SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO-A
«Discutían, pues, los judíos entre ellos diciendo: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mi y yo en él. Como el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquél que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del Cielo, no como el que comieron los padres y murieron: quien come este pan vivirá eternamente. Estas cosas dijo en la sinagoga, enseñando en Cafarnaún. Entonces, oyéndole muchos de sus discípulos, dijeron: Dura es esta enseñanza, ¿quién puede escucharla?» (Juan 6, 52-60)
1º. Jesús, no puedes ser más explícito: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.»
Es decir: eres verdadero alimento para mi vida.
Mi cuerpo necesita alimento natural para mantenerse, fortalecerse y crecer.
Sin alimentarme periódicamente, iría perdiendo fuerzas y me moriría.
Del mismo modo, mi vida espiritual, que es vida de hijo de Dios, necesita el alimento espiritual de la Eucaristía.
«Aquél que me come vivirá por mí.»
Jesús, al recibirte en la comunión, recibo tu misma vida, la vida del Hijo de Dios que me hace hijo de Dios, y por tanto, heredero del Cielo.
Al comerte, Jesús, ya no soy yo el que vivo sino que eres Tú el que vives en mí, y Dios me reconoce entonces como verdadero hijo suyo.
«Los que reciben la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo. Por ello mismo, Cristo los une a todos los fieles en un solo cuerpo: la Iglesia¡» (CEC- 1398).
Qué cosa más impresionante es la comunión!
Nunca llegaré a entender ni valorar suficientemente hasta qué punto me une a Ti y, a través de Ti, a todos los cristianos, pues todos pasamos a ser tu mismo cuerpo.
Lo que sí entiendo es que necesito comulgar más a menudo, porque necesito más alimento espiritual.
«Quien come de este pan vivirá eternamente.»
Pero no es sólo cuestión de frecuencia, sino también de aprovechamiento: cuando comulgo, ¿qué hago? ¿qué te digo? ¿cómo aprovecho esos minutos en los que estás viviendo íntimamente conmigo?
2º. «Recordad -saboreando, en la intimidad del alma, la infinita bondad divina- que, por las palabras de la Consagración, Cristo se va a hacer realmente presente en la Hostia, con su Cuerpo, con su Sangre, con su Almo y con su Divinidad. Adoradle con reverencia y con devoción; renovad en su presencia el ofrecimiento sincero de vuestro amor; decidle sin miedo que le queréis; agradecedle esta prueba diaria de misericordia tan llena de ternura, y fomentad el deseo de acercaros a comulgar con confianza. Yo me pasmo ante este misterio de Amor: el Señor busca mi pobre corazón como trono, para no abandonarme si yo no me aparto de Él
»Reconfortados por la presencia de Cristo, alimentados de su Cuerpo, seremos fieles durante esta vida terrena, y luego, en el cielo, junto a Jesús y a su Madre, nos llamaremos vencedores» (Es Cristo que pasa.- 161).
Jesús, a través de la Eucaristía, buscas mi pobre corazón.
Ese es el motivo de que te hayas quedado: tu inmenso amor por mí.
Yo me pasmo ante este misterio de Amor.
No quiero acostumbrarme a verte escondido en el sagrario, sabiendo que me esperas; no quiero pasar con indiferencia delante de una Iglesia, sabiendo que Tú estás allí, tal vez solo; no quiero recibirte sin darme cuenta de lo que me quieres cuando te has hecho alimento para darme tu vida.
«Dura es esta enseñanza, ¿quién puede escucharla?»
Jesús, yo puedo escucharla, yo quiero escucharla, y creer en ella y vivir de ella.
Pero necesito tu ayuda: dame más fe, Jesús, para que sepa apreciar, aunque sea mínimamente, lo que significa la Eucaristía.
Y para prepararme mejor a recibir la Comunión, puedo repetir la oración de la Comunión espiritual: Yo quisiera, Señor; recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre; con el espíritu y fervor de los Santos.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Octava Semana del Tiempo Ordinario. Lunes
«Cuando salía para ponerse en camino, vino uno corriendo y arrodillado ante él, le preguntó: Maestro bueno, ¿qué he de hacer para conseguir la vida eterna? Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino uno, Dios. Ya conoces los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso testimonio, no defraudarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre. Él respondió: Maestro, todo esto lo he guardado desde mi adolescencia. Y Jesús, fijando en él su mirada, se prendó de él y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el Cielo; luego ven y sígueme. Pero él, afligido por estas palabras, se marchó triste, pues tenía muchos bienes.» (Marcos 10, 17-22)
1º. Jesús, ¿qué he de hacer para que estés contento de mí? ¿Qué quieres que haga? ¿Qué he de hacer para conseguir la vida eterna?
Tú eres mi «maestro bueno» porque eres Dios y porque me has mostrado lo mucho que me quieres muriendo en la Cruz.
A pesar de todo, qué pocos son los que te quieren, los que intentan hacer tu voluntad sobre todas las cosas.
¿Qué he de hacer?
«Ya conoces los mandamientos.»
Jesús, lo primero que esperas de mí es que cumpla los mandamientos, que siga esas señales claras que marcan el camino del Cielo.
Si no sigo los mandamientos, estoy fuera del camino.
