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DOMINGO DÉCIMO DEL TIEMPO ORDINARIO-A

 

«Cuando partía Jesús de allí, vio a un hombre sentado en el telonio, llamado Mateo, y le dijo: Sígueme. El se levantó y le siguió. Estando él a la mesa en casa de Mateo, vinieron muchos publicanos y pecadores, y se pusieron también a la mesa con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al ver esto, decían a sus discípulos: ¿Por qué vuestro maestro come con los publicanos y pecadores? Pero él, al oírlo, dijo: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Id y aprended qué sentido tiene: Misericordia quiero y no sacrificio; pues no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores.» (Mateo 9, 9-13)

 

1º. Jesús, cada vez que aparece la llamada de un apóstol en el Evangelio, es una buena ocasión para acordarme de que yo también debo ser apóstol tuyo.

Al haber recibido el Bautismo, he recibido ya la misión genérica de santidad y apostolado que es propia de todo cristiano.

Me has llamado a ser santo y apóstol tuyo.

¿Cómo estoy cumpliendo mi misión?

«Él se levantó y le siguió.»

Hoy me pides que me vuelva a levantar, que salga de ese estado de tibieza -del «ir tirando» o «ir a medias»  en el que me quedo cuando descuido la lucha por vivir un plan de vida, por aprovechar el tiempo, por hacer apostolado, por hacer una pequeña mortificación cada día.

Un medio crucial para mantenerme de pie en la lucha, para seguirte y seguirte de cerca, es el examen de conciencia.

«Avanzad siempre, hermanos míos. Examinaos cada día sinceramente, sin vanagloria, sin autocomplacencia, porque nadie hay dentro de ti que te obligue a sonrojarte o a jactarte. Examínate y no te contentes con lo que eres, si quieres llegar a lo que todavía no eres. Porque en cuanto te complaces en ti mismo, allí te detuviste. Si dices ¡basta!, estás perdido» (San Agustín).

Si cada noche me pongo en tu presencia y hago un poco de examen de conciencia -dos o tres minutos- repasando cómo he vivido el día, me daré cuenta de por dónde flaquea mi vida espiritual, y podré volver a empezar una y otra vez.

Si cuido el examen de conciencia, con tu ayuda, podré mantener siempre una vida interior vibrante y encendida.

 

2º. «Parecía plenamente determinado...; pero, al tomar la pluma para romper con su novia, pudo más la indecisión y le faltó valentía: muy humano y comprensible, comentaban otros. Por lo visto, según algunos, los amores terrenos no están entre lo que se ha de dejar para seguir plenamente a Jesucristo, cuando El lo pide» (Surco.-41).

Jesús, te acercas a Mateo no por casualidad, sino que ya habías pensado en él mucho antes para llamarle a ser uno de tus apóstoles.

A lo mejor Mateo no había pensado nunca en dejarlo todo por Ti, pero Tú habías pensado en él desde toda la eternidad, porque eres Dios y en Ti no hay pasado o futuro: todo es presente.

Y cuando piensas pedir algo a alguien, le das antes las gracias necesarias para que pueda responder.

Mateo estaba sentado en su mesa de recaudador de impuestos.

No era un trabajo bien considerado por algunos israelitas, porque era colaborar con la dominación romana, pero era un trabajo que proporcionaba una acomodada situación económica.

Se podría decir que Mateo «tenía la vida resuelta».

Mientras la muchedumbre te seguía porque acababas de hacer un milagro, Mateo estaba allí sentado, trabajando.

Y precisamente a él, al que no te estaba siguiendo, le vienes a buscar para llamarle.

Jesús, a lo mejor yo tampoco te seguía muy de cerca.

Pero sí me tomaba en serio mi trabajo, mi estudio.

A lo mejor tenía la vida más o menos «resuelta»: amigos, aficiones, trabajo, familia.

A lo mejor tenía novia o novio.

Y en estas circunstancias, apareces y me pides más: o incluso me pides que lo deje todo y te siga, como a Mateo.

¿Cómo voy a dejar todos esos amores terrenos, esos deseos e ilusiones buenas y nobles?

Jesús, sé que Tú me das la gracia necesaria para responder a lo que me pides.

Sé también que, respondiendo a esa llamada, seré más feliz que siguiendo mis propios intereses.

