Fiesta de la SANTÍSIMA TRINIDAD-A
«Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca sino que tenga vida eterna. Pues Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él El que cree en él no es juzgado; pero quien no cree ya está juzgado, porque no cree en el nombre del Hijo Unigénito de Dios. Este es el juicio: que vino la luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, ya que sus obras eran malas. Pues todo el que obra mal odia la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprobadas. Pero el que obra según la ver- dad viene a la luz, para que sus obras se pongan de manifiesto, porque han sido hechas según Dios.» (Juan 3, 16-21)
1º. Jesús, tu muerte en la cruz es a la vez un don y una tarea: un don, regalo inmerecidísimo de Dios, que «tanto amó al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito;» y una tarea, porque sólo «el que cree en él no es juzgado; pero quien no cree ya está juzgado.»
Es decir, hace falta creer para obtener la vida eterna: tu muerte quedaría infructuosa sin mi correspondencia.
Creer no es un «estado mental» sino una tarea que ocupa toda la vida y abarca todos los actos: es un «estado vital», un modo de vivir, no sólo un modo de pensar.
«Este es el juicio: que vino la luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, ya que sus obras eran malas.»
No es suficiente «decir» que uno es cristiano, ni siquiera vale con «sentirse» cristiano.
Pensar así sería un triste engaño, porque el juicio mira las obras.
«La fe en Dios, el Único, nos lleva a usar de todo lo que no es él en la medida en que nos acerca a él, y a separamos de ello en la medida en que nos aparta de él». (CEC-226).
En el fondo, Jesús, la tarea que me pides desde la cruz -esa tarea de creer en el nombre del Hijo Unigénito de Dios-, se identifica con mi lucha por ser santo: es decir, con intentar que mis obras, mi vida entera, sean hechas según Dios, buscando cumplir la voluntad de Dios.
2º. «Cuando tenemos turbia la vista, cuando los ojos pierden claridad, necesitamos ir a la luz. Y Jesucristo nos ha dicho que Él es la luz del mundo y que ha venido a curar a los enfermos.
-Por eso, que tus enfermedades, tus caídas -si el Señor las permite-, no te aparten de Cristo: ¡que te acerquen a Él!» (Forja.- 158).
Jesús, cuando a veces mis obras no son las que deberían ser, tengo la tentación de montarme mi teoría para quedarme más tranquilo: yo soy de los «normales»; ya es bastante con lo que hago, comparado con los demás..., etc.
Si hago caso de estos razonamientos -que proceden de la cobardía propia del que «no viene a la luz, para que sus obras no sean reprobadas-», iré perdiendo la claridad que tenía cuando estaba más cerca de Ti, me iré alejando más y más de Ti.
Que me dé cuenta, Jesús, de que el cristiano debe compararse contigo, no con los demás; y que lo normal para un hijo de Dios es luchar por ser santo, aunque cueste.
Que no me engañe, que me mantenga en la verdad, y que, si mis ojos pierden claridad, vuelva a la luz, pues «el que obra según la verdad viene a la luz.»
Jesús, Dios me ha amado tanto que te ha entregado para salvarme, para curar mis enfermedades, mis caídas.
A mí me pides que crea en Ti, es decir, que mis obras sean hechas según Dios, que busque hacer la voluntad de Dios.
Pero si en esta lucha por la santidad tengo derrotas, ¡que no me aparten de Ti, Jesús!
Es entonces, precisamente, cuando más te necesito, porque Tú mismo has dicho: «No tienen necesidad de médico los que están sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a la penitencia». (Lucas 5,31-32).
