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La Ascensión del Señor

 

«Y les dijo: Así está escrito: que el Cristo tiene que padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día, y que se predique en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las gentes, comenzando en Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas. Y sabed que yo os envío al que mi Padre ha prometido. Vosotros, pues, permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de la fuerza de lo alto.

Los sacó hasta cerca de Betania y levantando sus monos los bendijo. Y sucedió que, mientras los bendecía, se alejó de ellos y se elevaba al Cielo. Y ellos le adoraron y regresaron a Jerusalén con gran gozo. Y estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios.» (Lucas 24, 46-53)

 

1º. Jesús, te has ido a la derecha del Padre, en el Cielo.

Así culminas la obra de la Redención, abriéndonos las puertas de tu Reino.

«Jesucristo, cabeza de la Iglesia, nos precede en el Reino glorioso del Padre para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos en la esperanza de estar un día con él eternamente» (CEC-666).

Pero ahora, ¿qué voy a hacer si Tú no estás, si no te veo, si no te oigo?

Y me respondes: «Yo os envío al que mi Padre ha prometido.»

En diez días, el día de Pentecostés, vas a enviar al Espíritu Santo; y los apóstoles, hoy aún titubeantes, se van a lanzar a predicar en tu nombre la «conversión para perdón de los pecados a todas las gentes.»

 

2º. «La liturgia pone ante nuestros ojos, una vez más, el último de los misterios de la vida de Jesucristo entre los hombres: su Ascensión a los cielos. Desde el Nacimiento en Belén, han ocurrido muchas cosas: lo hemos encontrado en la cuna, adorado por pastores y por reyes; lo hemos contemplado en los largos años de trabajo silencioso, en Nazaret; lo hemos acompañado a través de las tierras de Palestina, predicando a los hombres el Reino de Dios y haciendo el bien a todos. Y más tarde, en los días de su Pasión, hemos sufrido al presenciar cómo lo acusaban, con qué saña lo maltrataban, con cuánto odio lo crucificaban.

Al dolor, siguió la alegría luminosa de la Resurrección. ¡Qué fundamento más claro y más firme para nuestra fe! Ya no deberíamos dudar. Pero quizá, como los Apóstoles, somos todavía débiles y en este día de la Ascensión, preguntamos a Cristo: «¿Es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?»; ¿es ahora cuando desaparecerán, definitivamente, todas nuestras perplejidades, y todas nuestras miserias?

El Señor nos responde subiendo a los cielos. También como los Apóstoles, permanecemos entre admirados y tristes al ver que nos deja. No es fácil, en realidad, acostumbrarse a la ausencia física de Jesús. Me conmueve recordar que, en un alarde de amor se ha ido y se ha quedado; se ha ido al Cielo y se nos entrega como alimento en la Hostia Santa. Echamos de menos, sin embargo, su palabra humana, su forma de actuar, de mirar, de son reír, de hacer el bien. Querríamos volver a mirarle de cerca, cuando se sienta al lado del pozo cansado por el duro camino, cuando llora por Lázaro, cuando ora largamente, cuando se compadece de la muchedumbre.

Siempre me ha parecido lógico y me ha llenado de alegría que la Santísimo Humanidad de Jesucristo suba a la gloria del Padre, pero pienso también que esta tristeza, peculiar del día de la Ascensión, es una muestra del amor que sentimos por Jesús, Señor Nuestro. El, siendo perfecto Dios, se hizo hombre, perfecto hombre, carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre. Y se separa de nosotros, para ir al cielo. ¿Cómo no echarlo en falta?

Si sabemos contemplar el misterio de Cristo, si nos esforzamos en verlo con los ojos limpios, nos daremos cuenta de que es posible también ahora acercarnos íntimamente a Jesús, en cuerpo y alma. Cristo nos ha marcado claramente el camino: por el Pan y por la Palabra, alimentándonos con la Eucaristía y conociendo y cumpliendo lo que vino a enseñarnos, a la vez que conversamos con Él en la oración» (Es Cristo que pasa, 117-118).

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Séptima Semana de Pascua. Lunes

 

«Dicen sus discípulos: Ahora sí que hablas con claridad y no usas ninguna comparación; ahora vemos que lo sabes todo, y no necesitas que nadie te pregunte; por esto creemos que has salido de Dios. Jesús les dijo: ¿Ahora creéis? Mirad que llega la hora, y ya llegó, en que os dispersaréis cada uno por su lado, y me dejaréis solo, aunque no estoy solo porque el Padre está conmigo. Os he dicho esto para que tengáis paz en mí En el mundo tendréis tribulación, pero confiad: yo he vencido al mundo.» (Juan 16, 29-33)

 

1º. Jesús, a mí también me puedes hacer este reproche: ¿de verdad crees?

Entonces, ¿por qué me abandonas?

«Llega la hora en que me dejaréis solo.»

