luego es verdad, siento luego amo… Esos son sus principios, y no tienen otros como sí tenía Groucho Marx.
Si toda enseñanza de la fe debe tener en cuenta la inculturación, pensar que las emociones y sentimientos son el primer modo de transmitirla llevaría al peligro real de arraigar algo que sin darnos cuenta no sería lo que pretendemos sembrar, algo que como la cizaña y el trigo se parecen mucho, pero mientras uno hace daño y el otro alimenta. El emotivismo reduce la afectividad a las emociones, y el corazón humano no está capacitado para vivir sólo a base de hidratos de carbono emocionales. Necesita alimento sólido, papillas o chuletones -unos afectos que se puedan pisar y sigan ahí-, pero no sólo chuches y patatas fritas.
Si pretendemos que los sentimientos ayuden a tener una visión global de la Fe, sencillamente… no lo lograremos. “Los sentimientos y las emociones, si bien son parte del mundo afectivo, no son capaces de abarcarlo en su totalidad” [6]. La afectividad sí porque está integrada en toda la persona, cabeza y voluntad. La afectividad adecuada proyecta una mirada, una certeza de sentido, que los sentimientos nunca podrán darnos. Y lo que necesitamos al principio es una correcta orientación.
Desde pequeños aprendimos con El Principito que sólo se mira bien con el corazón. Pero Saint-Exupery no hacía una llamada al sentimentalismo, sino a recuperar algo que ya antes que él nos recordara otra francesa, Simone Weil: “Una de las verdades del Cristianismo, hoy olvidada, es que lo que salva es la mirada” [7]. La mirada cordial, la mirada que recuerda que cada persona es hija de Dios, que el mundo ha salido de las manos amorosas de Dios, que Dios ha entregado la vida por mí… La mirada que salva es la gran enseñanza de toda Evangelización.
A educar esa mirada que sepa aplicar los sentimientos adecuados a las situaciones que se presentaran es a lo que siempre fue dirigida la educación desde los comienzos de la Filosofía. Una Filosofía que no estaba construida sobre la falacia de la inexistencia del pecado original, como la de Rousseau, sino sobre un ser humano real. Como el tema es muy amplio, recomiendo a este respecto el libro de Marta Nussbaum La fragilidad del bien. Allí la autora, como MacIntyre, reivindica la necesidad de formar en las virtudes como marco imprescindible para poder comprender que los sentimientos y las emociones son buenas… o no. Formar en virtudes es la vacuna prioritaria frente al emotivismo reinante actual.
5ª Formar a personas capaces de compromisos perdurables (vale, voy a intentar ser más breve)
Una de las observaciones tal vez más atinadas de la Cor ad cor loquitur se encuentra en su número 8: “Este primado operativo del impulso emocional en el interior del hombre, sin otra dirección que su misma intensidad trae consigo un profundo temor al futuro y a todo compromiso perdurable”. Si lo llevamos un poco más lejos, y recordamos la espléndida afirmación de Benedicto XVI según la cual la mayor libertad del ser humano consistiría en la capacidad de tomar decisiones definitivas, pocas decisiones definitivas podrán tomar personas que cimenten el edificio de su vida sobre un fundamento tan lábil como los sentimientos. Basta pensar, en el caso del matrimonio, el temor al compromiso o la facilidad de desvincularse que domina a tantos jóvenes. Es un cáncer con metástasis en todo el cuerpo social.
Me viene a la cabeza algo que aprendí de joven. Por aquella época había leído y meditado muchas veces Camino, de san Josemaría Escrivá, cuyo último número reza así: “¿Que cuál es el secreto de la perseverancia? El amor. Enamórate y no le dejarás”. El primer sucesor de san Josemaría al frente del Opus Dei, el beato Álvaro del Portillo, en una de sus cartas pastorales glosaba esta idea aclarando que este punto también puede leerse en la otra dirección: “no le dejes y te enamorarás”. Pretendía salir al paso precisamente de ese error de construir la fidelidad sobre el sentimiento, pues si bien el enamoramiento puede ser un buen comienzo del Camino, es la perseverancia a lo largo del tiempo la que trae la llegada del verdadero amor fiel para toda la vida (tanto el amor a Dios, como en el amor matrimonial… en todos). Lo primero que debe saber alguien que quiera ser fiel es que hay enamoramientos que no indican el camino correcto a tomar para llegar a la meta, y que todo amor necesita crisis que le hagan madurar.
6ª La confusión de lo sobrenatural con lo extraordinario
Si centrar la fe en el universo emocional es uno de los signos de nuestro tiempo, un corolario de este signo es la enorme confusión actual entre lo sobrenatural y lo extraordinario. Existe una llamativa sed de experiencias extraordinarias, sobre todo entre la gente joven, y normalmente la grandeza de lo ordinario se encuentra tarde, si es que uno no se pasa la vida buscando lo extraordinario. Pero lo sobrenatural antes que nada debe ser natural.
