DOMINGO
CUARTO DE PASCUA-A
«En verdad, en verdad os
digo: el que no entra por la puerta del redil de las ovejas, sino que salta por
otra parte, ése es un ladrón y un salteador. Pero el que entra por la puerta es
pastor de las ovejas. A éste le abre el portero y las ovejas atienden a su voz,
llama a sus propias ovejas por su nombre y las saca fuera. Cuando ha sacado
fuera a todas sus ovejas, camina delante de ellas y las ovejas le siguen porque
conocen se voz. Pero a un extraño no le seguirán, sino que huirán de él porque
no conocen la voz de los extraños. Jesús les propuso esta comparación, pero
ellos no entendieron qué era lo que les decía.
Entonces dijo de nuevo
Jesús: En verdad, en verdad os digo que yo soy la puerta de las ovejas. Todos
cuantos han venido antes que yo son ladrones y salteadores, pero las ovejas no
les escucharon. Yo soy la puerta; si alguno entra a través de mí, se salvará; y
entrará y saldrá y encontrará pastos. El ladrón no viene sino para roba, matar
y destruir Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia.» (Juan 10, 1-10)
1º. Jesús, has venido a buscarme, me has llamado por mi nombre y yo he oído tu
voz.
Por eso te sigo.
Quiero seguirte a Ti, no a un extraño que se haga pasar por Ti.
Quiero seguir tu doctrina, la doctrina verdadera, la que has dejado a tu
Iglesia.
Obedeciendo la doctrina y las indicaciones de los pastores de la Iglesia en unión con el
Papa, encuentro pasto abundante, el verdadero alimento que me da vida, la vida
de la gracia.
«La Iglesia,
en efecto, es el redil cuya puerta única y necesaria es Cristo. Es también el
rebaño cuyo pastor será el mismo Dios, como él mismo anunció. Aunque son
pastores humanos quienes gobiernan a las ovejas, sin embargo es Cristo mismo el
que sin cesar las guía y alimenta; El, el Buen Pastor y Cabeza de los pastores,
que dio su vida por las ovejas» (LG.-6)» (C. I. C.-754).
Jesús, oigo también otras voces que me llaman y que quieren que las siga.
Presentan otros caminos, otros pastos, otras felicidades y otros placeres.
«No te pases», «es un rollo», «me lo pide el cuerpo», «sé tú mismo», etc.
Son eslóganes sugestivos, y muchas ovejas siguen su voz.
«Yo vine para que tengan
Vida y la tengan en abundancia.»
Que me dé cuenta, Jesús, de que Tú eres el buen pastor, el amo de las ovejas,
y por tanto sólo quieres mi bien.
Y sabes mejor que nadie qué camino lleva a la felicidad verdadera, aunque
cueste; aunque haga pendiente y sea más fácil quedarse en los pastos secos al
lado del camino.
2º. «Son muchos los cristianos
persuadidos de que la
Redención se realizará en todos los ambientes del mundo, y de
que debe haber algunas almas -no saben quiénes- que con Cristo contribuyen a
realizarla. Pero la ven a un plazo de siglos, de muchos siglos...: serían una
eternidad, si se llevara a cabo al paso de su entrega.
Así pensabas tú, hasta que
vinieron a despertarte» (Surco.-1).
Jesús, Tú llamas continuamente a las almas, y les invitas a seguirte.
«Llama sus propias ovejas
por sus nombres, camina delante de ellas y las ovejas te siguen porque conocen
su voz»
Vas por delante, pero tu paso es un paso ligero porque es mucho lo que
resta por hacer.
También a mí me llamas por mi nombre y me invitas a seguirte, a despertarme
de esa postura cómoda que piensa que ya hay otros que te siguen, que ya hay otros
que te ayudan a realizar la
Redención en los diversos ambientes del mundo.
No, no hay otros.
Nadie puede sustituir mi generosidad.
Sólo yo puedo responder cuando me llamas por mi nombre.