Jesús, no quiero dejarte solo, no quiero vivir al margen de Ti, de lo que me pides, de lo que necesitas de mí.

Lo que ocurre es que me olvido, que voy un poco a la mía, e incluso a veces -por pura fragilidad- te doy la espalda.

Jesús, Tú no estás solo porque el Padre esta contigo; sin embargo prefieres que no te abandone.

Si te dejo, sufres.

Pero ¿acaso puedes sufrir, siendo Dios?

Sí, puedes sufrir aun siendo Dios.

Pero no sufres como al que le falta algo o tiene alguna necesidad.

Sufres, en cambio, al ver que a mí me falta algo y no sé cómo conseguir lo que necesito.

Sufres al ver que no sé corresponder al amor que me tienes; sufres como sufre la madre que ve que su hijo es egoísta y no se da cuenta de lo mucho que ella le ama.

En definitiva, Jesús, sufres porque me quieres, y sabes que mi egoísmo me impide ser realmente feliz.

«Cuando Dios ama, lo único que quiere es ser amado; si él ama, es para que nosotros le amemos a él, sabiendo que el amor mismo hace felices a los que se aman entre sí». (San Bernardo).

Jesús, que nunca más te abandone por el pecado, que no te deje solo por mi indiferencia, por mi falta de presencia de Dios a lo largo del día.

La mejor manera de no dejarte solo es acompañarte cada día haciendo unos minutos de oración.

Entonces, si en esos ratos de intimidad contigo me doy cuenta de que te había olvidado un poco, puedo pedirte perdón, y también ayuda para no volver a abandonarte más.

2º. «Vamos a no engañarnos... -Dios no es una sombra, un ser lejano, que nos crea y luego nos abandona; no es un amo que se va y ya no vuelve. Aunque no lo percibamos con nuestros sentidos, su existencia es mucho más verdadera que la de todas las realidades que tocamos y vemos. Dios está aquí, con nosotros, presente, vivo: nos ve, nos oye, nos dirige, y contempla nuestras menores acciones, nuestras intenciones más escondidas.

Creemos esto..., pero ¡vivimos como si Dios no existiera! Porque no tenemos para Él ni un pensamiento, ni una palabra; porque no le obedecemos, ni tratamos de dominar nuestras pasiones; porque no le expresamos amor, ni le desagraviamos...

-¿Vamos a seguir viviendo con una fe muerta?» (Surco.-658).

Jesús, quiero vivir «en cristiano» las veinticuatro horas del día; quiero vivir como lo que soy: hijo de Dios.

Para ello, he de tenerte presente en las cosas que hago, y preguntarme muchas veces: ¿estoy haciendo lo que debo hacer y como lo debo hacer? ¿Estás contento, Señor, de mi trabajo, de mi aprovechamiento del tiempo, de mi trato con los demás?

«Os he dicho esto para que tengáis paz en mí»

Jesús, cuando me comporto pensando en agradarte, me llenas de paz y de alegría.

Este es el gran fruto de tener una fe viva: de vivir en tu presencia, pensar en Ti, intentar obedecerte, pedirte perdón, darte amor.

La fe no es sólo para creerla; es, sobretodo, para vivirla.

«En el mundo tendréis tribulación, pero confiad: yo he vencido al mundo.»

Jesús, no me quitas las dificultades normales y extraordinarias de esta tierra: que me cueste estudiar, ayudar a los demás, sonreír al que me cae mal; y todas aquellas desgracias que a veces permites: enfermedades, reveses, desengaños, etc. ...

Pero me pides que confíe en Ti: que cada día en la oración te pida lo que necesite, y que abandone confiadamente mis problemas en tus manos.

Así, contigo y por Ti, yo también venceré siempre.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Séptima Semana de Pascua. Martes

 

«Jesús, dicho esto, elevó sus ojos al cielo y exclamó: Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique; ya que le diste poder sobre toda carne, que él dé vida eterna a todos los que Tú le has dado. Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien Tú has enviado. Yo te he glorificado en la tierra: he terminado la obra que Tú me has encomendado que hiciera. Ahora, Padre, glorifícame Tú a tu lado con la gloria que tuve junto a Ti antes de que el mundo existiera. He manifestado tu nombre a los que me diste del mundo. Tuyos eran, me los confiaste y han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me has dado proviene de Ti, porque las palabras que me diste se las he dado y ellos las han recibido y han conocido verdaderamente que yo salí de Ti, y han creído que Tú me enviaste. Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo sino por los que me has dado, porque son tuyos. Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío, y he sido glorificado en ellos.» (Juan 17, 1-10)

 

1º. Jesús, estás al final de la última cena cuando exclamas: «Padre, ha llegado la hora»

Varias veces los judíos habían intentado matarte, pero no podían porque aún no había llegado tu hora.

Ahora ha llegado, y te entregas voluntariamente para salvarme.

Te entregas porque quieres..., porque me quieres.