En este asunto lo religioso no es una excepción. Más bien el motivo religioso es un motor o al menos se encuentra detrás de muchas de las manifestaciones que avalan esa tendencia: bien sean apariciones y visiones de la Virgen, o experiencias emocionantes que llevan a hacer viajes llamativos para ayudar a gente que está lejísimo, o apuntarse a actividades de soledad o retiro en busca de un silencio que tiende más bien al vacío impersonal para personas que no son capaces de guardar un minuto de silencio en la vida normal…
En este sentido, la nota doctrinal también aclara –y no es baladí la aclaración- que “es importante no confundir estas vivencias con el arrobamiento místico o la experiencia del gozo espiritual que acompaña en los santos la revelación privada” [8]. De hecho, la misma nota anima más adelante a “aprender a discernir los sentimientos en la vida espiritual a partir de los grandes maestros de espiritualidad” (n. 25). En la mayoría de las situaciones en que se da esa exacerbación de las emociones no se da ningún conocimiento de esos maestros de espiritualidad, sino que hay detrás sólo la espiritualidad de alguien que dice llamarse maestro. Pero no es lo mismo.
Para este aspecto bastaría leer por ejemplo leer Sé tú mi luz, sobre la Madre Teresa de Calcuta y su falta de sentimiento en su vida de fe; o comparar la mística tan humana de Santa Teresa con la de san Juan de la Cruz, tan parecida pero tan distinta [9]; o leer los numerosos textos que dedica san Josemaría a ese tema, empezando por su homilía El Corazón de Cristo, paz de los cristianos, todo un tratadito sobre el asunto [10]… En todos ellos se ve antes un recelo –nunca un rechazo- sobre las emociones, que un apoyo en ellas para avanzar en fidelidad. Más aún, como aprovecha la nota para decir (vid. n.11), fueron descubriendo en la misma ausencia de sentimientos un signo que forma parte importantísima del itinerario espiritual.
7ª Necesidad de conocer los sentimientos de Cristo
En poco más de medio siglo que dura ya mi paso por esta tierra, he podido conocer varias versiones del confusionismo que con diversos formatos se ha sembrado en la relación afectiva que tuvo Jesucristo con María Magdalena. Con mejores o peores intenciones, esas teorías siempre se equivocan en lo fundamental. Son incapaces de mirar con el corazón de Cristo y proyectan en Él lo que interpretan desde sus corazones poco cristianos. Imagino que estos desvaríos eran menos frecuentes en épocas en las que la gente era más sencilla o tenía más formación en lo esencial. Pero es lo que tenemos.
Pongo este ejemplo pues quien no puede lo menos no puede lo más. Quien no es capaz de comprender por ejemplo el celibato por el Reino de los Cielos (piénsese en la reciente película Los domingos), o los motivos teológicos por los que los sacerdotes son hombres y no mujeres… es muy difícil que comprenda que, pues la Encarnación del Verbo ha sublimado los sentimientos humanos, una persona puede y debe ser capaz de llenar su afectividad a través de los cauces doctrinales y litúrgicos que la Iglesia nos acerca. Sin más añadidos y sin puentear los fundamentos. Cualquier visión de lo emocional sin una base suficiente en lo dogmático (sea Trinitario, Cristológico, Mariológico…) nos debe poner sobre aviso y ayudar a repensar al menos el orden de prioridades cuando los sentimientos piden mandar, y pensar bien qué estamos buscando y quién está detrás de ello cuando las emociones nos dominan.
Podemos tener como referencia y pensar en el largo recorrido de las devociones populares (romerías, hermandades, devociones patronales…). Llevan no ya años sino siglos teniendo que acrisolar y catalizar sus sentimientos religiosos, y a pesar de tanto tiempo y tantos medios, constantemente deben los pastores ir saliendo al paso de un abuso por aquí, una pequeña herejía por allí… Al final todo queda en casa, y tal vez por eso siempre habrá quien no hará nunca caso. Al final la Iglesia siempre nos animan a mirar a Cristo: los sentimientos de Cristo muestran al hombre los propios sentimientos del hombre; el misterio de los sentimientos del hombre sólo se esclarece en el misterio de los sentimientos del Verbo encarnado (Gaudium et spes).
La nota doctrinal, en su número 17, hace un elenco suficiente del Magisterio de los últimos pontífices en el que se hace una llamada a la recuperación del corazón en la vida cristiana. Ayudan muchísimo esos documentos ahí referidos porque en ningún momento se salen de la luz que arroja la verdadera devoción al Corazón de Jesús [11].