Y me llamas, y me preguntas: ¿tú, qué haces por Mí?
Yo lo he dado todo y ahora te necesito; ¿qué respondes?
No digas que no puedes, porque Yo voy delante marcando el paso: el paso de
Dios.
«Yo vine para que tengan
vida y la tengan en abundancia».
Jesús, Tú eres el Cordero de Dios: con tu muerte y resurrección nos has
redimido.
De mí depende que tu Redención llegue a todos los lugares, empezando por
los que están a mi alrededor.
Que oiga tu voz, tu llamada, y que la siga.
Y encontraré pastos abundantes para mí y para muchos otros.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de
Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Cuarta
Semana de Pascua. Lunes
«Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus
ovejas. El asalariado, el que no es pastor dueño de las ovejas, ve venir al
lobo, abandona las ovejas y huye -y el lobo las arrebata y las dispersa-,
porque es asalariado y no le importan las ovejas. Yo soy el buen pasto,;
conozco las mías y las mías me conocen. Como el Padre me conoce a mi, así yo
conozco al Padre, y doy mi vida por las ovejas. Tengo otras ovejas que no son
de este redil, a ésas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán
un solo rebaño, con un solo pastor.» (Juan 10, 11-18)
1º. Jesús, Tú eres el Buen Pastor: has
dado tu vida por mí, me conoces y yo te conozco.
Eres Dios y te
preocupas de mí como el buen pastor de su rebaño o como la madre cuida a su
hijo pequeño.
¿Cómo reacciono yo
ante tanto amor?
Todo un Dios
pendiente de mí y yo, a veces, ni me entero.
Es como un niño
pequeño que sigue jugando distraído sin darse cuenta de que su madre está ahí
al lado, pendiente de él continuamente, cuidándole, amándole.
Así estas Tú, Señor:
mirándome con mirada de padre y de madre.
¿Cómo te lo
agradezco?
Jesús, si Tú te
cuidas de mí, ¿qué me puede preocupar?
El saberme hijo de
Dios, oveja de tu rebaño, es la fuente más sólida de paz y de alegría.
Porque sé que todo
lo que me ocurra es para mi bien: ¡todo!
Hasta lo que
humanamente parece un gran fracaso o un gran sufrimiento.
Las penas se
convierten en alegrías, y las alegrías en mayores alegrías aún, cuando me doy
cuenta de que soy hijo de Dios.
Todo alegrías, todo
alegrías.
Por eso, no hay
nadie más alegre que el que se sabe hijo de Dios.
«A ésas también es necesario que las traiga, y oirán mi
voz y formarán un solo rebaño, con un sola pastor.»
Jesús, cuánta
división entre cristianos...
Es necesario volver
a una sola Iglesia: un solo rebaño con un solo pastor.
¿Qué puedo hacer?
Ante todo, pedir a
Dios por la unidad de los cristianos.
«La preocupación por el restablecimiento de la unión
atañe a la Iglesia
entera, tanto a los fieles como a los pastores. Pero hay que ser conocedor de
que este santo propósito de reconciliar a todos los cristianos en la unidad de
la única Iglesia de Jesucristo excede las fuerzas y la capacidad humana». Por
eso hay que poner toda la esperanza «en la oración de Cristo por la Iglesia, en el amor del
Padre para con nosotros, y en el poder del Espíritu Santo» (C. I. C.- 822).
Además, debo
fomentar la unidad de la
Iglesia defendiéndola de los ataques, no criticando a unos o
a otros, buscando los puntos comunes y comprendiendo el trabajo de los demás.
