18 de mayo, domingo de la Santísima Trinidad
25 de mayo, domingo del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
1 de junio, domingo IX del Tiempo Ordinario
8 de junio, domingo X del Tiempo Ordinario
15 de junio, domingo XI del Tiempo Ordinario
22 de junio, domingo XII del Tiempo Ordinario
24 de junio, Natividad de San Juan Baustista
29 de junio, Solemnidad de San Pedro y San Pablo
6 de julio, domingo XIV del Tiempo Ordinario
13 de julio, domingo XV del Tiempo Ordinario
20 de julio, domingo XVI del Tiempo Ordinario
27 de julio, domingo XVII del Tiempo Ordinario
3 de agosto, domingo XVIII del Tiempo Ordinario
10 de agosto, domingo XIX del Tiempo Ordinario
15 de agosto, Asunción de la Virgen María
17 de agosto, domingo XX del Tiempo Ordinario
24 de agosto, domingo XXI del Tiempo Ordinario
31 de agosto, domingo XXII del Tiempo Ordinario
7 de septiembre, domingo XXIII del Tiempo Ordinario
14 de septiembre, domingo XXIV del Tiempo Ordinario
21 de septiembre, domingo XXV del Tiempo Ordinario
28 de septiembre, domingo XXVI del Tiempo Ordinario
5 de octubre, domingo XXVII del Tiempo Ordinario
12 de octubre, domingo XXVIII del Tiempo Ordinario
19 de octubre, domingo XXIX del Tiempo Ordinario
26 de octubre, domingo XXX del Tiempo Ordinario
La Santísima
Trinidad. Ciclo A
Homilía I:
con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a
cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba
(Ex
34,4b-6.8-9) "Tómanos como heredad tuya"
(2
Cor 13,11-13) "Tened un mismo sentir y vivid en paz"
(Jn
3,16-18) "El que cree en Él no será juzgado"
Homilía I: con textos de homilías
pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía de ordenación sacerdotal en Sión,
Suiza (17-VI-1984)
---Misterio de Dios Uno y Trino
---Amor de Dios
---Sacerdocio real
---Misterio de Dios Uno y Trino
“Sursum corda”: ¡”Levantemos el corazón”!
Hoy el corazón de la Iglesia reacciona con un
fervor particular ante esta invitación que introduce la plegaria eucarística.
Hoy podemos responder con una intensidad de fe muy especial: “Habemus ad
Dominum”: ¡”Lo tenemos levantado hacia el Señor”!
Contemplemos en la fe el misterio de Dios.
Nuestra fe se vuelve precisamente hacia Él. Un misterio insondable. Dios es
Dios, el Ser más allá de todo lo que podemos concebir, más grande de lo que
pueda imaginarse el hombre. La revelación cristiana sólo en parte levanta el
velo que oculta su vida íntima, pero guía nuestra fe hasta los umbrales de un
misterio más profundo: la unidad de la Trinidad. El que es Dios único es al mismo tiempo
Padre, Hijo y Espíritu Santo. Cada una de las personas divinas es increada,
inmensa, eterna, todopoderosa, Señor; y, sin embargo, no hay más que un Dios
increado, inmenso, todopoderoso, Señor. “El Padre no ha sido hecho por nadie;
no es ni creado, ni engendrado; el Hijo viene sólo del Padre; no ha sido hecho
ni creado, sino engendrado; El Espíritu Santo viene del Padre y del Hijo; no ha
sido hecho, ni creado, ni engendrado, sino que procede de ellos”. Así se
expresa una antigua profesión de fe (el llamado símbolo de San Atanasio). Este
Dios de infinita majestad que se manifiesta a Moisés y se mantiene dentro de la
misteriosa nube, este Dios trascendente que revela su insondable vida, la
ternura de su infinito amor, nos permite acercarnos a Él, le adoramos,
prosternados ante Él. En la fe se nos ha dado la dicha de contemplar en Él a la Santísima Trinidad,
antes de la plena visión de su gloria.
---Amor de Dios
“Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor
Jesucristo” (Ef 1,3). “Tanto amó Dios al mundo, que le dio su Hijo unigénito”
(Jn 3,16). Mediante su Hijo, no sólo ha revelado su nombre, su gloria como en
una epifanía de Dios que le manifiesta de manera única, sino que ha mostrado
para con nosotros su ternura, su misericordia, su amor, su fidelidad, bastante
más allá de lo que Moisés podía entrever: “Nos ha destinado por adelantado a
ser hijos por Jesucristo”, “a ser su pueblo” (cf. Ef 1,5.11). Nuestra
adoración, nuestro canto de alabanza es al mismo tiempo una acción de gracias
por este “don gratuito del que nos ha colmado en su Hijo bien amado”. Pues “el
primer don hecho a los creyentes” es el del Espíritu, que continúa la obra del
Hijo y “lleva a la perfección toda santificación” (cf. Plegaria Eucarística
IV), el Espíritu que confiere a la
Iglesia la unidad del Cuerpo, la llama a manifestar a los
hombres la salvación, pues por Él la habita la presencia de Dios.
---Sacerdocio real
“Tú harás de nosotros un pueblo que te
pertenezca” (Ex 34,9).
“Bendito seas, Señor, Dios de nuestros
padres, digno de alabanza y ensalzado por los siglos” (Dan 3,52). La luz de la
fe nos permite elevarnos hoy con el espíritu y el corazón al misterio
inescrutable de Dios, a su inaferrable unidad trinitaria. Del seno de esa
Trinidad Santísima vino el Hijo de Dios a la humanidad: La Palabra eterna de Dios se
hizo hombre, hijo de la
Virgen María. Por su muerte en la cruz y por su resurrección descendió
sobre los Apóstoles y permanece ahora presente en la Iglesia el Espíritu de
Santidad.
De esta misión del Padre y del Espíritu brota
la misión salvífica de la
Iglesia. De la misión del Hijo, el Siervo de Dios, que
recibió la unción profética, nace, en el Espíritu santo, el “sacerdocio real”
de todos los bautizados.
Por su ministerio de servicio todo el Pueblo
de Dios participa en el sacerdocio de Jesucristo, el único mediador entre Dios
y los hombres
DP-206 1984
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Homilía
II: a
cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba
Si hay algo innombrable y grande, eso es el
misterio que celebramos hoy. Cuando la teología busca palabras para ilustrarnos
la esencia divina: Dios Uno y Trino, experimenta la angustia de ser muda. Se
diría que esta realidad nos ha sido revelada más para adorarla que para
comprenderla. “Tibi laus, tibi gloria...”, ¡A Ti la alabanza, la gloria y el
agradecimiento, oh Trinidad Beatísima! (Trisagio angélico). Gloria a Dios en el
cielo...; Santo, Santo, Santo, cantan eternamente los ángeles y los
bienaventurados sin cansarse ante la majestad de Dios, como sin cansarse se
dicen cosas encendidas los que se aman.
Dios Uno y Trino es un misterio absoluto que
se aleja infinitamente de las posibilidades del conocimiento humano. Dios es
incomprensible, aunque no incognoscible (Conc. de Letrán). Sin embargo, ese
Dios que trasciende infinitamente al hombre, es tremendamente cercano al
hombre: “¿No sabéis que sois templos de Dios y que el espíritu de Dios habita
en vosotros?” (1 Cor 3,16). Dios inaccesible y cercano al mismo tiempo. Dios
que ha hecho del hombre su templo, un sagrario. “Desde ahora somos llamados a
ser habitados por la
Santísima Trinidad” (Catecismo n 260).
Es ésta una razón poderosa para tratar con un
inmenso respeto el misterio de nuestro cuerpo y el de los demás, llevando una
vida limpia y recta que glorifique y ame a Dios. Aquí radica también el
fundamento de la dignidad de todo ser humano y del respeto con que debe ser
tratado. Quien atropella a los demás ofende también a Dios.