Y yo, ¿qué te estoy entregando? ¿Soy, al menos, generoso con mi tiempo: para ir a Misa, para hacer la oración, para servir a los demás, para aprovecharlo lo mejor posible?

Esta última oración tuya es como un resumen de tu misión y de tu vida.

Por las palabras con las que comienza se ha venido a llamar la oración de la «Hora de Jesús»; y por su contenido, recibe también el nombre de «oración sacerdotal».

«Jesús ha cumplido toda la obra del Padre, y su oración, al igual que su sacrificio, se extiende hasta la consumación de los siglos. La oración de la «Hora de Jesús» llena los últimos tiempos y los lleva hacia su consumación. Jesús, el Hijo a quien el Padre ha dado todo, se entrega enteramente al Padre y, al mismo tiempo, se expresa con una libertad soberana debido al poder que el Padre le ha dado sobre toda carne. El Hijo que se ha hecho Siervo, es el Señor el Pantocrátor: Nuestro Sumo Sacerdote que ruega por nosotros es también el que ora en nosotros y el Dios que nos escucha» (CEC-2749).

«He terminado la obra que Tú me has encomendado que hiciera»

Jesús, has cumplido la voluntad de Dios.

Yo también tengo una misión, una tarea encomendada por Dios.

¿Estoy dispuesto a descubrirla y a cumplirla?

Para hacerlo, sé que debo ponerme cerca de Ti y pedirte luces: Señor, hazme ver lo que quieres de mí; hazme entender tu voluntad.

 

2º. «En la hora de la tentación, ejercita la virtud de la Esperanza, diciendo: para descansar y gozar una eternidad me aguarda; ahora, lleno de Fe, a ganar con el trabajo, el descanso; y, con el dolor el goce...

¿Qué será el Amor en el Cielo?

Mejor aún, ejercita el Amor reaccionando así: quiero dar gusto a mi Dios, a mi Amado, cumpliendo su Voluntad en todo..., como si no hubiera premio ni castigo: solamente por agradarle.» (Forja.-1008).

Jesús, en el momento difícil, cuando es la hora de la tentación, me recuerdas: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien Tú has enviado.»

Me animas a que piense en el premio: conocerte a Ti -Dios verdadero- cara a cara; vivir en Ti, en tu amor, donde todo es donación: «todo lo mío es tuyo, y lo tuyo es mío.»

En esta vida experimentamos un goce muy limitado, porque lo espiritual en nosotros -conocimiento y amor- está supeditado a la limitación material de los sentidos.

Pero en la vida eterna, nuestro cuerpo ya no estará compuesto de una materia limitada y burda, porque será un cuerpo glorioso, y por eso nuestro goce -espiritual y corporal- alcanzará una intensidad indefinida.

Vale la pena trabajar por ese Descanso, y sufrir por esa Satisfacción que sacia sin saciar.

Pero mejor que por el premio, es luchar por Amor: por agradarte, Jesús; para que estés contento, porque ya hay demasiada gente que te hace sufrir, que no sabe corresponder a lo mucho que Tú les has amado.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Séptima Semana de Pascua. Miércoles

 

«Ya no estoy en el mundo, pero ellos están en el mundo y yo voy a Ti. Padre Santo, guarda en tu nombre a aquellos que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba con ellos yo los guardaba en tu nombre. He guardado a los que me diste y ninguno de ellos se ha perdido, excepto el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura. Pero ahora voy a Ti y digo estas cosas en el mundo para que tengan mi gozo completo en sí mismos. Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo como yo no soy del mundo.» (Juan 17, 11-14)

 

1º. Jesús, mientras has estado con tus discípulos, ¡cómo los has cuidado!

Les has explicado a solas todas tus enseñanzas; les has llevado a descansar cuando estaban agotados; les has perdonado su visión humana de las cosas y sus riñas; les has amado con obras día a día.

«Cuando estaba con ellos yo los guardaba.»

¡Cómo no te echaran en falta, ahora que ya has subido a los cielos!

Yo no percibo tu cariño directamente; por eso, a veces, los sentimientos no me mueven a amarte.

Porque los sentimientos necesitan de los sentidos, y yo me doy cuenta de lo que me amas, no por los sentidos, sino por la fe.

Por la fe sé que has dado tu vida por mí, porque me quieres.

¿Qué he de hacer para que esa fe me mueva, para que me enamore más de Ti?

No es suficiente conocer las verdades de la fe y creer en ellas.

Esto es únicamente el primer paso.

Hace falta, además, meditar tu vida; imaginármela -metiéndome dentro de las escenas del Evangelio-; vivirla contigo otra vez, como aquellos primeros doce.

Sólo a base de ese trato, que es oración, mis sentimientos se removerán al experimentar lo mucho que has hecho por mí.

La Iglesia «recomiendo insistentemente a todos sus fieles... la lectura asidua de la Escritura para que adquieran 'la ciencia suprema de Jesucristo' (Flp 3, 8)... Recuerden que a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues 'a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras' (San Ambrosio)» (DV 25) (CEC-2653).

