DOMINGO DE PENTECOSTÉS
«Al atardecer de aquel día, el siguiente al sábado, estando cerradas las puertas del lugar donde se habían reunido los discípulos por miedo a los judíos, vino Jesús, se presentó en medio de ellos y les dijo: La paz sea con vosotros. Y dicho esto les mostró las manos y el costado. Al ver al Señor se alegraron los discípulos. Les dijo de nuevo: La paz sea con vosotros. Como el Padre me envió así os envío yo. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos.» (Juan 20, 19-23)
1º. Jesús, lo primero que haces tras la resurrección es enviar el Espíritu Santo a tus discípulos.
Tú eres Dios-con-nosotros.
El Espíritu Santo es Dios-en-nosotros.
Una vez resucitado envías ya tu Espíritu; pero aún no de modo solemne hasta que subas a los cielos.
Diez días después de tu ascensión, el día de Pentecostés, el Espíritu Santo transformará completamente a tus discípulos, antes temerosos e incrédulos. Es el inicio de la Iglesia.
«Las Hechos de los Apóstoles, al narrarnos los acontecimientos de aquel día de Pentecostés en el que el Espíritu Santo descendió en forma de lenguas de fuego sobre los discípulos de Nuestro Señor; nos hacen asistir a la gran manifestación del poder de Dios, con el que la Iglesia inició su camino entre las naciones. (...) La venida solemne del Espíritu en el día de Pentecostés no fue un suceso aislado. Apenas hay una página de los Hechos de los Apóstoles en la que no se nos hable de El y de la acción por la que guía, dirige y anima la vida y las obras de la primitiva comunidad cristiana.
Esa realidad profunda que nos da a conocer el texto de la Escritura Santa, no es un recuerdo del pasado, una edad de oro de la Iglesia que quedó atrás en la historia. Es, por encima de las miserias y de los pecados de cada uno de nosotros, la realidad también de la Iglesia de hoy y de la Iglesia de todos los tiempos.
2º. «Para concretar; aunque sea de una manera muy general, un estilo de vida que nos impulse a tratar al Espíritu Santo -y, con Él, al Padre y al Hijo- y a tener familiaridad con el Paráclito, podemos fijarnos en tres realidades fundamentales: docilidad, vida de oración, unión con la Cruz.
Docilidad, en primer lugar; porque el Espíritu Santo es quien, con sus inspiraciones, va dando tono sobrenatural a nuestros pensamientos, deseos y obras. El es quien nos empuja a adherirnos a la doctrina de Cristo y a asimilaría con profundidad, quien nos da luz para tomar conciencia de nuestra vocación personal y fuerza para realizar todo lo que Dios espera. Si somos dóciles al Espíritu Santo, la imagen de Cristo se irá formando cada vez más en nosotros.
Vida de oración, en segundo lugar; porque la entrega, la obediencia, la mansedumbre del cristiano nacen del amor y al amor se encaminan. Y el amor lleva al trato, a la conversación, a la amistad. La vida cristiana requiere un diálogo constante con Dios Uno y Trino, y es a esa intimidad a donde nos conduce el Espíritu Santo. (...) Acostumbrémonos a frecuentar al Espíritu Santo, que es quien nos ha de santificar: a confiar en El, a pedir su ayuda, a sentirlo cerca de nosotros. Así se irá agrandando nuestro pobre corazón, tendremos más ansias de amar a Dios y, por El, a todas las criaturas.
Unión con la Cruz, finalmente, porque en la vida de Cristo el Calvario precedió a la Resurrección y a la Pentecostés, y ese mismo proceso debe reproducirse en la vida de cada cristiano: «somos - nos dice San Pablo- coherederos con Jesucristo, con tal que padezcamos con El, a fin de que seamos con Él glorificados». El Espíritu Santo es fruto de la cruz, de la entrega total a Dios, de buscar exclusivamente su gloria y de renunciar por entero a nosotros mismos.
Sólo cuando el hombre, siendo fiel a la gracia, se decide a colocar en el centro de su alma la Cruz, negándose a sí mismo por amor a Dios, estando realmente desprendido del egoísmo y de toda falsa seguridad humana, es decir; cuando vive verdaderamente de fe, es entonces y sólo entonces cuando recibe con plenitud el gran juego, la gran luz, la gran consolación del Espíritu Santo». (Es Cristo que pasa, 127-137).
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Sexta Semana del Tiempo Ordinario. Lunes
«Salieron los fariseos y comenzaron a discutir con él, pidiéndole una señal del cielo para tentarle. Suspirando desde lo más íntimo, dijo: ¿Por qué esta generación pide una señal? En verdad os digo que a esta generación no se le dará señal alguna. Y dejándolos, subió de nuevo a la barca y se fue a la otra orilla.» (Marcos 8, 11-13)
1º. Jesús, te piden una señal que demuestre que eres Dios.
Necesitan ver milagros.
¿No han visto ya suficientes?
«A esta generación no se le dará señal alguna.»
No te refieres a todos los hombres de esa generación, sino a aquellos fariseos que interpretan todo torcidamente.