Hay gente que pretende encontrarte, pero a la vez se inventan sus propios mandamientos.
Te «buscan», pero no quieren obedecer las señales que has dejado para llegar a Ti y prefieren reinterpretar la doctrina para acomodarla a lo que les gusta o les cuesta menos.
Jesús, yo intento vivir los mandamientos.
Pero, ¿qué más he de hacer?
¿No puedo recorrer este camino en coche, en vez de ir andando o en bicicleta?
¿Qué más esperas de mí?
Cuando ves las buenas disposiciones de aquel joven, le miras con mayor amor: «fijando en él su mirada, se prendó de él»
Y es entonces cuando le pides todo: «vende todo cuanto tienes; luego ven y sígueme.»
Jesús, cuanto más generoso soy contigo, más me amas y más me pides.
2º. Sé claro. Si te dicen que vas «a pescarlos», responde que sí que eso deseas... Pero..., ¡que no se preocupen! Porque, si no tienen vocación -si El no les llama-, no vendrán; y si la tienen, qué bochorno acabar como el joven rico del Evangelio: solos y tristes» (Surco.- 218).
Jesús, Tú eres el único «pescador»; el único que realmente llama en el interior de cada persona y le pide una cosa u otra.
En el apostolado con mis amigos, yo soy sólo un instrumento para acercarlos a Ti de modo que Tú les puedas mostrar tu voluntad.
Yo no soy quién para decirle a nadie cuál es su vocación, pero sí debo recordar a los que me rodean que Dios les llama a ser santos y que deben tratar de conocer su voluntad.
Jesús, que no tenga miedo de preguntarte cuál es mi vocación, el camino que tu quieres que siga.
Lo que Tú me pidas, es lo que me hará más feliz, aunque a veces me pueda costar más.
«Y ya que en su voluntad está la vida, no podemos dudar lo más mínimo de que nada encontraremos que nos sea más útil y provechoso que aquello que concuerda con el querer divino. Por tanto, si en verdad queremos conservar la vida de nuestra alma, procuremos con solicitud no desviarnos en lo más mínimo de la voluntad de Dios» (San Bernardo).
Jesús, sé que si me pides más es porque me has mirado con más amor.
Que no te traicione, que no me quede en mi pequeño mundo, con mis posesiones, mis diversiones, mis comodidades, cuando Tú me necesitas a tu lado.
No quiero acabar como el joven del Evangelio: «solo y triste».
Pero sobre todo, lo que no quiero es dejar de responder a tu llamada llena de amor.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Octava Semana del Tiempo Ordinario. Martes
«Comenzó Pedro a decirle: Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. Jesús respondió: En verdad os digo que no hay nadie que habiendo dejado casa, hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o campos por mí y por el Evangelio, no reciba en esta vida cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y campos, con persecuciones; y, en el siglo venidero, la vida eterna. Porque muchos primeros serán últimos, y muchos últimos serán primeros.» (Marcos 10, 28-31)
1º. Jesús, hoy les haces a los apóstoles una gran promesa: quien te dé algo por amor a Ti y al Evangelio, recibirá «cien veces más» en esta vida, y, en el siglo venidero, la vida eterna.
No es que les prometas esto para que se entreguen.
Ellos ya se habían entregado antes: «Ya ves que nosotros lo hemos entregado todo y te hemos seguido.»
La verdadera entrega no va en busca del beneficio personal, no espera recibir nada a cambio.
Pero Tú quieres que tus discípulos de todos los tiempos sepan que serán las personas más felices en la tierra -con persecuciones- y también en el Cielo.
La felicidad en esta tierra es una felicidad «con persecuciones.»
¿Qué significa esto?
Significa que, aquí abajo, la verdadera alegría va unida a la Cruz.
El que se busca a si mismo, el que no es capaz de hacer ningún sacrificio por Dios o por los demás, el que huye del dolor o de lo que le cuesta, no encuentra más que vacío; y como tampoco puede evitar las cruces habituales de este mundo, se desespera y se amarga.
Por el contrario, el que sabe darse a los demás aprende a amar de verdad y, aunque ese amor implique renuncia, es un amor que llena de paz y de alegría.
En concreto, amarte a Ti, Jesús, cuesta.
Mis pasiones, mis intereses personales, mi comodidad y mi orgullo me impulsan en sentido contrario al que me pides.
Y para vencer esas tendencias, necesito fortaleza, virtud.
El camino cristiano consiste precisamente en la adquisición y desarrollo de las virtudes.
«Este es el índice para que el alma pueda conocer con claridad si ama a Dios o no, con amor puro. Si le ama, su corazón no se centrará en sí misma, ni estará atenta a conseguir sus gustos y conveniencias. Se dedicará por completo a buscar la honra y gloria de Dios y a darle gusto a El. Cuanto más tiene corazón para si misma menos lo tiene para Dios» (San Juan de la Cruz)
2º. «Es bueno dar gloria a Dios, sin tomarse anticipos (mujer hijos, honores...) de esa gloria, que gozaremos plenamente con Él en la Vida...
Además, Él es generoso... Da el ciento por uno: y esto es verdad hasta en los hijos. -Muchos se privan de ellos por su gloria, y tienen miles de hijos de su espíritu. -Hijos, como nosotros lo somos del Padre nuestro, que está en los cielos» (Camino.- 779).