La revelación de la Santísima Trinidad
nos recuerda “que Dios, en su misterio íntimo no es soledad, sino como una
familia que lleva, en Sí mismo, paternidad, filiación y la esencia de la
familia que es el Amor” (Juan Pablo II). A esa Familia divina está llamado el
hombre que, al ser bautizado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo, se convierte en hijo de Dios. “domestici Dei” (Efes 2,19), de la familia
de Dios. “No estamos destinados a una felicidad cualquiera, porque hemos sido
llamados a penetrar en la intimidad divina, a conocer y amar a Dios Padre, a
Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo y, en la Trinidad y Unidad de Dios, a todos los ángeles y
a todos los hombres” (S. Josemaría Escrivá).
Retengamos en esta Solemnidad esto: Nadie nos
ama ni nos ha dado tanto como Dios. Nos ha dado la vida, la salud, la
inteligencia, también las penas que son una ayuda inestimable para no olvidar
que esta vida no es la definitiva y, en consecuencia, hagamos un uso sensato de
la libertad. Nos ha dado a su Hijo, y Él, su Espíritu, para que seamos aquí en
la tierra familia, Iglesia. Nos ha dado la Eucaristía, Memorial de
su Muerte y Resurrección, el Corazón de la Iglesia.
¿Qué podemos hacer ante esta epifanía del Amor
de Dios? La gloria y la alabanza y la acción de gracias (S. Responsorial), son
las únicas palabras dignas y humildes que podemos dedicar a Dios, y con ellas,
el amor afectivo y efectivo al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, y a todas
las criaturas que han salido de sus manos. Que así sea.
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Corpus Christi.
Ciclo A
Homilía I:
con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a
cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba
(Dt
8,2-3.14b-16a) "No te olvides del Señor"
(1
Cor 10,16-17) "Formamos un solo cuerpo, porque comemos todos un mismo
pan"
(Jn
6,51-58) "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo"
Homilía I: con textos de homilías
pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía del Corpus Christi, en
San Juan de Letrán (21-VI-1984)
---Glorificar al Dios viviente
---Iglesia y Eucaristía
---Comunión
---Glorificar al Dios viviente
“Iglesia santa, glorifica a tu
Señor” (cf. Sal 147,12).
Esta exhortación, que resuena
en la liturgia de hoy, responde casi como un eco lejano a la invitación que el
Salmista dirigió a Jerusalén: “Glorifica al Señor, Jerusalén;/ alaba a tu Dios,
Sión,/ que ha reforzado los cerrojos de tus puertas/ y ha bendecido a tus hijos
dentro de ti” (Sal 147,12-13).
La Iglesia creció en Jerusalén y en lo más profundo de su corazón trae esta
invitación a glorificar al Dios viviente. Hoy desea responder a esta invitación
de modo particular. Este día -jueves después del domingo de la Santísima Trinidad-
se celebra la solemnidad del Corpus Domini: del Santísimo Cuerpo y Sangre de
Cristo.
La Iglesia creció desde la
Jerusalén de la Antigua Alianza como Cuerpo bien compacto en
unidad mediante la
Eucaristía. “El pan es uno, y así nosotros, aunque somos
muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan” (1 Cor
10,17).
“Y el pan que partimos, ¿no
nos une a todos en el cuerpo de Cristo?” (1 Cor 10,16).
Jesucristo dice: (Jn 6,56-57)
“El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo
que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me
coma vivirá por mí”.
---Iglesia y Eucaristía
Esta es la vida de la Iglesia. Se desarrolla
en el ocultamiento eucarístico. Lo indica la lámpara que arde día y noche ante
el tabernáculo. Esta vida se desarrolla también en el ocultamiento de las almas
humanas, en lo íntimo del tabernáculo del hombre.
La Iglesia celebra incesantemente la Eucaristía, rodeando de la máxima veneración este
misterio, que Cristo ha establecido en su Cuerpo y en su Sangre; este misterio
que es la vida interior de las almas humanas. Lo hace con toda la sagrada
discreción que merece este sacramento.
Pero hay un día, en el que la Iglesia quiere hablar a
todo el mundo de este gran misterio suyo. Proclamarlo por las calles y plazas.
Cantar en alta voz la gloria de su Dios. De este Dios admirable, que se ha
hecho Cuerpo y Sangre: comida y bebida de las almas humanas. “...y el pan que
yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6,51).
Es necesario, pues, que el
mundo lo sepa. Es necesario que “el mundo” acoja este día solemne el mensaje
eucarístico: el mensaje del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.
Deseamos, pues, rodear con un
cortejo solemne a este “pan”, por medio del cual nosotros -muchos- formamos un
solo “Cuerpo”.
Queremos caminar y proclamar, cantar,
confesar: He aquí a Cristo -Eucaristía- enviado por el Padre./ He aquí a
Cristo, que vive por el Padre./ He aquí a nosotros, en Cristo:/ a nosotros, que
comemos su Cuerpo y su Sangre,/ a nosotros, que vivimos por Él: por medio de
Cristo-Eucaristía./ Por Cristo, Hijo Eterno de Dios.
---Comunión
“El que come su Carne y bebe
su Sangre tiene la vida eterna... Cristo lo resucitará el último día” (cf. Jn
6,54).
A este mundo que pasa,/ a esta
ciudad, que también pasa, aunque se le llame “ciudad eterna”,/ queremos
anunciarles la vida eterna, que está, mediante Cristo, en Dios:/ la vida
eterna, cuyo comienzo y signo evangélico es la Resurrección de
Cristo;/ la vida eterna, que acogemos como Eucaristía: sacramento de vida
eterna.
DP-209 1984
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Homilía
II: a
cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba
Ocho veces emplea Jesús el verbo comer al
prometer en la sinagoga de Cafarnaúm la Eucaristía. Tal
vez para despejar cualquier interpretación metafórica de sus palabras y que
tuviéramos así la certeza de que en Ella está su Cuerpo, su Sangre, su Alma, su
Divinidad. El Verbo que pone su tienda, su tabernáculo entre nosotros (Cfr Jn
1,14).
La
Eucaristía, por la que entramos en comunión
con Dios y escapamos de la muerte (Evang.), escandalizó a los discípulos de
Jesús como ocurrió con el anuncio de la Pasión. La Eucaristía y la Cruz son piedras de tropiezo.
Es el mismo misterio. “¿También vosotros queréis marcharos?” “Esta pregunta del
Señor resuena a través de las edades, como invitación de su amor a descubrir
que sólo Él tiene palabras de vida eterna y que acoger en la fe el don de la Eucaristía es acogerlo
a Él mismo” (C. I. C., 1336). ¡Miremos con ojos de fe esta prueba del amor del
Señor que se queda con nosotros! Porque “la palabra de Cristo -enseña S.
Ambrosio-, que pudo hacer de la nada lo que no existía ¿no podría cambiar las
cosas existentes en lo que no eran todavía? No es menos dar a las cosas su
naturaleza primera que cambiársela”. (Myst. 9, 50.52).
En este misterio de fe y de amor está la
“fuente y la cima de toda la vida cristiana” (L. G., 11). Una antigua oración
confiesa bellamente esta verdad: “Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra
comida; se celebra el memorial de su pasión; el alma se llena de gracia, y se
nos da la prenda de la gloria futura!” S. Ireneo de Lyón, se hace eco de la
transfiguración que se operará en nuestro cuerpo gracias a la Eucaristía: “Así como
el pan que viene de la tierra, después de haber recibido la invocación de Dios,
ya no es pan ordinario, sino Eucaristía, constituida por dos cosas, una terrena
y otra celestial, así nuestros cuerpos que participan en la Eucaristía ya no son
corruptibles, ya que tienen la esperanza de la resurrección” (Haer. 4, 18,
4-5).