Prefieren pensar que haces milagros por el poder del demonio que por el poder divino, y así es imposible que lleguen a creer.
«Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha enviado. Invitan a creer en Jesús. Concede lo que le piden a los que acuden a él con fe. Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquel que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que él es Hijo de Dios. Pero también pueden ser «ocasión de escándalo». No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. A pesar de evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos; incluso se le acusa de obrar movido por los demonios» (CEC-548).
A veces yo también te exijo milagros: pequeñas o grandes peticiones que pienso que me merezco.
Desde que apruebe un examen hasta que se cure un familiar enfermo; desde que no pierda el tren hasta que encuentre trabajo.
Tú quieres que te pida todas las cosas que necesito, pero no que te las exija como señal de tu divinidad.
Como en el Padrenuestro, quieres que todas mis peticiones vayan seguidas por un: «hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo» (Mateo 6,10).
Jesús, que sepa pedir con esa fe en Ti, sabiendo que me vas a conceder, para mí y para aquellos que amo, lo mejor.
Aunque rompa con los planes que me había trazado, aunque me haga sufrir, aunque limite aparentemente mis posibilidades, Jesús, yo te pido lo que creo que me hace falta, y acepto gustosamente todo lo que me concedes o no me concedes.
2º. «No necesito milagros: me sobra con los que hay en la Escritura. En cambio, me hace falta tu cumplimiento del deber, tu correspondencia a la gracia» (Camino.-362).
Jesús, le dices al apóstol Tomás: «Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto han creído» (Juan 20,29).
Tú hiciste milagros para mostrar a los primeros que eras el Mesías.
No era tan sencillo creer que un hombre podía ser, al mismo tiempo, Dios.
Por eso, a los primeros, les diste pruebas extraordinarias de tu divinidad.
Pero, también por eso, les exigiste pruebas extraordinarias de amor, hasta llegar al martirio.
Tras el testimonio de los primeros apóstoles, la fe ya no necesita de más milagros, sino de la fidelidad de los cristianos en cada generación.
Por eso, no necesito milagros: me sobra con los que hay en la Escritura.
Jesús, tras tu muerte en la Cruz, tengo todos los medios necesarios para reconocerte.
Por eso no me hace falta ver más milagros.
En cambio, -me recuerdas- me hace falta tu cumplimiento del deber, tu correspondencia a la gracia.
Jesús, te hace falta mi fidelidad: que sea fiel en el cumplimiento de mis deberes ordinarios, que tenga el corazón limpio y atento a esas gracias innumerables que me concedes.
Jesús, en la oración me doy cuenta de que tengo que ser más generoso contigo: en mi plan de vida, en mi dedicación al servicio de los demás, en buscar planes que diviertan o mejoren a los que están a mi alrededor, sin ir a la mía.
Ayúdame a corresponder con fidelidad a esas gracias; ayúdame a responder con generosidad a esas inspiraciones que me comunicas en la oración, o a esos consejos de la dirección espiritual.
De esta manera -y no esperando milagros que no tienes por qué hacer- mi fe se irá fortaleciendo, hasta hacerse inamovible.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Sexta Semana del Tiempo Ordinario. Martes
«Se olvidaron de tomar panes y no tenían consigo en la barca más que un pan. Y les advertía diciendo: Estad alerta y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes. Ellos comentaban entre sí que no tenían pan. Al darse cuenta Jesús, les dice: ¿Qué andáis comentando de que no tenéis pan? ¿Todavía no entendéis ni comprendéis? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís? ¿No os acordáis de cuando partí los cinco panes para cinco mil? Le respondieron: Doce. Y cuan do los siete panes para los cuatro mil, ¿cuántas espuertas recogisteis? Le contestaron: Siete. Y les decía: ¿No entendéis aún?» (Marcos 8, 17-25)
1º. Jesús, ¡qué paciencia tenias con tus apóstoles!
No entienden nada.
Cualquier comparación les supera.
Pero les explicas una y otra vez, y ellos no te dejan cuando los demás se excusan diciendo: «Dura es esta enseñanza, ¿quién puede escucharla?» (Juan 6,60).
Jesús, tus enseñanzas a veces son duras: cuestan, exigen mayor sacrificio.
Tú no predicas el camino fácil; tu señal no es la santa fiesta o la santa cama, sino la Santa Cruz.
Por algo será.
Más o menos lo entiendo: veo, por experiencia, que lo que vale cuesta, y que el verdadero amor conlleva sacrificio, aunque sea un sacrificio gustoso y alegre.
Pero, a veces, no entiendo: ¿por qué dejas que esa persona sufra?; ¿por qué hay gente que pasa hambre, enfermedad, soledad, odio?
Y me contestas: «¿Todavía no entendéis?»
¿No veis los milagros que he hecho y que tengo poder para hacer lo que quiero?
Si algo pasa, es que hay un bien superior escondido en ese aparente mal.
«La permisión divina del mal físico y del mal moral es misterio que Dios esclarece por su Hijo, Jesucristo, muerto y resucitado para vencer el mal. La fe nos da la certeza de que Dios no permitiría el mal si no luciera salir el bien del mal mismo, por caminos que nosotros sólo conoceremos plenamente en la vida eterna» (CEC-324).
