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DOMINGO NOVENO DEL TIEMPO ORDINARIO-A

 

«No todo el que me dice: Señor, Señor entrará en el Reino de los Cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los Cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor ¿pues no hemos profetizado en tu nombre, y arrojado los demonios en tu nombre, y hecho prodigios en tu nombre? Entonces yo les diré públicamente: Jamás os he conocido: apartaos de mí, los que habéis obrado la iniquidad.

Por tanto, todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica, es como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, llegaron las riadas, soplaron los vientos e irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca.

Pero todo el que oye estas palabras mías y no las pone en práctica es como un hombre necio que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, llegaron las nadas, soplaron los vientos e irrumpieron contra aquella casa, y cayó y fue tremenda su ruina.

Y sucedió que, cuando terminó Jesús estos discursos, las multitudes quedaron admiradas de su doctrina, pues les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas.» (Mateo 7, 21-29)

 

1º. Jesús, hoy me recuerdas muy gráficamente que la santidad no se construye a base de buenas intenciones, sino a base de buenas obras: obras de servicio, de trabajo bien hecho y ofrecido, de virtudes, de actos de generosidad contigo -dedicándote tiempo- y con los demás.

¿Cómo son mis obras? En el fondo, lo que cuenta es el amor pero sólo hay verdadero amor cuando se demuestra con obras.

Jesús, hoy en día -y siempre- cabe el peligro de basar el edificio de la santidad en un estado de ánimo favorable, en un sentimiento más o menos impetuoso de hacer el bien, en la amistad de uno o varios amigos que frecuentan los mismos círculos de oración y apostolado.

Aunque todos estos motivos son motivos buenos, incluso indispensables en un principio, no constituyen la roca firme sobre la que debe cimentarse la lucha por ser santo.

Jesús, a veces ocurre que las circunstancias cambian: aquellas prácticas de piedad que antes me llenaban, ahora no me dicen nada: o cambio de lugar y no encuentro aquellos amigos con los que me lo pasaba tan bien; o los estudios o el trabajo me absorben más que en otras épocas: o simplemente, me canso de luchar.

Y entonces, mi vida interior sufre como un descalabro, como un terremoto.

Es en estos casos, cuando se descubre la solidez de los cimientos: la casa edificada sobre roca se mantiene firme, mientras la casa edificada sobre arena se derrumba.

 

2º. «Esta es la llave para abrir la puerta y entrar en el Reino de los Cielos: «qui facit voluntatem Patris mei qui in coelis est, ipse intrabit in regnum coelorum» -el que hace la voluntad de mi Padre..., ¡ése entrará!

Jesús, los sentimientos, estados de ánimo, o el apoyarse únicamente en las amistades terrenas, son cimientos sobre arena.

El cimiento firme del edificio de la santidad, la llave para abrir la puerta y entrar en el Reino de los Cielos, es el buscar -ante todo- hacer la voluntad de Dios, ser fiel a la misión, a la vocación cristiana a la que me has llamado.

Ya pueden venir lluvias, vientos o terremotos, que si lo que me mueve a luchar es cumplir tu voluntad, Tú mismo me ayudarás a superar las dificultades.

Jesús, ayúdame a reforzar los cimientos de mi vida cristiana a base de una vida de piedad más profunda, de una oración más constante, de un esfuerzo más serio por mejorar en las virtudes y en el estudio o trabajo profesional, de una mayor generosidad en el servicio a los demás.

Es decir, ayúdame a vivir mi fe con obras, hechas por Ti, para cumplir tu voluntad, que es la voluntad de tu Padre Celestial.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Novena Semana del Tiempo Ordinario. Lunes

 