Jesús, es bueno dar gloria a Dios, hacerlo todo por Ti y por el Evangelio.
Qué ridículo sería el árbol que quisiera crecer para abajo, o el caballo que quisiera volar.
Por suerte, no pueden hacer el ridículo.
La única criatura capaz de hacerlo -además de los demonios, que lo hacen por toda la eternidad- es el hombre cuando, en vez de actuar dando gloria a Dios, «va a la suya», como si fuera independiente de su Creador.
Además, El es generoso... Da el ciento por uno.
A veces, Jesús, no me entero de esto porque no lo pruebo de verdad; y aunque te doy cosas, mis planes y mi tiempo son intocables.
O te pongo límites que parecen -desde la estrecha perspectiva humana- razonables: mis hijos, mi familia, mi profesión...
No acabo de enterarme.
«Ya ves que nosotros lo hemos entregado todo y te hemos seguido.»
Jesús, ayúdame a enterarme de lo que significa ser cristiano: buscar en mis circunstancias concretas, según mi vocación específica, la gloria de Dios; no quedarme con nada que me impida seguirte de cerca y amarte sobre todas las cosas.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Octava Semana del Tiempo Ordinario. Miércoles
«Iban de camino subiendo a Jerusalén. Jesús los precedía y estaban admirados; ellos le seguían con temor. Tomando aparte de nuevo a los doce, comenzó a decirles lo que le iba a suceder: Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles; se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán, pero a los tres días resucitará.
Entonces se acercan a él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, diciéndole: Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir Él les dijo: ¿Qué queréis que os haga? Y ellos le contestaron: Concédenos sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu gloria. Y Jesús les dijo: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo bebo, o recibir el bautismo con que yo soy bautizado? Y ellos le respondieron: Podemos. Jesús les dijo: Beberéis el cáliz que yo bebo y recibiréis el bautismo con que yo soy bautizado; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía concederlo, sino que es para quienes está dispuesto.
Al oír esto los diez comenzaron a indignarse contra Santiago y Juan. Entonces Jesús, llamándoles, les dijo: Sabéis que los que figuran como jefes de los pueblos los oprimen, y los poderosos los avasallan. No ha de ser así entre vosotros; por el contrario, quien quiera llegar a ser grande entre vosotros, sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, sea esclavo de todos: porque el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en redención por muchos.» (Marcos 10, 32-45)
1º. Jesús, te diriges a Jerusalén sabiendo perfectamente lo que te espera: «se burlarán de él; le escupirán, lo azotarán y lo matarán».
Tus discípulos se dan cuenta del peligro hasta el punto de que, ante tu determinación, estaban admirados y te seguían con temor.
Jesús, te has estado preparando para tu Pasión durante toda tu vida.
Pero ahora, el momento está cerca.
Calladamente -tal vez sólo la Virgen se da cuenta- estás sufriendo ya todos esos dolores que te esperan, esa agonía que tendrá su punto álgido en el huerto de los olivos, pero que se ha ido fraguando poco a poco a medida que se acerca tu hora.
De alguna manera estás ya clavado en la Cruz, sufriendo voluntariamente por mí.
Y yo no me entero: como Santiago y Juan, me acerco a Ti buscando mis intereses personales.
«No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo bebo...?»
¿No os dais cuenta de que voy camino de una Cruz sin gloria humana?
¿No veis que de lo que se trata es de entregarse?
«¿Podéis? Podemos.»
Jesús, con tu gracia, ¡puedo!
2º. «En cualquier lugar donde te halles, acuérdate de que el Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir y convéncete de que quien quiera seguirle no ha de pretender otra línea de conducta». (Forja.-613).
Jesús, si quiero imitarte, éste ha de ser mi objetivo: servir.
Precisamente a esto vas a Jerusalén: a entregarte en redención por muchos.
Y mientras, yo, ¿en qué pienso?
¿Dónde tengo mi cabeza, mis planes, mis ilusiones?
¿A qué cosas dedico mi tiempo?
«Quien quiera llegar a ser grande entre vosotros, sea vuestro servidor.»
No es suficiente con tener buenos deseos o dar un poco de dinero.
«La caridad no se practica sólo con el dinero. Podéis visitar a un enfermo, hacerle un rato de compañía, prestarle algún servicio, arreglarle la cama, prepararle los remedios, consolarle en sus penas, leerle algún libro piadoso» (Santo Cura de Ars).
Jesús, me pides que dedique tiempo a los demás: a mi familia, y a mis amigos y compañeros, a quien más lo necesite.
Ayúdame a saber servir sin que se note.
Así seré grande a tus ojos, que es lo que importa.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Octava Semana del Tiempo Ordinario. Jueves
«Llegan a Jericó. Y al salir él de Jericó con sus discípulos y Una gran multitud, el hijo de Timeo, Bartimeo, ciego, estaba sentado junto al camino pidiendo limosna. Y al oír que era Jesús Nazareno, comenzó a gritar y a decir: Jesús, Hijo de David, ten compasión de mi. Y muchos le reprendían para que se callase. Pero él gritaba mucho más: Hijo de David, ten compasión de mí. Se detuvo Jesús y dijo: Llamadle. Llaman al ciego diciéndole: ¡Animo!, levántate, te llama. El, arrojando su manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús, preguntándole, dijo: ¿Qué quieres que te haga? El ciego le respondió: Rabboni, que vea. Entonces Jesús le dijo: Anda, tu fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista, y le seguía por el camino.»
