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DOMINGO DOCE DEL TIEMPO ORDINARIO-A

 

«No les tengáis miedo a los hombres, pues nada hay oculto que no vaya a ser descubierto, ni secreto que no llegue a saberse. Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a plena luz; y lo que escuchasteis al oído, pregonadlo desde los terrados. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed ante todo al que puede hacer perder alma y cuerpo en el infierno. ¿Acaso no se vende un par de pajarillos por un as? Pues bien, ni uno solo de ellos caerá en tierra sin que lo permita vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. Por tanto, no tengáis miedo: vosotros valéis más que muchos pajarillos.

A todo el que me confiese delante de los hombres, también yo le confesaré delante de mi Padre que está en los Cielos. Pero al que me niegue delante de los hombres, también yo le negaré delante de mi Padre que está en los Cielos.» (Mateo 10, 24-33)

 

1º. Jesús, el Evangelio de hoy tiene una enseñanza clara: «no tengáis miedo.»

No he de tener miedo a ser cristiano, ni a que los demás lo vean.

Si vivo cristianamente, es seguro que los que viven a mi alrededor se darán cuenta.

Porque ser cristiano es mucho más que ir a misa el domingo: es buscar la voluntad de Dios en cada momento.

Y eso se nota.

Tampoco he de tener miedo a dejar que Tú te vayas metiendo en mi corazón, y me pidas cosas. «Temed ante todo al que puede hacer perder alma y cuerpo en el infierno.»

Al que he de temer es al demonio -que me tienta casi sin que me dé cuenta-, y al pecado, que me quita la gracia.

«No debes desconfiar de Dios ni desesperar de su misericordia; no quiero que dudes ni que desesperes de poder ser mejor: porque, aunque el demonio te haya podido precipitar desde las alturas de la virtud a los abismos del mal, ¿cuánto mejor podrá Dios volverte a la cumbre del bien, y no solamente reintegrarte al estado que tenias antes de la caída, sino también hacerte más feliz de lo que parecías antes?» (Rabano Mauro).

«No tengáis miedo. Abrid de par en par las puertas a Cristo», fueron las primeras palabras de Juan Pablo II al ser elegido Papa.

Jesús, ¿hasta dónde te dejo entrar en mi vida?

¿Te abro mis puertas de par en par; o te cierro la entrada reservándome «mis cosas»?

No puedo tratar de vivir coherentemente mi fe y, a la vez, ponerte condiciones: mi tiempo, mis hobbies, mi diversión, mis gustos, mis... debilidades.

Ayúdame a no tener miedo a entregarme cada día un poco más.

 

2º. «A la hora del desprecio dela Cruz, la Virgen está allá, cerca de su Hijo, decidida a correr su misma suerte. Perdamos el miedo a conducirnos como cristianos responsables, cuando no resulta cómodo en el ambiente donde nos desenvolvemos: Ella nos ayudará» (Surco.-977).

Madre, tú no tuviste miedo de estar al pie de la Cruz, aunque a tu alrededor; todo el mundo se burlaba y se sentía con el derecho de maltratar a tu Hijo y a sus seguidores. Sólo Juan, porque era el discípulo «amado» de Jesús, y porque era valiente, es capaz de acompañarte entre la multitud hostil.

Madre, tú eres la criatura que, por tu íntima unión con Dios, has confesado a Jesús con mayor fidelidad. Por ello, en ti se cumple de manera especial la promesa de tu Hijo: «A todo el que me confiese delante de los hombres, también yo le confesaré delante de mi Padre que está en los Cielos.»

Tan es verdad esto, que se te llama con razón la «omnipotencia suplicante»: eres omnipotente, no por tu propio poder, sino porque Dios te concede todo lo que le pides, por la intercesión de tu Hijo Jesucristo.

Pero, además de ser la omnipotencia suplicante, eres... mi Madre.

Y una buena Madre como tú, siempre busca lo mejor para sus hijos.

Por eso estoy tan seguro cuando pido cosas a Dios por tu intercesión.

Tú siempre me acogerás como hijo tuyo si me comporto como Jesús, si no tengo miedo a conducirme como cristiano responsable en toda circunstancia, incluso cuando no resulte cómodo confesar el nombre de tu Hijo.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Duodécima Semana del Tiempo Ordinario. Lunes

 

«No juzguéis y no seréis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis se os juzgará, y con la medida con que midáis se os medirá.

¿Por qué te fijas en la mota del ojo de tu hermano, y no adviertes la viga que hay en el tuyo? O ¿cómo vas a decir a tu hermano: Deja que saque la mota de tu ojo, cuando tú tienes una viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver cómo sacar la mota del ojo de tu hermano.» (Mateo 7, 1-5)

 

1º. Jesús, hoy me das un consejo muy oportuno: «no juzguéis.»

¡Cómo me gusta juzgar a todo el mundo!: éste es así, el otro lo hace todo mal, el de más allá no tiene arreglo...

Y luego me duele cuando me interpretan mal, cuando juzgan torcidamente mis acciones.

¿Quién soy yo para juzgar las acciones los demás?

Y sobre todo: ¿quién soy yo para juzgar las intenciones de los demás?

Sin embargo, es inevitable formar un concepto de cómo son los que nos rodean.

No es posible permanecer neutros, suspender el juicio ante lo que vemos o creemos ver.

Por eso, no se trata de cerrar los ojos, sino de mirar a los demás como los miras Tú: con ojos de misericordia y de comprensión.