 

2º. «Esos minutos diarios de lectura del Nuevo Testamento, que te aconsejé -metiéndote y participando en el contenido de cada escena, como un protagonista más-, son para que encarnes, para que «cumplas» el Evangelio en tu vida..., y para «hacerlo cumplir» (Surco.-672).

Una buena norma de piedad es la de leer cada día el Evangelio unos minutos, aunque sólo sean cinco.

Pero no leyendo simplemente, sino metiéndome y participando en el contenido de cada escena, como un protagonista más.

A veces, bastará con meditar uno o dos versículos, o «sacarle jugo» a una escena concreta, una curación o una parábola.

«Yo les he dado tu palabra.»

Jesús, cuando leo el Evangelio, estoy leyendo la palabra de Dios que has venido a revelarnos.

Por eso el Evangelio es más que un libro profundo, es más que un libro espiritual o filosófico: es el libro que recoge tu vida y tus enseñanzas; tu ejemplo; tu modo de entender el mundo, el dolor, el trabajo, el servicio, el amor al prójimo...

Del Evangelio he de aprender a sacar consecuencias prácticas para mi vida; de su meditación, he de aprender a escuchar las invitaciones de Dios, que me revelan cuál es su Voluntad.

«Ahora voy a Ti y digo estas cosas en el mundo para que tengan mi gozo completo en sí mismos.»

Jesús, has dicho muchas cosas mientras estabas entre nosotros como uno más.

Y no sólo de palabra, sino con hechos: has nacido y vivido pobre, te has pasado la vida trabajando duramente, con un trabajo sin brillo, pero hecho con perfección y con afán de servicio.

Has convivido con ricos y pobres, con sabios e ignorantes, con sanos y enfermos: a todos has amado, a todos has predicado la Buena nueva.

Has vivido la pureza delicadamente, has amado la sencillez, has acogido a los niños, te has conmovido ante el dolor y la muerte.

Y finalmente, te has dado a Ti mismo por todos, por mí, abrazando la Cruz con amor.

Ayúdame a «cumplir» el Evangelio en mi vida, y a facilitar -con mi ejemplo y con mi palabra- que otros muchos lo vivan.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Séptima Semana de Pascua. Jueves

 

También se puede meditar La Virgen María Madre de todas las Gracias

 

«No ruego sólo por éstos, sino por los que han de creer en mí por su palabra: que todos sean uno; como Tú, Padre, en mí y yo en Ti, que así ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que Tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno. Yo en ellos y Tú en mí, para que sean consumados en la unidad, y conozca el mundo que Tú me has enviado y los has amado como me amaste a mí. Padre, quiero que donde yo estoy también estén conmigo los que Tú me has confiado, para que vean mi gloria, la que me has dado porque me amaste antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te conoció; pero yo te conocí, y éstos han conocido que Tú me enviaste. Les he dado a conocer tu nombre y lo daré a conocer, para que el amor con que Tú me amaste esté en ellos y yo en ellos.» (Juan 17, 20-26)

 

1º. Jesús, no estás pidiendo sólo por aquellos once apóstoles, sino por tus discípulos de todos los tiempos, «los que han de creer en mí por su palabra.»

Los que creerán en Ti, creerán gracias a la palabra de otros discípulos.

Estás pidiendo por mí, para que sepa serte fiel: para que, por mi palabra, puedan creer otros muchos.

Jesús, tu oración al Padre se reduce a una petición concreta: «que todos sean uno.»

Pides por la unidad de tu Iglesia: que tu pueblo forme «un solo rebaño con un solo pastor», (Juan 10,16), de modo que «el mundo crea que Tú me has enviado.»

Es tan importante esta unidad que, sin ella, el mundo no puede creer en Ti.

Porque ¿cómo va a creer si los mismos cristianos no se ponen de acuerdo?

Y ¿cómo se van a poner de acuerdo si no siguen a los pastores que Tú mismo has dejado para guiar tu rebaño?

«Aquella unidad “que Cristo concedió desde el principio a la Iglesia... creemos que subsiste indefectiblemente en la Iglesia católica y esperamos que crezca hasta la consumación de los tiempos” (UR 4). Cristo da permanentemente a su Iglesia el don de la unidad, pero la Iglesia debe orar y trabajar siempre para mantener reforzar y perfeccionar la unidad que Cristo quiere para ella. Por eso Cristo mismo rogó en la hora de su Pasión, y no cesa de rogar al Padre por la unidad de sus discípulos: “Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en Ti, que ellos sean también uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado”. El deseo de volver a encontrar la unidad de todos los cristianos es un don de Cristo y un llamamiento del Espíritu Santo» (CEC-820).

 

2º. «Piensa en tu Madre la iglesia Santa, y considera que, si un miembro se resiente, todo el cuerpo se resiente.