2º. «No eran cultos, ni siquiera muy inteligentes, al menos en que se refiere a las realidades sobrenaturales. Incluso los ejemplos y las comparaciones más sencillas les resultaban incomprensibles y acudían al Maestro: «Domine, edissere nobis parabolam», Señor, explícanos la parábola. Cuando Jesús, con una imagen, alude al fermento de los fariseos, entienden que les está recriminando por no haber comprado pan [...] Estos eran los Discípulos elegidos por el Señor; así los escoge Cristo; así se aparecían antes de que, llenos del Espíritu Santo, se convirtieran en columnas de la Iglesia. Son hombres corrientes, con defectos, con debilidades, con la palabra más larga que las obras. Y sin embargo, Jesús los llama para hacer de ellos pescadores de hombres, corredentores, administradores de la gracia de Dios» (Es Cristo que pasa.-2).
Jesús, a veces pienso en los apóstoles y en los santos como en gente muy lejana no sólo en el tiempo, sino también en cuanto a capacidad.
Y me veo pequeñito y... normal, vulgar.
¿Para qué aspirar a más?
¡Si no puedo ni conmigo mismo!
Debe haber gente capaz en alguna parte: gente capaz de entregarse, gente capaz de vivir santamente.
Estos eran los Discípulos elegidos por el Señor; así los escoge Cristo.
Son hombre corrientes, con defectos, con debilidades.
Como yo.
¿Qué me falta entonces, Jesús?
Si yo me excuso, ¿quién no podría hacerlo?
Y hacen falta nuevas columnas en tu Iglesia: una columna en cada actividad, en cada hogar.
«¿Todavía no entendéis ni comprendéis? ¿Tenéis embotado vuestro corazón? ¿Teniendo ojos no veis, teniendo oídos no oís?»
Jesús, que entienda, que te deje sitio en mi corazón; que viendo la necesidad de personas santas en medio del mundo, no cierre los ojos; que oyendo a gritos tu llamada, no me haga el sordo.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Sexta Semana del Tiempo Ordinario. Miércoles
También se puede meditar San Matías Apóstol
«Llegan a Betsaida y le traen un ciego suplicándole que lo toque. Tomando de la mano al ciego lo sacó fuera de la aldea, y poniendo saliva en sus ojos, le impuso las manos y le preguntó: ¿Ves algo? Y alzando la mirada dijo: Veo a los hombres como árboles que andan. Después puso otra vez las manos sobre sus ojos y comenzó a ver y quedó curado de manera que veía con claridad todas las cosas. Y lo envió a su casa diciendo: No entres ni siquiera en la aldea.» (Marcos 8, 22-26)
1º. Jesús, el milagro de hoy es extraño.
En vez de curar de modo instantáneo, curas «en dos tiempos», como si te hubiera fallado el primer intento.
No es que te falle a Ti, sino que se debe a la imperfecta fe de aquel hombre.
Te lo habían traído otros, pero él no debía estar muy seguro de Ti.
Entonces le permites ver parcialmente para que aumente su fe y sea capaz de ser curado de modo total.
Aquí veo, Jesús, una imagen de lo que ocurre en mi vida.
Podría decir que mi vida cristiana es la historia de mi correspondencia a tus gracias, de mi fidelidad a lo que me pides en cada momento.
Una gracia tuya me impulsa a mejorar en algo, pero me cuesta mucho cambiar y, al final, me quedo a medias.
Sin embargo, esa pequeña lucha te permite enviarme otra gracia, y otra, hasta que venzo definitivamente.
Jesús, a veces no soy justo contigo.
Te digo: primero quiero ver claro antes de darte esto; o quiero que no me cueste algo antes de empezar a luchar.
¿No es más lógico darte lo que entreveo para ver con mayor claridad; luchar primero para que cada vez me vaya costando menos?
Jesús, me pides que me entregue más para poder ver más claro.
«Dios se deja ver de los que son capaces de verle, porque tienen abiertos los ojos de la mente. Porque todos tienen ojos, pero algunos los tienen bañados en tinieblas y no pueden ver la luz del sol. Y no porque los ciegos no la vean deja por eso de brillar la Iuz solar, sino que ha de atribuirse esta oscuridad a su defecto de visión. Así, tú tienes los ojos entenebrecidos por tus pecados y malas acciones» (San Teófilo de Anrtioquía).
2º. «Para un hijo de Dios, cada jornada ha de ser ocasión de renovarse, con la seguridad de que, ayudado por la gracia, llegará al fin del camino, que es el Amor. Por eso, si comienzas y recomienzas, vas bien. Si tienes moral de victoria, si luchas con el auxilio de Dios, ¡vencerás! ¡No hay dificultad que no puedas superar!» (Forja.-344).
Jesús, Tú me pides lucha: comenzar y recomenzar, con moral de victoria, con espíritu deportivo.
A veces, veo claramente el camino; otras, todo se me hace cuesta arriba: veo a medias, como el hombre del Evangelio.
Pero, entonces, Tú me pides que no me aleje de Ti, que siga luchando y, con tu gracia, venceré: volveré a ver claro, volveré a estar tan feliz como al principio.