Ayúdame a responder siempre que sí a lo que me pidas.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Décima Semana del Tiempo Ordinario. Lunes

 

«Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; y abriendo su boca les enseñaba diciendo:

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el Cielo: de la misma manera persiguieron a los profetas que os precedieron.» (Mateo 5, 1-12)

 

1º. «Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos» (C. I. C.- 1717).

Jesús, llamas bienaventurado -dichoso, feliz- al pobre de espíritu y al que llora.

La alegría no está en la posesión de riquezas o en la ausencia de dolor, sino en el amor con el que se vive.

El pobre de espíritu es el que está desprendido de lo que tiene, sea mucho o poco y, al no estar atado por el afán de las cosas materiales, tiene libertad para amar a los demás.

El que sufre con paciencia, agranda su capacidad de sacrificio, de entrega, y crece de esta manera también su capacidad de amar.

«Bienaventurados los mansos, los misericordiosos y los pacíficos.»

Estos saben pasar por alto los defectos de los demás, saben comprender sus flaquezas.

Sólo el que es capaz de comprender, de compadecerse, podrá luego amar de verdad.

«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, los que padecen persecución por la justicia.»

Si amo de verdad, no me conformaré con comprender a los demás, sino que intentaré que mejoren, que sean más felices.

No es el cristianismo un espíritu pasivo; pacífico sí, pero no pasivo.

Es, más bien, un espíritu inconformista: inconformista con la injusticia, con la insolidaridad, con la mentira, y con el egoísmo materialista.

 

2º. «Ante las acusaciones que consideramos injustas, examinemos nuestra conducta, delante de Dios, «cum gaudio et pace» -con alegre serenidad, y rectifiquemos, aunque se trate de cosas inocentes, si la caridad nos lo aconseja.

-Luchemos por ser santos, cada día más: y, luego, «que digan», siempre que a esos dichos se les pueda aplicar aquella bienaventuranza: (...) bienaventurados seréis cuando os calumnien por mi causa» (Forja.- 795).

Jesús, si alguien critica mi comportamiento, mi trabajo o mi apostolado, lo primero que debo hacer es considerar mis errores, y cambiar lo que esté mal.

Porque lo que importa es que vaya mejorando como persona y como cristiano que, en mi caso, coinciden en un solo objetivo: luchar por ser santo.

Pero si las críticas no son por mis errores, sino por tu causa, entonces: ¡adelante! Porque esa contradicción será fuente de felicidad.

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.»

Jesús, para descubrirte en los demás y en la Eucaristía, es necesario que en mi corazón no se meta el egoísmo de la impureza, de la avaricia o de la vanidad.

Estos tres egoísmos manchan el corazón y lo incapacitan para amarte de verdad, porque provocan una dependencia casi enfermiza con lo que produce placer personal, y atrofian la capacidad de servir; de darse a los demás: de amar.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Décima Semana del Tiempo Ordinario. Martes

 

«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? No vale sino para tirarla fuera y que la pisotee la gente.

Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero a fin de que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz ante los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los Cielos.» (Mateo 5, 13-16)

 

1º. Jesús, pones imágenes claras para que entienda mi misión apostólica: soy «la salde la tierra.»

«Es como si les dijera: “El mensaje que se os comunica no va destinado a vosotros solos, sino que habéis de transmitirlo a todo el mundo. Porque no os envío a dos ciudades, ni a diez, ni a veinte; ni tan siquiera os envío a toda una nación, como en otro tiempo a los profetas, sino a la tierra, al mar y a todo el mundo, y a un mundo, por cierto muy mal dispuesto”. Porque al decir: “Vosotros sois la sal de la tierra”, enseña que los hombres han perdido su sabor y están corrompidos por el pecado. Por ello exige sobre todo de sus discípulos aquellas virtudes que son más necesarias y útiles para el cuidado de los demás» (San Juan Crisóstomo).

La sal sirve para preservar los alimentos de la corrupción y para dar sabor.

Su misión no es aparatosa: un poco de sal da sabor a todo un plato y casi ni se nota, porque desaparece mezclándose con los alimentos.

Así debe ser mi acción apostólica: discreta; hecha a base de ejemplo, de simpatía y de amistad; siendo uno más, pero con mucho amor de Dios, con contenido, con sabor, con vida sobrenatural que preserva a los demás de la corrupción.

Jesús, también me dices que soy «la luz del mundo.»

La luz sirve para ver mejor la realidad, para distinguir lo verdadero de las sombras falsas.

La luz posibilita caminar por el camino oscuro de la vida.

La luz permite distinguir la belleza de los colores.