Jesús, que siempre que lo necesite, acuda con prontitud al Sacramento de la Penitencia, que es el «sacramento de la luz» porque me devuelve la gracia y aplica en la práctica los méritos de tu Redención; de modo que, al creer en Ti, «no perezca sino que tenga vida eterna»
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Séptima Semana del Tiempo Ordinario. Lunes
«Al llegar junto a los discípulos, vieron a una gran muchedumbre que les rodeaba y a unos escribas que discutían con ellos. En seguida, al verle, todo el pueblo quedó sorprendido y corrían a saludarle. Y Él les preguntó: ¿Qué discutíais entre vosotros? A lo que respondió uno de la muchedumbre: Maestro, te he traído a mi hijo, que tiene un espíritu mudo; y en cualquier sitio se apodera de él, lo tira al suelo, le hace echar espuma y rechinar los dientes y lo deja rígido; pedí a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido. Él les contestó: ¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo tendré que sufriros? ¡Traédmelo! Y se lo trajeron. En cuanto el espíritu vio a Jesús, agitó violentamente al niño, que cayendo a tierra se revolcaba echando espuma. Entonces preguntó al padre: ¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto? Le contestó: Desde muy niño; y muchas veces lo ha arrojado al fuego y al agua, para acabar con él; pero si algo puedes, ayúdanos, compadecido de nosotros. Y Jesús dijo: ¡Si puedes...! ¡Todo es posible para el que cree! En seguida el padre del niño exclamó: Creo, Señor; ayuda mi incredulidad. Al ver Jesús que aumentaba la muchedumbre, increpó al espíritu inmundo diciéndole: ¡Espíritu mudo y sordo, yo te lo mando, sal de él y ya no vuelvas a entrar en él! Y gritando y agitándole violentamente salió; y quedó como muerto, de manera que muchos decían: Ha muerto. Pero Jesús, tomándolo de la mano, lo levantó y se mantuvo en pie. Cuando entró en casa le preguntaron sus discípulos a solas: ¿Por qué nosotros no hemos podido expulsa río? Y les respondió: Esta raza no puede ser expulsada por ningún medio, sino con la oración.» (Marcos 9,14-29)
1º. Jesús, el pobre padre te suplica: «Si algo puedes, ayúdanos.»
A veces voy muy a la mía, cuando todo me va bien.
Sólo a la hora de los problemas, cuando necesito ayuda, vengo a Ti: «si algo puedes», demuéstralo, resuélveme esta dificultad.
«¡Si puedes...! ¡Todo es posible para el que cree!»
Pero creer es algo más que pedir milagros a la desesperada: Tú no necesitas demostrar que eres Dios a cada momento, según me parezca a mí.
La fe verdadera llena toda la vida y le da un sentido nuevo.
Quiero tener una fe profunda y sólida que se traduzca en obras de caridad y de virtud.
Sin embargo, a veces mi fe es débil y vacilante.
Creo, pero... me cuesta.
Jesús, ayúdame.
«Creo, pero ayuda mi incredulidad».
2º. «Asegura Santa Teresa que “quien no hace oración no necesita demonio que le tiente; en tanto que, quien tiene tan sólo un cuarto de hora al día, necesariamente se salva”..., porque el diálogo con el Señor -amable, aun en los tiempos de aspereza o de sequedad del alma nos descubre el auténtico relieve y la justa dimensión de la vida.
Sé alma de oración» (Forja.- 1003)
«¿Por qué nosotros no hemos podido expulsarlo?;» te preguntan tus discípulos.
¿Por qué a veces no puedo superar las tentaciones del demonio?
«Esta raza no puede ser expulsada por ningún medio, sino con la oración.»
«Del mismo modo que Jesús ora al Padre y le da gracias antes de recibir sus dones, nos enseña esta audacia filial: “todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido”. Tal es la fuerza de la oración, “todo es posible para el que cree”» (CEC-610).
Jesús, todo lo que te pida con fe en la oración, si me conviene, me lo vas a conceder, especialmente mi propia salvación.
Por el contrario, si no hago oración, ni siquiera necesito un demonio que me tiente.
Porque sin oración, acabo pensando sólo en mí: en mis necesidades, caprichos y ambiciones.
Y, por tanto, poco a poco me voy alejando de Ti.
Sin darme cuenta, casi de manera natural, me hago dios de mí mismo, porque todo gira en torno a mí.
Jesús, la oración es ese necesario ajuste de mi voluntad, que se convierte cada jornada y te pregunta de nuevo: ¿Qué quieres que haga?