“El pan que partimos ¿no nos une a todos en el
Cuerpo de Cristo?” (2ª lect.) “El Cuerpo real y sacramental del Señor alimenta
y hace vivir de su Espíritu al Cuerpo espiritual y social, que somos nosotros
en la Iglesia... La
Eucaristía se convierte en la gran fuente del amor fraterno... Incluso de aquel
prójimo que carece todavía de comunión de fe, de esperanza, de caridad, de
unión eclesial” (Pablo VI).
“Jesús no es una idea ni un sentimiento ni un
recuerdo. Jesús es una persona viva siempre y presente entre nosotros. Amad a
Jesús presente en la
Eucaristía” (Juan Pablo II). “Os diré que para mí el Sagrario
ha sido siempre Betania, el lugar tranquilo y apacible donde está Cristo, donde
podemos contarle nuestras preocupaciones, nuestros sufrimientos, nuestras
ilusiones y nuestras alegrías, con la misma sencillez y naturalidad con que le
hablaban aquellos amigos suyos, Marte, María y Lázaro” (S. Josemaría Escrivá).
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Domingo
IX del Tiempo Ordinario. Ciclo A
Homilía I: con
textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a
cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba
Deuteronomio 11,
18.26-28
Romanos 3,
21-25ª.28
Mateo 7, 21-27
Homilía I: con textos de homilías
pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía de Juan Pablo II enPelplin, Polonia, domingo 6 de junio 1999
1. «Bienaventurados (...) los que
escuchan la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 11, 28). Esta
bienaventuranza de Cristo acompaña hoy nuestra peregrinación a Polonia. La
pronuncio con alegría en Pelplin, al saludar a todos los fieles de esta
Iglesia, con su obispo Jan Bernard Szlaga, al que doy las gracias por sus
palabras de bienvenida. Saludo asimismo al obispo auxiliar, mons. Piotr Krupa;
a todos los cardenales, arzobispos y obispos polacos aquí reunidos, encabezados
por el cardenal primado; a los sacerdotes, los religiosos, las religiosas; y a
todos vosotros, queridos hermanos y hermanas. «Bienaventurados los que escuchan
la palabra de Dios y la cumplen». Que hagamos nuestra esta bienaventuranza.
2. Durante más de mil años han
pasado por estas tierras muchos hombres que escucharon la palabra de Dios. La
acogieron de labios de los que la anunciaban. Los primeros la recibieron de
labios del gran misionero de estas tierras, san Adalberto. Fueron testigos de
su martirio. Las generaciones sucesivas crecieron de esas semillas, gracias al
ministerio de otros misioneros, obispos, sacerdotes y religiosos: los apóstoles
de la palabra de Dios. Unos confirmaron con el martirio el mensaje del
Evangelio; otros, mediante un continuo compromiso apostólico según el espíritu
del «ora et labora», ora y trabaja, benedictino. La palabra anunciada
cobraba una fuerza particular como palabra confirmada con el testimonio de la
vida.
Está muy arraigada en esta tierra la
tradición de escuchar la palabra de Dios y dar testimonio del Verbo, que en
Cristo se hizo carne. Esa tradición, vivida durante muchos siglos, también se
cumple en el nuestro. Un signo elocuente, y a la vez trágico, de esta
continuidad fue el así llamado «otoño de Pelplin», que tuvo lugar hace sesenta
años. Entonces, veinticuatro sacerdotes valientes, profesores del seminario
mayor y funcionarios de la curia episcopal, testimoniaron su fidelidad al
servicio del Evangelio con el sacrificio del sufrimiento y de la muerte.
Durante el tiempo de la ocupación perdieron la vida en esta tierra 303
pastores, que difundieron con heroísmo el mensaje de esperanza a lo largo de
ese dramático período de guerra y ocupación. Si hoy recordamos a esos
sacerdotes mártires es porque de sus labios nuestra generación escuchó la
palabra de Dios y gracias a su testimonio experimentó su fuerza.
Conviene que recordemos esa
histórica siembra de la palabra y del testimonio, especialmente ahora, mientras
nos acercamos al final del segundo milenio. Esa tradición plurisecular no puede
interrumpirse en el tercer milenio. Sí; considerando los nuevos desafíos que se
plantean al hombre de hoy y a toda la sociedad, debemos renovar continuamente
en nosotros mismos la conciencia de lo que es la palabra de Dios, de su importancia
en la vida del cristiano, de la
Iglesia y de toda la humanidad, y de su fuerza.
3. ¿Qué dice Cristo al respecto en
el pasaje evangélico de hoy? Al terminar el sermón de la Montaña, dice: «Todo el
que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre
prudente que construyó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los
torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero no
cayó, porque estaba cimentada sobre roca» (Mt 7, 24-25). El caso
contrario del que edificó sobre roca es el hombre que edificó sobre arena. Su
construcción resultó poco resistente. Ante las pruebas y las dificultades, se
derrumbó. Esto es lo que Cristo nos enseña.
El edificio de nuestra vida debe ser
una casa construida sobre roca. ¿Cómo construirlo para que no se desplome bajo
el peso de los acontecimientos de este mundo? ¿Cómo construirlo para que, de
«morada terrestre», se convierta en «edificio de Dios, una morada eterna, no
hecha por mano humana, que está en los cielos»? (cf. 2 Co 5, 1). Hoy
escuchamos la respuesta a esa pregunta esencial de la fe: los cimientos del
edificio cristiano son la escucha y el cumplimiento de la palabra de Cristo.
Al decir «la palabra de Cristo» no sólo nos referimos a su enseñanza, a sus
parábolas y sus promesas, sino también a sus obras, sus signos y sus milagros.
Y sobre todo a su muerte, a su resurrección y a la venida del Espíritu Santo.
Más aún: nos referimos al Hijo mismo de Dios, al Verbo eterno del Padre, en
el misterio de la
Encarnación. «Y el Verbo se hizo carne, y puso su morada entre
nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo
único, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1, 14).
Con este Verbo, Cristo vivo,
resucitado, san Adalberto vino a Polonia. Durante siglos vinieron con Cristo
también otros heraldos, y dieron testimonio de él. Por él dieron la vida los
testigos de nuestros tiempos, tanto sacerdotes como seglares. Su servicio y su
sacrificio se han convertido para las generaciones sucesivas en signo de que nada
puede destruir una construcción cuyo cimiento es Cristo. A lo largo de los
siglos han venido repitiendo, como san Pablo: «¿Quién nos separará del amor de
Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la
desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada? (...) Pero en todo esto salimos
vencedores gracias a aquel que nos amó» (Rm 8, 35-37).
4. «Bienaventurados los que escuchan
la palabra de Dios y la cumplen». Si, en el umbral del tercer milenio, nos
preguntamos cómo serán los tiempos que van a venir, no podemos evitar a la vez la
pregunta sobre el fundamento que ponemos bajo esa construcción, que
continuarán las futuras generaciones. Es preciso que nuestra generación
construya con prudencia el futuro; y constructor prudente es el que escucha la
palabra de Cristo y la cumple.
Desde el día de Pentecostés, la Iglesia conserva la
palabra de Cristo como su más valioso tesoro. Recogida en las páginas del
Evangelio, ha llegado hasta nuestro tiempo. Hoy somos nosotros quienes tenemos la
responsabilidad de transmitirla a las futuras generaciones, no como letra
muerta, sino como fuente viva de conocimiento de la verdad sobre Dios y sobre
el hombre, fuente de auténtica sabiduría. En este marco cobra actualidad
particular la exhortación conciliar, dirigida a todos los fieles «para que
adquieran 'la ciencia suprema de Jesucristo' (Flp 3, 8), 'pues
desconocer la Escritura
es desconocer a Cristo' (san Jerónimo)» (Dei Verbum, 25).