Así debo ser yo para los demás: un punto de referencia -de luz- donde encontrar la verdad divina; un alma de doctrina segura que enseñe el camino verdadero; un ejemplo de vida cristiana imitable, amable, que descubra la belleza y la profundidad y los colores de tu enseñanza.

 

2º. «Tu eres sal, alma de apóstol. -«Bonum est sal»- la sal es buena, se lee en el Santo Evangelio, «si autem evanuerit» -pero si la sal se desvirtúa..., nada vale, ni para la tierra, ni para el estiércol; se arroja fuera como inútil.

Tú eres sal, alma de apóstol -Pero, si te desvirtúas..» (Camino.-921).

Jesús, me has confiado una misión importante: ser sal de la tierra.

«Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? No vale sino para tirarla fuera y que la pisotee la gente.»

Si yo te fallo, ¿con quién podrás contar para cristianizar la sociedad?

¿Con qué sal salarás mi ambiente?

Este es uno de los grandes descubrimientos de la vida cristiana: darse cuenta de que Tú me necesitas.

Además, si un cristiano se comporta como uno que no tiene fe, se convierte en un estorbo, en instrumento inútil que nada vale.

«No se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero a fin de que alumbre a todos los de la casa.»

Jesús, la gracia que me das a través de los sacramentos es una gran luz.

Y esa luz no la has encendido para que luego yo la oculte debajo del celemín -de la cama-; debajo de un montón de miserias personales que no quiero luchar por desarraigar; y que oscurecen el mensaje claro y luminoso del cristianismo.

Quieres que ponga esa luz en un lugar preferente en mi vida para que alumbre a todos: quieres que te tome en serio para que, a través de mi vida cristiana, puedas iluminar a los que me rodean.

«Alumbre así vuestra luz ante los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los Cielos.»

Jesús, ayúdame a estar a la altura de tus peticiones y deseos: que los demás se puedan apoyar -realmente- en mis buenas obras.

Obras de trabajo bien realizado, de detalles de servicio, de optimismo, de vida limpia, de sencillez, de sinceridad.

Así te haré presente en la tierra, de modo que a mi alrededor todos «glorifiquen a tu Padre que está en los Cielos.»

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Décima Semana del Tiempo Ordinario. Miércoles

 

«No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud. En verdad os digo que mientras no pasen el Cielo y la tierra no pasará de la Ley ni la más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla. Así el que quebrante uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.» (Mateo 5, 17-19).

 

1º. Jesús, has venido a darme «palabras de vida eterna» (Juan 6,68).

Tu palabra es la plenitud de la Ley y los Profetas: es la sabiduría del Creador que indica con claridad a la criatura hecha por Él -a mí- quién soy, qué debo hacer para ser feliz, y cuál es mi destino último.

Como Tú eres eterno, Jesús, así también tus palabras son eternas.

Por eso, las verdades del Evangelio son verdades actuales: viejas como el Evangelio pero, como el Evangelio, nuevas.

Lo que Tú me pides, Jesús, es que aplique esa doctrina a mis circunstancias concretas: que vuelva a vivir el Evangelio haciéndote presente en mi ambiente; que sea Cristo presente en mi trabajo, en mi estudio, en el deporte, en la diversión, en mi familia y en mi círculo de amigos.

Jesús, en mi vida cristiana no hay cosas de poca importancia: todo tiene mucha importancia si lo hago con amor y por amor.

No hay «mandamientos pequeños,» faltas que no deba luchar por mejorar, detalles de amor que no necesite esforzarme por vivir.

Sólo a base de «cosas pequeñas» se construyen los grandes ideales.

«Pongamos ante los ojos de nuestro entendimiento las cosas pequeñas, para que podamos pensar dignamente en las mayores» San Gregorio Magno).

 

2º. «¿Has visto cómo levantaron aquel edificio de grandeza imponente? -Un ladrillo, y otro. Miles. Pero, uno a uno. -Y sacos de cemento, uno a uno. Y sillares, que suponen poco, ante la mole del conjunto. - Y trozos de hierro. -Y obreros que trabajan, día a día, las mismas horas...

¿Viste cómo alzaron aquel edificio de grandeza imponente?...

-¡A fuerza de cosas pequeñas!» Camino.-823).

Jesús, hoy me recuerdas que la santidad grande se consigue a base de cosas pequeñas, de detalles de servicio y amor de Dios pequeños y constantes.