2º. «Permitidme
un consejo: si alguna vez perdéis la claridad de la luz, recurrid siempre al
buen pastor. ¿Quién es el buen pastor? El que entra por la puerta de la
fidelidad a la doctrina de la
Iglesia; el que no se comporta como el mercenario. (...) La
insistencia de Cristo -¿no veis con qué cariño habla de pastores y de ovejas,
del redil y del rebaño?- es una demostración práctica de la necesidad de un
buen guía para nuestra alma. (...) Por eso, si el Señor permite que nos
quedemos a oscuras, incluso en cosas pequeñas; si sentimos que nuestra fe no es
firme, acudamos al buen pasto, al que entra por la puerta ejercitando su
derecho, al que, dando su vida por los demás, quiere ser, en la palabra y en la
conducta, un alma enamorada: un pecador quizá también, pero que confía siempre
en el perdón y en la misericordia de Cristo» (Es Cristo que pasa.-34).
Jesús, necesito un
buen guía para mi alma, alguien que me ayude a seguirte a Ti, que eres el buen
pastor.
Ese guía no puede
ser cualquiera, sino alguien que me conozca, que comprenda mis circunstancias,
y -sobre todo- alguien que esté cerca de Ti, que luche por ser santo, que dé su
vida por los demás.
Tendrá sus defectos
también, pero no importa si no actúa cobardemente, como el mercenario, que huye
ante el peligro; no importa si es una persona humilde, que quiere mi bien y
que, por eso, sabrá exigirme cuando convenga.
Jesús, que no quiera
ir por mi cuenta, estar solo ante el peligro.
Porque veo venir al
lobo: las tentaciones, los desánimos, la cobardía, la comodidad de quedarme en
una lucha a medias... y, entonces, necesitaré un buen pastor que me ayude y me
defienda en mi camino de santidad.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Cuarta
Semana de Pascua. Martes
«Se celebraba por entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era
invierno. Paseaba Jesús por el Templo, en el pórtico de Salomón. Entonces le
rodearon los judíos y le decían: ¿Hasta cuándo nos vas a tener en vilo? Si tú
eres el Cristo, dínoslo abiertamente. Les respondió Jesús: Os lo he dicho y no
lo creéis; las obras que hago en nombre de mi Padre, éstas dan testimonio de
mí. Pero vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan
mi voz, yo las conozco y me siguen. Yo les doy vida eterna; no perecerán jamás
y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Pudre que me las dio, es mayor que todos;
y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno.» (Juan 10, 22-30)
1º. Jesús, los judíos te pedían más
claridad: que les digas de una vez quién eres de manera explícita.
Tú ya se lo has
dicho claramente a otra gente, como a la samaritana o al ciego de nacimiento,
pero a estos judíos no se lo vas a decir tan abiertamente.
No quieren creer
sino que buscan una declaración explícita en la que te hagas como Dios, para
tener con qué acusarte.
A pesar de todo, te
las arreglas para contestarles la verdad sin que te puedan acusar: «Yo y el Padre somos uno.»
«Las obras que hago en nombre de mi Padre, éstas dan
testimonio de mí.»
Les pides que crean,
al menos, por los milagros que haces.
«Si un rey enviara una carta sellada con su sello, nadie
osaría decir que aquella carta no provenía de la voluntad del rey. Ahora bien,
todo lo que los santos creyeron y nos transmitieron sobre la fe de Cristo, está
sellado con el sello de Dios. Este sello son las obras que ninguna criatura
puede hace,; es decir; los milagros, con los que Cristo confirmó las palabras
de los Apóstoles y los santos» Santo Tomás.- Sobre el Credo
Pero no: «os lo he dicho y no lo creéis.»
La fe no depende
sólo de tu voluntad, Jesús, depende
también de mi libertad.
Por más que
expliques, por más gracia que me des, si no quiero escuchar tu voz ni seguirte,
todo es inútil.
Por más sol que
haya, si no quiero abrir los ojos, no veré, me quedaré a oscuras.
Pero la culpa no
será del sol, será mía.
Ayúdame Jesús a
escuchar tu voz, a estar abierto a esas gracias que me envías
2º. «No
os preocupe si por vuestras obras «os conocen». -Es el buen olor de Cristo.