«¿Ves algo?» le preguntas al ciego.
Jesús, desde el Sagrario, escondido pero pendiente de mí, me dices una y otra vez: ¿no me ves?, ¿es que no ves que te necesito?
Sí, veo, pero... sólo a medias.
Y respondes: sé más generoso, entrega eso que te guardas para ti y que te empaña la vista.
No quieras ver para entregar: recomienza, lucha, levántate de nuevo, renueva esos propósitos; entrégate y, entonces, verás: entenderás con claridad aquello que ahora te cuesta un poco más.
Jesús, necesito luchar con constancia, comenzar y recomenzar.
Pero, a veces, yo solo no puedo, o no sé cómo hacerlo.
Por eso, lo más eficaz es dejarme ayudar cuando me cuesten las cosas, acudiendo a los sacramentos y a la dirección espiritual.
Si actúo así -con humildad, con docilidad, con empeño- me darás la gracia que necesito para ver con claridad mi camino cristiano: Y comenzó a ver y quedó curado de manera que veía con claridad todas las cosas.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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14-Mayo. San Matías Apóstol
«Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros, en cambio, os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Esto os mando, que os améis los unos a los otros.» (Juan 15, 12-17)
1º. Jesús, me llamas amigo.
¡A mi!
A mí, que te he vuelto tantas veces la espalda, o que he pasado de largo con indiferencia cuando me pedías algo.
Pagas bien por mal.
Gracias.
Que sepa responder a tu amistad tratando de cumplir tu voluntad, que está bien clara: «Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado.»
Jesús, ¿cómo me has amado?
«Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos.»
Tú me has amado con el amor más grande posible: dando tu vida por mí; y ahora me pides que te imite.
Ayúdame a pensar en los demás, a servir a los que me rodean: mi familia, mis compañeros, mis amigos, mis vecinos.
«No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros.»
Jesús, me has elegido Tú: te has puesto a mi alcance, me has llenado de gracias.
No es mérito mío el ser cristiano; es un don tuyo, un talento valiosísimo que me has prestado para que lo haga rendir.
Porque no quieres que entierre mis talentos -los dones que me das-, sino que los haga fructificar: «el treinta por uno, el sesenta por uno, y el ciento por uno» (Mateo 4,8).
La nueva es llamada 'ley de amor', porque hace obrar por el amor que infunde el Espíritu Santo más que por el temor; 'ley de gracia', porque confiere la fuerza de la gracia para obrar mediante la fe y los sacramentos; 'ley de libertad' porque nos libera de las observancias rituales y jurídicas de la Ley antigua, nos inclina a obrar espontáneamente bajo el impulso de la caridad y nos hace pasar de la condición del siervo «que ignora lo que hace su señor», a la de amigo de Cristo, «porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer»(CEC-1972).
2º. «Si el Señor te ha llamado «amigo», has de responder a la llamada, has de caminar a paso rápido, con la urgencia necesaria, ¡al paso de Dios! De otro modo, corres el riesgo de quedarte en simple espectador» (Surco.-629).
Jesús, eres Tú el que me has llamado, el que te has metido en mi vida, casi sin darme cuenta.
No soy yo el que te he elegido: Tú has querido contar conmigo.
Por eso, no tengo derecho a dejarte; no puedo quedarme en una posición cómoda, de simple espectador, cuando Tú me estás pidiendo más: «os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca.»
Jesús, me pides que dé fruto.
¿Pero qué fruto?
Fruto de santidad,
fruto de apostolado,
fruto de trabajo bien hecho,
fruto de servicio a los demás.
Este es el fruto que me pides después de decirme que has dado tu vida por mí y que ya no puedes mostrarme más el amor que me tienes; después de llamarme amigo «porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer.»
¿Cómo no voy a responder a tu llamada?
¿Cómo no voy a intentar ir a paso rápido, al paso de Dios?
Pero necesito ayuda, y por eso me aseguras que «todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo concederá.»
Padre, te pido más corazón, para corresponder al amor que me tienes;
te pido más fortaleza, para no conformarme con «ir tirando», sino que me ponga a luchar en serio en el camino de la santidad;
te pido más generosidad, para saber dar la vida por Ti y por los demás como ha hecho Jesús;
te pido más lealtad, para no traicionar la amistad que Jesús me ha dado, rechazando el pecado con todas mis fuerzas;
te pido más vibración apostólica, para que sepa dar ejemplo y hablar de Ti a mis familiares y amigos: para dar fruto, y que ese fruto permanezca.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Sexta Semana del Tiempo Ordinario. Jueves
También se puede meditar Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote y San Isidro, labrador
«Salió Jesús con sus discípulos hacia las aldeas de Cesarea de Filipo y en el camino preguntaba a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que soy yo? Ellos le respondieron: Unos que Juan el Bautista, otros que Elías y otros que uno de los profetas. Entonces él les pregunta: Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Pedro, le dice: Tú eres el Cristo. Y les ordenó que no hablasen a nadie sobre esto.