Para mirar con tus ojos de mirada limpia, Jesús, es necesario no tener obstáculos que impidan reconocer lo que de bueno tienen los demás.

Y esos obstáculos son mis propios defectos, que deforman la realidad hasta hacer que parezca que es el resto del mundo el que está equivocado, y no yo el que tiene la vista turbia.

Jesús, ayúdame a ver primero en qué he fallado yo, antes de echar las culpas de todo a los demás.

 

2º. «No queramos juzgar -Cada uno ve las cosas desde su punto de vista... y con su entendimiento, bien limitado casi siempre, y oscuros o nebulosos, con tinieblas de apasionamiento, sus ojos, muchas veces.

Además, lo mismo que la de esos pintores modernistas, es la visión de ciertas personas tan subjetiva y tan enfermiza, que trazan unos rasgos arbitrarios, asegurándonos que son nuestro retrato, nuestra conducta...

¡Qué poco valen los juicios de los hombres! -No juzguéis sin tamizar vuestro juicio en la oración» (Camino.-451).

Jesús, en la mayoría de los casos, lo mejor que puedo hacer es no juzgar o, al menos, buscar el lado positivo de las personas, presuponiendo su buena intención.

Sin embargo, a veces tengo que juzgar a los demás; es el caso del que está en posición de formar a otro: padres, profesores, directivos, director espiritual; o el que ha de confiar algo a otro: una transacción comercial, una votación política.

Además, de manera natural, juzgamos a la persona que queremos:

parientes y amigos.

En los casos que tenga que juzgar, sobre todo ante alguna acción que me parece incorrecta, lo que Tú me pides es «tamizar el juicio en la oración;» es decir: ponerme en tu presencia, Jesús, y preguntarme: ¿no seré yo el que lo está haciendo mal?

En algún caso, incluso será conveniente consultar el tema con alguna persona de confianza.

Si, a pesar de estas precauciones, pienso que la otra persona actúa incorrectamente, tengo el deber de intentar corregirle, sobre todo si tengo la responsabilidad de su formación o es un ser querido.

«Saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver cómo sacar la mota del ojo de tu hermano.»

Jesús, no me dices que me abstenga de corregir a los demás cuando sea oportuno.

Lo que me pides es que, cuando lo tenga que hacer, me mire primero a mí mismo, en tu presencia, y te pida luces para poder ayudar a la otra persona como lo harías Tú: con comprensión, con cariño, con sinceridad, con lealtad.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Duodécima Semana del Tiempo Ordinario. Martes

 

También se puede meditar San Juan Bautista

 

«No deis las cosas santas a los perros, ni echéis vuestras perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen con sus patas y revolviéndose os despedacen.

Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos: Esta es la Ley y los Profetas.

Entrad por la puerta angosta, porque amplia es la puerta y ancho el camino que conduce a la perdición, y son muchos los que entran por ella. ¡Qué angosta es la puerta y estrecho el camino que conduce a la Vida, y qué pocos son los que la encuentran!» (Mateo 7, 6, 12-14)

 

1º. +La primera advertencia que me haces hoy, Jesús, es que dé a «las cosas santas» la importancia que tienen: en concreto, los sacramentos, y      -entre éstos- especialmente la Eucaristía.

Que la trate con veneración, pues es tu Cuerpo mismo.

Que no me acostumbre a lo que es santo, y que trate con especial respeto todo lo sagrado: los vasos sagrados, los vestidos sagrados -los ornamentos-, y los lugares sagrados.

Más aún he de tratar con especial respeto a las personas consagradas a Ti: los sacerdotes y religiosos.

+El segundo consejo es conocido como «la regla de oro»: «Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos».

Es un consejo práctico que procede del mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo.

Sin embargo, no es sencillo de cumplir.

¿Cómo trato de ponerlo por obra con los que están a mi lado?

¿Busco siempre el modo de servir a los demás en pequeños detalles, como me gustaría que hiciesen conmigo?

+El tercer consejo es que para entrar por la puerta y recorrer «el camino que conduce a la Vida», he de luchar.

La santidad requiere esfuerzo, porque la puerta es «angosta y el camino estrecho», y es fácil desviarse.

Por eso, hoy me puedo preguntar: ¿estoy luchando, de verdad, por ser santo?; ¿me propongo metas de mejora e intento seriamente cumplirlas?; ¿acudo con puntualidad a la dirección espiritual? para concretar los puntos en los que puedo y debo mejorar?

Si no noto la exigencia de la lucha por ser santo, muy posiblemente lo que ocurre es que estoy yendo por la senda ancha que tantos y tantas eligen, pero «que conduce a la perdición».

 

2º. «Has notado con más fuerza la urgencia, la «idea fija» de ser santo; y has acudido a la lucha cotidiana sin vacilaciones, persuadido de que has de cortar valientemente cualquier síntoma de aburguesamiento.

Luego, mientras hablabas con el Señor en tu oración, has comprendido con mayor claridad que lucha es sinónimo de Amor; y le has pedido un Amor más grande, sin miedo al combate que te espera, porque pelearás por Él, con Él y en Él» (Surco 158).

Jesús, es verdad que el camino de santidad es un camino de lucha, que la puerta es estrecha y el camino a veces se hace cuesta arriba.