De este modo, quien tiene tan sólo un cuarto de hora al día, necesariamente se salva, porque está rectificando siempre el punto de mira y descubre el auténtico relieve y la justa dimensión de la vida.
Ayúdame, Jesús, para que no deje de hacer ningún día un rato de oración personal, de tú a Tú.
Haz que sea, de verdad, alma de oración.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Séptima Semana del Tiempo Ordinario. Martes
«Una vez que salieron de allí cruzaban Galilea, y no quería que nadie lo supiese; pues iba instruyendo a sus discípulos y les decía: El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán, y después de muerto, resucitará a los tres días. Pero ellos no entendían sus palabras y temían preguntarle. Y llegaron a Cafarnaún. Estando ya en casa, les preguntó: ¿De qué discutíais por el camino? Pero ellos callaban, porque en el camino habían discutido entre sí sobre quién sería el mayor Entonces se sentó y llamando a los doce, les dijo: Si alguno quiere ser el primero, hágase el último de todos y servidor de todos. Y tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mime recibe; y quien me recibe a mí, no me recibe a mí, sino al que me envió.» (Marcos 9, 30-37)
1º. «Si alguno quiere ser el primero, hágase el último de todos y servidor de todos.»
Jesús, Tú me enseñas continuamente esta doctrina: «No he venido a ser servido, sino a servir». (Mateo 20, 28).
Pero nunca la acabo de asimilar: tanto me cuesta servir...
Y, cuando hago un favor, me creo con el derecho a ser correspondido, al menos, con otro favor.
Jesús, Tú, que eres Dios, has venido a servir. «Desde el comienzo de su vida pública, en su bautismo, Jesús es el «Siervo» enteramente consagrado a la obra redentora que llevará a cabo en el «bautismo» de su pasión» (C. I: C.- 565)
Los ángeles, que son seres superiores a los hombres, son sus servidores. Me doy cuenta de que, en el orden del espíritu, servir es de más categoría que ser servido.
Y es que servir perfecciona el espíritu, lo agranda y además, lo llena.
En cambio, el buscar el propio beneficio atrofia y vacía el amor, que es una de las alas del espíritu.
«Si alguno quiere ser el primero, hágase el último de todos y servidor de todos.»
Jesús, quiero servir, quiero ser útil.
Pero existe en mí como otro yo, que se busca a sí mismo continuamente.
Es una lucha incesante del yo espiritual contra el yo material: el primero prefiere servir, el segundo busca ser servido y dominar.
Ayúdame a dominar mis pasiones y a decidirme a servir a los que me rodean, sin esperar nada a cambio.
2º. «Grande y hermosa es la misión de servir que nos confió el Divino Maestro. -Por eso, este buen espíritu -¡gran señorío!- se compagina perfectamente con el amor a la libertad, que ha de impregnar el trabajo de los cristianos» (Forja.-144).
Jesús, qué gran paradoja: el que sabe servir a los demás demuestra mayor señorío, y es más libre.
Si soy «el último de todos y el servidor de todos», entonces me hago señor de mí mismo y utilizo mi libertad de manera plena.
«Pero ellos callaban, porque en el camino habían discutido entre sí sobre quién sería el mayor».
Jesús, estoy metido en un mundo en el que mucha gente lucha por estar arriba, por dominar, por relucir, por poseer.
Y, sin darme cuenta, se me puede introducir esta forma de pensar, que no es cristiana porque ata, porque obliga a ceder lo que haga falta con tal de obtener el éxito humano.
Y ése no es el amor a la libertad, que ha de impregnar el trabajo de los cristianos.
Jesús, ante esa tendencia a dominar y a querer ser el primero que a veces siento, me pones el ejemplo de un niño: «El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe».
Quieres que en mi vida espiritual tenga la sencillez, la confianza, y los grandes ideales que son propios de los niños.
Y que, como ellos, no tenga reparos a la hora de servir a los demás.