«Y comenzó a hablarles en parábolas: Un hombre plantó una viña, la rodeó de una cerca, excavó un lagar edificó una torre, la arrendó a unos labradores v se marchó de allí. A su tiempo envió un siervo a los labradores para percibir de éstos los frutos de la viña. Pero ellos, agarrándole, lo golpearon y, despacharon con las manos vacías. De nuevo les envió otro siervo, y a éste le hirieron en la cabeza y lo ultrajaron. Y envió otro y lo mataron; y a otros muchos, de los cuales a unos los herían y a otros los mataban. Todavía le quedaba uno, su hijo amado; y se lo envió por ultimo a ellos, diciéndose: a mi hijo lo respetarán. Pero aquellos labradores se dijeron: éste es el heredero; vamos, matémoslo y será nuestra la heredad. Y agarrándolo, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña. ¿Qué hará, pues, el dueño de la viña? Vendrá, acabará con los labradores y entregará la viña a otros.» (Marcos 12, 1-9)

 

1º. Jesús, has hecho conmigo lo mismo que con la viña: has plantado la semilla de la fe en mi alma; me has rodeado de familiares y amigos que me ayudan a vivir cristianamente; has excavado lo necesario para quitarme defectos; y has edificado poco a poco algunas virtudes que me facilitan la lucha por la santidad.

«Ha de hacer cuenta el que comienza, que comienza a hacer un huerto en tierra muy infructuosa, que lleva muy malas hierbas, para que se deleite el Señor Su majestad arranca las malas hierbas, y ha de plantar las buenas. Pues hagamos cuenta de que está ya hecho esto cuando se determina a tener oración un alma, y lo ha comenzado a usar. Y, con la ayuda de Dios, hemos de procurar, como buenos hortelanos, que crezcan estas plantas y tener cuidado de regarlas, para que no se pierdan, sino que vengan a echar flores que den de sí gran olor para dar recreación a este Señor nuestro, y así se venga a deleitar muchas veces a esta huerta y a holgarse entre estas virtudes» (Santa Teresa).

Jesús, en la parábola hablas de mensajeros, de siervos que el señor de la viña envía para pedir fruto.

Podía haber ido él directamente, pero prefiere que vayan otras personas en su lugar.

A veces pongo la excusa de no querer intermediarios en mi vida interior: quiero hacer las cosas yo solo, directamente con Dios.

No me dejo ayudar, o me da miedo que me exijan en la dirección espiritual para que dé más fruto.

Jesús, en esta parábola reprochas a los judíos el no haber escuchado a los profetas, ni siquiera a Ti, el «hijo amado» de Dios.

La reacción de tu Padre es justa: «acabará con los labradores y entregará la viña a otros».

¿Y yo?

¿Cómo escucho a los ministros de tu Iglesia, que son los mensajeros de tu palabra?

¿Cómo aprovecho, en particular, la ayuda de la dirección espiritual?

 

2º. «Por tu trato con Cristo, estás obligado a rendir fruto.

-Fruto que sacie el hambre de las almas, cuando se acerquen a ti, en el trabajo, en la convivencia, en el ambiente familiar». (Forja.-981).

Jesús, hoy me recuerdas que, por cristiano, estoy obligado a rendir fruto.

Todo lo que tengo, lo he recibido de Ti: mis virtudes, mi familia, mis posibilidades de educación.

Ahora me pides que te sepa entregar todos estos talentos, fructificados.

Y el fruto que esperas de mí es fruto de vida cristiana: hacer las cosas con espíritu de servicio, con optimismo, con profesionalidad.

¿Sé ofrecer cada hora de estudio o trabajo?

¿Aprovecho el tiempo sabiendo que no es mío sino de Dios?

¿Me doy cuenta de que cada día es una oportunidad que me das para darte gloria y servir a los demás?

¿Me engaño silenciando a Dios en mi conciencia, como los labradores de la parábola que se decían: «éste es el heredero; vamos, matémoslo y será nuestra la heredad?»

Jesús, no me quiero conformar con una vida cómoda pero vacía, sin fruto; ni con una vida llena de esfuerzos y de «éxitos» humanos, en los que solo me buscaba a mi mismo, como si Tú no fueras el Señor de mi viña.