Pero cuando me tomo en serio mi vida cristiana, compruebo una vez más que «lucha es sinónimo de Amor»: porque me esfuerzo no por un deseo personal de perfeccionismo o por destacar, sino para cumplir tu voluntad, para encontrarte en las más variadas actividades del día, para ser luz que ilumine a mi alrededor.

Jesús, Tú has muerto en la Cruz para que yo pueda ser hijo de Dios, para darme la gracia.

Esa gracia que me hace hijo de Dios, te ha costado mucho: es la perla más valiosa que tengo.

El pecado es echar esa perla a los cerdos, es tirar una cosa santa a los perros.

Ayúdame a no cometer pecados, ni siquiera pequeñas faltas, cortando «valientemente cualquier síntoma de aburguesamiento.»

Jesús, quiero ser santo: amarte sobre todas las cosas y amar a los demás como Tú los amas.

Dame «un Amor más grande», para poder pelear cada día por Ti y en Ti.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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24-Junio. Natividad de San Juan Bautista

 

«Entre tanto le llegó a Isabel el tiempo del parto, y dio a luz un hijo. Y oyeron sus vecinos y parientes la gran misericordia que el Señor le había mostrado, y se congratulaban con ella. El día octavo fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías. Pero su madre dijo: De ninguna manera, sino que se ha de llamar Juan. Y le dijeron: No hay nadie en tu familia que se llame con este nombre. Al mismo tiempo preguntaban por señas a su padre, cómo quería que se le llamase. Y él pidiendo una tablilla, escribió: Juan es su nombre. Lo que llenó a todos de admiración. En aquel momento recobró el habla, se soltó su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios. Y se apoderó de todos sus vecinos un temor y se comentaban estos acontecimientos por toda la montaña de Judea; y cuantos los oían, los grababan en su corazón, diciendo: ¿Quién pensáis ha de ser este niño? Porque la mano del Señor estaba con él». (Lucas 1, 57-66)

 

1º. Hoy contempla la Iglesia el nacimiento de Juan el Bautista.

Tan llamativo era lo que pasaba que «se apoderó de todos sus vecinos el temor y se comentaban estos acontecimientos por toda la montaña de Judea.»

Se lo había dicho el ángel a Zacarías: «Muchos se alegrarán en su nacimiento» (Lucas 1, 14).

Y ahora, cuando Isabel da a luz, los vecinos y parientes se congratulaban, se alegraban, considerando que Dios había tenido con ella una gran misericordia.

El nacimiento de un hijo -regalo de la misericordia de Dios- debe ser ¡siempre! causa de alegría. Sin embargo, no siempre es así.

Hay hijos no deseados, no queridos, hijos abandonados ya en el momento de nacer, hijos entregados a la muerte incluso antes de nacer.

No faltan nunca quienes den órdenes como la del Faraón de Egipto:   -«Todo niño nacido de los hebreos ha de ser arrojado al río Nilo» (Éxodo 1, 22). Y fueron muchos los inocentes que perdieron la vida.

No faltan nunca quienes actúan como Herodes y mandan dar muerte a los niños de Belén (Mateo 2, 16). Y Belén puede ser cualquier parte del mundo. Y cada vida que viene al mundo es motivo de alegría.

Entre las promesas de bendición de Dios, al entrar el pueblo en la tierra prometida, está ésta: «En tu tierra no habrá mujer que aborte ni que sea estéril» (Éxodo 23, 26).

La mentalidad bíblica -la mentalidad de Dios- en gran parte se ha perdido en el mundo de hoy.

 

2º. A los ocho días, en la celebración de la circuncisión y la imposición del nombre, la gente invitada ya empezaba a llamar al niño con el nombre de su padre.

Pero aquí intervino la madre: «-Se va a llamar Juan.» Sorpresa en todos.

Se lo preguntaron al padre, y éste, tomando una tablilla encerada y un punzón, escribió: «-Juan es su nombre.» Todos se admiraron mucho.

¿Por qué Juan y no Zacarías?

Porque ése era el nombre que había indicado el ángel: «Tu mujer te dará un hijo y le pondrás por nombre Juan» (Lucas 1, 13).

Juan indica «Dios es propicio», es decir, gracia de Dios.

Era más adecuado este nombre para aquel cuya misión era preparar los caminos del Salvador, el autor de la gracia.

Juan Bautista está puesto como anillo entre uno y otro testamento: clausura el Antiguo -al que aún pertenece-, pero prepara el Nuevo, que tiene su comienzo absoluto en Cristo.

 

.  ¿Qué llegará a ser este niño? ¿Qué llegará a ser Juan?

Según el ángel, Juan será «grande a los ojos de Dios»; dentro de un momento, su padre Zacarías, lleno del Espíritu Santo, le llamará «profeta del Altísimo»; andando el tiempo, el mismo Juan se definirá como «una voz que clama en el desierto para preparar los caminos del Señor»; y Cristo dirá que es «el más grande entre los nacidos de mujer».

En ese momento, Zacarías entonó un himno de bendición, con dos partes bien diferenciadas: la primera, referida a Dios; la segunda, al niño que acababa de nacer.

«-Bendito sea Dios, porque visitó a su pueblo y lo redimió, porque levantó una potencia de salvación en la casa de Israel, porque tuvo misericordia con nuestros padres y se acordó de su santa Alianza.»

Redención, salvación, Misericordia, Alianza: son las palabras clave de esta alabanza de Zacarías.

Por cualquiera de ellas, por todas ellas, ¡bendito sea Dios!