Ayúdame a vivir esa grande y hermosa misión de servir que nos confió el Divino Maestro.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Séptima Semana del Tiempo Ordinario. Miércoles
«Juan le dijo: Maestro, hemos visto a uno expulsando demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no viene con nosotros. Jesús le contestó: No se lo prohibáis, pues no hay nadie que haga un milagro en mi nombre y pueda a continuación hablar mal de mí: el que no está contra nosotros, está con nosotros.» (Marcos 9, 38-40)
1º. Jesús, este pasaje es muy actual.
Con el avance de las comunicaciones y de los medios de transporte, el mundo entero se ha puesto a mi alcance.
Y puedo descubrir a mi alrededor diferentes culturas y religiones: muchas maneras de creer en Dios, incluso de creer en Ti.
Hoy me enseñas a respetar a todos los que buscan el bien.
No debo despreciar las buenas acciones de los demás simplemente «porque no vienen con nosotros;» porque no están en la Iglesia Católica o no tienen la misma cultura.
Jesús, hay muchas personas que creen en Ti, que hacen sacrificios y buenas obras «en tu nombre.»
Son cristianos, pero no siguen a los apóstoles: no obedecen al Papa ni a los Obispos en comunión con él, que son los sucesores de los apóstoles.
Entre éstos, hay dos grandes grupos:
-los ortodoxos, que se separaron de la Iglesia Católica en el siglo XI y están extendidos sobre todo en el Este de Europa;
-y los protestantes, que se separaron en el siglo XVI, siguiendo a Lutero y a otros reformadores.
Los protestantes se han ido dividiendo y en la actualidad hay muchas iglesias protestantes diferentes, especialmente en Estados Unidos y en el Norte de Europa.
Jesús, ¿qué debo hacer ante mis amigos o conocidos que pertenecen a comunidades cristianas no católicas?
Primero, no criticar las cosas buenas que hacen (que son muchas).
Sus prácticas -de culto, de caridad, de servicio a los demás- les unen también a la Iglesia Católica y a Dios: «el que no está contra nosotros, está con nosotros.»
Y a partir de esta unidad, me será mucho más sencillo explicarles que Tú has fundado una sola Iglesia, y que es allí donde te van a encontrar de manera más plena: en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía.
«Además, muchos elementos de santificación y de verdad existen fuera de los límites visibles de la Iglesia católica: la palabra de Dios escrita, la vida de la gracia, la fe, la esperanza y la caridad y otros dones interiores del Espíritu Santo y los elementos visibles. El Espíritu de Cristo se sirve de estas Iglesias y comunidades eclesiales como medios de salvación cuya fuerza viene de la plenitud de gracia y de verdad que Cristo ha confiado a la Iglesia católica. Todos estos bienes provienen de Cristo y conducen a Él y de por sí impelen a la unidad católica» CEC- 819)
2º. «Ama y practica la caridad, sin límites y sin discriminaciones, porque es la virtud que nos caracteriza a los discípulos del Maestro. -Sin embargo, esa caridad no puede llevarte -dejaría de ser virtud- a amortiguar la fe, a quitar las aristas que la definen, a dulcificaría hasta convertirla, como algunos pretenden, en algo amorfo que no tiene la fuerza y el poder de Dios» Forja.-456).
Jesús, ¿no valdría la pena que cada confesión cediera un poco para encontrar un punto en común que permitiera volver a la unidad de los cristianos?
Así piensan algunos, con la mejor intención.
Pero la Iglesia Católica no puede ceder en detalles de fe, porque las verdades que enseña no se las ha inventado con el tiempo, sino que son las mismas que Tú dejaste a los apóstoles, y ellos a sus sucesores hasta hoy.
Los católicos hemos de amar y respetar a todos.
«Sin embargo, esa caridad no puede llevarte -dejaría de ser virtud- a amortiguar la fe.»
Porque la fe no se decide por consenso, o por el sentimiento.
La fe consiste en aceptar el mensaje que Tú has venido a enseñamos, y que has dejado en manos de tu Iglesia.
Jesús, esperas que con mi vida de cristiano coherente te ayude a transmitir la fe íntegra, sin dulcificarla.