Ayúdame a dar tal fruto que sacie el hambre de las almas que me rodean en el trabajo, en la convivencia, y en el ambiente familiar

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Novena Semana del Tiempo Ordinario. Martes

 

«Le enviaron algunos de los fariseos y de los herodianos para sorprenderle en alguna palabra. Acercándose, le dicen: Maestro, sabemos que eres veraz y que no te dejas llevar de nadie, pues no haces acepción de personas, sino que enseñas el camino de Dios de verdad. ¿Es lícito dar tributo al César o no? ¿Pagamos o no pagamos? Pero él, advirtiendo su hipocresía, les dijo: ¿Por qué me tentáis? Traedme un denario para que lo vea. Ellos se lo mostraron, y les dice: ¿De quién es esta imagen y esta inscripción? Le respondieron: Del César Jesús les dijo: Dad, pues, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Y se admiraban de él». (Marcos 12, 13-17)

 

1º. Jesús, este episodio me ayuda a entender la relación entre mis deberes sociales y religiosos: «Dad, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios».

Tengo que contribuir a la sociedad con mi trabajo, con mis impuestos, respetando las leyes justas.

Y también tengo deberes con Dios: si soy de Dios, si tengo impresa  -por la gracia- su imagen en mí, ¿no es lógico dar a Dios lo que es suyo, buscando siempre y en todo la gloria que se merece?

Como cristiano, Jesús, tengo el derecho y el deber de influir en la sociedad, en el entorno que me rodea, a todos los niveles: familia, barrio, ciudad, país.

En los temas sociales Tú no me das una receta concreta; no me obligas a pensar de un determinado modo, como si ésa fuera la única manera de resolver los problemas: «Dad al César lo que es del César».

No me obligas a votar a uno o a otro partido, mientras no sean contrarios a la fe y moral cristiana.

Lo que sí me pides es que participe, que colabore en lo que pueda, que llene mi entorno social de los valores cristianos: trabajo, solidaridad, justicia, paz, amor.

Jesús, me pides también que me preocupe de los más necesitados, «pues cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos mas pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mateo 25,40).

Tu imagen está grabada de manera especial en las personas mayores, en las que no tienen compañía, y en los enfermos o marginados por cualquier motivo.

«Dad a Dios lo que es de Dios».

Que te sepa ver, Dios mío, en aquellos que tienen alguna necesidad material o espiritual, y que sepa darles cariño, tiempo y ayuda, pues todo lo que tengo es tuyo y no me lo quiero reservar sólo para mí.

 

2º. «Un hijo de Dios no puede ser clasista, porque le interesan los problemas de todos los hombres...Y trata de ayudar a resolverlos con la justicia y la caridad de nuestro Redentor.

Ya lo señaló el Apóstol, cuando nos escribía que para el Señor no hay acepción de personas, y que no he dudado en traducir de este modo: ¡no hay más que una raza, la raza de los hijos de Dios! (Surco.- 303).

Jesús, hasta los que intentan matarte reconocen que «no haces acepción de personas», que no te interesan sólo los ricos o sólo los pobres, sólo los judíos o sólo los gentiles, sólo los sabios o sólo los incultos, sólo los sanos o sólo los enfermos.

Buscas a todos, quieres a todos, salvas a todos, mueres por todos.

Jesús, a veces me dejo llevar de un legítimo patriotismo, partidismo político o simpatía por un equipo deportivo, y tengo el peligro de despreciar a los que no piensan como yo, no hablan como yo, no tienen la misma educación, o no son de la misma raza.

Que aprenda de Ti a amar a todos, a respetar a todos, a disculpar a todos.

Que, por encima de diferencias de todo tipo, me una la realidad más profunda del hombre: todos somos hijos de Dios; ¡no hay más que una raza, la raza de los hijos de Dios!

«La igualdad de las personas exige que se llegue a una situación de vida más humana y más justa. Pues las excesivas desigualdades económicas y sociales entre los miembros o los pueblos de una única familia humana resultan escandalosas y se oponen a la justicia social, a la equidad, a la dignidad de la persona humana y también a la paz social e internacional» (CEC- 1938).

Jesús, me das plena libertad para resolver los problemas temporales, pero no me la das para que los ignore.