¡Qué hermosos los labios en los que florecen las alabanzas a Dios, labios como los de Zacarías, colmados del Espíritu santo!

Pero Zacarías se vuelve luego hacia su hijo, hacia Juan, y le habla movido por el espíritu de profecía:«-Niño, tú serás llamado profeta del Altísimo, e irás delante de Él para prepararle los caminos, es decir, prepararle un pueblo bien dispuesto mediante el conocimiento de la salvación y el perdón de los pecados, iluminar a los que están en tinieblas y en sombras de muerte, y dirigir sus pasos por el camino de la paz.»

Es todo un programa de apostolado: dar a los hombres la ciencia de la salvación, liberarlos del pecado, sacarlos de las tinieblas a la luz, y hacer que caminen por caminos de paz.

En realidad este programa está al alcance de todos.

 

4º. Jesús quieres que el mensaje cristiano llegue al máximo de gente posible.

Y para anunciar el Evangelio en el mundo, necesito prestigio profesional. ¿Cómo voy a presentar a mis amigos el camino de la santidad, si luego resulta que soy un mal estudiante o un mal profesional? Por eso debo procurar destacar profesionalmente.

Jesús, no quiero el prestigio para mí, sino para que tu luz brille desde más arriba y así pueda alumbrar a más gente.

Jesús, hoy más que en ninguna época es fácil comunicar las noticias de un sitio a otro. En poco tiempo puede saberse un acontecimiento en todo el mundo. ¿Cómo es, entonces, que aún eres tan poco conocido?

Hacen falta personas de prestigio en cada actividad que trabajen con visión cristiana, que te traten, que luchen por ser santos.

Y yo debo ser una de esas personas. «Porque la mano del Señor estaba con él.»

Jesús, ayúdame a conseguirlo.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Duodécima Semana del Tiempo Ordinario. Miércoles

 

«Guardaos bien de los falsos profetas, que vienen a vosotros disfrazados de oveja, pero por dentro son lobos voraces. Por sus frutos los conoceréis: ¿acaso se cosechan uvas de los espinos o higos de las zarzas? Así todo árbol bueno da frutos buenos, y todo árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede dar frutos malos, ni un árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da fruto bueno es cortado y arrojado al fuego. Por tanto, por sus frutos los conoceréis.» (Mateo 7, 15-20)

 

1º. Jesús, tu Iglesia siempre ha sido probada con la persecución de los falsos profetas, que se presentan como la solución a todos los problemas.

Van acompañados de gran popularidad o poder exterior, y tienen una característica común: apartarse del tronco vivo del Magisterio de la Iglesia, y reducir los sacramentos a formalismos sociales más o menos espirituales o sentimentales.

El falso profeta suele predicar una doctrina más racional, más aceptable, más sentimental, tratando de evitar lo que es cruz o sacrificio, y lo que es sobrenatural. Se presenta como una religión más humana y asequible, una religión a la medida del hombre actual: más consensuada, más democrática, más «humilde».

Jesús, incluso dentro de la Iglesia se pueden encontrar algunas voces que suenan mucho a falso profeta: voces polémicas con el Papa y con los Obispos; voces en desacuerdo con las exigencias cristianas sobre el aborto, los anticonceptivos, el divorcio, el celibato; «teólogos» con ideas «nuevas» sobre los sacramentos o con visiones «sociales» que llevan a la confrontación en lugar de a la caridad cristiana.

 

2º. «Examina con sinceridad tu modo de seguir al Maestro. Considera si te has entregado de una manera oficial y seca, con una fe que no tiene vibración; si no hay humildad, ni sacrificio, ni obras en tus jornadas; si no hay en ti más que fachada y no estás en el detalle de cada instante..., en una palabra, si te falta Amor.

Si es así, no puede extrañar te tu ineficacia. ¡Reacciona enseguida, de la mano de Santa María!» (Forja.-930).

Jesús, me pides que dé buen fruto, de modo que los que me rodean puedan conocer la bondad del árbol al que pertenezco, que es la Iglesia, pues «todo árbol bueno da frutos buenos.»

Por ser cristiano, estoy obligado a dar buen fruto.

Por eso, ¡cuánto daño hacen los cristianos que viven como indiferentes, como paganos, y no ven que los demás juzgarán la bondad de la Iglesia a través de las vidas de los cristianos!

Pero para dar fruto eficaz, para que los demás se sientan atraídos a Ti, primero he de examinarme a mi mismo para ver cómo te estoy siguiendo, Jesús.

¿Es mi fe «una fe que no tiene vibración,» que no siente la necesidad de acercarte a los demás?

¿Es mi jornada un «ir tirando», sin sacrificio, sin oración, sin obras?

¿Hago mi trabajo lo mejor que puedo, estando en el detalle de cada instante y ofreciéndotelo por alguna intención?

¿Busco cada día ocasiones para servir a los demás con pequeños servicios que pasen desapercibidos?

Si me falta Amor, si no hago las cosas por Ti y por los demás, si mi entrega es «oficial y seca,» haciendo lo mínimo indispensable, entonces también mi fruto será seco y vacío.

La Virgen supo estar en los detalles, vivir pendiente de los demás y sacrificarse por ellos como una buena madre, sin que se note.

Por eso su fruto es el mejor fruto: «bendito es el fruto de tu vientre» (Lucas 1, 42): Tú mismo, Jesús.

Madre, ayúdame a vivir mi vida cristiana con la responsabilidad que tengo de dar buen fruto, de ser santo.