-Tu cuerpo necesita de cada uno de los miembros, pero cada uno de los miembros necesita del cuerpo entero. -¡Ay, si mi mano dejara de cumplir su deber.., o si dejara de latir el corazón!» Forja.- 471).

Todos los cristianos formamos un sólo cuerpo, y cada uno -con la función peculiar que ha recibido de Ti- contribuye a mantenerlo vivo y a que se desarrolle en el mundo.

Si yo no cumplo con mi deber, estoy haciendo daño no sólo a mí mismo, sino a toda la Iglesia.

Esta es una de las razones por las que es lógico recibir el perdón de los pecados a través de un ministro de la Iglesia, pues Ella sufre también con mis errores.

«Como Tú, Padre, en mí y yo en Tí, que así ellos estén en nosotros.»

Jesús, la unidad de la Iglesia tiene como modelo la unidad de la Trinidad: no es «uniformidad», sino donación, comprensión, amor.

Y ese amor es el Espíritu Santo, Tú mismo en cada alma en gracia.

Por eso la unidad entre los cristianos no es un formalismo, un acuerdo político.

Es unidad en Dios, por medio de Jesucristo: «Yo en ellos y Tú en mí, para que sean consumados en la unidad»

Esta unidad suele llamarse «comunión de los santos».

Por ella, los méritos de unos pueden comunicarse a los otros: podemos hacer méritos por los demás -incluso por las almas del purgatorio-, y podemos recibir gracias de otros, especialmente de los santos.

Pero también podemos causar daño, si descuidamos esa unión contigo, Jesús, que es la raíz de la unidad cristiana.

Ayúdame a ser un miembro vivo en ese cuerpo tuyo que es la Iglesia.

Así estaré fomentando la unidad por la que Tú pediste al Padre.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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8-Mayo. La Virgen María, Madre de todas las Gracias

 

«Al tercer día se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús. También fueron invitados a la boda Jesús y sus discípulos. Y, como faltase el vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino. Jesús le respondió: Mujer ¿qué nos va a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora. Dijo su madre a los sirvientes: Haced lo que él os diga.

Había allí seis tinajas de piedra preparadas para las purificaciones de los judíos, cada una con capacidad de dos o tres metretas. Jesús les dijo: Llenad de agua las tinajas. Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dijo: Sacad ahora y llevad al maestresala. Así lo hicieron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, sin saber de dónde provenía, aunque los sirvientes que sacaron el agua lo sabían, llamó al esposo y le dijo: Todos sirven primero el mejor vino, y cuando ya han bebido bien, el peor; tú, al contrario, has guardado el vino bueno hasta ahora. Así en Caná de Galilea hizo Jesús el primero de sus milagros con el que manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él.» (Juan 2, 1-11)

 

1º. Jesús, habías ido a Caná a acompañar a tu madre en la celebración de las bodas de algún amigo de la familia.

No tenías intención de hacer nada extraordinario todavía.

Acababas de escoger a tus discípulos y les estabas empezando a enseñar las verdades del Reino de los Cielos.

No era prudente, tal vez, empezar a hacer milagros sin antes preparar a los apóstoles para que pudieran entender tu divinidad.

Por eso le dices a María: «Todavía no ha llegado mi hora.»

Sin embargo, tu madre te conoce bien y no quiere que sus amigos se queden sin vino pues, en esas fiestas, hubiera significado un trastorno muy grande para los esposos.

María se da cuenta de la necesidad incluso antes que los propios interesados, y se apresura a pedir la intercesión de su Hijo.

Madre, si así te comportas con los amigos, ¿qué no harás por mí, que soy tu hijo?

A pesar de la resistencia inicial de Jesús, le dices a los sirvientes: «Haced lo que él os diga».

¡Qué gran consejo para todos los hombres de todos los tiempos!

Ayúdame, madre mía, para que sepa hacer cada día lo que tu Hijo me diga.

Jesús, aquellos sirvientes te obedecieron con fe: llenaron las tinajas «hasta arriba».

No pusieron un poco para «hacer la prueba», sino que se fiaron de Ti.

También yo debo fiarme de Ti, y darme del todo en lo que me pidas.

 

2º. «María, Maestra de oración. -Mira cómo pide a su Hijo, en Caná. Y cómo insiste, sin desanimarse, con perseverancia. -Y cómo logra.

-Aprende» (Camino.-502).

Madre, enséñame a rezar con esa fe, con esa perseverancia, con esa confianza.

A veces pido cosas a Jesús, y parece como si Él me respondiera: «Todavía no ha llegado mi hora».

Y me canso de pedir.

En esos casos, madre, ayúdame tú: intercede por mí.