Ayúdame a tener una fe recia, basada en la oración y en la recepción frecuente de los sacramentos.
De este modo, estaré contribuyendo también a que se incremente la unidad de todos los cristianos.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Séptima Semana del Tiempo Ordinario. Jueves
«Y cualquiera que os dé de beber un vaso de agua en mi nombre, porque sois de Cristo, en verdad os digo que no perderá su recompensa. Y al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino, de las que mueve un asno, y sea arrojado al mar Y si tu mano te escandaliza, córtala: más te vale entrar manco en la Vida que con las dos manos ir al infierno, al fuego inextinguible. Y si tu pie te escandaliza, córtatelo: más te vale entrar cojo en la Vida que con los dos pies ser arrojado a la gehena del fuego inextinguible. Y si tu ojo te escandaliza, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios que con los dos ojos ser arrojado al fuego del infierno, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga. Porque todos serán salados con fuego. Buena es la sal; pero si la sal se vuelve insípida, ¿con qué la sazonaréis? Tened en vosotros sal y tened paz unos con otros.» (Marcos 9, 41-50)
1º. Jesús, hoy me recuerdas una enseñanza importante: mis acciones aquí en la tierra no son neutrales a tus ojos; es decir, hay acciones buenas y acciones malas.
Y de la bondad o maldad de mi comportamiento dependerá el premio o castigo que recibiré en la vida eterna.
«Cualquiera que os dé de beber un vaso de agua en mi nombre no perderá su recompensa.»
Jesús, Tú premiarás las acciones buenas, hasta el más pequeño detalle hecho por amor a Ti.
Que aprenda a ofrecerte durante el día muchas cosas pequeñas:
la lucha por levantarme a la hora;
el trabajo o estudio hecho lo mejor posible;
el cumplimiento de esa norma de piedad que me he propuesto hacer;
un detalle de servicio que nadie adviene; etc. ...
En estas pequeñas cosas -cuando se hacen en tu nombre, por amor a Ti- está la santidad grande que me pides.
«Más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios que con los dos ojos ser arrojado al fuego del infierno.»
Jesús, Tú eres Dios y conoces perfectamente qué es el infierno; por eso quieres explicármelo crudamente, con claridad, para que me entere de que vale la pena cualquier sufrimiento antes que padecer eternamente en el infierno.
Es una pena que haya cristianos que se tapan los ojos ante esta realidad.
Es un gran triunfo del demonio. Jesús, yo quiero hacer las cosas por amor a Ti, no por temor al castigo.
Pero no dejes que me engañe: porque ¡hay infierno!
2º. «Por salvar al hombre, Señor; mueres en la Cruz; y, sin embargo, por un solo pecado mortal, condenas al hombre a una eternidad infeliz de tormentos...: ¡cuánto te ofende el pecado, y cuánto lo debo odiar!» (Forja.- 1002).
Jesús, Tú eres infinitamente misericordioso; por eso mueres en la Cruz para salvarme y me perdonas cada que vez te lo pido a través del sacramento de la penitencia, que se llama también sacramento de la misericordia.
«Sin embargo, por un solo pecado mortal, condenas al hombre a una eternidad infeliz de tormentos.
El pecado mortal es una posibilidad radical de la libertad humana como lo es también el amor Entraña la pérdida de la caridad y la privación de la gracia santificante, es decir; del estado de gracia. Si no es rescatado por el arrepentimiento y el perdón de Dios, causa la exclusión del Reino de Cristo y la muerte eterna del infierno; de modo que nuestra libertad tiene poder de hacer elecciones para siempre, sin retorno» (CEC- 1861).
Jesús, ¡cuánto te ofende el pecado, y cuánto lo debo odiar!
En el fondo, cada vez que cometo un pecado, estoy despreciando lo mucho que te ha costado salvarme: estoy volviéndote a clavar en la Cruz.
No quiero ofenderte más, Jesús: no te mereces que sea tan egoísta.
Pero a veces soy flojo, y me dejo llevar por lo que es fácil, cómodo o placentero.