De esta manera, los que me rodean conocerán la belleza de la Iglesia, el buen árbol plantado por Cristo para darnos su gracia y hacernos hijos de Dios.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Duodécima Semana del Tiempo Ordinario. Jueves

 

También se puede meditar San Josemaría Escrivá

 

«No todo el que me dice: Señor, Señor entrará en el Reino de los Cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los Cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor ¿pues no hemos profetizado en tu nombre, y arrojado los demonios en tu nombre, y hecho prodigios en tu nombre? Entonces yo les diré públicamente: Jamás os he conocido: apartaos de mí, los que habéis obrado la iniquidad.

Por tanto, todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica, es como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, llegaron las riadas, soplaron los vientos e irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca.

Pero todo el que oye estas palabras mías y no las pone en práctica es como un hombre necio que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, llegaron las nadas, soplaron los vientos e irrumpieron contra aquella casa, y cayó y fue tremenda su ruina.

Y sucedió que, cuando terminó Jesús estos discursos, las multitudes quedaron admiradas de su doctrina, pues les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas.» (Mateo 7, 21-29)

 

1º. Jesús, hoy me recuerdas muy gráficamente que la santidad no se construye a base de buenas intenciones, sino a base de buenas obras: obras de servicio, de trabajo bien hecho y ofrecido, de virtudes, de actos de generosidad contigo -dedicándote tiempo- y con los demás.

¿Cómo son mis obras? En el fondo, lo que cuenta es el amor pero sólo hay verdadero amor cuando se demuestra con obras.

Jesús, hoy en día -y siempre- cabe el peligro de basar el edificio de la santidad en un estado de ánimo favorable, en un sentimiento más o menos impetuoso de hacer el bien, en la amistad de uno o varios amigos que frecuentan los mismos círculos de oración y apostolado.

Aunque todos estos motivos son motivos buenos, incluso indispensables en un principio, no constituyen la roca firme sobre la que debe cimentarse la lucha por ser santo.

Jesús, a veces ocurre que las circunstancias cambian: aquellas prácticas de piedad que antes me llenaban, ahora no me dicen nada: o cambio de lugar y no encuentro aquellos amigos con los que me lo pasaba tan bien; o los estudios o el trabajo me absorben más que en otras épocas: o simplemente, me canso de luchar.

Y entonces, mi vida interior sufre como un descalabro, como un terremoto.

Es en estos casos, cuando se descubre la solidez de los cimientos: la casa edificada sobre roca se mantiene firme, mientras la casa edificada sobre arena se derrumba.

 

2º. «Esta es la llave para abrir la puerta y entrar en el Reino de los Cielos: «qui facit voluntatem Patris mei qui in coelis est, ipse intrabit in regnum coelorum» -el que hace la voluntad de mi Padre..., ¡ése entrará!

Jesús, los sentimientos, estados de ánimo, o el apoyarse únicamente en las amistades terrenas, son cimientos sobre arena.

El cimiento firme del edificio de la santidad, la llave para abrir la puerta y entrar en el Reino de los Cielos, es el buscar -ante todo- hacer la voluntad de Dios, ser fiel a la misión, a la vocación cristiana a la que me has llamado.

Ya pueden venir lluvias, vientos o terremotos, que si lo que me mueve a luchar es cumplir tu voluntad, Tú mismo me ayudarás a superar las dificultades.

Jesús, ayúdame a reforzar los cimientos de mi vida cristiana a base de una vida de piedad más profunda, de una oración más constante, de un esfuerzo más serio por mejorar en las virtudes y en el estudio o trabajo profesional, de una mayor generosidad en el servicio a los demás.

Es decir, ayúdame a vivir mi fe con obras, hechas por Ti, para cumplir tu voluntad, que es la voluntad de tu Padre Celestial.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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26-Junio. SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ

 

«En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret; y vio dos barcas que estaban junto a la orilla: los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: -Rema mar adentro y echad las redes para pescar. Simón contestó: Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes. Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande, que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: -Apártate de mí, Señor, que soy un pecador. Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: -No temas: desde ahora, serás pescador de hombres. Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.  (Lucas  5, 1-11).

 

1º.El capítulo quinto se abre diciendo que las gentes «se agolpaban sobre Jesús para escuchar la Palabra de Dios».

Se agolpaban, es decir, querían todos estar muy cerca, muy pegados a El. Es emocionante.

Ya sabemos que se puede escuchar la Palabra y no cumplirla, con lo cual uno se parece al hombre necio que edifica su casa sobre arena (Mateo 7, 21), pero no cabe duda que no se puede edificar en modo alguno sino a partir de la escucha de esa Palabra de Cristo.

Entonces Jesús subió a la barca de Simón y le pidió que la apartase un poco de tierra, y luego, sentado en ella, enseñaba a la gente.

La barca de Simón, y en ella Cristo, que está sentado como Maestro.

La barca de Simón es la Iglesia y en ella es Cristo quien sigue enseñando. Desde la Iglesia llega a todos la Palabra de Dios, esa Palabra de la que los hombres tienen tanta necesidad.

La Iglesia es la cátedra de Jesucristo, la cátedra de las enseñanzas de Cristo a través de los tiempos.

En un momento concreto, Cristo dio una orden: «-Rema mar adentro y echad las redes para pescar»

Hace un instante veíamos que el Señor pedía a Simón que apartase un poco la barca de la orilla. Ahora le pide que «reme mar adentro».