-Además, trabajando siempre exclusivamente por El, alegraos de que se cumplan
aquellas palabras de la Escritura:
«Que vean vuestras obras buenas y glorifiquen a vuestro Padre que está en los
cielos» (Camino.-842).
Jesús, las obras que
Tú haces dan testimonio de Ti y molestan a los judíos, porque muestran que eres
el Mesías.
No lo vas anunciando
a todo el mundo, no haces mucha publicidad.
Lo dices a quien le
puede aprovechar, a quien está preparado o al menos abierto a entender la
verdad.
Al curioso
superficial o al malintencionado, le dejas que juzgue por los hechos: «las obras que hago en nombre de mi Padre,
éstas dan testimonio de mí.»
Jesús, mi apostolado
no consiste en tener largas y acaloradas discusiones filosóficas con mis amigos
sobre la vida y la muerte.
Consiste, más bien,
en que las obras que haga -mi trabajo, mis relaciones con los demás, mi actitud
de servicio- den testimonio de quién soy: soy cristiano, esto es, hijo de Dios.
No puedo tener
vergüenza de que se note que no soy como los que no tienen fe.
Es más, lo natural
es que se note la diferencia, que vean mis buenas obras «y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.»
No es humildad ni
naturalidad acomodarse a los usos del ambiente cuando éste no es cristiano.
Es más bien todo lo
contrario: una manifestación de soberbia, de temor a quedar mal, a hacer el
ridículo.
Es una falta de
naturalidad y de coherencia.
Sin hacer cosas
raras, también yo debo poder decir: «las
obras que hago en nombre de mi Padre, éstas dan testimonio de mí».
Jesús, si Tú eres mi
modelo, si he de intentar imitarte en todo, también he de imitarte en esto.
Ayúdame a ser
valiente, a ser cristiano, las veinticuatro horas del día y los siete días de
la semana.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Cuarta
Semana de Pascua. Miércoles
«El que cree en mí, no cree en mí, sino en Aquel que me
ha enviado; y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado. Yo soy la luz que ha
venido al mundo para que todo el que cree en mí no permanezca en tinieblas. Y
si alguien escucha mis palabras y no las guarda, yo no le juzgo, ya que no he
venido a juzgar al mundo sino a salvar al mundo. Quien me desprecia y no recibe
mis palabras tiene quien le juzgue: la palabra que he hablado ésa le juzgará en
el último día. Porque yo no he hablado por mí mismo, sino que el Padre que me
envió, Él me ha ordenado lo que he de decir y habla': Y sé que su mandato es
vida eterna; por tanto, lo que yo hablo, según me lo ha dicho el Padre, así lo
hablo.» (Juan 12, 44-50)
1º. Jesús, no has venido a condenar al
mundo sino a salvarlo.
No has venido a
buscar mis defectos y ponerlos en evidencia, sino a sacar lo bueno que hay en
mí y darme tu gracia, tu ayuda, para mejorar.
No has venido a
poner prohibiciones sino objetivos, objetivos de amor: «que os améis unos a otros como yo os he amado». (Juan 13,34).
Tus mandamientos son
el camino para ser feliz en la tierra y para llegar al cielo: «sé que su mandato es vida eterna.»
Para seguir tus
mandamientos y conseguir estos objetivos me das la clave: imitarte a Ti, ver
todo con esa luz nueva que eres Tú mismo: «Yo
soy la luz del mundo.»
«Todo lo tenemos en Cristo; todo es Cristo para nosotros.
Si quieres curar tus heridas, Él es médico. Si estás ardiendo de fiebre, Él es
manantial Si estás oprimido por la iniquidad, Él es justicia. Si tienes
necesidad de ayuda, Él es fuerza. Si temes la muerte, El es vida. Si deseas el
cielo, Él es el camino. Si refugio de las tinieblas, Él es la luz». (San Ambrosio).