Y comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre debía padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, por los príncipes de los sacerdotes y por los escribas y ser muerto, y resucitar después de tres días. Hablaba de esto abiertamente. Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderle. Pero él, volviéndose y mirando a sus discípulos, increpó a Pedro y le dijo: ¡Apártate de mí, Satanás!, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres.» (Marcos 8, 27-33)
1º. Jesús, empiezas con una pregunta general: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?»
Pero enseguida pasas a la pregunta más íntima: «Y vosotros: ¿quién decís que soy yo?»
Jesús, lo que a Ti te importa es lo que piense yo sobre Ti: cómo es mi fe en Ti.
¿Quién eres para mí, Señor?
¿En qué lugar de mi corazón te he puesto?
¿Eres mi Dios, «el Cristo»?
Jesús, ya sabes que creo en Ti. «Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo» (Juan 21,17), te dice Pedro en una ocasión.
Pero como a él, me vuelves a preguntar una y otra vez: «¿me amas?» (Juan 21,16).
Y te respondo con mi conducta diaria: te digo que te amo cuando te hago una visita en el Sagrario, cuando te ofrezco ese rato de estudio, cuando sirvo a los demás sin que se note, por Ti.
«Y comenzó a decirles que el Hijo del Hombre debía padecer mucho».
Jesús, todo eso... por mí.
¿Es que no me dice nada?
«No está permitido querer con un amor menguado (...), pues debéis llevar grabado en vuestro corazón al que por vosotros murió clavado en la Cruz» (San Agustín).
Jesús, ¿me he acostumbrado a verte en la Cruz?
Que no me acostumbre; que cada vez que mire un crucifijo -en la calle, en una Iglesia, en mi habitación, en mi mesa de trabajo- sea como un reproche tuyo, pues desde allí me preguntas de nuevo: «¿me amas?»
2º. «A veces se presenta un porvenir inmediato lleno de preocupaciones, si perdemos la visión sobrenatural de los sucesos.
Por lo tanto, hijo, fe entonces..., y más obras. Así es seguro que nuestro Padre-Dios seguirá dando solución a tus problemas» (Forja.-357).
Jesús, Tu rechazo a la protesta de Pedro es contundente: «¡Apártate de mí satanás!, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres».
Ante las preocupaciones y las dificultades, Tú me pides ver las cosas con los ojos de Dios: con visión sobrenatural, sin dejarme llevar por el punto de vista humano.
La Cruz era la muerte reservada a los delincuentes; era el gran fracaso, el desprecio más absoluto: era una muerte indigna, propia de una vida indigna.
Así a los ojos de los hombres.
Sin embargo para Ti, Jesús, la Cruz fue el Trono de tu fidelidad al Padre; fue la muerte que iba a dar vida a los hombres; fue y es la señal que había de llevar todo cristiano.
¡Cuántas preocupaciones me gano por querer triunfar a lo humano!: si quedo bien; si el lugar que ocupo en el trabajo es de los que lucen; si me necesitan; si aprecian lo que hago; si soy más listo, más guapo, etc.
Que no pierda, Jesús, la visión sobrenatural de los sucesos: tu visión, que es la visión más real.
Que sienta «las cosas de Dios y no las de los hombres».
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE
«Llegó el día de los Ázimos, en el cual había que sacrificar la Pascua. Envió a Pedro y a Juan, diciéndoles: Id y preparadnos la Pascua para comerla. Ellos le dijeron: ¿dónde quieres que la preparemos? Y les respondió: Mirad, cuando entréis en la ciudad, os saldrá al encuentro un hombre llevando una vasija de agua; seguidle hasta la casa en que entre, y decidle al dueño de la casa: el maestro te dice: ¿dónde está la estancia en que he de comer la Pascua con mis discípulos? El os mostrará una habitación superior, grande, aderezada. Preparadla allí. Marcharon y encontraron todo como les había dicho y prepararon la Pascua. Cuando llegó la hora, se puso a la mesa y los doce Apóstoles con él. Y les dijo: Ardientemente he deseado comer esta pascua con vosotros, antes de padecer, porque os digo que no la volveré a comer hasta que tenga su cumplimiento en el Reino de Dios. Y tomando el cáliz, dio gracias y dijo: Tomadlo y distribuidlo entre vosotros; pues os digo que a partir de ahora no beberé del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios. Y tomando pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Esto es mi cuerpo, que es entregado por vosotros. Haced esto en memoria mía. Y del mismo modo el cáliz después de haber cenado, diciendo: Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que será derramada por vosotros». (Lucas 22, 7-20)
1. La preparación
«El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el Cordero pascual, dijeron a Jesús los discípulos: ¿Dónde quieres que preparemos la Pascua?
Y Jesús les dijo:
-Id a la ciudad y encontraréis a un hombre que lleva un cántaro de agua. Le decís: El Maestro pregunta:
¿Dónde está la sala en que voy a comer la Pascua con mis discípulos? Y él os enseñará, en el piso superior, una sala grande y bien dispuesta. Preparad allí.
Y ellos fueron y lo hicieron así.»
2. Institución de la Eucaristía
El evangelio continúa: «Llegó la hora y Cristo se puso a la mesa con los suyos».