Las palabras del Señor son imperativos divinos. Las dificultades        -bueno es conocerlas- no pueden paralizar la acción apostólica: «nos hemos pasado toda la noche bregando y no hemos cogido nada.» Esta es la palabra de un hombre.

«Mis elegidos no trabajan en vano». (Isaías 65,23). Esta es la Palabra de Dios. Dios garantiza el milagro si se supera la cobardía y las falsas razones humanas.

Y una cantidad emocionante de peces darán saltos de gloria en las redes del pescador.

El pescador -Simón y cualquiera de los que están en la barca de Simón- ante la redada sobrenatural, ante la labor de almas, reacciona así:

Primero, la humildad profundísima. Postrándose a sus pies hizo esta confesión: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.» Esta es precisamente la postura auténtica delante de Cristo, que no vino a llamar a los justos sino a los a los pecadores (Lucas 5, 32).

Segundo, el seguimiento. Pedro, y también sus compañeros Santiago y Juan, envueltos en la estupefacción más grande. Y a Simón -y también a los otros- personalmente, en singular, dijo Jesús: «No temas: desde ahora serás pescador de hombres.» La palabra griega no dice «pescador de hombres» como se traduce habitualmente. Cautivar a las gentes para Cristo. En eso está la libertad. Y ésa es la misión de Pedro, y de Santiago, y de Juan, y de todos los seguidores de Cristo a lo largo de la historia.

La humildad, para seguir a Cristo.

Seguir a Cristo, para ser apóstol, cautivador de almas, llevando a todos con alegría por los caminos del Amor.

2º. Jesús, qué lección de fe me da Pedro. Él sabía más que nadie de pesca.

El Maestro podía enseñar sobre cualquier tema, pero sobre pesca... ¡y más en aquel lago! A pesar de todo, Pedro confía en Ti.

A veces me falta fe para lanzar mi red apostólica y hablar con la gente que me rodea, precisamente porque los conozco mejor que nadie, y estoy convencido de que no van a cambiar.

Jesús, aumenta mi fe para que confíe más en Ti.

Entonces, me maravillaré del resultado.

3º. «Jesús está junto al lago de Genesaret y las gentes se agolpan a su alrededor; «ansiosas de escuchar la palabra de Dios». ¡Como hoy! ¿No lo veis? Están deseando oír el mensaje de Dios, aunque externamente lo disimulen. Quizá algunos han olvidado la doctrina de Cristo; otros -sin culpa de su parte- no la aprendieron nunca, y piensan en la religión como en algo extraño. Pero, convenceos de una realidad siempre actual: llega siempre un momento en el que el alma no puede más, no le bastan las explicaciones habituales, no le satisfacen las mentiras de los falsos profetas. Y aunque no lo admitan entonces, esas personas sienten hambre de saciar su inquietud con la enseñanza del Señor.

Cuando acabó su catequesis, ordenó a Simón: «guía mar adentro, y echad vuestras redes para pescar.

«Replicole Simón: Maestro, durante toda la noche hemos estado fatigándonos, y nada hemos cogido». La contestación parece razonable. Pescaban, ordinariamente, en esas horas; y precisamente en aquella ocasión, la noche había sido infructuosa. ¿Cómo pescar de día? Pero Pedro tiene fe: «no obstante, sobre tu palabra echaré la red». Decide proceder como Cristo le ha sugerido; se compromete a trabajar fiado en la Palabra del Señor ¿Qué sucede entonces? «Habiéndolo hecho, recogieron tan gran cantidad de peces, que la red se rompía».

Jesús, al salir a la mar con sus discípulos, no miraba sólo a esta pesca. Por eso, cuando Pedro se arroja a sus pies y confiesa con humildad «apártate de mí, Señor; que soy un hombre pecador», Nuestro Señor responde: «no temas, de hoy en adelante serán hombres los que has de pescar». Y en esa nueva pesca, tampoco fallará toda la eficacia divina: instrumentos de grandes prodigios son los apóstoles, a pesar de sus personales miserias» (Amigos de Dios.-260-261).

 

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Duodécima Semana del Tiempo Ordinario. Viernes

 

«Cuando bajó del monte le seguía una gran multitud. En esto, se le acercó un leproso, se postró ante él y dijo: Señor si quieres, puedes limpiarme. Y extendiendo Jesús la mano, le tocó diciendo: Quiero, queda limpio. Y al instante quedó limpio de la lepra. Entonces le dijo Jesús: Mira, no lo digas a nadie, sino anda, preséntate al sacerdote y lleva la ofrenda prescrita por Moisés, para que les sirva de testimonio.» (Mateo 8, 1-4)

 

1º. Jesús, el leproso del Evangelio de hoy me da una gran lección.

Los leprosos debían permanecer fuera de las poblaciones, en lugares alejados de la gente sana, de sus familiares y amigos.

Este hombre quiere cambiar, y sabe que vas a pasar cerca.

Cuando te ve, se aproxima a Ti y se postra en señal de adoración, pidiéndote con fe que le cures de su enfermedad:«Señor si quieres, puedes limpiarme.»

¡Cuántas veces, Jesús, he de imitar a este leproso!

Estoy alejado -por mis pecados- de tu gracia, de la comunión con los demás.

Me veo enfermo, pero me cuesta cambiar.

¡Ya lo he intentado tantas veces!

Sin embargo, hoy vuelves a pasar cerca.