8ª Vacunarnos frente a estoicismos y espiritualismos
Si antes hablábamos de un “ismo” general, el “emotivismo”, no podemos dejar de nombrar dos vástagos, o al menos dos primos muy hermanos, de este: el estoicismo y el espiritualismo. Añadiría también –para no saltarme lo que dice la nota– el neo-pelagianismo. Pero mi impresión es que el pelagianismo es mucho más fácil tanto de refutar como de intuir, aunque sólo sea porque no es aguantable para un ser humano por mucho tiempo. Pienso que son mucho más abundantes las otras dos corrientes.
En primer lugar, el estoicismo. Me gusta pasarme con frecuencia por las librerías para ver novedades en la sección de Filosofía. Es impresionante comprobar cómo están llenos de libros sobre estoicos. Y la web. Pero el estoicismo –ni siquiera el de Séneca- nunca ha destacado por el dominio de los afectos. Al menos por el dominio para vivir la caridad. La misma palabra caridad, compasión, perdón, Cruz (por supuesto) … no se encuentran en el diccionario de un buen estoico. Este tema es tan interesante como largo. Sólo quiero señalar que este es el mundo en el que nos movemos. O bien, en segundo lugar, ese otro aún más insidioso del espiritualismo (muy relacionado con el estoicismo pues los extremos se tocan), para el que los sentimientos forman parte de la mala conciencia necesaria. De ahí tanta corrupción encubierta, tanto puritanismo cínico.
Pero como he dicho al principio que sería positivo y propositivo, quedémonos con lo que nos dice la Nota a este respecto. Que, para las versiones actuales de esas herejías de toda la vida, el mejor antídoto es creer con el Corazón. Hoy día es más importante que nunca que no nos conformemos con creer en Dios (también los demonios creen en Él, más que muchísimos cristianos), sino que hemos de creer en el Amor de Dios (1Jn 4, 16).
Y 9ª El éxito de las performances
Una última observación, más breve, sobre “el recurso excesivo a elementos de tipo emotivo que incluye prácticas de culto a la Eucaristía fuera de la Misa que desvirtúan y descontextualizan el sentido propio de la adoración al Santísimo Sacramento” [12]. Utilizo las palabras de la Nota para evitar equívocos. Y me parece de lo más oportuno su solución: respetar y cuidar todo lo que se dice en el nuevo Ritual de la Sagrada Comunión y del Culto a la Eucaristía fuera de la Misa.
En nuestros días se nota un uso excesivo de elementos extraños o sencillamente abusivos. Tal vez mejor no concretar. Pero me gustaría relacionar esto con un elemento propositivo que destaca el documento y que llama la atención muy positivamente: la importancia de apostar con determinación por una formación integral y continua de los fieles (n. 27). Por ejemplo, como nos enseñó san Juan Pablo II en la Dies Domini, la Eucaristía del domingo debe estar en el centro del ritmo litúrgico. Es la Misa dominical, y a partir de ahí la celebración de la Santa Misa diaria, la fuente y el cúlmen de la vida cristiana, el centro y su raíz. Evitemos que en esos jóvenes que comienzan a tratar a Cristo hagan suyas las palabras de Machado: no quiero cantar ni quiero a ese Jesús del madero sino al que anduvo en la mar. Esa dialéctica no es ni cristiana ni real, y acabarían perdiéndose lo esencial.
Terminamos como nos sugiere la propia Nota, contemplando a María. El amor a la Virgen siempre ha sido un catalizador de nuestro amor a Dios que acrisola nuestros sentimientos, una garantía de que nuestra afectividad será camino para llegar a su Padre, Hijo y Esposo, y poder decir con Ella: “Encontré al amor de mi alma. Lo encontré y no lo solté” (Cant. 3, 4).
Antonio Schlatter Navarro
Notas:
1. Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española, Cor ad cor loquitur (El corazón habla al corazón). Nota doctrinal sobre el papel de las emociones en el acto de fe, 20 de febrero de 2026.
5. Byung Chul-Han, Sobre Dios, p. 102.
7. S. Weil, A la espera de Dios (cit. en Han, cit. p.26)
9. Me parece un ejemplo muy interesante para saber distinguir y discernir en este mundo tan complejo. Sobre el tema de la afectividad en santa Teresa me atrevo a recomendar mi artículo La afectividad femenina en santa Teresa de Jesús (Revista Monte Carmelo, año 2017).
10. Sobre el modo de comprender el papel de los afectos en la vida espiritual del cristiano escribí este otro artículo: https://www.almudi.org/articulos/10903-san-josemaria-escriva-de-balaguer-y-la-afectividad-como-problema.
11. En un plano más sencillo y aún más actual, estando como estamos en el año Gaudí, recomiendo la lectura de una biografía sobre él o sobre la Sagrada Familia, para ver la policromía de afectos que encierra su vida y su obra, todos ellos fundamentados doctrinalmente y ordenados armónicamente. Antes que un genio, Gaudí fue un santo.
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