Si soy, de verdad, cristiano, debo interesarme por los problemas sociales y he de ayudar a resolverlos con la justicia y la caridad de nuestro Redentor.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Novena Semana del Tiempo Ordinario. Miércoles

 

«Después se le acercaron unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaban: Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si muere el hermano de alguien y deja mujer sin hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano. Eran siete hermanos. El primero tomó mujer muriendo sin dejar descendencia. Entonces el segundo se casó con ella, y murió sin dejar tampoco descendencia. De igual modo el tercero. Y los siete no dejaron descendencia. Después de todos murió también la mujer En la resurrección, cuando resuciten, ¿de cuál de ellos será mujer?, porque los siete la tuvieron por mujer. Y Jesús les contestó: ¿No habéis caído en error al no entender las Escrituras ni el poder de Dios? Cuando resuciten de entre los muertos, ni los hombres tomarán mujer ni las mujeres marido, sino que serán como los ángeles en el Cielo. Y acerca de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en el pasaje de la zarza, cómo le habló Dios diciendo: Yo soy el Dios de Abrahán, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob? Ahora bien, Dios no es Dios de muertos, sino Dios de vivos. Estáis muy equivocados.» (Marcos 12, 18-27)

 

1º. Jesús, los saduceos te plantean un pregunta, pero no con intención de aprender, sino para ponerte en ridículo y desacreditarte ante los demás.

Por eso tu respuesta es dura: «Estáis muy equivocados. Habéis caído en error al no entender las Escrituras ni el poder de Dios».

Si no entiendo algo de las Escrituras, de la fe o de la Iglesia               -pensando que hay cosas que deberían hacerse de otra manera- antes de criticar o dudar, es más sensato preguntar al que sabe -por ejemplo en la dirección espiritual-, con intención de aprender.

«La Iglesia, columna y fundamento de la verdad, recibió de los apóstoles este solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad que nos salva. Compete siempre y en todo lugar a la Iglesia proclamar los principios morales, incluso los referentes al orden social, así como dar su juicio sobre cualesquiera asuntos humanos, en la medida que lo exijan los derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas» (CEC-2032).

Otro problema distinto que puedo tener es no entender «el poder de Dios.»

Alguna vez me puedo rebelar contra Ti, Jesús, porque me ocurre algo imprevisto, doloroso o injusto.

No entiendo que, cuando Tú permites lo que para los hombres son males, lo haces porque pueden hacerme algún bien superior.

Ayúdame, entonces, a acudir a Ti, y a aceptar tu Voluntad sin miedo, sin rencor, aunque haya dolor y hasta lágrimas.

 

2º. «Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo. -Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado.

Y está como un Padre amoroso -a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos-, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo... y perdonando.

Cuántas veces hemos hecho desarrugar el ceño de nuestros padres diciéndoles, después de una travesura: ¡ya no lo haré más!

-Quizá aquel mismo día volvimos a caer de nuevo... -Y nuestro padre, con fingida dureza en la voz, la cara seria, nos reprende..., a la par que se enternece su corazón, conocedor de nuestra flaqueza, pensando: pobre chico, ¡qué esfuerzos hace para portarse bien!

Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos» (Camino.- 267).

Jesús, a veces lo que me ocurre es que vivo como si Tú no estuvieras pendiente de mi, como si estuvieras lejos, inaccesible.

«Dios no es Dios de muertos, sino Dios de vivos».

Ayúdame a encontrarte cerca, a verte en cada circunstancia, a no olvidar que Tú estás mirándome, con mirada amorosa de padre.

Que me empape, que me sature de esta realidad impresionante -soy hijo de Dios-, que da sentido y misión a toda mi vida y a todas las cosas.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Novena Semana del Tiempo Ordinario. Jueves

 

«Se acercó uno de los escribas, que había oído la discusión y, al ver lo bien que les había respondido, le preguntó: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos? Jesús respondió: El primero es: Escucha, Israel, el Señor Dios nuestro es el único Señor; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos. Y le dijo el escriba: ¡Bien, Maestro!, con verdad has dicho que Dios es uno sólo y no hay otro fuera de El; y amarle con todo el corazón y con toda la inteligencia y con toda la fuerza, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Viendo Jesús que le había respondido con sensatez, le dijo: No estás lejos del Reino de Dios. Y ninguno se atrevía ya a hacerle preguntas.» (Marcos 12, 28-34)

 

1º. Jesús, la palabra «mandamiento» suena a orden, a obligación, a falta de libertad.