Me podrías curar a distancia, pero no: esperas siempre a que me acerque -como el leproso- y te pida con fe: «Si quieres, puedes limpiarme.»

Este es el encuentro que se realiza en cada Confesión.

Y el sacerdote -que es Cristo, porque Tú actúas a través de él- dice: «Queda limpio»; Yo te perdono en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Jesús, que no me dé vergüenza confesar mis pecados, como no le dio vergüenza al leproso salir de su escondite y reconocerse enfermo.

Que no me desespere, que no me conforme con mis errores, con mis debilidades, encerrándome en un mundo lleno de podredumbre, alejado de Ti, de las personas sanas, de la luz del sol.

Que salga de mi gruta, y que me acerque con seguridad al sacramento del Perdón y de la Misericordia, para recibir de nuevo la gracia, la vida de hijo de Dios.

 

2º. «Mira tu conducta con detenimiento. Verás que estás lleno de errores, que te hacen daño a ti y quizá también a los que te rodean.

Recuerda, hijo, que no son menos importantes los microbios que las fieras. Y tú cultivas esos errores, esas equivocaciones -como se cultivan los microbios en el laboratorio-, con tu falta de humildad, con tu falta de oración, con tu falta de cumplimiento del deber con tu falta de propio conocimiento... Y después esos focos infectan el ambiente.

-Necesitas un buen examen de conciencia diario, que te lleve a propósitos concretos de mejora, porque sientas verdadero dolor de tus faltas, de tus omisiones y pecados» (Forja.-481).

Jesús, no sólo deseas que me acerque a la confesión cuando he perdido la gracia por el pecado mortal.

La confesión, además de limpiar los pecados, me proporciona la gracia necesaria para luchar contra lo que me he confesado, aunque sean pequeñas faltas de amor.

En concreto, es precisamente ahí donde Tú esperas mi lucha: en mi falta de humildad, en mi falta de oración, en mi falta de cumplimiento del deber...

Pero a veces, ni me entero de tantas pequeñas faltas y omisiones que poco a poco van enfriando mi vida interior.

Por eso, Jesús, he de hacer un buen examen de conciencia diario, en el que pueda repasar mis propósitos de mejora y hacer otros nuevos para el día siguiente.

Y, sobre todo, el examen de conciencia me ha de llevar a pedirte perdón, con verdadero dolor por no haber sabido estar a la altura de lo que me pedías.

De este modo, cada semana tendré un montón de pequeñas cosas de las que me puedo confesar, y recibir la gracia del sacramento para vivir mejor esos detalles.

Luchando así, día a día, buscando agradarte y apoyándome en los sacramentos, mi vida interior se hará fuerte será capaz de rechazar todo tipo de microbios y de fieras.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Duodécima Semana del Tiempo Ordinario. Sábado

 

También se puede meditar San Pedro y San Pablo. Víspera

 

«Al entrar en Cafarnaún se le acercó un centurión y, rogándole, dijo: Señor, mi criado yace paralítico en casa con dolores muy fuertes. Jesús le dijo: Yo iré y lo curaré. Pero el centurión le respondió: Señor; no soy digno de que entres en mi casa; basta que lo mandes de palabra y mi criado quedará sano. Pues yo, que soy un hombre subalterno con soldados a mis órdenes, digo a uno: ve, y va; y a otro: ven, y viene; y a mi siervo: haz esto, y lo hace. Al oírlo Jesús se admiró, y dijo a los que le se guían: En verdad os digo que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande. Y os digo que muchos de Oriente y Occidente vendrán y se pondrán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos, mientras que los hijos del Reino serán arrojados a las tinieblas exteriores: allí será el llanto y el rechinar de dientes. Y dijo Jesús al centurión: Vete y que se haga conforme has creído. Y en aquel momento quedó sano el criado.» (Mateo 8, 5-13)

 

1º. Jesús, ayer salía a tu paso un leproso para pedirte por su propia curación.

Hoy es un centurión -oficial romano al mando de cien soldados- quien se te acerca.

Pero viene a pedirte por la curación de otro, de su criado.

También yo tengo amigos, familiares y conocidos que están enfermos espiritualmente.

Te pido, Jesús, por ellos, para que les des tu gracia, para que vuelvan a practicar, para que se confiesen, para que se conviertan.

«Señor; yo no soy digno de que entres en mi casa.»

Un judío no podía entrar en casa de un gentil -un no judío-, y por eso el centurión no quiere forzarte a romper la ley.

Pero Tú no distingues ya entre razas y pueblos: «muchos de Oriente y Occidente vendrán y se pondrán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos.»

La salvación, la vida eterna, no depende de los lazos de la sangre, sino de los de la fe. «En nadie de Israel he encontrado una fe tan grande.»

¿Cómo es mi fe?

¿Como recurro al poder de tu gracia cuando la necesito para mí o para otros?

¿Cómo te recibo en mi casa al recibir la comunión, que es «el sacramento de nuestra fe»?

Dame, Jesús, una fe más grande, como la del centurión.

 

2º. «Entrando en la casa, vieron al Niño con Maria, su madre». Nuestra Señora no se separa de su Hijo. Los Reyes Magos no son recibidos por un rey encumbrado en su trono, sino por un Niño en brazos de su Madre. Pidamos a la Madre de Dios, que es nuestra Madre, que nos prepare el camino que lleva al amor pleno: «Cor Mariae dulcissimum, iter para tutum!» Su dulce corazón conoce el sendero más seguro para encontrar a Cristo.