Para no equivocarme,
para no perderme, para no quedarme a oscuras, éste es el secreto: imitar tu
vida, intentar actuar en cada momento como creo que lo harías Tú si estuvieras
en mis circunstancias concretas.
Esta es una pregunta
muy práctica, que me puedo hacer muchas veces al día: Jesús, ¿cómo harías esto
si estuvieras en mi lugar?
¿Cómo aprovecharías
el tiempo esta tarde de domingo?
¿Cómo ayudarías a
los que tengo al lado, en mi trabajo, en clase, en casa?
¿Cómo les querrías?
¿Cómo les sabrías
perdonar aquella falta?
¿Cómo te alegrarías
con sus alegrías?
¿Cómo le exigirías
al hijo o al subordinado que, por falta de esfuerzo, hace las cosas mal?
¿Cómo responderías
aquella crítica malintencionada y sin fundamento?
¿Cómo harías valer
tus derechos ante una injusticia?
2º. «Ojalá
fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o
al oírte hablar: éste lee la vida de Jesucristo» (Camino.-2).
«Y si alguien escucha mis palabras y no las guarda, yo no
le jugo; la palabra que he hablado esa le juzgará en el último día»
Jesús, he tenido la
suerte de conocerte, de conocer tu vida y tus palabras.
Que las sepa
guardar, esto es, que las sepa poner en práctica.
De nada me valdría
haber leído tu vida si no se manifestara en mis acciones, en mi compostura, en
mi conversación.
Jesús, a lo mejor
tengo que empezar por conocerte mejor: por conocer bien el Evangelio o leer lo
que, sobre Ti, han escrito los santos y otros autores espirituales.
Por eso es
aconsejable leer cada día un poco del Evangelio y de algún libro espiritual.
Basta con cinco
minutos diarios de Evangelio y diez de lectura espiritual para ir adquiriendo
un conocimiento sólido de tu vida, Jesús, que me permita luego intentar actuar
como Tú lo harías.
Es conveniente,
también, preguntar en la dirección espiritual qué libro debo leer, y que me
aconsejen.
Hay libros que
comentan el Evangelio y me dan nuevas luces; otros que son de espiritualidad o
tocan una virtud concreta que me puede ir bien; y también ayudan las biografías
de santos, que muestran diversos caminos para imitarte, Jesús, y que me animan
a luchar porque me muestran que el camino de santidad es posible y llena de
felicidad al que lo sigue.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Cuarta
Semana de Pascua. Jueves
«En verdad, en verdad os digo: no es el siervo más que su
señor ni el enviado más que quien le envió. Si comprendéis esto y lo hacéis
seréis bienaventurados. No lo digo por todos vosotros: yo sé a quiénes elegí;
sino para que se cumpla la
Escritura: El que come mi pan levantó contra mí su calcañal:
Os lo digo desde ahora, antes de que suceda, para que cuando ocurra creáis que
yo soy En verdad, en verdad, os digo: quien recibe al que yo envíe, a mime
recibe, y quien a mime recibe, recibe al que me ha enviado.» (Juan 13, 16-20)
1º. Jesús, estas palabras las dices al
acabar de lavar los pies a tus discípulos, al principio de la última cena.
San Juan se da
cuenta muy bien de que este hecho tiene una significación especial: «Sabiendo Jesús que todo lo había puesto el
Padre en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la
cena, se quitó el manto, tomó una toalla y se la ciñó» (Juan 13,3-4).
Jesús, la conciencia
de tu divinidad y de tu poder te impulsan a servir a los que te rodean.
Es una reacción
contraria a la que sentimos muchas veces los hombres: buscamos poder para ser
servidos, no para servir.
Por eso, al acabar
de lavar los pies a los apóstoles, les dices: «Si comprendéis esto y lo hacéis seréis bienaventurados.»
Esta es la «bienaventuranza
nueva», que nos enseñas pocos minutos antes del mandamiento nuevo: es la
bienaventuranza del servicio.