«El que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.»

No me pides habitualmente cosas aparatosas, sino pequeños vencimientos: acabar bien el trabajo; estudiar las horas previstas poniendo esfuerzo por aprovecharlas bien; adelantarse a ayudar en casa; promover aquel plan que hace feliz a los demás -en lugar de ir a la mía-; pasar por alto los necesarios roces que, sin mala intención, aparecen en la convivencia diaria; etc. ...

Si me comporto así, no sólo cumplo esos pequeños mandamientos de la Ley, sino que además, con el ejemplo, los estoy enseñando a cumplir.

Esto es verdadero apostolado, el apostolado de la vida ordinaria: el apostolado que Tú pides, Jesús, a todo cristiano y -por lo tanto- el que me pides a mí.

«El que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.»

Tengo el derecho y el deber de hacer apostolado, de enseñar a los demás la belleza y plenitud de una vida realmente cristiana.

Un ladrillo, y otro. Miles.

 Pero, uno a uno.

La santidad es una tarea de cada día, no de domingo a domingo.

Cada día me pides esos pequeños ladrillos que van construyendo el gran edificio de la santidad.

Por eso es necesario que me examine cada noche sobre mi vida cristiana para ver qué he construido ese día y qué puedo hacer para seguir construyendo al día siguiente: esas obras buenas y ese trabajo bien hecho, que son los ladrillos de mi vida interior.

Y también necesito la vida de la gracia -oración y sacramentos- que es el cemento que da solidez a la obra.

Sin la gracia no conseguiría más que un montón de piedras sueltas y sin sentido, porque estaría «construyendo» sin el cemento sobrenatural.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Décima Semana del Tiempo Ordinario. Jueves

 

«Os digo, pues, que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos. Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: Todo el que se llene de ira contra su hermano será reo de juicio; y el que llame a su hermano «raca» será reo ante el Sanedrín; el que le llame «renegado», será reo del fuego del infierno. Por tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el alta, ve primero a reconciliarte con tu hermano y vuelve después para presentar tu ofrenda. Pon te de acuerdo cuanto antes con tu adversario mientras vas de camino con él; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al alguacil y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que restituyas la ultima moneda.» (Mateo 5, 20-26)

 

1º. Jesús, has venido a la tierra para redimirme del pecado, abrirme las puertas del cielo y darme ejemplo de vida.

Has venido a «subir el nivel», a poner un objetivo más alto: «si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.»

Antes de que vinieras, el objetivo era: no matarás.

Pero ahora que soy hijo de Dios, ahora que tengo tu gracia a través de los sacramentos, el objetivo debe ser parecerme lo máximo a Ti, vivir el mandamiento nuevo: «que os améis unos a otros como yo os he amado» (Juan 13,34).

«Por tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, ve primero a reconciliarte con tu hermano.»

¿Cómo voy a pretender agradarte con ofrendas materiales si no intento primero amar a los que están a mi lado?

Mientras tenga vida, estoy de camino: de camino para llegar al Reino de los Cielos.

El demonio  mi adversario intenta tentarme aprovechándose de mi soberbia, de mi sensualidad, de mi comodidad.

«Ponte de acuerdo cuanto antes con tu adversario mientras vas de camino con él»

Jesús, quiero mantener este «acuerdo» con mi adversario: no dialogar nunca con él, no dialogar con la tentación.

«Siempre está ojo avizor contra nosotros el enemigo antiguo; no nos durmamos. Sugiere halagos, pone celadas, introduce malos pensamientos y, para llevamos a dolorosa rutina, pone delante lucros y amenaza con prejuicios. Todos y cada uno son probados, cada cual a su modo» (San Agustín).

 

2º. «No dialogues con la tentación. Déjame que te lo repita: ten la valentía de huir; y la reciedumbre de no manosear tu debilidad, pensando hasta dónde podrías llegar. ¡Corta, sin concesiones!» (Surco.-137).

Jesús, a veces no tengo la fortaleza de rechazar rápidamente las tentaciones, que empiezan con pequeñas insinuaciones y luego ya no hay quien las pare.

Lo que empezó siendo un pequeño roce, puede acabar en odio y en pelea;

lo que empezó siendo una imagen incontrolada, puede acabar en un pecado contra la pureza;

lo que empezó siendo un respiro después de comer, puede acabar en una tarde perdida delante de la televisión.

Ayúdame a cortar, a reaccionar rápidamente ante esas voces que llaman a la vida fácil y superficial pero que no llenan.