¡Llegó la hora!
Llegó el momento.
No podemos dar largas a Dios, ni decirle: «Mañana».
Ésta es la hora en que Cristo quiere entrar en la intimidad de nuestro corazón.
Hay que tener todo preparado.
Hay que recibirle.
«Si alguno me abre y me recibe, yo cenaré con él y él conmigo» (Apocalipsis 3, 20).
¡Llegó la hora!
Y Cristo mismo inicio un diálogo lleno de énfasis y de emoción: «Con deseo he deseado...
Es la inclinación amorosa del corazón de Cristo: es un corazón que arde, un alma en ebullición, inclinada amorosamente hacia el objeto de su amor.
Así es Cristo en este momento para cada uno de nosotros, pues a todos nos dice ahora: «Con deseo he deseado comer esta Pascua contigo antes de padecer».
Y con ese amor del corazón, Cristo celebra la primera Santa Misa, instituyendo el Sacramento del Amor.
San Lucas lo relata así: «En un momento concreto de la Cena, Jesús tomó un pan».
No era el pan para mojar en la salsa, el pan para acompañar la comida.
Tomó pan e hizo una oración de acción de gracias llamando de ese modo la atención de los comensales hacia su gesto.
Terminada la acción de gracias, partió el pan.
Después de partirlo lo pasó a sus discípulos diciendo:
«-Esto es mi Cuerpo, que se da por vosotros».
¡Mi Cuerpo!
Mi cuerpo que se da.
Cristo se da, se da sin medida, se entrega sin límites.
Pues bien, la correspondencia a este dar es recibir.
No recibir la Eucaristía, no recibir a Cristo, no recibir ese Cuerpo, no recibirlo en la fe y en el amor, no recibirlo en el corazón y en los labios, es ingratitud inmensa, desamor, indiferencia... ¡pecado!
Pero ¡cuidado!, recibirlo sin el debido discernimiento, comerlo sin distinguirlo del alimento ordinario, como quien come una comida cualquiera, es comer la propia condenación.
La advertencia viene de san Pablo (1 Corintios 11, 27 ss.).
Hay que tenerla en cuenta.
«-Haced esto, en conmemoración mía.»
«Haced esto.»
Es un imperativo, un mandato imperativo de Cristo.
Haced esto, todo esto, que yo he hecho: coger el pan, dar gracias, partirlo, repartirlo...
Haced todo esto.
Y hacedlo, es recordar.
Después hizo lo mismo con el cáliz lleno de vino.
«Y dijo: -Este cáliz es el Nuevo Testamento en mi Sangre que por vosotros es derramada.»
Hay aquí, en el lenguaje del Señor, un tropo de dicción, una metonimia, por la cual se toma el continente por el contenido.
Este cáliz... esta Sangre...
Y esta Sangre de Cristo es «derramada»
¡Derramada!
Leyendo el Nuevo Testamento encontramos las dos cosas más preciosas que han sido derramadas para la salvación de los hombres: la Sangre de Cristo y el Espíritu Santo.
La Sangre de Cristo derramada en la Cruz, la Sangre de la Eucaristía.
Y también el Espíritu Santo: «Dios derramó el Espíritu Santo sobre nosotros» (Tito 3, 5-6).
«Derramó la gracia del Espíritu Santo sobre los gentiles» (Hechos 10, 45).
En estos dos derramamientos, en esta doble efusión, cobran sentido todas las demás: «La sangre inocente derramada en la tierra desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías derramada entre el Santuario y el altar» (Mateo 23, 35), «la sangre de Esteban derramada por el odio de los fariseos» (Hechos 22, 20), la sangre derramada hasta la última gota, cada día, por aquellos que mueren -exprimidos como un limón- por amor de Dios.
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15-Mayo. San Isidro, labrador
«Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí es echado fuera como los sarmientos y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y se os concederá. En esto es glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto y seáis discípulos míos.» (Juan 15, 1-8)
1º. Jesús, ésta es una de tus comparaciones más profundas en todo el Evangelio.
«Yo soy la vid, vosotros los sarmientos.»
Tú eres el tronco de donde me viene la vida espiritual, tu misma vida: la vida de la gracia.
Si estoy unido a Ti, recibiré la savia que me hace crecer y dar fruto. «Permaneced en mí y yo en vosotros.»
Tú quieres vivir en mí, en mi alma, pero necesitas que yo quiera permanecer en Ti, que te ame por encima de todas las cosas.
Si me desengancho o si sigo unido pero sin aprovechar la savia -los medios que me das para dar fruto-, Dios Padre me cortará, es decir, me echará fuera, no me reconocerá como de su familia; pierdo entonces la condición de hijo de Dios y también la herencia que le es propia: el Cielo.
Si estoy unido a Ti, Jesús, si recibo tu gracia a través de la oración, los sacramentos y las buenas obras, daré fruto; y entonces Dios Padre me podará: «todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto.»
Por eso, no me puedo quejar cuando me envías algún sufrimiento: son sacrificios que me mejoran por dentro, que me unen más a Ti y, por ello, son como la poda, que duele pero que posibilita el dar más fruto.