«María es, al mismo tiempo, una madre de misericordia y de ternura, a la que nadie ha recurrido en vano; abandónate lleno de confianza en su seno materno, pídele que te alcance esta virtud (de la humildad) que Ella tanto apreció; no tengas miedo de no ser atendido. María la pedirá para ti a ese Dios que ensalza a los humildes y reduce a la nada a los soberbios; y como María es omnipotente cerca de su Hijo, será con toda seguridad oída. Recurre a Ella en todas tus cruces, en todas tus necesidades, en todas las tentaciones. Sea María tu sostén, sea María tu consuelo». (León XIII).

Sé que una oración que te gusta mucho es el rosario, y que en varias apariciones has dicho que te pidamos cosas rezándolo cada día.

Por eso, un propósito muy concreto es rezar cada día el rosario, o -al menos- algún misterio del rosario, pidiéndote las cosas que me interesan o me preocupan.

Si rezo con fe y con perseverancia, estoy seguro que tú conseguirás de tu Hijo Jesús lo que mejor me convenga.

Y también es seguro que estarás atenta a que no me aleje del camino cristiano, recordándome una y otra vez -y ayudándome a ponerlo en práctica- lo que le dijiste a los siervos de Caná: «Haced lo que él os diga».

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Séptima Semana de Pascua. Viernes

 

«Después de haber comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Le dijo: Apacienta mis corderos. De nuevo le preguntó por segunda vez: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas. Le preguntó por tercera vez: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro se entristeció porque le preguntó por tercera vez si le amaba, y le respondió: Señor; tú lo sabes todo. Tú sabes que te amo. Le dijo Jesús: Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras más joven te ceñías tú mismo e ibas a donde querías; pero cuando envejezcas extenderás tus manos y otro te ceñirá y llevará a donde no quieras. Esto lo dijo indicando con qué muerte había de glorificar a Dios. Y dicho esto, añadió: Sígueme.» (Juan 21, 15-19)

 

1º. Jesús, desde el primer momento has ido preparando a Pedro para ser la cabeza de tu Iglesia cuando Tú no estés.

Le has cambiado el nombre de Simón por el de Pedro -piedra- porque «sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mateo 16,18).

Que me dé cuenta de la misión tan fundamental que tiene el Papa, sea quien sea, como sucesor de Pedro: él ha de ser pastor de tus ovejas.

Toda la Iglesia se apoya en él, en su unión contigo, en su santidad.

«Jesús ha confiado a Pedro una autoridad específica: «A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». El poder de las llaves designa la autoridad para gobernar la casa de Dios, que es la Iglesia. Jesús, «el Buen Pastor» confirmó este encargo después de su resurrección: «Apacienta mis ovejas». El poder de «atar y desatar» significa la autoridad para absolver los pecados, pronunciar sentencias doctrinales y tomar decisiones disciplinares en la Iglesia. Jesús confió esta autoridad a la Iglesia por el ministerio de los apóstoles y particularmente por el de Pedro, el único a quien Él confió explícitamente las llaves del Reino» (CEC-553).

Jesús, pones a Pedro una condición antes de confiarle la Iglesia: «¿me amas más que éstos?»

No es que los demás te amen poco, sino que es tal la responsabilidad y el ejemplo que se le pide a Pedro, que es necesario que sea santo.

Por eso tengo el deber de pedir cada día por él.

Jesús, te pido por el Papa actual: por su persona; por sus intenciones; por sus necesidades espirituales y también corporales.

 

2º. «El Señor convirtió a Pedro -que le había negado tres veces- sin dirigirle ni siquiera un reproche: con una mirada de Amor

-Con esos mismos ojos nos mira Jesús, después de nuestras caídas. Ojalá podamos decirle, como Pedro: «¡Señor; Tú lo sabes todo; Tú sabes que te amo!», y cambiemos de vida» (Surco.-964).

«Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te amo.»

¡Qué buena jaculatoria para repetirla por dentro muchas veces!

Jesús, a pesar de mi fragilidad, a pesar de que a veces no puedo con mi carácter o con mis defectos, «Tú sabes que te amo. Tú lo sabes todo,» y ves que lucho, que me esfuerzo, que te pido perdón.

«Tú sabes que te amo,» pero todavía te amo poco, y por eso en ocasiones las tentaciones me vencen.

¡Aumenta mi capacidad de amar!

Y para ello, Jesús, aumenta mi capacidad de sacrificio, de entrega.

Jesús, veo que hay dos posibles móviles en la vida interior: hacer las cosas porque me siento bien cuando las hago, porque me interesan o me emocionan; o hacer lo que creo que Tú me pides simplemente por agradarte a Ti, tenga yo más o menos ganas de hacerlo.

El móvil que demuestra un amor más verdadero es el segundo, y es el que me pides tres y mil veces con la pregunta: ¿me amas?

Jesús, me estás mirando con una mirada de Amor; con ojos de Padre, de hermano mayor.

Que sepa descubrir siempre esa mirada, incluso cuando te haya traicionado, cuando te haya abandonado.

Que sepa mirarte a los ojos y decirte: «¡Tú sabes que te amo!...,» y cambie de vida.