«No sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al alguacil y te metan en la cárcel»

Jesús, Tú vas a ser mi Juez.

Quiero presentarme a Ti con una vida llena de frutos, de frutos de santidad. No quiero llegar a Ti entregado por el demonio: vacío, incapaz de amar y, por tanto, incapaz de recibir el Premio eterno.

Tú has venido para que pueda merecer el Cielo; para que pueda vivir en la tierra una vida de entrega, de amor; de justicia, de alegría, de servicio.

Pero me pides santidad de verdad: «si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.»

Para ayudarme a vivir siempre en gracia, o para recuperarla si la pierdo, me has ganado -con tu muerte en la cruz- los sacramentos.

Que no los desaproveche, que realmente sean el gran apoyo de mi vida interior.

Que sean ellos -especialmente, la Comunión y la Confesión- mis acompañantes en este camino que es mi vida en la tierra.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Décima Semana del Tiempo Ordinario. Viernes

 

«Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón. Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo y tíralo; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te escandaliza, córtala y arrójala de ti; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno.

Se dijo también: Cualquiera que repudie a su mujer; déle libelo de repudio. Pero yo os digo que todo el que repudie a su mujer -fuera del caso de fornicación  la expone a cometer adulterio, y el que se una con la repudiada comete adulterio.» (Mateo 5, 27-32)

 

1º. Jesús, hoy me hablas con claridad sobre la importancia de la virtud de la pureza.

No es un tema pequeño, pues si no lo cuido puedo perder la gracia de Dios y, por tanto, mi condición de hijo de Dios y de heredero del Cielo.

Tan grave es esto que me avisas: «más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno.»

Jesús, hoy no se habla del infierno.

Parece que es algo para asustar a los niños, o -en todo caso- es una motivación negativa, un castigo, que es preferible no utilizar.

Es mejor hablar de lo positivo: del amor a Dios y a los hombres, de la justicia, solidaridad y paz.

Es cierto.

Es mejor hablar de lo positivo, y Tú lo haces así.

Pero no te callas el castigo, porque sabes lo duro que es y lo irreversible de su eternidad.

Que me dé cuenta, Jesús, de que hay infierno, y que, a veces, este pensamiento me sirva para reaccionar.

Jesús, equiparas las obras impuras con los malos pensamientos y deseos: «todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón.»

Y esto es así porque la impureza -que es falta de amor, egoísmo- se encuentra, al igual que la pureza, en el corazón.

Por eso, la lucha por vivir la virtud de la pureza consiste en luchar por guardar limpio el corazón.

«A los “limpios de corazón” se les, promete que verán a Dios cara a cara y que serán semejantes a El. La pureza de corazón es el preámbulo de la visión. Ya desde ahora esta pureza nos concede ver según Dios, recibir al otro como un «prójimo»; nos permite considerar el cuerpo humano, el nuestro y el del prójimo, como un templo del Espíritu Santo, una manifestación de la belleza divina» (C. I. C.- 2519).

 

2º. ¡Los ojos! Por ellos entran en el alma muchas iniquidades. -¡Cuántas experiencias a lo David!... -Si guardáis la vista habréis asegurado la guarda de vuestro corazón». (Camino.-183).

El Rey David comenzó a fijarse en la mujer de uno de sus comandantes, y acabó enviándolo a la muerte y cometiendo adulterio.

Después se arrepintió de sus pecados y vivió con santidad el resto de sus días.

Todo empezó por no cuidar la vista... «¡Los ojos! Por ellos entran en el alma muchas iniquidades,» muchas impurezas.

La lucha por mantener un corazón limpio empieza por cuidar que no entren porquerías.

Y entran por la vista.

Por eso dices con fuerza: «Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo y tíralo.»

¿Cómo cuido la vista para defender mi corazón de los malos pensamientos y deseos?

¿Lucho de verdad -¡de verdad!- por mantener limpia mi mirada?

Para empezar, mi lucha será auténtica si no voy donde pueda encontrar tentaciones: ciertas películas de cine y televisión, ciertas playas, ciertas revistas, ciertos espectáculos y fiestas.

Si no pongo los medios para evitar las tentaciones antes, es difícil que pueda vencerlas después, sencillamente porque mi lucha ya no era una lucha real.

«Si guardáis la vista habréis asegurado la guarda de vuestro corazón.»

Jesús, ayúdame a ser fuerte en este punto.