2º. «Yo soy la vid y vosotros los sarmientos». Ha llegado septiembre y están las cepas cargadas de vástagos largos, delgados, flexibles y nudosos, abarrotados de fruto, listo ya para la vendimia. Mirad esos sarmientos repletos, porque participan de la savia del tronco: sólo así se han podido convertir en pulpa dulce y madura, que colmará de alegría la vista y el corazón de la gente, aquellos minúsculos brotes de unos meses antes. En el suelo quedan quizá unos palitroques sueltos, medio enterrados. Eran sarmientos también, pero secos, agostados. Son el símbolo más gráfico de la esterilidad. «Porque sin mino podéis hacer nada» (Amigos de Dios.- 254).
Jesús, sin Ti no puedo nada.
Al menos, nada en el plano espiritual; y también puedo muy poco en el plano humano, porque cuando las cosas cuestan me desanimo y me echo para atrás.
Me convierto entonces en ese palitroque seco, agostado, estéril, tirado en el suelo, enterrado en mis propios defectos, comodidades y deseos, que sólo sirve para el fuego o para que los demás lo pisoteen con desprecio.
«Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y se os concederá.»
Jesús, prometes escucharme en la oración si te pido con una fe real, no la del sarmiento seco que, por fuera, sigue unido a la vid pero es incapaz de recibir la savia.
«La tentación más frecuente, la más oculta, es nuestra falta de fe. Esta se expresa menos en una incredulidad declarada que en preferencias de hecho. Cuando se empieza a orar, se presentan como prioritarios mil trabajos y cuidados que se consideran más urgentes; una vez más, es el momento de la verdad del corazón y de clarificar preferencias. En cualquier caso, la falta de fe revela que no se ha alcanzado todavía la disposición propia de un corazón humilde: «Sin mí, no podéis hacer nada» (CEC- 2732).
Jesús, Tú esperas que dé mucho fruto: fruto de santidad y de apostolado, fruto de trabajo bien hecho, fruto de solidaridad con los que más lo necesitan, fruto de paz, de comprensión con todos los hombres, fruto de amistad verdadera, fruto de amor y de servicio a los que me rodean, fruto de fidelidad a tu Iglesia.
Ayúdame a no separarme nunca de Ti.
«En esto es glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto y seáis discípulos míos.»
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Sexta Semana del Tiempo Ordinario. Viernes
«Y llamando a la muchedumbre junto con sus discípulos, les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el evangelio, la salvará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida? O, ¿qué dará el hombre a cambio de su vida? Porque si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre también se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre acompañado de sus santos ángeles». (Marcos 8, 34-38)
1º. Jesús, hoy me hablas de una condición necesaria para seguirte: «Si alguno quiere venir en pos de mí niéguese a sí mismo».
¿Qué es negarme a mí mismo?; ¿negarme qué?
La respuesta es clara: negar todo aquello que signifique buscar mi comodidad, mi gusto, mi afirmación por encima de todo.
Esto no significa pasarlo mal.
Significa que, en todo, voy buscando tu voluntad: descanso porque lo necesito para rendir más; me lo paso bien haciéndolo pasar bien a los demás; busco el prestigio profesional para ponerte a Ti como ejemplo; etc.
Negarse, perder la vida, parecen términos negativos.
Parece que es fastidiarse continuamente, fiado en que, al final, obtendré el Cielo.
Pero no es así.
Negarme a mí es afirmar que Tú eres Dios, que Tú sabes mejor que yo lo que me hace feliz.
Negarme es el camino de la verdadera alegría.
Pero hay que probarlo de verdad: es decir; he de intentar que mi regla de conducta sea: Señor, ¿Tú lo quieres? Entonces yo también lo quiero.
Negarme a mí mismo es aprender a contar con los demás: con las necesidades de los demás, con lo que le gusta a los demás; es desaparecer de todo lo que sea recibir honores y enhorabuenas; es servir silenciosamente a los que me rodean.
La vida ordinaria ofrece muchas ocasiones de renunciar a uno mismo y tomar con alegría la cruz: el dolor de cabeza o de muelas; las extravagancias del marido o de la mujer; el quebrarse un brazo; aquel desprecio o gesto; el perderse los guantes, la sortija o el pañuelo; aquella tal cual incomodidad de recogerse temprano y madrugar para la oración o para ir a comulgar; aquella vergüenza que causa hacer en público ciertos actos de devoción; en suma, todas estas pequeñas molestias, sufridas y abrazadas con amor, son agradabilísimas a la divina Bondad, que por solo un vaso de agua ha prometido a sus fieles el mar inagotable de una bienaventuranza cumplida.
Y como estas ocasiones se encuentran a cada instante, si se aprovechan son excelente medio de atesorar muchas riquezas espirituales.
2º. «No quieras ser como aquella veleta dorada del gran edificio: por mucho que brille y por alta que esté, no importa para la solidez de la obra.
Ojalá seas como un viejo sillar oculto en los cimientos, bajo tierra, donde nadie te vea: por ti no se derrumbará la casa» (Camino.-590).
Jesús, a veces busco aparentar, que los demás me vean: que vean lo listo que soy, que me salen bien las cosas; que cuenten conmigo, que hablen de mí.