Bienaventurado el
que sirve a los demás -vienes a decir- porque de él es el Reino de los Cielos.
Si comprendéis que
servir es la reacción propia del ser espiritual -porque es lo propio de Dios- y lo
hacéis, seréis bienaventurados.
Por eso también el
servicio es propio de los ángeles, especialmente de cada ángel de la guarda, de
mi ángel custodio.
Que le sepa pedir
muchos favores, porque él está para servirme a mí y, sirviéndome, es
bienaventurado, esto es, feliz.
Para servir a los
demás no tengo que hacer, necesariamente, cosas extraordinarias.
No sirve más el que
se va más lejos, sino el que más pone el corazón en los que le rodean. «El artesano, el soldado, el labrador; el
comerciante, todos sin excepción contribuyen al bien común y al provecho del
prójimo (...). El que sólo vive para sí y desprecia a los demás, es un ser
inútil, no es hombre, no pertenece a nuestro linaje» (San Juan Crisóstomo).
Jesús, si no aprendo
a servir, no sólo soy mal cristiano, sino también menos persona.
2º. «Cuando
hayas terminado tu trabajo, haz el de tu hermano, ayudándole, por Cristo, con
tal delicadeza y naturalidad que ni el favorecido se dé cuenta de que estás
haciendo más de lo que en justicia debes.
-¡Esto sí que es fina virtud de hijo de Dios! (Camino.- 440).
Jesús, la primera
condición del servicio es que no imposibilite mis deberes ordinarios.
Si tengo una familia
o un trabajo, o estoy estudiando, etc. .., no me puedo comprometer a hacer
cosas que me impidan cumplir con mis obligaciones normales, a no ser que exista
una causa grave.
Toda virtud tiene un
orden, y no te gustaría que, por «afán de servicio», descuidara mi manera más
inmediata de servir: mi familia, mi trabajo.
Por eso, cuando hayas terminado tu trabajo, haz el de
tu hermano, y no al revés, a no ser que una urgencia requiera cambiar el
orden.
Pero siempre se
puede encontrar la manera de ayudar a los demás.
No hay que quitar
tiempo al estudio o al trabajo, ni a la familia.
El tiempo hay que
buscarlo, con sacrificio, de esas horas que pierdo miserablemente delante de la
televisión, durmiendo desordenadamente, en ratos de trabajo a medio ritmo, e
incluso recortando un poco el saludable tiempo para el deporte, o para las
aficiones, o para la diversión.
La mejor manera de
servir es la que no se nota: servir con tal delicadeza y naturalidad que ni el
favorecido se dé cuenta de que estás haciendo más de lo que en justicia debes.
Así, lo hago por él,
para ayudarle, y por Ti, Jesús, para imitarte; no por mi, para que me lo
agradezcan o me deban un favor.
¡Esto sí que es fina
virtud de hijo de Dios!: es haber comprendido lo que hiciste al lavar los pies
a tus apóstoles y, por ello, es ser bienaventurado, feliz.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Cuarta
Semana de Pascua. Viernes
«No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed
también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas, si no, os lo hubiera
dicho, porque voy a prepararos un lugar; y cuando haya marchado y os haya
preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí para que, donde yo
estoy, estéis también vosotros; a donde yo voy, sabéis el camino. Tomás le
dijo: Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos saber el camino? Le
respondió Jesús: Yo soy el Camino, la
Verdad y la
Vida, nadie va al Padre sino por mí.» (Juan 14, 1-6)
1º. Jesús, ésta es la
gran pregunta de cada hombre, de mí mismo: «¿cómo
podremos saber el camino?», ¿cómo
sé por dónde debo ir para alcanzar la vida eterna, la felicidad en la tierra y,
después, en el cielo?
¿Cómo puedo ser
feliz?
«Yo buscaba el camino para adquirir un vigor que me
hiciera capaz de gozar de ti, y no lo encontraba, hasta que me abracé al
mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también él, el cual está
por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos, que me llamaba y me
decía: «Yo soy el camino, la verdad y la vida»(San Agustín).