Por eso, mientras durante la
liturgia tomo en las manos el libro del Evangelio y como signo de bendición lo
elevo sobre la asamblea y sobre toda la Iglesia, lo hago con la esperanza de que siga
siendo el libro de la vida de todo creyente, de toda familia y de la sociedad
entera. Con esa misma esperanza, os pido hoy: entrad en el nuevo milenio con
el libro del Evangelio. Que no falte en ninguna casa polaca. Leedlo y
meditadlo. Dejad que Cristo os hable. «Escuchad hoy su voz: 'No endurezcáis
vuestro corazón'...» (Sal 95, 8).
5.
A
lo largo de veinte siglos la
Iglesia se ha inclinado sobre las páginas del Evangelio para
leer del modo más preciso posible lo que Dios ha querido revelar en él. Ha
descubierto el contenido más profundo de sus palabras y de sus acontecimientos;
ha formulado sus verdades, declarándolas seguras y salvíficas. Los santos las
han puesto en práctica y han compartido su experiencia del encuentro con la
palabra de Cristo. De ese modo se ha desarrollado la tradición de la Iglesia, fundada en el
testimonio mismo de los Apóstoles. Si hoy interpelamos el Evangelio, no podemos
separarlo de ese patrimonio de siglos, de esa tradición.
Hablo de esto porque existe la
tentación de interpretar la sagrada Escritura separándola de la tradición
plurisecular de la fe de la
Iglesia, aplicando claves de interpretación propias de la
literatura contemporánea o de los medios de comunicación. De esa forma se corre
el peligro de caer en simplificaciones, de falsificar la verdad revelada e
incluso de adaptarla a las necesidades de una filosofía individual de la vida o
de ideologías aceptadas a priori. Ya san Pedro apóstol se opuso a
intentos de ese tipo. Escribe: «Ante todo, tened presente que ninguna profecía
de la Escritura
puede interpretarse por cuenta propia» (2 P 1, 20). «El oficio de
interpretar auténticamente la palabra de Dios (...) ha sido encomendado sólo al
magisterio vivo de la Iglesia,
el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo» (Dei Verbum, 10).
Me alegra que la Iglesia en Polonia ayude
con eficacia a los fieles a conocer el contenido de la Revelación. Conozco
la gran importancia que los pastores atribuyen a la liturgia de la Palabra durante la
santa misa y a la catequesis. Doy gracias a Dios porque en las
parroquias y en el ámbito de las comunidades y de los movimientos eclesiales
surgen y se desarrollan continuamente círculos bíblicos y grupos de debate.
Con todo, es necesario que los que asumen la responsabilidad de una exposición
autorizada de la verdad revelada no confíen en su intuición, a menudo poco
fiable, sino en un conocimiento sólido y en una fe inquebrantable.
Deseo expresar aquí mi gratitud a
todos los pastores que, con entrega y humildad, cumplen el servicio de la
proclamación de la palabra de Dios. No puedo por menos de mencionar a todos
los obispos, sacerdotes, diáconos, personas consagradas y catequistas que, con
fervor, a menudo en medio de grandes dificultades, realizan esa misión
profética de la
Iglesia. Asimismo, quiero dar las gracias a los exegetas y a
los teólogos que, con un empeño digno de elogio, investigan las fuentes de la Revelación, prestando a
los pastores una ayuda competente. Queridos hermanos y hermanas, que Dios
recompense con su bendición vuestro compromiso apostólico. «¡Qué hermosos son
sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas
nuevas, que anuncia la salvación!» (Is 52, 7).
6. Bienaventurados también todos los
que con corazón abierto se benefician de ese servicio. Son realmente
«bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen», pues experimentan
esta gracia particular, en virtud de la cual la semilla de la palabra de
Dios no cae entre espinas, sino en terreno fértil, y da abundante fruto.
Precisamente esta acción del Espíritu Santo, el Consolador, se adelanta y
nos ayuda, mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y
concede «a todos gusto en aceptar y creer la verdad» (Dei Verbum, 5).
Son bienaventurados porque, descubriendo y cumpliendo la voluntad del Padre,
encuentran constantemente el sólido cimiento del edificio de su vida.
A los que van a cruzar el umbral del
tercer milenio les queremos decir: construid la casa sobre roca.
Construid sobre roca la casa de vuestra vida personal y social. Y la roca es
Cristo, que vive en su Iglesia; Cristo, que perdura en esta tierra desde
hace mil años. Vino a vosotros por el ministerio de san Adalberto. Creció sobre
el fundamento de su martirio, y persevera. La Iglesia es Cristo, que
vive en todos nosotros. Cristo es la vid y nosotros los sarmientos. Él es el
cimiento y nosotros las piedras vivas.
7. «Señor, quédate con nosotros»
(cf. Lc 24, 29), dijeron los discípulos que se encontraron con Cristo
resucitado a lo largo del camino de Emaús y «su corazón les ardía cuando les
hablaba y les explicaba las Escrituras» (cf. Lc 24, 32). Hoy queremos
repetir sus palabras: «Señor, quédate con nosotros». Te hemos encontrado a lo
largo del camino de nuestra vida. Te encontraron nuestros antepasados, de
generación en generación. Tú los confirmaste con tu palabra mediante la vida y
el ministerio de la Iglesia.
Señor, quédate con los que vengan
después de nosotros. Deseamos que estés con ellos, como has estado con
nosotros. Esto es lo que deseamos y lo que te pedimos
Quédate con nosotros, cuando
atardece. Quédate con nosotros mientras el tiempo de nuestra historia se está
acercando al final del segundo milenio.
Quédate con nosotros y ayúdanos a
caminar siempre por la senda que lleva a la casa del Padre.
Quédate con nosotros en tu palabra,
en esa palabra que se convierte en sacramento: la Eucaristía de tu
presencia.
Queremos escuchar tu palabra y
cumplirla.
Deseamos vivir en la bendición.
Anhelamos contarnos entre los bienaventurados «que escuchan la palabra
de Dios y la cumplen».
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Homilía
II: a
cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba
Quien cumple las enseñanzas de Jesús edifica su vida sobre
el sólido fundamento de una roca. Esta imagen recorre toda la Sagrada Escritura.
Yahvé-Dios es la Piedra
o Roca de Israel. De ella brotó el agua cuando los israelitas atravesaban
el desierto y ella misma es Cristo, piedra angular, agua viva y fuente de
vida eterna. Pero la piedra angular puede convertirse piedra de escándalo y
ser desechada por los que intentan construir un mundo sin Dios.
La piedra, que es Cristo (cf 1 Cor 10), es la seguridad en
las tormentas y vendavales de las pasiones humanas. Nosotros acertaremos en
esta vida cuando edifiquemos con el Señor la casa común y la propia vida en la Iglesia. Para ello
es preciso abandonar ese modo egoísta –necio, lo llama el Señor- de
enfocar las cosas que se deslumbra con el inmenso y, a veces, maravilloso poder
técnico, porque eso es construir sobre arena. ¿No vemos a nuestro alrededor
personas destrozadas interiormente, destruidas, como esa casa edificada sobre
arena de la que nos habla Jesús al final del Sermón del Monte?
“Nosotros somos piedras, sillares, que se
mueven, que sienten, que tienen una libérrima voluntad. Dios mismo es el
cantero que nos quita las esquinas, arreglándonos, modificándonos, según El
desea, a golpe de martillo y de cincel. No queramos apartarnos, no queramos
esquivar su Voluntad, porque de cualquier modo, no podremos evitar los golpes.
Sufriremos más e inútilmente, y, en lugar de la pieda pulida y dispuesta para
edificar, seremos un montón informe de grava que pisarán las gentes con
desprecio” (San Josemaría Escrivá).