Que, en esos casos, sepa rectificar, confesarme, y pedirte ayuda para no volver a ofenderte más.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Séptima Semana del Tiempo Ordinario. Viernes
«Saliendo de allí llegó a la región de Judea, al otro lado del Jordán; y otra vez se congregó ante él la multitud y como era su costumbre, de nuevo les enseñaba. Se acercaron entonces unos fariseos que le preguntaban para tentarle, si es lícito al marido repudiar a su mujer El les respondió: ¿Qué os mandó Moisés? Ellos dijeron: Moisés permitió darle escrito el libelo de repudio y despedirla. Pero Jesús les dúo: Por la dureza de vuestro corazón os escribió este precepto. Pero en el principio de la creación los hizo Dios varón y hembra: por esto dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer; y serán los dos una sola carne. Por tanto lo que Dios unió, no lo separe el hombre. Una vez en la casa, sus discípulos volvieron a preguntarle sobre esto. Y les dice: Cualquiera que repudie a su mujer y se una con otra, comete adulterio contra aquélla; y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.» (Marcos 10, 1-12)
1º. Jesús, hoy me hablas de la indisolubilidad del matrimonio: y «serán los dos una sola carne. Por tanto lo que Dios unid, no lo separe el hombre.»
El matrimonio no es a prueba, ni es un estado transitorio, ni tampoco una asociación con otra persona para estar más acompañado.
El matrimonio es la alianza de un hombre y una mujer para formar una familia, una entidad indivisible por naturaleza.
Por eso Dios los une en «una sola carne.»
Pero los hombres podemos separar lo que Tú has unido, igual que podemos destrozar la naturaleza que Tú has creado.
Jesús, la doctrina que has dejado es clara: «cualquiera que repudie a su mujer o a su marido y se casa con otro, comete adulterio,» que es un pecado mortal por dos motivos: por ir contra la virtud de la pureza, y por ir contra la virtud de la justicia.
El adulterio destroza la pureza del alma -la capacidad de amar- fortaleciendo el egoísmo.
Pero además destroza la familia, produciendo injustamente en otras personas daños que son muy difíciles de reparar.
Como ocurre con todo pecado, el divorcio y el adulterio no son malos por ser «pecado», sino que son pecado porque son malos: son malos para la persona que los comete, porque la hacen menos persona -la deshumanizan- y, por ello, ofenden a Dios, su creador Jesús, ante una sociedad permisiva que se está deshumanizando cada vez más.
Ayúdame, Señor, a ser ejemplo de vida limpia, de vida cristiana; ayúdame a vivir como quien se sabe hijo de Dios, buscando siempre la gracia de tus sacramentos.
2º. «Me conmueve que el Apóstol califique al matrimonio cristiano de «sacramentum magnum» -sacramento grande. También de aquí deduzco que la labor de los padres de familia es importantísima.
-Participáis del poder creador de Dios y, por eso, el amor humano es santo, noble y bueno: una alegría del corazón, a la que el Señor -en su providencia amorosa- quiere que otros libremente renunciemos.
-Cada hijo que os concede Dios es una gran bendición divina: ¡no tengáis miedo a los hijos!» (Forja.- 691)
Jesús, hoy más que nunca, la labor de los padres de familia es importantísima.
Hace falta que muestren al mundo -con su vida ejemplar y entregada- que la familia es el trabajo más importante, la mejor contribución a la sociedad, y un gran medio de santificación y apostolado.
Además, la familia es la primera y primordial escuela para los hijos: el lugar natural -y a veces, el único- en el que pueden aprender a ser generosos, a servir, y a tratar a los demás no por lo que tienen sino por lo que son.
«La familia es la «célula original de la vida social». Es la sociedad natural en que el hombre y la mujer son llamados al don de sí en el amor y en el don de la vida. La autoridad, la estabilidad y la vida de relación en el seno de la familia constituyen los fundamentos de la libertad de la seguridad, de la fraternidad en el seno de la sociedad. La familia es la comunidad en la que, desde la infancia, se pueden aprender los valores morales, se comienza a honrar a Dios y a usar bien de la libertad» (CEC- 2207).