«Yo soy el Camino; nadie va al Padre sino por mí.»
Nadie.
Jesús, sólo hay un
modo de llegar a Dios, y eres Tú: seguir el ejemplo de tu vida, vivir esa vida
de la gracia que me das en los sacramentos, que es tu misma vida: «Yo soy la Vida» Toda
otra vida es efímera, todo otro objetivo es superficial, si se aparta de ese «Camino» que lleva a la verdadera felicidad.
Toda «verdad» en
dirección opuesta es mentira, porque sólo Tú eres la «Verdad».
Jesús, a veces me
dejo convencer por esas felicidades inmediatas pero huecas que produce mi
egoísmo: comodidad, pereza, sensualidad, orgullo.
Ayúdame a no
apartarme de tu camino; y si me aparto -aunque la desviación sea pequeña-, que
vuelva cuanto antes a él por la confesión.
Gracias, Jesús,
porque con tu vida me has dejado un sendero claro, me has marcado el camino que
conduce a la felicidad.
Un camino que, a
veces, es difícil de ver, porque pasa por el sacrificio, por darse a los demás,
por no buscarme a mi mismo.
Jesús, Tú eres el
hombre más feliz que jamás ha existido ni existirá en la tierra, y la segunda
persona más feliz es la
Virgen María.
Pero cuanto habéis
sufrido también...
Sin embargo, no ha
sido un sacrificio inútil, sino por amor, y ése sacrificio es el que aumenta la
capacidad de amar y, por tanto, de ser feliz.
2º. «Yo
soy el camino, la verdad, y la vida. Con estas inequívocas palabras, nos ha
mostrado el Señor cuál es la vereda auténtica que lleva a la felicidad eterna.
Yo soy el camino: Él es la única senda que enlaza el Cielo con la tierra. Le
declara a todos los hombres, pero especialmente nos lo recuerda a quienes, como
tú y como yo, le hemos dicho que estamos decididos a tomarnos en serio nuestra
vocación de cristianos, de modo que Dios se halle siempre presente en nuestros
pensamientos, en nuestros labios y en todas las acciones nuestras, también en
aquellas más ordinarias y corrientes.
Jesús es el camino. Él ha dejado sobre este mundo las
huellas limpias de sus pasos, señales indelebles que ni el desgaste de los años
ni la perfidia del enemigo han logrado borrar» (Amigos de
Dios.-127).
Jesús, has dejado
unas huellas imborrables que marcan el camino, unas señales indelebles que me
indican dónde está la verdad, unas fuentes inagotables de donde mana la vida
espiritual: los sacramentos.
La vida cristiana
-que es esencialmente sobrenatural- se nutre de los sacramentos que Tú has
dejado a la Iglesia.
Sin el apoyo de los
sacramentos, la oración se convierte en cavilación, y las buenas obras en
sentimentalismo.
Jesús, Tú eres la
única senda que enlaza el Cielo con la tierra.
Y esa senda está
marcada por los sacramentos, en especial por aquéllos que podemos recibir más a
menudo: la Comunión
y la Confesión.
¿Cuántas veces
comulgo o me confieso?
¿Cómo comulgo y cómo
me confieso?
Quiero estar
preparado, Jesús, para que también a mi me puedas decir: «os llevaré junto a mí para que, donde yo estoy, estéis también
vosotros.»