Y si algo falla, entonces me derrumbo.
No quieras ser como aquella veleta dorada... siempre girando por el viento sople.
Jesús no quiero «ganar el mundo» sino servir.
Y servir para cosas grandes: servirte a Ti, que eres mi Dios y servir a los demás.
Sé que para eso he de negarme a mí mismo, a mi soberbia, a mis debilidades, y coger muchas veces la Cruz.
Y ser ese viejo sillar oculto en los cimientos, bajo tierra, donde nadie me ve.
Gracias a esa labor silenciosa pero eficaz, llenaré el ambiente que me rodea de serenidad y de alegría.
«El que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará».
Jesús, si entierro mi vida bajo tierra, si busco sólo tu gloria y no la mía, entonces viviré.
Viviré una vida dichosísima aquí en la tierra, con una alegría que nadie me podrá arrebatar; y después, no te avergonzarás de mí cuando te pida entrar «en la gloria de tu Padre, acompañado de tus santos ángeles».
Porque el Cielo está reservado para aquellos que han aprendido a amar, a darse y a ser felices en la tierra.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Sexta Semana del Tiempo Ordinario. Sábado
«Seis días después, tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y los llevó a ellos solos aparte a un monte alto, y se transfiguró ante ellos. Sus vestidos se volvieron resplandecientes y muy blancos. Y se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. Tomando Pedro la palabra, dice a Jesús: Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías. Pues no sabía lo que decía, porque estaban llenos de temor Entonces se formó una nube que los cubrió, y se oyó una voz desde la nube que decía: Este es mi hijo, el Amado, escuchadle a él. Y luego, mirando a su alrededor; ya no vieron a nadie, sino sólo a Jesús con ellos.» (Marcos 9, 2-10)
1º. «Maestro, qué bien estamos aquí.»
Pedro no sabía lo que decía.
Tan impresionante debe ser verte a Ti tal cual eres, Jesús.
Sabes que, después, estos tres apóstoles van a ser fundamentales en la primitiva Iglesia, especialmente Pedro, el primer Papa.
Y por eso quieres que reciban este mensaje claro, explícito: «Este es mi hijo, el Amado, escuchadle a Él» (Juan 2, 5)
Jesús, éste es el mismo mensaje de tu Madre en Caná: «Haced lo que él os diga.»
¿Cuándo me voy a enterar?
Madre, ¿cuándo me voy a decidir a aparcar esas dudas, esas reservas, esas rebeldías?
Que me decida a escuchar a tu Hijo.
Que me decida a hacer lo que Él me pide.
Jesús, ¿qué me pides?
Quiero escucharte.
Muy fácil: «Quien a vosotros oye, a mi me oye, quien a vosotros desprecia, a mi me desprecia, y quien a mi me desprecia, desprecia al que me ha enviado» (Lucas 10, 16).
Jesús, tengo la palabra de tus ministros: del Papa, del Obispo de la diócesis y, de manera más personal, de mi director espiritual.
«El Romano Pontífice y los obispos como maestros auténticos por estar dotados de la autoridad de Cristo... predican al pueblo que tienen confiado la fe que hay que creer y que hay que llevar a la práctica. El magisterio ordinario y universal del Papa y de los obispos en comunión con él enseña a los fieles la verdad que han de creer; la caridad que han de practicar; la bienaventuranza que han de esperar» (CEC- 2034)
2º. «Te has asustado un poco al ver tanta luz..., tanta que se te antoja difícil mirar; y aun ver -Cierra los ojos a tu evidente miseria; abre la mirada de tu alma a la fe, a la esperanza, al amor; y sigue adelante, dejándote guiar por El, a través de quien dirige tu alma» (Forja.- 1015).
«Pues no sabía lo que decía, porque estaban llenos de temor».
Jesús, a veces me asusta un poco verte tan de cerca, tan resplandeciente: me ciega tu luz.
Y es que veo claramente que debería hacer más, que debería entregarme más.
Y también veo claramente que no puedo: es tan evidente mi miseria, mi egoísmo.
Quiero mi vida para mí, pero esa luz...
No sé.
No quiero ver.
No me atrevo a ver.
Abre la mirada de tu alma a la fe, dejándote guiar por Él, a través de quien dirige tu alma.
Jesús, que no me cierre cuando percibo las exigencias de tu gracia en mi alma.
Que me deje guiar por esas luces del Espíritu Santo.
Que me deje ayudar por el director espiritual, sabiendo que «quien a vosotros oye a mi me oye.»
¿Cómo no esforzarme por poner por obra los consejos de la dirección espiritual cuando sé que vienen de ti?
Jesús, aunque me cueste, aunque falle a veces, aunque me dé un poco de miedo seguirte, ayúdame a ser fiel en esos consejos, viendo en ellos tu voluntad.
Madre mía, tú que me has dicho en Caná: «haced lo que él os diga,» dame también la fortaleza y el amor a Jesús necesarios para dejarme guiar por Él; dame la humildad y la docilidad que necesito para aprovechar ese medio fabuloso que es la dirección espiritual.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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