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Séptima Semana del Tiempo Ordinario. Sábado
«Le presentaban unos niños para que les impusiera las manos; pero los discípulos les reñían. Al verlo Jesús se enfadó y les dijo: Dejad que los niños se acerquen a m4 y no se lo impidáis, porque de éstos es el Reino de Dios. En verdad os digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y abrazándolos, los bendecía imponiéndoles las manos.» (Marcos 10, 13-16)
1º. Jesús, habitualmente tienes gran paciencia con los apóstoles: a pesar de que no entienden, de que se pelean por ver quién será el mayor, o de que les falta fe en varias ocasiones, les corriges una y otra vez con calma y cariño.
Sin embargo hoy, «al verlo Jesús se enfadó»: te enfadas.
Los apóstoles no están acostumbrados a esto y por ello pondrían gran atención a lo que les ibas a enseñan
«Quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él»
Jesús, tu enseñanza es clara: has venido para hacerme hijo de Dios, me has mostrado que Dios es mi Padre.
Por eso me recuerdas ahora que el modo de vivir como cristiano es el de un hijo pequeño que se sabe querido por su padre: un padre que es Todopoderoso y que me ama con amor infinito, porque es el amor de un Dios.
«¿Qué mayor gracia pudo hacernos Dios? Teniendo un Hijo único le hizo Hijo del Hombre, para que el hijo del hombre se hiciera hijo de Dios. Busca dónde está tu mérito, busca de dónde procede, busca cuál es tu justicia; y verás que no puedes encontrar otra cosa que no sea pura gracia de Dios» (San Agustín).
La realidad de la filiación divina -soy hijo de Dios- lleva a entender la vida cristiana como una «vida de infancia»: a sentirse y actuar en todo momento como hijo de Dios.
Jesús, Tú vives la filiación divina por naturaleza, dirigiéndote continuamente a tu Padre para pedirle cosas o darle gracias: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22, 42); «Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sabia que siempre me escuchas» (Juan 11, 41-42); «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23, 34); «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lucas 23, 46).
2º. «Ser pequeño: las grandes audacias son siempre de los niños.
-¿Quién pide... la luna? -¿Quién no repara en los peligros para conseguir su deseo?
«Poned» en un niño «así», mucha gracia de Dios, el deseo de hacer su Voluntad (de Dios), mucho amor a Jesús, toda la ciencia humana que su capacidad le permita adquirir. y tendréis retratado el carácter de los apóstoles de ahora, tal como indudablemente Dios los quiere» (Camino.-857).
Jesús, me aconsejas que «reciba el Reino de Dios como un niño», que me haga pequeño; es decir, que -en lo sobrenatural- actúe como actúan los niños: con audacia, con confianza plena en mi Padre, sin temor al ridículo ni al peligro, con la humildad de quien sabe que todo lo que tiene no es suyo sino que lo ha recibido de su Padre.
Jesús, si además de actuar así, trato de frecuentar los sacramentos para recibir mucha gracia de Dios; trato de cuidar ese rato diario de oración para tenerte mucho amor; y hago mi trabajo lo mejor que puedo, podré llegar a ser uno de esos apóstoles de ahora, tal como indudablemente Dios los quiere.
María, tú eres a la vez mi madre y la madre de Dios.
Sólo podré ser buen hijo de Dios, si aprendo a ser buen hijo tuyo.
Y ¿qué hace un hijo que quiere contentar a su madre?
Acordarse de ella, mostrarle el cariño que le tiene, y acudir a ella cuando necesita algo.
Madre, como mínimo, que no me olvide por la mañana de ofrecerte el día, de rezar el Ángelus al mediodía, y de rezar las tres Avemarías por la noche.
Y -si puedo- quiero rezar el Rosario, que es la oración que más te gusta.
Además, durante todo el día puedo dirigirte pequeños saludos o jaculatorias.
Así viviré como buen hijo tuyo, y por tanto, como buen hijo de Dios.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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