Es por eso que muchos a mi alrededor no siguen tus mandamientos.

Prefieren hacer lo que cada uno sienta: ser espontáneo, natural.

Es de hipócritas hacer las cosas sin sentirlas, dicen.

Incluso yo, a veces, también me engaño con estos argumentos y me rebelo.

Sin embargo, los mandamientos son lo más natural, porque pertenecen a la naturaleza humana.

Soy más libre y más persona cuando sigo los mandamientos que cuando actúo contra ellos.

Jesús, ayúdame a ver siempre los mandamientos como lo que son: ayudas, indicadores del camino que conduce al «Reino de Dios» a la alegría aquí en la tierra y, después, a la alegría eterna en el Cielo.

¿Quién se rebela contra las vallas de una autopista?

Ciertamente «restringen» mi libertad de ir por donde me dé la gana, pero sería absurdo no respetarlas y avanzar campo a través.

No solamente me costaría mucho más llegar al destino final, sino que podría perderme por el camino.

¡Gracias, Jesús, por darnos los mandamientos, por indicarnos tan claramente los límites del camino que conduce a la vida!

Que los respete con finura, con delicadeza, sin ir jugando en la cuerda floja.

Ninguna persona normal va por una autopista rozando las vallas con el coche.

He de intentar no cometer ni siquiera pecados veniales, poniendo la lucha lejos: en pequeños vencimientos; en pequeñas mortificaciones; en actos de servicio; en el esfuerzo por mejorar la puntualidad, el orden y la presencia de Dios.

2º. Considera lo más hermoso y grande de la tierra..., lo que place al entendimiento y a las otras potencias..., y lo que es recreo de la carne y de los sentidos...

Y el mundo, y los otros mundos, que brillan en la noche: el Universo entero. -Y eso, junto con todas las locuras del corazón satisfechas..., nada vale, es nada y menos que nada, al lado de ¡este Dios mío!  ¡tuyo!-, tesoro infinito, margarita preciosísima, humillado, hecho esclavo, anonadado con forma de siervo en el portal donde quiso nacer, en el taller de José, en la Pasión y en la muerte ignominiosa... y en la locura de Amor de la Sagrada Eucaristía» (Camino.-432).

Jesús, amar a Dios y al prójimo es el resumen y también el objetivo de toda la ley de Dios. «No hay otro mandamiento mayor que éstos».

Estamos hechos a imagen de Dios, que es Amor, y nada nos puede llenar tanto, ya en la tierra, como el amor verdadero, que es entrega, donación.

Lo demás, en comparación, nada vale, es nada y menos que nada.

«Dios es demasiado grande, merece demasiado El de nosotros, para que podamos echarle, como a un pobre Lázaro, apenas unas pocas migajas de nuestro tiempo y de nuestro corazón. El es un bien infinito y será nuestra felicidad eterna; el dinero, los placeres, las fortunas de este mundo, en comparación, son apenas fragmentos de bien y momentos fugaces de felicidad. No sería sabio dar tanto de nosotros a estas cosas y poco de nosotros a Jesús» (Juan Pablo I).

Jesús, que aprenda a amarte «con todo mi corazón y con toda mi alma y con toda mi mente y con todas mis fuerzas», y a amar al prójimo «como a mí mismo».

Para ello, ayúdame a cumplir los mandamientos con finura, evitando hasta la falta más pequeña.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Novena Semana del Tiempo Ordinario. Viernes

 

«Y tomando Jesús la palabra, decía enseñando en el Templo: ¿Cómo dicen los escribas que el Cristo es hijo de David? El misino David, movido por el Espíritu Santo, ha dicho: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos bajo tus pies.