(Marcos 10, 46-52)
1º. Jesús, en mi camino de cristiano hay momentos de grandes avances pero también los hay -o los puede haber- de cansancios y oscuridades.
Me encuentro entonces como el ciego de hoy, «sentado junto al camino»: sin fuerzas, sin orientación, sin ideal.
«Oyendo aquel gran rumor de la gente, el ciego preguntó: ¿qué pasa? Le contestaron: Jesús de Nazaret. Y entonces se le encendió tanto el alma en la fe de Cristo, que gritó: «Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí».
¿No te entran ganas de gritar a ti, que estás también parado a la vera del camino, de ese camino de la vida, que es tan corta; a ti, que te faltan luces; a ti, que necesitas más gracias para decidirte a buscar la santidad? ¿No sientes la urgencia de clamar: «Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí»? ¡Qué hermosa jaculatoria para que la repitas con frecuencia! (...).
«Había allí muchos que reñían a Bartimeo con el intento de que callara». Como a ti, cuando has sospechado que Jesús pasaba a tu vera. (...) Comenzaste también a clamar, removido por una íntima inquietud. Y amigos, costumbres, comodidad, ambiente, todos te aconsejaron: ¡cállate, no des voces! ¿Por qué has de llamar a Jesús? ¡No le molestes!
Pero el pobre Bartimeo no les escucha y, aún continuaba con más fuerza: «Hijo de David, ten compasión de mí». El Señor que le oyó desde el principio, le dejó perseverar en su oración. Lo mismo que a ti. Jesús percibe la primera invocación de nuestra alma, pero espera. Quiere que nos convenzamos de que le necesitamos; quiere que le roguemos, que seamos tozudos, como aquel ciego que estaba junto al camino.
2º. «Parándose entonces Jesús, le mandó llamar». (...) ¡Es la vocación cristiana! Pero no es una sola la llamada de Dios. Considerad además que el Señor nos busca en cada instante: levántate -nos indica-, sal de tu poltronería, de tu comodidad, de tus pequeños egoísmos, de tus problemitas sin importancia. Despégate de la tierra, que estás ahí plano, chato, informe. Adquiere altura, peso y volumen y visión sobrenatural.
«Aquel hombre, arrojando su capa, al instante se puso en pie y vino a él». ¡Tirando su capa! No sé si tu habrás estado en la guerra. Hace ya muchos años, yo pude pisar alguna vez el campo de batalla, después de algunas horas de haber acabado la pelea; y allí había, abandonados por el suelo, mantas, cantimploras y macutos llenos de recuerdos de familia: cartas, fotografías de personas amadas... ¡Y no eran de los derrotados; eran de los victoriosos! Aquello, todo aquello les sobraba, para correr más aprisa y saltar el parapeto enemigo. Como Bartimeo, para correr detrás de Cristo.
No olvides que, para llegar hasta Cristo, se precisa el sacrificio; tirar todo lo que estorbe: manta, macuto, cantimplora. Tú has de proceder igualmente en esta contienda para la gloria de Dios, en esta lucha de amor y de paz, con la que tratamos de extender el reinado de Cristo. Por servir a la Iglesia, al Romano Pontífice y a las almas, debes estar dispuesto a renunciar a todo lo que sobre, a quedarte sin esa manta, que es abrigo en las noches crudas; sin esos recuerdos de familia; sin el refrigerio del agua. Lección de fe, lección de amor. Porque hay que amar a Cristo así» (Amigos de Dios.-195-196).
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
1º. San Marcos, nos trae un claro ejemplo para buscar, encontrar, amar y seguir a Cristo.
Nos narra el caso de un ciego de nacimiento.
Hace tiempo que este ciego ha oído hablar de Jesús y desde entonces aguarda su paso, espera una oportunidad.
Y en cierta ocasión se entera de que Jesús pasa por allí.
Se le enciende la fe en el corazón, y empieza a gritar: "Hijo de David, ten compasión de mí".
La fe en Jesús da lugar a la oración.
Así de sencilla, de simple, de humilde.
Jesús era la gran oportunidad para salir de su ceguera.
No querrá de ninguna manera perder la oportunidad que se le presenta.
2º. Este ciego nos enseña la primera condición de la oración: Sinceridad-humildad.
No le importa humillarse en presencia de todos, de reconocerse pobre y necesitado.
Al hablar con Dios hay hemos de hacerlo sin esconder la verdad: con sinceridad.
Y para vivir la sinceridad es imprescindible una gran dosis de humildad.
A Dios hemos de dirigirnos con humildad, no con arrogancia, puesto que podríamos caer en el defecto del fariseo de la parábola: (Lc 18,9-14).
3º. Y continuando el Evangelio vemos que aquel ciego grita porque confía.
Y confía a pesar de que Jesús parece que no se detiene.
Otra condición de la oración: confianza.