Jesucristo es la piedra angular de la Iglesia y de cada uno de
nosotros, sin ella todo se viene abajo. Trabajos, intereses, amores,
negocios, proyectos, diversiones…; en una palabra: la vida entera, adquiere un
sentido cuando vivimos como discípulos de Cristo. Supondría una equivocación
grave aparcar nuestra condición de cristianos si, a la hora de ejercer un
trabajo, de emprender un negocio, de elegir un espectáculo, un lugar para las
vacaciones, etc., tan sólo pensáramos en las ventajas económicas o de otro
signo y no tuviéramos en cuenta si eso es bueno o malo, lícito o no. Si en
nuestras actuaciones no están presentes las enseñanzas de Jesucristo, el
vendaval y los estragos del tiempo se encargarán de arruinar todos esos
proyectos.
En la
Primera Lectura de la
Misa de hoy hemos leído: “Meteos mis palabras en el
corazón y en el alma”. El cristiano que se apoya en la piedra angular, que
es Cristo, tiene su modo de ver el mundo y una escala de valores que le permite
ser libre frente a los cantos de sirena de vientos y ríos salidos de
madre, porque “donde está el espíritu del Señor allí está la libertad”
(2 Cor 3, 17).
El
Concilio Vaticano II, afirma que: “La Iglesia… cree que la clave, el centro y la
finalidad de toda la historia humana se encuentra en su Señor y Maestro” (G. S.
10). Con el Salmo Responsorial, podemos acudir a Dios diciéndole: “Sé la
roca de mi refugio, Señor”.
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Domingo
X del Tiempo Ordinario. Ciclo A
Homilía I:
con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a
cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba
(Os 6,3-6)
"Esforcémonos por conocer al Señor"
(Rm 4,18-25)
"Abrahán, apoyado en la esperanza, creyó"
(Mt 9,9-13)
"No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores"
Homilía I: con textos de homilías
pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía de Fernández Carvajal en "Hablar
con Dios" Tomo III
---Esperanza
---Nuestra fortaleza es Dios
---Dios está cerca
---Esperanza
La ascética cristiana considera la vida del
hombre en la tierra como un camino que acaba en Dios. Todos somos un homo
viator, un viajero que se dirige deprisa hacia su meta definitiva, Dios; por
eso, todos “debemos hacer provisión de esperanza si queremos marchar con paso
firme y seguro por el duro camino que nos espera” (Pablo VI). Si el viajero
perdiera la esperanza de llegar a su destino, detendría su marcha, pues lo que
le mueve a continuar el camino es la confianza en poder alcanzar la meta.
Nosotros queremos ir deprisa a la santidad, a Dios.
En la vida humana, cuando uno se propone un
objetivo, su esperanza de alcanzarlo se fundamenta en la resistencia física, en
el entrenamiento, en la experiencia; en último término, en su firme voluntad,
que puede sacar fuerzas, si fuera necesario, de su misma flaqueza. Para lograr
el fin sobrenatural de nuestra existencia, no nos basamos en las propias
fuerzas, sino en Dios, que es todo poderoso y amigo fiel que no falla; su
bondad y su misericordia no se parecen a las del hombre que es frecuentemente
como nube de la mañana y como rocío de la madrugada, que pasa (cfr Os 6,1-6).
Mediante la esperanza sobrenatural, el
cristiano confía alcanzar un objetivo definitivo que se encuentra incoado ya en
esta vida desde el Bautismo y se logra para siempre en la otra. No es este
objetivo una meta provisional, como en los viajes corrientes, punto de partida
hacia otras metas. A través de esta virtud, esperamos y deseamos la vida eterna
que Dios ha prometido a quienes le aman, y los medios necesarios para
alcanzarla, apoyados en su auxilio omnipotente.
---Nuestra fortaleza es Dios
El Señor nos promete su ayuda para combatir
las tentaciones y desarrollar el germen de la vida divina en el alma. Cuanto
mayores sean las dificultades y más grande la debilidad, más firme ha de ser la
esperanza en el Señor, pues mayores serán sus ayudas, más clara se manifiesta
su presencia cerca de nuestro vivir diario. En la Segunda lectura de la Misa, nos recuerda San Pablo
cómo Abrahán, apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza que llegaría
a ser padre de muchas naciones, según se le había prometido. Y comenta Juan
Pablo II: “diréis todavía: ¿cómo puede suceder esto?. Sucede porque se aferra a
tres verdades: Dios es omnipotente, Dios me ama inmensamente, Dios es fiel a
las promesas. Y es Él, el Dios de las misericordias, quien enciende en mí la
confianza; por la cual yo no me siento solo, ni inútil, ni abandonado, sino
implicado en un destino de salvación que desembocará un día en el Paraíso”.
No vaciló Abrahán a pesar de ser ya anciano y
estéril su mujer, sino que se afianzó firmemente en el poder y en la
misericordia divinas al estar persuadido de que Dios es capaz de hacer lo que
promete. Y nosotros, ¿no vamos a confiar en Jesucristo, que fue entregado por
nuestros pecados y resucitado por nuestra justificación? ¿Cómo nos va a dejar
solos el Señor ante los obstáculos que encontremos para vivir según la llamada
que de Él hemos recibido? Él nos da su mano de muchas maneras; de ordinario, en
la oración diaria, en el cumplimiento fiel del plan de vida que nos hayamos
propuesto, en los sacramentos y, de una manera particular, en los consejos
recibidos en la dirección espiritual. La esperanza de ser santos depende de que
aceptemos la mano que Él nos tiende. No se fundamenta esta virtud en nuestro
valer, sino en el querer de Dios.
“Nam, et si ambulavero in medio umbrae
mortis, non timebo mala ‑aunque anduviere en medio de las sombras de la muerte,
no tendré temor alguno. Ni mis miserias, ni las tentaciones del enemigo han de
preocuparme, quoniam tu mecum es ‑porque el Señor está conmigo” (Forja 194).
---Esperanza
El Evangelio de la Misa nos muestra una vez más
como el Señor está cerca de quien más lo necesita. Ha venido a curar, a
perdonar, a salvar, y no sólo a conservar a los que están sanos. Él es el que
cura ante todo las enfermedades del alma y no tienen necesidad de médico los
sanos, sino los enfermos, dice a quienes le critican porque come con publicanos
y pecadores. Cuando los asuntos del alma no marchan, cuando se ha perdido la
salud -y nunca estamos del todo sanos-, Jesús está dispuesto a derrochar más
cuidados, más ayudas. No se separa del enfermo, no se aleja de nosotros, no da
a nadie por perdido, pues Él nos llama a la santidad y tiene preparadas las
gracias necesarias. Sólo el enfermo puede hacer ineficaces, rechazándolas, las
medicinas y la acción de este Médico que todo lo puede curar. La voluntad
salvadora de Cristo para cada uno de sus discípulos, para nosotros, es la
garantía de alcanzar lo que Él mismo nos pide.
La virtud de la esperanza nos descubre que
las dificultades de esta vida tienen un sentido profundo, no ocurren por
casualidad o por un destino ciego, sino porque Dios las quiere, o al menos las
permite para sacar bienes mayores de esas situaciones: afianzar nuestra
confianza en Él, crecer en el sentido de nuestra filiación divina, fomentar un
mayor desprendimiento de la salud, de los bienes terrenos, purificar el corazón
de intenciones quizá no del todo rectas, hacer penitencia por nuestros pecados
y por los de todos los hombres.
El Señor nos dice a cada uno que prefiere la
misericordia al sacrificio, y si en algún momento permite que nos lleguen el
dolor y el sufrimiento, es que conviene, por una razón más alta que a veces no
comprendemos, en beneficio de nosotros mismos, de la familia, de los amigos, de
toda la Iglesia;
quiere el Señor un bien superior, como la madre permite una operación dolorosa
para que su hijo recupere plenamente la salud. Son momentos para crecer con fe
recia, para avivar la esperanza, pues sólo esta virtud nos enseñará a ver como
un tesoro lo que humanamente se presenta como un quebranto, quizá como una
desgracia. Son momentos para acercarnos al Sagrario y decirle despacio al Señor
que queremos todo lo que Él quiera. “Jesús, lo que tú ‘quieras’...yo lo amo”
(Camino 773).