El mismo David le llama Señor, entonces, ¿de dónde puede ser su hijo? E inmensa muchedumbre le escuchaba con gusto.» (Marcos 12, 35-37)

 

1º. Jesús, los judíos no entienden que puedas ser a la vez «hijo de David» -descendiente suyo- y que seas su Señor.

La verdad es que no es sencillo entender que puedas ser a la vez Dios y hombre verdadero.

De hecho es imposible entenderlo en toda su profundidad: la Encamación es un misterio de fe.

Tu humanidad está fuera de toda duda: has nacido de María, has sido un niño normal y has crecido en medio de todos como uno más.

Por eso, cuando empiezas a predicar, la gente de Nazaret se pregunta: «¿De dónde sabe éste estas cosas ? ¿No es éste el artesano, el hijo de Maria, y hermano de Santiago y de José y de Judas y de Simón?» (Marcos 6,2-3). 

Tienes sed, hambre, cansancio.

Lloras por la muerte de tu amigo Lázaro y te apiadas de la muchedumbre que anda «como ovejas sin pastor» (Marcos 6,34).

Naces, vives y mueres como hombre, con corazón y sentimientos de hombre.

Pero también eres Dios, igual al Padre: «Yo estoy en el Padre y el Padre en mí». (Juan 14,11).

«Yo y el Padre somos uno» (Juan 10,30).

De hecho, los judíos te crucifican por esta razón: «Según la Ley debe morir porque se ha hecha Hijo de Dios» (Juan 19,7).

 La Resurrección es la prueba final de tu divinidad: «¡Señor mío y Dios mío!» (Juan 20,28), exclama Tomás a verte resucitado.

Jesús, Tú no eres un sabio, un buen hombre al que vale la pena hacer caso.

Esto es mucho..., pero es poco: Tú eres Dios verdadero, el Hijo del Padre.

Y sigues vivo; y esperas no sólo que te siga, sino que viva contigo, en Ti y por Ti.

 

2º. «Al abrir el Santo Evangelio, piensa que lo que allí se narra          -obras y dichos de Cristo- no sólo has de saberlo, sino que has de vivirlo. Todo, cada punto relatado, se ha recogido, detalle a detalle, para que lo encarnes en las circunstancias concretas de tu existencia.

-El Señor nos ha llamado a los católicos para que le sigamos de cerca y, en ese Texto Santo, encuentras la Vida de Jesús; pero, además, debes encontrar tu propia vida.

Aprenderás a preguntar tú también, como el Apóstol, lleno de amor: “Señor ¿qué quieres que yo haga?...”· -¡La Voluntad de Dios!, oyes en tu alma de modo terminante.

Pues, toma el Evangelio a diario, y léelo y vívelo como norma concreta. -Así han procedido los santos» Forja.-754).

Jesús, la Sagrada Escritura, aunque físicamente narrada por diversos autores, está toda ella inspirada por el Espíritu Santo.

Por eso dices que el texto de David estaba «movido por el Espíritu Santo».

Por tanto, tengo la certeza de que lo que allí aparece no es una historia cualquiera: «todo, cada punto relatado, se ha recogido, detalle a detalle, para que lo encarnes en las circunstancias concretas de tu existencia.

Los libros inspirados enseñan la verdad. Como todo lo que afirman los hagiógrafos, o autores inspirados, lo afirma el Espíritu Santo, se sigue que los libros sagrados enseñan sólidamente, fielmente y sin error la verdad que Dios hizo consignar en dichos libros para salvación nuestra» (CEC- 107).

Jesús, conviene que conozca especialmente el Evangelio, pues leyendo ese «Texto Santo» encuentro en tu vida mi propia vida.

Debo aprender a meterme en el Evangelio, a vivir contigo aquellas escenas y sacar consecuencias para mi vida diaria: vivir hoy como hubieras vivido Tú en mi lugar; ser otro Cristo, que vive entre mis compañeros de trabajo, entre mis familiares, vecinos y conocidos.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Novena Semana del Tiempo Ordinario. Sábado

 

«Y enseñándoles, decía: Guardaos de los escribas, que les gusta pasear con vestidos lujosos y que los saluden en las plazas, y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; que devoran las casas de las viudas mientras fingen largas oraciones; éstos recibirán un juicio más severo.