Nosotros hemos de reconocer que confiamos más bien en nuestras técnicas, en nuestros esfuerzos, en nuestras manos más que en Dios.
4º. Y a esto se le añaden las dificultades en la oración: "Los que iban en cabeza le reprendían para que callara".
¡Cállate! ¡Confórmate con tu suerte!
También a nosotros nos habrá ocurrido o nos podrá ocurrir esto: Dificultades exteriores e interiores:
Exteriores: personas que se reirán de nosotros porque hacemos oración, o personas que nos dirán que hacer oración es una pérdida de tiempo; que lo más productivo y eficaz es el hacer...
Interiores: La sequedad espiritual o la situación psicológica por la que estamos pasando esos días, una pequeña enfermedad...
Pero, no lo olvidemos, Jesús es la gran esperanza para este ciego y no está dispuesto a que pase de largo, no está dispuesto a perder la ocasión. Entre otras razones, porque no sabe si volverá a pasar de nuevo por su lado. No sabe si va a tener una nueva oportunidad.
Por eso no hace caso y grita más fuerte, por encima del ruido que hacen los demás.
Está firmemente dispuesto a no hacer caso de las gentes que le rodean.
5º. Bartimeo "persevera" en su petición.
Grita con la pasión de quien sabe que Cristo es su única esperanza.
6º. Y, efectivamente, la oración de aquel ciego es escuchada.
Y Jesús se detiene y lo mandó llamar.
El se pone en pie de un salto.
Deja la capa y las cosas que le impedían moverse y se acerca a Jesús.
Bartimeo ha añadido a su oración otra condición de orante: "desprendimiento". (parábola del fariseo y el publicano)
7º. Están ahora los dos frente a frente. Y Jesús inicia el diálogo, mientras le mira y le sonríe: "¿Qué quieres que haga por tí?"
Y entonces el ciego le contesta: "Señor, ¡que pueda ver!"
Una oración así de sencilla.
No pone condiciones.
El Señor puso su mano sobre el hombro del ciego y le dijo: "Anda, tu fe te ha curado".
Y vio al momento.
Y desde entonces se convertirá en un seguidor de Cristo.
Ya es rico porque tiene a Dios.
8º. No tenemos otro remedio: Hace falta tratar a Cristo, búscale en la oración.
Pensemos en nuestra locura inmensa, cuando no apreciamos en lo que vale el medio divino de la oración, o no la utilizamos con la frecuencia con que la necesitamos.
De esta oración personal con Jesús se alimenta nuestra vida interior y nos hace fuertes y nos anima a luchar contra las dificultades.
Si el enfermo supiera que hay una medicina poderosa capaz de curar todas las enfermedades, no habría ningún enfermo en el mundo.
"No hay peor ciego que el que no quiere ver".
Habrá habido santos sin hacer cosas extraordinarias, sin milagros.
Pero santos sin oración... imposible.
No creo en esa santidad.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Octava Semana del Tiempo Ordinario. Viernes
También se puede meditar Sagrado Corazón de Jesús
«Al día siguiente, cuando salían de Betania, sintió hambre. Al ver de lejos una higuera que tenía hojas, se acercó por si encontraba algo en ella, y cuando llegó no encontró más que hojas, pues no era tiempo de higos. E increpándola, dijo: Nunca jamás coma nadie fruto de ti. Y sus discípulos lo estaban escuchando.
Por la mañana, al pasar vieron que la higuera se había secado de raíz. Y acordándose Pedro, le dijo. “Rabbí, mira, la higuera que maldijiste se ha secado.” Jesús les contestó: “Tened fe en Dios. En verdad os digo que cualquiera que diga a este monte: Arráncate y échate al mar sin dudar en su corazón, sino creyendo que se hará lo que dice, le será concedido. Por tanto os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo recibisteis y se os concederá. Y cuando os pongáis de pie para orar perdonad si tenéis algo contra alguno, a fin de que también vuestro Padre que está en los Cielos os perdone vuestros pecados. (Marcos 11, 12-14, 20-26)
1. Jesús, eres hombre como yo; por eso sientes hambre y sed; te cansas, sufres, te alegras y te entristeces.
Jesús, que te vea siempre así: humano.
Eres Dios, pero eres hombre.
Y porque eres hombre, te puedo amar como se ama a un amigo, a un hermano.
Quiero que estés contento cuando pienses en mí; quiero darte alegrías; quiero aprender de Ti.
Y cuando esté cansado, o sufra por algún motivo, al verte cansado por el trabajo o clavado en la Cruz, me será más fácil ofrecerte esas contrariedades.
Hoy haces un milagro extraño: maldices a una higuera porque no tenía fruto.
Sin embargo, sabías perfectamente que «no era tiempo de higos».
Este episodio ocurre en la misma semana de la Pasión.
Tal vez quieres indicar, de manera gráfica, que el pueblo de Israel se había quedado con la hojarasca estéril -las prácticas externas de piedad- y no había dado el fruto que Dios esperaba.
Jesús, también hoy sientes hambre: hambre y sed de almas.
Quieres salvar a todos, vivir en cada uno, para que seamos felices, para que tengamos paz.
Pero para que la gente te conozca, me necesitas a mí.