Incluso poniendo los medios, es difícil escapar del bombardeo de impureza típico de una sociedad materialista y pagana.

Pero si cuido la vida interior, si busco tu amor y sé darme a los demás, si pido la ayuda de la Virgen, no tengo nada que temer.

Porque el mejor escudo contra la entrada de la impureza en el corazón, es tenerlo lleno de amor: es estar vibrante, buscando decididamente la santidad.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Décima Semana del Tiempo Ordinario. Sábado

 

«También habéis oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en vano, sino que cumplirás tus juramentos al Señor Pero yo os digo: No juréis en absoluto; ni por el Cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del Gran Rey. Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes volver blanco o negro ni un solo cabello. Sea, pues, vuestro modo de hablar: Sí, sí o no, no. Lo que exceda de esto, viene del Maligno.» (Mateo 5, 33-37)

 

1º. Jesús, hoy me hablas de sinceridad de vida, de la confianza y autenticidad que debe haber en mi relación con los demás.

Que no necesite jurar por nada, que sea suficiente con un sí o un no.

«Lo que exceda de esto, viene del Maligno».

Quieres, que en mi vida no haya nada que ocultar, que no tenga como una doble o triple vida que va adaptándose a los distintos entornos, porque el alma que usa de mentira, doblez y simulación muestra debilidad y vileza.

Jesús, hoy se hablas más que nunca de autenticidad, de sinceridad de vida, de naturalidad y espontaneidad.

Y sin embargo, estas virtudes se practican menos que nunca.

Se alza con fuerza, por el contrario, la cultura de la hipocresía, del querer quedar bien a toda costa, del demostrar, del engañar, del aprovecharse.

Y esta cultura -que sólo es coherente con una visión pagana de la vida- se mete por los poros de los cristianos, de mí mismo, y me empuja a comportarme como los demás, en vez de ser yo -con mi ejemplo de vida recta y auténtica- el que influya en el ambiente que me rodea.

Un lugar en el que debo tratar de hilar muy fino en sinceridad es la dirección espiritual.

Ayúdame, Jesús, a ser claro, sencillo, directo; ayúdame a contar las cosas como son, sin excusas, sin medias verdades.

«Sea, pues, vuestro modo de hablar: Sí, sí, o no, no.»

De este modo me podrán ayudar más y, sobre todo, Tú estarás más contento y me darás más gracia para ir mejorando en los puntos que me aconsejen.

 

2º. «”Tota pulchra es Maria, et macula originalis non est in te!” -¡toda hermosa eres, Maria, y no hay en ti mancha original!, canta la liturgia alborozada. No hay en Ella ni la menor sombra de doblez: ¡a diario ruego a Nuestra Madre que sepamos abrir el alma en la dirección espiritual, para que la luz de la gracia ilumine toda nuestra conducta!

-María nos obtendrá la valentía de la sinceridad, para que nos alleguemos más a la Trinidad Beatísima, si así se lo suplicamos» (Surco.-339).

Madre, has sido escogida por Dios porque eres humilde, sencilla, porque no hay en ti ni la menor sombra de doblez.

Dios ha puesto estas virtudes por encima de otros factores como la inteligencia, la belleza, la fortaleza física, la posición social, etc....

Ayúdame a parecerme a ti en este aspecto: que sea más humilde, más sincero, que me deje ayudar en la dirección espiritual.

Sólo así me podrán dar consejos acertados.

Porque el director espiritual, como médico de almas que es, necesita de mi información para saber qué recetarme.

No es como los veterinarios, que van hurgando en el animal y tienen que acertar los síntomas, porque el animal no los dice.

A veces, Madre, me da un poco de vergüenza contar algunas cosas.

Necesito que me den un consejo pero a la vez, no quiero quedar mal.

Y entonces tengo la tentación de escurrir el bulto o de «mejorarlo» un poco para que no sea tan fuerte.

Mi soberbia me hace creer que soy el único que tengo esos problemas, que no me van a entender o que van a cambiar el concepto que tienen de mí si digo aquellas cosas tal y como son.

María nos obtendrá la valentía de la sinceridad, para que nos alleguemos más a la Trinidad Beatísima, si así se lo suplicamos.

Madre, te pido que me ayudes a ser sincero siempre, salvajemente sincero si hace falta.

Sólo así me podrán dar consejos acertados.

Más aún: sólo así tu hijo Jesús me dará la gracia que necesito para ser cada vez mejor.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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