"Todo es para bien" (Rm 8,28),
diremos en la intimidad de nuestro corazón, aunque atravesemos un gran dolor
físico o moral. Hay que superar la tentación del egoísmo, de la tristeza o de
los objetivos mezquinos. Caminamos derechamente hacia el Cielo.
Debemos especialmente ejercitarnos muchas
veces en la esperanza ante las situaciones de la propia vida interior, sobre
todo cuando parece que no se avanza, que los defectos tardan en desaparecer,
que se repiten los mismos errores, de modo que la santidad se llega a ver muy
lejana, casi una quimera.
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Homilía
II: a
cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba
Misericordia quiero y no sacrificios. Frente a los que se escandalizaban
por la elección de un publicano como Mateo y admitiera que se sentaran a comer
con Él publicanos y pecadores, Jesús les recuerda las palabras del
profeta Oseas. Todos somos pecadores y resulta muy consolador que no seamos
rechazados y tengamos un puesto en la mesa de la Iglesia de Jesucristo.
El Catecismo de la Iglesia dice que: “Solo el
corazón de Cristo que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo
revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad
y belleza”, como se aprecia en la
Parábola del Hijo Pródigo y en la enseñanza del Evangelio que
acabamos de oir.
El amor de Jesús al hombre es
realista y difiere tanto del cándido entusiasmo que lo idealiza como del
fanatismo hipócrita que lo maldice. La mirada del Señor, dice K. Adam, “sabe
mirar a través de los velos de las pasiones humanas y penetrar hasta lo más
íntimo del hombre, allí donde él está solo, pobre y desnudo, allí donde no
tiene más que miseria y depende de una infinidad de influencias del cuerpo, del
alma, de la sociedad”.
“Sed misericordiosos como también
vuestro Padre es misericordioso”, dice el Señor. “La misericordia es lo propio de Dios, y en
ella, afirma S. Tomás de Aquino, se manifiesta de forma máxima su omnipotencia”
(S. Th. 2-2, q. 30). Nadie debe desanimarse al verse delante de Dios tan débil
e irresponsable. S. Bernardo recordaba que: “nadie tiene una misericordia más
grande que el que da su vida por los sentenciados a muerte y a la condenación,
luego mi único mérito es la misericordia del Señor. No seré pobre en méritos
mientras Él no lo sea en misericordia. Y porque la misericordia del Señor es
mucha, muchos son también mis méritos. Y aunque tengo conciencia de mis muchos
pecados, donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”. (Sermón sobre
el C. de los Cantares, 61).
Seamos también indulgentes con quienes tratamos pues no podemos saber lo que
realmente está despierto o dormido en sus almas, lo que es ceniza o fuego. Sólo
Dios conoce lo que hay en el corazón de cada uno. Con el poeta podemos pensar: Creí
que casi todo estaba apagado, y que mi empeño era vano, removí la ceniza…¡y me
quemé la mano!
Pero no tranquilicemos tampoco la conciencia minimizando la malicia de nuestros
pecados pensando que, ante la misericordia de Dios que es inmensa, mis acciones
son chiquilladas. Es preciso confesar las faltas. La gravedad del pecado
se mide por la ofensa que se infiere a Dios. S. Agustín es muy claro en esto:
“La profundidad del pozo de la miseria humana es grande; y si alguno cayera
allí, cae en un abismo. Sin embargo, si desde ese estado confiesa a Dios sus
pecados, el pozo no se cerrará sobre él…Desdeñada la confesión de los pecados,
no habrá lugar para la misericordia”. (Com. al S. 68). El Catecismo de la Iglesia afirma: “Convirtiéndose
a Cristo por la penitencia y la fe, el pecador pasa de la muerte a la vida “y
no incurre en juicio” (Jn 5, 24)”.
¡Invoquemos a María, madre de misericordia, para que nos defienda de nuestros
enemigos y nos ampare ahora y en la hora de la muerte!
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Domingo
XI del Tiempo Ordinario. Ciclo A
Homilía I:
con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a
cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba
(Ex 19,2-6a) "Seréis para mí un reino de
sacerdotes y una nación santa"
(Rm 5,6-11) "Cristo murió por los impíos"
(Mt 9,36-10,8) "La mies es abundante, pero los
trabajadores son pocos"
Homilía I: con textos de homilías
pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía
de Fernández Carvajal en "Hablar con Dios" Tomo III
---Apostolado
---Formación
---Orar por las
vocaciones
---Apostolado
Nos
refiere el Evangelio de la Misa
algo que debió ocurrir muchas veces mientras el Señor recorría ciudades y
aldeas predicando la llegada del Reino de Dios: al ver a las multitudes se
llenó de compasión por ellas, se conmovió en lo más hondo de su ser, porque
andaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor, profundamente
desorientadas. Sus pastores, en lugar de guiarlas y cuidarlas, las descarriaban
y se portaban más como lobos que como pastores. Jesús, dirigiéndose a los
discípulos, dijo: la mies es mucha, pero los obreros pocos. Como hoy, los
obreros son pocos en proporción a la tarea. Hay mies que se estropea porque no
hay quien la recoja; de ahí la urgente necesidad de cristianos alegres,
eficaces, sencillos, fieles a la
Iglesia, concientes de lo que tienen entre manos. Y esto nos
concierne a todos, pues el Señor necesita trabajadores que sepan llevar a
Cristo a la fábrica y a la universidad.
Ante tanta gente
desorientada, vacía de Dios y llena sólo de bienes materiales o de deseos de
tenerlos, no podemos quedarnos al margen. Aun bajo una capa de indiferencia, en
el fondo de sus almas las gentes están sedientas, hoy también, de que se les
hable de Dios y de las verdades que conciernen a su salvación. Si los
cristianos no trabajamos con sacrificio en este campo, sucederá lo que
anunciaron los profetas: “quedará destruida la cosecha, la tierra en luto;
porque el trigo está seco, desolado el vino, perdido el aceite. Confundios,
labradores; gritad, viñadores, por el trigo y la cebada. No hay cosecha” (Joel
1,10-12). Dios esperaba esos frutos y se perdieron por desidia de quienes
tenían que cuidarlos y recogerlos.
Las palabras que nos
dirige el Señor en el Evangelio -la mies es mucha pero los obreros pocos- nos
han de llevar a examinarnos cada día, preguntándonos: ¿qué he hecho hoy por dar
a conocer a Dios?, ¿a quién he hablado hoy de Cristo?, ¿qué he hecho por el
apostolado?, ¿me preocupo por la salvación de quienes me rodean?,¿soy
consciente de que muchos se acercarían al Señor si yo fuera más audaz y más
ejemplar en el cumplimiento de mis deberes?
---Formación
Las excusas que nos
pueden surgir para no llevar a otros a Cristo son abundantes: falta de medios,
de suficiente preparación, de tiempo, lo reducido del lugar donde se
desenvuelve nuestra existencia o la enormidad de las distancias de la gran
ciudad en la que vivimos...,pero el Señor nos sigue diciendo a todos, y muy
especialmente en este tiempo de tantos abandonos, que la mies es mucha y los
obreros pocos. Y las mieses que no se recogen a tiempo, se pierden. San Juan
Crisóstomo nos dejó estas palabras que pueden ayudarnos a examinarnos en
nuestra oración si nos excusamos fácilmente ante este noble deber al que el
Señor nos llama: “Nada hay más frío -dice el santo- que un cristiano
despreocupado de la salvación ajena. No puedes aducir tu pobreza económica como
pretexto. La viejecita que dio sus monedas te acusará. El mismo Pedro dijo: No tengo
oro ni plata (Hch 3,6). Y Pablo era un pobre que muchas veces padecía hambre y
carecía de lo necesario para vivir. Tú no puedes pretextar tu humilde origen:
ellos eran también personas humildes, de modesta condición. Ni la ignorancia te
servirá de excusa: todos ellos eran hombres sin letras. Seas esclavo o
fugitivo, puedes cumplir lo que de ti depende. Tal fue Onésimo y mira cual fue
su vocación... No aduzcas la enfermedad como pretexto, Timoteo estaba sometido
a frecuentes achaques (...). Cada uno puede ser útil a su prójimo, si quiere
hacer lo que puede”. Y nosotros queremos ser fieles al Señor: llevar a cabo lo
que está en nuestras manos.