Quieres que sea yo, que sea cada cristiano, el que te presente a los que no te conocen.
Este es el fruto que esperas de mí: que con el ejemplo de mi vida cristiana, de mi trabajo bien hecho y de mi alegría, muestre a los que me rodean tu camino, el camino del Evangelio.
2º. «Hemos de trabajar mucho en la tierra; y hemos de trabajar bien, porque esa tarea ordinaria es lo que debemos santificar Pero no olvidemos nunca de realizarla por Dios. Si la hiciéramos por nosotros mismos, por orgullo, produciríamos sólo hojarasca: ni Dios ni los hombres lograrían, en árbol tan frondoso, un poco de dulzura» ((Amigos de Dios.-202).
Jesús, me pides que trabaje mucho, con seriedad, y que te ofrezca ese trabajo.
De este modo, mi vida dará frutos de santidad y de apostolado.
Si triunfo sólo a lo humano pero olvidándome de Ti, haciendo del trabajo un fin -en lugar de ser medio de santificación, de servicio y de sustento-, soy como la higuera de hoy: mucha hoja y poco fruto.
Pero, ¿cómo puedo santificar el trabajo?
«Tened fe en Dios».
Para santificar el trabajo, tengo que mirarlo con fe: descubrir que Tú estás también allí mientras estudio o trabajo, y que me pides que lo haga bien por amor a Ti.
Así, el trabajo se convierte en oración, pues «la oración no consiste sólo en las palabras con que invocamos la clemencia divina, sino también en todo lo que hacemos en obsequio de nuestro Creador movidos por la fe» (San Beda).
El trabajo santificado y convertido en oración produce mucho fruto.
Que no me olvide, Jesús, de ofrecer cada día mi trabajo, con la seguridad de que tus palabras se cumplirán una vez más: «todo cuanto pidáis en ta oración se os concederá.»
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS-A
«En aquel tiempo exclamó Jesús diciendo: Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, y las has revelado a los pequeños. Si, Padre, pues así fue tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.
Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga ligera.» (Mateo 11, 25-30)
1º. Parece que la ciencia puede explicarlo todo, y que sólo lo que se comprueba científicamente puede ser creído.
El problema es que las ciencias experimentales sólo pueden medir lo que es material, no lo que es espiritual.
Por eso «ocultas estas cosas a los sabios.»
No a los sabios de verdad, que saben distinguir hasta dónde llega la ciencia, sino a los que se creen sabios sin serlo, o a los soberbios que creen que su limitada razón es capaz de entenderlo todo.
También dices que Dios ha ocultado estas cosas a los «prudentes.»
Aquí te refieres, Jesús, a aquellas personas que no quieren arriesgar, que no quieren dar nada antes de haber recibido ya la recompensa.
Esas personas no te pueden conocer ni amar, porque Tú me das en proporción a lo que yo te entrego.
Es una proporción «desproporcionada»: «el ciento por uno y la vida eterna» (Marcos 10,30).
Pero el prudente da cero; y el ciento por cero, es cero.
«De la misma manera que los padres y las madres ven con gran gusto a sus hijos, también el Padre del universo recibe gustosamente a los que se acogen a él. Cuando los ha regenerado por su Espíritu y adoptado como hijos, aprecia su dulzura, los ama, la ayuda, combate por ellos y por eso, los llama sus «hijos pequeños» (San Clemente de Alejandría).
Jesús, quieres que me haga niño en la vida espiritual.
El niño pequeño confía en su padre, se apoya en él, le busca cuando se encuentra en necesidad.
Esa debe ser mi conducta espiritual: que confíe en Ti, que me apoye en Ti, que te busque en todo momento.
Entonces te iré descubriendo, conociendo y amando más y más.
2º. Jesús, Tú conoces al Padre porque eres su Hijo: «nadie conoce al Padre sino el Hijo.»
Yo también voy a conocer a Dios en la medida en que me comporte como hijo de Dios: en la medida en que le trate como Padre en la oración, o que me apoye en Él cuando tengo una dificultad, o que le ofrezca todo lo que hago.
Por eso, ¡qué buena cosa es ser niño!
El que se cree maduro y virtuoso no reconoce sus errores, ni aprende, ni se deja ayudar.
Pero el niño busca enseguida los brazos fuertes de su padre cuando se encuentra en peligro.
Y por eso su padre le coge con más cariño, y le conforta con toda clase de mimos.
Jesús, por ser cristiano, mi objetivo es parecerme a Ti lo más posible.
Y uno de los aspectos más importantes en los que te he de imitar -porque incluye a todos los demás- es en la filiación divina: el vivir como hijo de Dios.
Por eso es bueno considerar cada día, y varias veces al día, esta realidad: yo soy... ¡hijo de Dios!
¿Cómo me tendré que comportar en el trabajo y en el descanso, en casa y en la calle, ante aquella situación o aquella otra?
Jesús, quieres que me haga pequeño, humilde; que te imite en ese vivir como hijo de Dios.
El sabio y el prudente se encierran en su soberbia o egoísmo, y todo lo espiritual se les oculta.
Pero a mí me has «querido revelar» el secreto de la vida sobrenatural: la filiación divina que me has conseguido muriendo en la cruz.