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Cuarta
Semana de Pascua. Sábado
«Si me habéis conocido a mí, conoceréis también a mi
Padre; desde ahora te conocéis y le habéis visto. Felipe le dijo: Señor;
muéstranos al Padre y nos basta. Jesús le contestó: Felipe, ¿tanto tiempo como
llevo con vosotros y no me has conocido? El que me ha visto a mí ha visto al
Padre; ¿cómo dices tú: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre
y el Padre en mí? Las palabras que yo os digo, no las hablo por mí mismo. El
Padre, que está en mí, realiza las obras. Creedme: Yo estoy en el Padre y el
Padre en mí, y si no, creed por las obras mismas. En verdad, en verdad os digo:
el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y las hará mayores
que éstas porque yo voy al Padre. Y lo que pidáis en mi nombre eso haré, para
que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pidiereis algo en mi nombre, yo
lo haré.» (Juan 14, 7-14)
1º. Jesús, hoy me prometes tu intercesión
ante Dios Padre.
Te vas, pero no me
dejas solo.
Te vas con el Padre
pero sigues pendiente de mí: de mis necesidades, de las necesidades de los que
me rodean.
«Si me pidiereis algo en mi nombre, yo lo haré».
Jesús, éste es tu
nombre.
A Ti te tengo que
pedir ayuda cuando lo necesite.
Gracias porque no te
olvidas de mí, porque me haces más fácil pedir cosas a Dios: qué fácil pedirte
a Ti, Jesús, sabiendo que me escuchas siempre.
Yo te pido lo que
creo que necesito o que necesitan los demás.
Te pido que les
soluciones este problema o aquel otro; que me saques de un apuro; que logre aquel
objetivo.
Lo que no sé es si
lo que te pido soluciona realmente lo más importante: el crecimiento interior,
la felicidad verdadera y eterna, la unión contigo.
«Podéis pedir cosas temporales, nos dice san Agustín; mas
siempre con la intención de que os serviréis de ellas para gloria de Dios, para
salvación de vuestra alma y la de vuestro prójimo; de lo contrario, vuestras
peticiones procederían del orgullo o de la ambición; y entonces, si Dios rehúsa
concederos lo que pedís, es porque no quiere perderos»
Por eso, cuando te
pido algo, siempre añado: «pero no se
haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas
22, 42); haz lo que más convenga.
Tú sabes mejor que
yo qué conviene y qué no.
Los ojos humanos son
bastante torpes.
A veces, un fracaso
a lo humano es la mejor medicina espiritual, como una operación quirúrgica que,
aunque duele, cura.
2º. «El
Rosario no se pronuncia sólo con los labios, mascullando una tras otra las
avemarías. Así, musitan las beatas y los beatos. -Para un cristiano, la oración
vocal ha de enraizarse en el corazón, de modo que, durante el rezo del Rosario,
la mente pueda adentrarse en la contemplación de cada uno de los misterios» (Surco,
477.)
Jesús, aún me has
dado otro camino más fácil para pedir cosas a Dios: pedírselas a la Virgen María, que es
mi madre y tu madre, la Madre
de Dios.
Es muy típico en una
familia que, cuando hay que pedir algo difícil de conseguir, se empiece
pidiéndoselo a la madre, para que, cuando ella esté convencida, se lo diga al
padre.
¡Qué cosa más
natural pedir lo que necesito a mi madre, Santa María!
Ella me comprende,
me quiere como sólo las madres saben querer, y ella puede conseguir todo lo que
quiera, porque Dios no le niega nada de lo que pide.
Madre mía, yo sé que
te gusta que te recen el Rosario.
Lo sé porque lo has
dicho en tus últimas pariciones, especialmente en Lourdes y en Fátima.
Quieres que te rece
el Rosario y que te pida muchas cosas: una intención en cada misterio, como
mínimo.
Y no sólo que te
pida cosas para mí o para los míos, sino también grandes intenciones: por la Iglesia y el Papa; por la
unidad de los cristianos; por la paz en el mundo.
Y luego, Madre,
también he de aprovechar cada misterio para pensar un poco en la escena que se
contempla: cómo estarías en esa circunstancia de gozo, de dolor o de gloria; y
acompañarte lo mejor que sepa en esas alegrías o penas.
Y decirte que te
quiero; y darte gracias por tus cuidados maternales; y pedirte perdón porque no
sé comportarme como un buen hijo.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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