“La mies es mucha pero
los obreros son pocos... Al escuchar esto -comenta San Gregorio Magno- no
podemos dejar de sentir una gran tristeza, porque hay que reconocer que hay
personas que desean escuchar cosas buenas; faltan, en cambio, quienes se
dediquen a anunciarlas”.
---Orar
por las vocaciones
Para que haya muchos
buenos obreros que trabajen codo a codo en este campo del mundo, cada uno en su
lugar, el mismo Señor nos enseña el camino a seguir; rogad, pues, al Señor de
la mies que envíe obreros a su mies. Jesús nos invita a orar para que Dios
despierte en el alma de muchos el deseo de una mayor correspondencia en este
quehacer de salvación. “La oración es el medio más eficaz de proselitismo”
(Camino, 800), de lograr que muchos descubran la vocación a la que Dios les
llama. El afán de vocaciones ha de traducirse, en primer lugar en una petición
continuada, confiada y humilde. Todos los cristianos debemos rezar para que
Dios envíe obreros a su mies. Y si nos dirigimos al Señor en petición de
vocaciones, nosotros mismos nos sentiremos llamados a participar con mucha más
audacia en esta labor apostólica, además de conseguir del Señor operarios para
su campo.
Jesús prepara su llegada
a otras ciudades a través de sus discípulos. Es una labor previa que no tiene
el fin en sí misma, como todo apostolado. Son pregoneros que van delante de Él
a todas las ciudades a donde había de ir. Toda labor apostólica se culminará
con la llegada de Dios a las almas, que han sido preparadas por los enviados,
por los que ya le siguen.
La mies es mucha...
Hemos de pedir con frecuencia al Señor que tenga lugar en el pueblo cristiano
un resurgir de hombres y mujeres que descubran el sentido vocacional de su
vida; que no sólo quieran ser buenos, sino que se sepan llamados a ser obreros
en el campo del Señor y corresponder generosamente a esa llamada: hombres y
mujeres, mayores y jóvenes, que vivan entregados a Dios en medio del mundo.
Muchos en un celibato apostólico; cristianos corrientes, ocupados en las mismas
tareas seculares de los demás, que llevan a Cristo a las entrañas de la
sociedad de la que forman parte.
Rogad al Señor de la
mies...; también hemos de pedir para que surjan abundantes vocaciones al
sacerdocio y a la vida religiosa. Vocaciones fieles, santas y alegres, de las
que la Iglesia
tiene tanta necesidad.
El Señor que podría
llevar a cabo directamente su obra redentora en el mundo, quiere necesitar de
discípulos que vayan delante de Él a las ciudades, a los pueblos, a las
fábricas, a las Universidades..., para que anuncien las maravillas y las
exigencias del Reino de los Cielos. Es evidente que nuestra Madre la Iglesia necesita almas que
se comprometan en esos caminos de entrega y santidad. Los Romanos Pontífices no
cesan de recordar la necesidad de esas vocaciones de apóstoles, en cuyas manos
está en buena parte la evangelización del mundo. “Ayúdame a clamar: ¡Jesús,
almas!... ¡Almas de apóstol!: son para ti, para tu gloria. Verás cómo acaba por
escucharnos” (Camino, 804).Pidamos al Señor la gracia de saber promover y
alentar esas llamadas del Señor, que pueden estar dirigidas a personas que
vemos todos los días. "Una buena noticia: un nuevo loco..., para el
manicomio." Y todo es alborozo en la carta del "pescador".¡Qué
Dios llene de eficacia tus redes! (Camino, 808).
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Homilía
II: a
cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba
Jesús, preocupado -el verbo griego es muy
expresivo: conmoverse en las entrañas- por la muchedumbre de seres humanos que,
“como ovejas sin pastor”, andan desorientadas y, en ocasiones, maltratadas,
pide a sus discípulos que rueguen a Dios para que “envíe obreros a su mies”, su
Iglesia. Después, Él mismo eligió a Doce dándoles poderes especiales.
Antes de elegirlos y antes también de
enviarlos a evangelizar, el Señor reza y manda rezar. Toda actividad apostólica
debe ir precedida y acompañada de una intensa y continua oración. La misión de
los cristianos es, eminentemente, sobrenatural, excede nuestras posibilidades
humanas, por tanto los medios han de ser también sobrenaturales: contar con
Dios por la oración. “Venga a nosotros tu Reino”, nos hace decir Jesús en la
oración compuesta por Él. Debemos hablar de Dios a los hombres, pero antes,
debemos hablarle a Dios de esas personas que queremos acercar a Jesucristo.
Los Doce elegidos por el Señor van a ser como
los doce patriarcas del nuevo Pueblo de Dios que es su Iglesia. “El Señor
Jesús, después de haber hecho oración al Padre, llamando a sí a los que quiso,
eligió a doce para que viviesen con Él y para enviarlos a predicar el reino de
Dios... para que, participando de su potestad, hiciesen discípulos de Él a
todos los pueblos” (LG, 19). También a
quienes pertenecemos a la
Iglesia nos llama el Señor para extender la verdad cristiana
por todas partes y nos concede el poder para superar los obstáculos que se
interpongan en el éxito de esta gran obra de la redención del género humano.
¡También yo cuento para Dios y puedo serle útil! ¡También yo puedo devolver la
vista a los ciegos, curar a paralíticos, resucitar muertos! Esto es, lograr que
quien no veía la trascendencia de la verdad de Cristo, ahora la comprenda. Que
quien estaba muerto para la vida eterna, resucite a una vida cristiana recta,
bautizándose o haciendo una sincera Confesión y acudiendo a la Eucaristía.
“Milagros como Cristo, milagros como los
Apóstoles haremos. Quizá en ti mismo, en mí se han operado esos prodigios:
quizá éramos ciegos, o sordos, o lisiados, o hedíamos a muerto, y la palabra
del Señor nos ha levantado de nuestra postración... He predicado constantemente
esta posibilidad, sobrenatural y humana, que nuestro Padre Dios pone en las
manos de sus hijos: participar en la Redención operada por Cristo. Me llena de alegría
encontrar esta doctrina en los textos de los Padres de la Iglesia. S. Gregorio
Magno precisa: los cristianos quitan las
serpientes, cuando desarraigan el mal del corazón de los demás con su
exhortación al bien... La imposición de las manos sobre los enfermos para
curarlos, se da cuando se observa que el prójimo se debilita en la práctica del
bien y se le ofrece ayuda de mil maneras, robusteciéndole en virtud del
ejemplo. Estos milagros son tanto más grandes en cuanto que suceden en el campo
espiritual, trayendo la vida no a los cuerpos sino a las almas. También
vosotros, si no os abandonáis, podréis obrar estos prodigios, con la ayuda de
Dios” (Hom in Ev, 29, 4) (S. Josemaría Escrivá).