Porque si no pusiera los medios para cambiar lo que hago mal, mi amor a Ti sería falso.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Séptima  Semana de Pascua. Sábado

 

También se puede meditar NUESTRA SEÑORA DE LOS DESAMPARADOS

 

«Volviéndose Pedro vio que le seguía aquel discípulo que Jesús amaba, el que en la cena se había recostado en su pecho y le había preguntado: Señor; ¿quién es el que te entregará? Viéndole Pedro dijo a Jesús: Señor; ¿y éste qué? Jesús le respondió: Si yo quiero que él permanezca hasta que yo vuelva, ¿a ti qué? Tú sígueme. Por eso surgió entre los hermanos el rumor de que aquel discípulo no moriría. Pero Jesús no le dijo que no moriría, sino: Si yo quiero que él permanezca hasta que yo vuelva, ¿a ti qué?

Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y las ha escrito, y sabemos que su testimonio es verdadero. Hay, además, otras muchas cosas que hizo Jesús, y que si se escribieran una por una, pienso que ni aun el mundo podría contener los libros que se tendrían que escribir» (Juan 21, 20-25)

 

1º. Jesús, se acaba el tiempo de Pascua, esos cincuenta días que van desde la Resurrección hasta Pentecostés -la venida del Espíritu Santo-, que es mañana.

Han sido unos días de alegría porque realmente has resucitado como habías prometido, pero a la vez son días de espera, de preparación para la venida de tu Espíritu.

Te has aparecido a los apóstoles y a muchos discípulos durante cuarenta días para fortalecer su fe y, hace ya unos días, has ascendido definitivamente al Cielo, a la derecha del Padre.

Durante este tiempo de Pascua, la Iglesia ha ido repasando el Evangelio de San Juan, el «discípulo que Jesús amaba»

Este Evangelio -que hoy se acaba- es el que se escribió más tarde, a finales del siglo I, cuando los otros tres ya eran conocidos en las comunidades cristianas.

Es menos exhaustivo en hechos históricos, ya relatados en los Evangelios anteriores, y tiene una intención clara: mostrar que Tú, Jesús, eres el Hijo de Dios, y que has venido para que también nosotros seamos hijos de Dios y herederos de la gloria del Cielo.

«Hay, además, otras muchas cosas que hizo Jesús».

Los Evangelios no lo contienen todo.

La Escritura no es un reglamento estructurado, sino el relato de unos hechos históricos, recogidos por inspiración divina para enseñar la buena nueva a gentes muy diversas.

Jesús, tu vida es mucho más que el Evangelio.

Por eso, aunque un cristiano debe tratar la Escritura con veneración       -porque es la Palabra de Dios-, sería un error pensar que todo está en la Escritura y que sólo lo que allí aparece es válido.

Además, los textos se pueden interpretar de muchas maneras, a veces contradictorias.

Por eso hay que recurrir a la Tradición -a cómo se ha entendido tu doctrina desde el principio-, y al Magisterio de la Iglesia, que tiene una especial ayuda del Espíritu Santo.

 

2º. «Estoy persuadido de que Juan, el Apóstol joven, permanece al lado de Cristo en la Cruz, porque la Madre lo arrastra: ¡tanto puede el Amor de Nuestra Señora!» (Forja.-589).

Madre, Jesús conoce bien a quien encarga desde lo alto del madero de la Cruz para que te cuide: Juan es el discípulo amado; el muchacho valiente; el alma joven y enamorada que permanecerá fiel y lleno de Amor hasta el final de sus días, alrededor del año cien, siendo ya muy mayor.

Jesús no le había dicho que no moriría, pero le privó del martirio, tal vez por ser el único que te acompañó, Madre, «al lado de Cristo en la Cruz».

Posiblemente Juan se dirigió a ti, María, aquella noche cuando prendieron a tu hijo en el huerto de los olivos.

Pedro, creyéndose más valiente, fue solo a la casa de Caifás, y acabó negando tres veces á Jesús.

Madre mía, que no me haga el «valiente».

Que te sepa pedir ayuda en los momentos difíciles, y en los fáciles. «Madre mía amantísima, en todos los instantes de mi vida acordaos de mí, miserable pecador».

Madre, mañana es Pentecostés.

Así como tú estás presente en la venida de Cristo al mundo, también te encuentras en la venida del Espíritu Santo: «ella está presente con los Doce, que «perseveraban en la oración, con un mismo espíritu» en el amanecer de los «últimos tiempos» que el Espíritu va a inaugurar en la mañana de Pentecostés con la manifestación de la Iglesia» (CEC-726).

De esta manera te conviertes en Madre del «Cristo total», que es la Iglesia.