3º. Jesús, quieres aliviarme de mis fatigas y agobios y, para conseguirlo, me dices que coja tu yugo.
¿Cómo es posible que llevando aún más carga, vaya más ligero?
Si la vida tiene ya tantas dificultades, ¿para qué liarme más?
El secreto está en que tu yugo me tira para arriba; no es un peso muerto, sino que es como unas alas que -aunque pesen- me permiten volar.
Jesús, vivir como Tú me enseñas cuesta un poco.
Y, a veces, algo más.
Pero si te sigo en serio, mi vida se llena de sentido -de misión-, y entonces, cualquier esfuerzo vale la pena, y cada sacrificio es un nuevo motivo de gozo interior.
Y ya no me acuerdo del peso de tu yugo, como el ave no se fija en el peso de sus alas, y comprendo perfectamente por qué dices: «mi yugo es suave y mi carga ligera».
Jesús, he de aprender de Ti, que eres «manso y humilde de corazón.»
En el contexto del Evangelio, «aprender» no significa simplemente comprender teóricamente -como cuando se estudia una fórmula matemática- sino adquirir esas virtudes de las que hablas.
Y las virtudes se adquieren con repetición de actos.
Es decir, me pides que haga actos de humildad y mansedumbre, que en el fondo están bastante relacionados.
El soberbio no tiene paciencia con los errores de los demás, o con lo que él cree que son errores.
Ni tampoco sabe reconocer los suyos propios.
El humilde, en cambio, vuelve a empezar sin nerviosismos, y no se exaspera ante las limitaciones de los que le rodean.
4º. Jesús, la humildad es básica en mi vida cristiana.
Sin humildad, no puedo progresar en la vida interior.
Pero la humildad no es algo que se tiene o no se tiene, sino algo que crece o disminuye; una cualidad que tengo que aprender, y que también puedo olvidar si no la cuido.
«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas.»
Jesús, prometes paz y descanso en el alma de los humildes. Y esto es así porque el humilde no se cree perfecto y no se hunde cuando falla.
Al contrario, ante los errores personales, el alma humilde se levanta en seguida, pide perdón, y vuelve a luchar con más ímpetu que antes, buscando la fortaleza, el refugio y el apoyo de tu gracia.
Jesús, enséñame a ser humilde, a volver a empezar una y otra vez si hace falta, con santa tozudez.
Que no me crea impecable, que no me alce por encima de los demás, pues cuanto más me alce, más fuerte será la caída.
Dame esa humildad de corazón, y entonces, ¿qué importa tropezar si en el dolor de la caída hallamos la energía que nos endereza de nuevo y nos impulsa a proseguir con renovado aliento?
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Octava Semana del Tiempo Ordinario. Sábado
También se puede meditar Visitación de la Virgen María a Isabel
«Llegan de nuevo a Jerusalén. Y mientras paseaba por el Templo, se le acercan los príncipes de los sacerdotes, los escribas y los ancianos, y le dicen: ¿Con qué potestad haces estas cosas?, o ¿quién te ha dado tal potestad para hacerlas? Jesús les contestó. “Yo también os haré una pregunta, respondedme, y os diré con qué potestad hago estas cosa: el bautismo de Juan ¿era del Cielo o de los hombres? Respondedme. Y deliberaban entre sí diciendo: Si decimos que del Cielo, dirá: ¿por qué, pues, no le creísteis? Pero ¿vamos a decir que de los hombres? Temían a la gente; pues todos tenían a Juan como a un verdadero profeta. Y contestaron a Jesús: No lo sabemos. Entonces Jesús les dice: Pues tampoco yo os digo con qué potestad hago estas cosas.» (Marcos 11, 27-33)
1º. Jesús, los jefes de los judíos están buscando la manera de poder acusarte y por eso te hacen esta pregunta.
No intentan conocer la verdad, no les interesa lo más mínimo saber «quién te ha dado tal potestad».
¡Qué pena!
Ni siquiera niegan los milagros, porque son patentes.
Simplemente, no quieren creer: les falta la sencillez necesaria para poder recibir el don de la fe.
Porque la fe sólo se recibe cuando se pide con humildad.
Los jefes de los judíos no se plantean su postura ante el Bautismo de Juan.
Su razonamiento demuestra una actitud profundamente hipócrita: no importa la verdad, sino lo que quiero conseguir o lo que los demás piensen.
Jesús, cómo te duele la hipocresía.
El hipócrita no sólo intenta engañar a los hombres, sino que -como ocurre en esta escena- pretende engañar a Dios.
Y lo más triste es que se está engañando a sí mismo.
Jesús, si quiero ser tu discípulo, necesito la sencillez de corazón, la sinceridad de vida: con los demás, con Dios y conmigo mismo.
Pero si no soy sincero primero conmigo mismo -si no reconozco mis errores, si me conformo con cualquier cosa pensando que ya hago bastante- ¿cómo voy a ser sincero contigo y con los demás?
2º. «Tota pulchra es Maria, et macula originalis non est in te!» ¡toda hermosa eres, María, y no hay en ti mancha original!, canta la liturgia alborozada. No hay en Ella ni la menor sombra de doblez: ¡a diario ruego a Nuestra Madre que sepamos abrir el alma en la dirección espiritual, para que la luz de la gracia ilumine toda nuestra conducta!