Los Reyes Magos tuvieron una estrella; nosotros tenemos a María, «Stella maris, Stella orientis. Le decimos hoy: Santa María, Estrella del mar; Estrella de la mañana, ayuda a tus hijos. Nuestro celo por las almas no debe conocer fronteras, que nadie está excluido del amor de Cristo. Los Reyes Magos fueron las primicias de los gentiles; pero, consumada la Redención, «ya no hay judío o griego, no hay siervo o libre, no hay varón o hembra» -no existen discriminaciones de ningún tipo-, «porque todos sois uno en Cristo Jesús».

Los cristianos no podemos ser exclusivistas, ni separar o clasificar las almas; «vendrán muchos de Oriente y de Occidente»; en el corazón de Cristo caben todos» (Es Cristo que pasa.-38).

Madre, tú eres el camino directo para encontrar a Jesús.

Eres la estrella, que me guía en momentos de oscuridad: ayúdame a no separarme nunca de tu Hijo.

Además, eres madre de todos los hombres: ayúdame a saber tratar a todos como hermanos, independientemente de su raza, sexo, religión, nación, partido político, equipo de fútbol, etc.

Que, manteniendo mis preferencias lícitas, no contribuya a la expansión del odio y de la división, sino que -por cristiano- sea, ante todo, hombre o mujer de paz.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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28-Junio. San Pedro y San Pablo. Víspera

 

«Después de haber comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Le dijo: Apacienta mis corderos. De nuevo le preguntó por segunda vez: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas. Le preguntó por tercera vez: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro se entristeció porque le preguntó por tercera vez si le amaba, y le respondió: Señor; tú lo sabes todo. Tú sabes que te amo. Le dijo Jesús: Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras más joven te ceñías tú mismo e ibas a donde querías; pero cuando envejezcas extenderás tus manos y otro te ceñirá y llevará a donde no quieras. Esto lo dijo indicando con qué muerte había de glorificar a Dios. Y dicho esto, añadió: Sígueme.» (Juan 21, 15-19)

 

1º. Jesús, desde el primer momento has ido preparando a Pedro para ser la cabeza de tu Iglesia cuando Tú no estés.

Le has cambiado el nombre de Simón por el de Pedro -piedra- porque «sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mateo 16,18).

Que me dé cuenta de la misión tan fundamental que tiene el Papa, sea quien sea, como sucesor de Pedro: él ha de ser pastor de tus ovejas.

Toda la Iglesia se apoya en él, en su unión contigo, en su santidad.

«Jesús ha confiado a Pedro una autoridad específica: «A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». El poder de las llaves designa la autoridad para gobernar la casa de Dios, que es la Iglesia. Jesús, «el Buen Pastor» confirmó este encargo después de su resurrección: «Apacienta mis ovejas». El poder de «atar y desatar» significa la autoridad para absolver los pecados, pronunciar sentencias doctrinales y tomar decisiones disciplinares en la Iglesia. Jesús confió esta autoridad a la Iglesia por el ministerio de los apóstoles y particularmente por el de Pedro, el único a quien Él confió explícitamente las llaves del Reino» (C. I. C.-553).

Jesús, pones a Pedro una condición antes de confiarle la Iglesia: «¿me amas más que éstos?»

No es que los demás te amen poco, sino que es tal la responsabilidad y el ejemplo que se le pide a Pedro, que es necesario que sea santo.

Por eso tengo el deber de pedir cada día por él.

Jesús, te pido por el Papa actual: por su persona; por sus intenciones; por sus necesidades espirituales y también corporales.

 

2º. «El Señor convirtió a Pedro -que le había negado tres veces- sin dirigirle ni siquiera un reproche: con una mirada de Amor

-Con esos mismos ojos nos mira Jesús, después de nuestras caídas. Ojalá podamos decirle, como Pedro: «¡Señor; Tú lo sabes todo; Tú sabes que te amo!», y cambiemos de vida» (Surco.-964).

«Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te amo.»

¡Qué buena jaculatoria para repetirla por dentro muchas veces!

Jesús, a pesar de mi fragilidad, a pesar de que a veces no puedo con mi carácter o con mis defectos, «Tú sabes que te amo. Tú lo sabes todo,» y ves que lucho, que me esfuerzo, que te pido perdón.

«Tú sabes que te amo,» pero todavía te amo poco, y por eso en ocasiones las tentaciones me vencen.

¡Aumenta mi capacidad de amar!

Y para ello, Jesús, aumenta mi capacidad de sacrificio, de entrega.

Jesús, veo que hay dos posibles móviles en la vida interior: hacer las cosas porque me siento bien cuando las hago, porque me interesan o me emocionan; o hacer lo que creo que Tú me pides simplemente por agradarte a Ti, tenga yo más o menos ganas de hacerlo.

El móvil que demuestra un amor más verdadero es el segundo, y es el que me pides tres y mil veces con la pregunta: ¿me amas?

Jesús, me estás mirando con una mirada de Amor; con ojos de Padre, de hermano mayor.

Que sepa descubrir siempre esa mirada, incluso cuando te haya traicionado, cuando te haya abandonado.

Que sepa mirarte a los ojos y decirte: «¡Tú sabes que te amo!...,» y cambie de vida.

Porque si no pusiera los medios para cambiar lo que hago mal, mi amor a Ti sería falso.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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