Madre, ayúdame a prepararme para la fiesta de mañana, limpiando mi alma para recibir como se merece al Espíritu Santo.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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NUESTRA SEÑORA DE LOS DESAMPARADOS

           

«Estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, le dijo a su madre: -Mujer, aquí tienes a tu hijo. Después le dice al discípulo: -Aquí tienes a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa.» (Juan 19, 25-27)

 

1º. El Evangelio nos dice que María estuvo al pie de la Cruz: “Junto a la cruz de Jesús estaban su Madre, la hermana de su Madre, María la de Cleofás, y María Magdalena” (Juan 19,25).

            María contempló con el alma desgarrada de dolor los preparativos de la Crucifixión.

Vio cómo clavaban las manos y los pies de Cristo.

Contempló cómo se burlaban de Él los príncipes de los sacerdotes, los escribas y los fariseos.

Y cómo los soldados, ajenos a la grandeza de aquellos momentos, se jugaban a los dados la túnica de Jesús.

Oyó cómo Cristo pedía perdón para los que le crucificaban.

Y cómo prometía el Paraíso al Buen Ladrón.

Cristo quiso pasar por los más dolorosos tormentos de cuerpo y alma para llegar hasta el colmo del amor.

Por eso, también María sufrió tanto.

Hay un hondo misterio en estos padecimientos del Hijo y de la Madre.

Jesucristo, por infinito amor a Dios Padre y a los hombres, asumió todo el dolor y así se ofreció como víctima por nosotros a Dios Padre y nos reconcilió con Él.

María, su Madre, fue asociada íntimamente a este dolor y María también lo asumió con amor y por amor a Dios y a los hombres.

Así, a una con Cristo se ofreció a Dios Padre por la humanidad.

De esta manera, cooperó de modo único y excepcional, por gracia de Cristo y a una con Él, en la misma redención del género humano.

Por eso María es la Corredentora.

No es que Jesucristo tuviera necesidad de Ella. No. Cristo satisfizo sobreabundantemente a Dios Padre con su vida, pasión y muerte.

Es que Cristo quiso tener unida con Él a su Madre para que se ofreciera junto con Él a Dios.

Así “cooperó con él en forma del todo singular en la restauración de la vida sobrenatural de las almas Por tal motivo es nuestra Madre en orden de la gracia” (Vaticano II.-L. G.-61).          

El dolor, desde que fue asumido por Cristo y por María, es sobre todo redentor.

Y vale no por sí mismo sino por el amor con que lo aceptamos.

Pidámosle a María que sepamos ofrecerlo por nuestros pecados y por la salvación del mundo.

 

2º. Vio cómo su Hijo se dirigía a Ella y luego a San Juan con unas palabras que suponían una tremenda despedida llena de contenido.

“Mujer, ahí tienes a tu hijo”, le dijo a María refiriéndose a San Juan, y a San Juan le dijo: “He ahí a tu Madre” (Juan 19,25-27), refiriéndose a María.

En estas palabras hay algo de suma trascendencia que se refiere a María y a todos los hombres.

Porque en San Juan estaba representada toda la humanidad.

Lo que hace Cristo es proclamar solemnemente a la faz del mundo que María es Madre de todos los hombres y que todos los hombres somos hijos de María.

Pero la Maternidad de María sobre todos los hombres no empieza en este momento.

Cristo proclama abiertamente lo que es una realidad desde el momento de la Encarnación de Cristo.

Cuando el Hijo de Dios se hizo Hombre en el seno de la Santísima Virgen, Cristo asumió una naturaleza humana, su naturaleza de hombre.

Pero además quedó constituido en Cabeza espiritual de toda la humanidad.

Así, cuando María engendraba a Cristo corporalmente, engendraba espiritualmente a todos los miembros de aquella cabeza.

Cuando en Belén María daba a luz corporalmente a Cristo, daba a luz espiritualmente a todos los miembros de aquella cabeza, es decir, a Cristo con todos los hombres.

Y ahora viene otra afirmación importante. Los dolores de parto que no padeció María en Belén ni por Cristo ni por nosotros, los sufrió únicamente por nosotros en el Calvario.

Aquí se completó la Maternidad espiritual de María.

Por eso dicen los Padres de la Iglesia que la Maternidad espiritual de María se cumplió en dos momentos: En Nazaret con la Encarnación y en el Calvario con los dolores sufridos por todos nosotros.

María es así verdadera Madre nuestra en el orden del espíritu y de la gracia.

Y como Madre, nos quiere entrañablemente.

Nos quiere porque somos sus hijos.

Y como hace la madre buena, aunque quiere a todos los hijos por igual, se preocupa más y cuida con más solicitud del hijo que está enfermo.

Recurramos, pues, humildemente a su misericordia, porque en Ella encontraremos siempre el auxilio oportuno.

Cristo, cuando sufría por nosotros en la Cruz nos conocía, veía nuestros pecados y nuestros buenos deseos.

María no nos veía.

Pero sufrió y se ofreció por nosotros.

Hoy nos ve y nos conoce desde el cielo y está más pendiente de cada uno.

Ella, siempre como Madre buena.

Nosotros debemos ser buenos hijos de su corazón.

 

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