María nos obtendrá la valentía de la sinceridad, para que nos alleguemos más a la Trinidad Beatísimo, si así se lo suplicamos» ((Surco.-339).
María, tu sencillez y tu humildad han hecho posible que el Todopoderoso haya hecho cosas grandes en ti. ((Lucas 1,49).
Dios ha podido contar contigo, porque en ti no hay «ni la menor sombra de doblez.»
María es «virgen no sólo en la carne, sino también en su alma, sin que la menor doblez de malicia corrompiese la pureza de sus afectos; humilde en su corazón, prudente en las palabras, madura en el consejo, parca en su conversación» (San Ambrosio).
Para ser sincero conmigo mismo, necesito hacer «a conciencia» el examen de conciencia cada noche: ver lo que he hecho bien, lo que he hecho mal, y lo que debo mejorar al día siguiente.
Si no lo hago, o lo hago superficialmente, no me entero de mis fallos, ni me exijo en mis propósitos.
Y mi lucha cristiana se convierte en un «ir tirando», que es el gran engaño de la vida interior.
Para mejorar en sinceridad, no hay nada mejor que «abrir el alma en la dirección espiritual»: contar lo que me pasa, mis luchas, mis victorias y mis derrotas.
De este modo, recibiré «la luz de la gracia».
María, ayúdame a tener siempre «la valentía de la sinceridad»: conmigo mismo, con Dios y con los demás, especialmente en la dirección espiritual.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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31-Mayo. VISITACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA A ISABEL
«Por aquellos días, María se levantó, y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y en cuanto oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó de gozo en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo: Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada tú que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor. María dijo: Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo, cuya misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen. Manifestó el poder de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y ensalzó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos, y a los ricos los despidió sin nada. Acogió a Israel su siervo, recordando su misericordia, según había prometido a nuestros padres, a Abrahán y a su descendencia para siempre. María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa». (Lc 1, 39-56)
1º. María se enteró, por el ángel, de que Isabel, la que llamaban estéril, iba a tener un hijo.
No le costó mucho a la Virgen darse cuenta de que la esclava del Señor tenía que ser, por ello mismo, esclava de los hombres.
Por eso, se puso en marcha hacia la montaña donde vivía Isabel.
El evangelio dice que fue «de prisa».
¡Qué buen ejemplo el de María en este terreno!: darse prisa para el bien, «que los hijos de las tinieblas no descansan y siembran cizaña cuando se duermen los hijos de la luz» (Mateo 13, 25).
La prisa de la Virgen, su prontitud de alma para el servicio.
Hay en esta actitud todo un mundo de enseñanzas para nosotros: «Nos acucia el Amor». (2 Corintios 5, 14):
«Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.»
Este saludo y esta voz desencadenaron en Isabel un torrente de gracia y de alegría: el seno de Isabel se estremeció con los saltos de gozo de su hijo, el espíritu de Isabel quedó colmado por el Espíritu Santo, los labios de Isabel se desataron en cantos de alabanza a Nuestra Señora.
¿Cómo fue el saludo de María?
Jesús, en cierta ocasión, dirá a sus discípulos: «Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa» (Marcos 10, 12).
Quizá fue así el saludo de la Virgen.
Pero más importante que la palabra del saludo lo era la voz de María al saludar, el tono, el acento, el amor que llevaba en sus pliegues.
Una voz que hacía saltar de gozo al Bautista en el seno materno, y que llenaba a Isabel del Espíritu Santo trayendo a sus labios una letanía de gloria: «-Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí que me visite la Madre de mi Señor? Dichosa tú porque has creído.»
Piropos encendidos... Bendita, dichosa, Madre del Señor... Alabanzas, aclamaciones, encomios...Detrás de todos estos elogios está el Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo quien impulsa al culto y la veneración a la Virgen.
La Virgen es bendita -como la llama Isabel- pues sobre ella se dijo la mejor palabra salida de la boca de Dios: bendita por su divina Maternidad, bendita por su fe, una fe que produce felicidad; bendita entre todas las mujeres, dichosa porque ha creído, santa Madre de Dios.
2º. El Magníficat
Ante el raudal de alabanzas que se le prodiga, la humildad de María se vuelve hacia Dios para referírselo todo a El.
Nunca se queda la Virgen con la gloria. La gloria es de Dios.
«Engrandece mi alma al Señor, y exulta mi espíritu en Dios.»
Esta es la actitud de la Virgen, colmada ella como nadie de la plenitud del Espíritu Santo: llena de gracia y de exultación, cantar la gloria de Dios.
Pero hay dos verbos también, en el Magnificat, que expresan la acción de Dios sobre la Virgen: «Miró la humillación de su esclava, hizo en ella cosas grandes»
La mirada de Dios sobre la actitud humilde de la Virgen que se hace pequeña y se anonada y se considera -se sabe- esclava del Señor.
¡Cómo descansa la mirada de Dios en una persona así!
Mirada de amor absolutamente preferencial por la Virgen, por la pequeñez de la Virgen, por su profundísima humildad.
«Hizo en mí cosas grandes.»
Dios es el Hacedor. Dios