Sentado Jesús frente al gazofilacio (cepillo de templo), miraba cómo la gente echaba en él monedas de cobre, y bastantes ricos echaban mucho. Y al llegar una viuda pobre, echó dos monedas, que hacen la cuarta parte del as. Llamando a sus discípulos, les dijo: En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más en el gazofilacio que todos los otros, pues todos han echado algo de lo que les sobraba; ella, en cambio, en su necesidad, ha echado todo lo que tenía, todo su sustento». (Marcos 12, 38-44)

 

1º. Jesús, eres Dios y conoces el fondo de los corazones de los hombres.

Nosotros sólo vemos cosas externas y a veces nos puede parecer muy honrado alguien que va buscando sólo el beneficio personal: «ocupar los primeros puestos o que le saluden en las plazas.»

Pero Tú adviertes claramente que «éstos recibirán un juicio más severo.»

Jesús, no se trata de ser apocado, ir sucio, o no aspirar a trabajos de responsabilidad.

Eso sería comodidad, falta de educación, o falta de carácter.

Tú quieres que sea «sal y luz del mundo» (Mateo, 5-13-14): ejemplo de vida de trabajo responsable, de caridad alegre, de inadvertido sacrificio.

Quieres que, desde el lugar que ocupo en la sociedad, ilumine y dé sabor y sentido a los quehaceres diarios de los demás.

«La participación es el compromiso voluntario y generoso de la persona en los intercambios sociales. Es necesario que todos participen, cada uno según el lugar que ocupa y el papel que desempeña, en promover el bien común. Este deber es inherente a la dignidad de la persona humana ¡» (CEC-1913).

No es malo, por tanto, ganar dinero, ocupar altos puestos, o desear llegar a los lugares de mayor influencia.

Lo malo es buscar estas metas humanas en sí mismas, y no como medio para que Tú ilumines, para servir más y mejor a los demás.

Dios conoce el interior de los corazones y sabe perfectamente cuál es el verdadero móvil de nuestras acciones.

 

2º. ¿No has visto las lumbres de la mirada de Jesús cuando la pobre viuda deja en el templo su pequeña limosna?  Dale tú lo que puedas dar: no está el mérito en lo poco ni en lo mucho, sino en la voluntad con que lo des» (Camino.-829)

Madre mía, hoy me quiero fijar un poco en tu vida, para aprender de ti a amar a tu Hijo.

¿Qué hiciste tú para ser considerada la persona más santa, la vida con más fruto, la llena de gracia?» (Lucas 1,28).

¿Qué le diste a Dios para que Él te hiciera Reina del universo?

Tu vida fue sencilla, normal, como la de cualquier madre judía de aquella época.

¿Qué hiciste de especial?

Me imagino que lo especial de tu vida es tu amor especial: tu amor fuerte y tierno a la vez, lleno de cariño, que se volcaba en todo y en todos, de modo particular en Jesús y en José.

Lo singular en tu vida es esa capacidad de hacer lo ordinario de manera extraordinaria: con detalles de madre, de enamorada, de servidora de los demás; sin esperar nada, sin que se note, con un sacrificio escondido y silencioso.

Madre, la viuda del templo me recuerda a ti. Ella no da de lo que le sobra, sino que, «en su necesidad, ha echado todo lo que tenía, todo su sustento».

Cuando tú aceptas el sacrificio de Jesús en la Cruz, estás dándome todo lo que tienes: el fruto de tus entrañas, el objeto de tus amores, el Señor de tu vida.

Ahora me dices a mí: Dale tú lo que puedas dar

¿Qué puedo dar a Jesús, madre mía?

¿Qué quiere Él que le dé?

Ayúdame a descubrirlo, Maria, tú que le conoces tan bien.

Y ayúdame después a poner por obra cada día lo que Jesús me pida.

Tú que eres la medianera de todas las gracias, el acueducto por donde vienen todos los dones de Dios, ¡acuérdate de mí!, ¡no me dejes madre mía!

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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