Pero nuestra experiencia nos dice que hay
personas y ambientes tan impermeables al mensaje cristiano, que parece que
tienen atrofiada la dimensión eterna de la vida y se comportan como aquellos
atenienses que escucharon a S. Pablo: “¿Qué querrá decir este charlatán?;
parece un predicador de divinidades extranjeras” (Hch 17,18). Con todo, hemos
de insistir confiados en que la
Redención se sigue haciendo. Los mismos poderes que Jesús
tenía para sanar los transmitió a su Iglesia. En ocasiones puede parecer que la
realidad de la falta de fe en amplios sectores desmiente esta verdad. No
sabemos en qué medida podemos influir en quienes nos rodean y a dónde va a
parar el buen ejemplo, o qué repercusión tuvo aquel consejo, aquella
advertencia..., pero es evidente que cuando hacemos el bien a nuestro
alrededor, eso nunca es estéril. “Mis elegidos, nunca trabajan en vano” (Is
65,23).
No deberíamos medir la eficacia de nuestros
esfuerzos para que Cristo sea conocido y amado por los frutos inmediatos que
alcanzamos a ver. El influjo del empeño de cada uno, llega más allá del círculo
en que nos movemos: se extiende al mundo entero. Debemos mirar con ojos de fe
la gran obra de la liberación iniciada por Cristo y que, como eficaz medicina,
devolverá la salud perdida a todo el género humano. La fe permite ver el final
de las labores. “He aquí que se acercan los días -dice el Señor-: y el que ara
alcanzará al que siega, y el que pisa las uvas al que siembra; y los montes
destilarán dulzura” (Amós 9,13).
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Domingo
XII del Tiempo Ordinario. Ciclo A
Homilía I:
con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a
cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba
(Jer
20,10-13) "El Señor está conmigo"
(Rm
5,12-15) "Por un hombre entró el pecado en el mundo"
(Mt
10,26-33) "Lo que os digo de noche
decidlo en pleno día"
Homilía I: con textos de homilías
pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía durante la ordenación de nuevos presbíteros (21-VI-1987)
---“Otros
Cristos”
---Apertura
al Espíritu
---Testigos
de Cristo
---”Otros Cristos”
“Si uno se pone de mi parte ante los hombres” (Mt 10,32).
Queridos hijos y hermanos: Vosotros que hoy recibís la ordenación
sacerdotal sois llamados, de manera particular, con la fuerza de estas palabras
de Cristo.
Sois llamados a reconocerlo ante los hombres con toda vuestra
humanidad, con todo vuestro “yo” humano.
Si todos los cristianos están llamados a ello, vosotros lo estáis de
modo especial. Si de cada bautizado el antiguo escrito dice: “Christianus, alter
Christus”, de vosotros de manera particular, se debe decir: “Sacerdos, alter
Christus”.
¿Podría acaso ocurrir de otra manera, si cada uno de vosotros tiene el
derecho y el deber de actuar “in persona Christi”? ¿Si a partir de hoy, día de
vuestra ordenación, cada uno debe servirse de la propia palabra, de la propia
voz, de la propia voluntad para cumplir de manera sacramental, el sacrifico de
Cristo?
Considerad esto una vez más, antes de acercaros a la ordenación.
---Apertura al Espíritu
Decidle a Dios con las palabras de Jeremías en la primera lectura:
“Señor..., tú sondeas lo íntimo del corazón... a ti encomendé mi causa” (Jer
20,12).
Que este momento sea el momento de una particular apertura delante de
Dios, en el cual todo el hombre interior le dice a Él: “Respóndeme, Señor, con
la bondad de tu gracia; por tu gran compasión vuélvete hacia mí. Pero mi
oración se dirige a Ti, Dios mío, el día de tu favor” (Sal 68/69,17.14).
¡Sí! Que este día sea un tiempo de gracia que se extienda a toda la
vida sacerdotal de cada uno de vosotros. Que el “Señor esté a vuestro lado,
como fuerte soldado” (Jer 20,11), ante el cual, toda la debilidad humana, la
limitación, la pecaminosidad, puedan ser transformadas en santidad, en
humildad, en amor, en la potencia del Espíritu.
Volvamos al Cenáculo. Allí inició de hecho el sacerdocio de la Nueva Alianza, unido
al sacrificio de Cristo y enraizado en su sacerdocio.
En el Cenáculo también Cristo habla del Espíritu de la verdad: “El
dará testimonio de mí” (cfr. Jn 15,26-27), dice a los Apóstoles: “Y también
vosotros daréis testimonio de mí” (cfr. Jn 15, 26-27).
---Testigos de Cristo
Estáis llamados a ser testigos de Cristo. El testimonio de los
Apóstoles debe prolongarse, debe actualizarse a través del testimonio de cada
uno de vosotros.
¡Ven, Espíritu Creador!
Para que pueda crear en cada uno de vosotros un espíritu nuevo y un
corazón nuevo.
Para que pueda encender el celo del que habla el Salmista: “El celo de
tu casa me devora” (Sal 68/69,10).
La vida que se abre ante vosotros recibe luz y fuerza sobre todo, de
la elocuencia de estas palabras del Salvador: “Si uno se pone de mi parte ante
los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo” (Mt
10,32).
La Iglesia ruega para que la elocuencia de estas palabras del Salvador
se realice en cada uno de vosotros.
“No les tengáis miedo” (Mt 10,26).
La verdad del Evangelio “decidla en pleno día” (Mt 10,27).
El mensaje de Cristo crucificado y resucitado “predicadlo desde las
azoteas” (Mt 10,28).
“Y no tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el
alma” (Mt 10,28)
El Señor esté con vosotros, con cada uno de vosotros siempre y en
todas partes: ¡os guíe con la potencia de su Espíritu! “para que vayáis y deis
fruto y vuestro fruto dure” (Jer 15,16).
DP-106 1987
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Homilía
II: a
cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba
Como Jeremías (1ª lect.),
los que siguen al Señor probarán la incomprensión, la burla y un rechazo incivil
que puede incluso abocar a la muerte. Frente a esta posibilidad, Jesús repite
tres veces que no tengamos miedo porque está con cada uno para vencer al mal
(3ª lect.). Pero la confesión valiente de nuestra fe, aunque sin aspavientos,
no debe aguardar a que se produzcan estas situaciones límite de persecución
religiosa violenta, sino que debe articularse en los sucesos de cada día en el
hogar; en el ejercicio de la profesión, negándonos con amabilidad pero sin
temor a prácticas que desdicen de un buen cristiano; en los lugares de
diversión y descanso, en las relaciones sociales.
“No tengáis miedo...” La Iglesia, apoyada en ésta y
otras enseñanzas de Jesús, recuerda que existe el Infierno, que es
verdaderamente terrible. Los mártires, que amaban la vida tanto o más que
quienes se apegan a esta existencia terrena, tuvieron muy en cuenta esta
advertencia del Señor. Sabían que la vida eterna es más valiosa que la
temporal. No condenemos al silencio esta severa enseñanza de Jesús que tanto
puede ayudarnos a embridar la concupiscencia de los ojos y de la carne y la
soberbia de la vida ayudándonos a un vivir cristiano coherente.
Una vieja sentencia
cristiana dice: Respice in finem, mira al fin. Y la Escritura aconseja:
“Piensa en los Novísimos y no pecarás” (Eccl 7,40). El fin para los seres
humanos racionales es el Cielo o el Infierno. ¿El Cielo? La visión de Dios cara
a cara por toda una eternidad. Esa visión comportará una felicidad total,
incluso corporal: “Ya no tendrán hambre, ni sed, ni descargará sobre ellos el
sol, ni el bochorno, porque el Cordero que está en medio del solio será su
pastor, y los llevará a fuentes de aguas vivas, y Dios enjugará todas las
lágrimas de sus ojos” (Apoc 7, 16-17). En una palabra, no hay palabras para
describir la inmensa dicha que se apoderará de quienes se vean inmersos en ese
océano infinito de la
Vida Trinitaria de Dios. Lo asegura S. Pablo: “Ni ojo vio, ni
oreja oyó, ni pasó al hombre por pensamiento cuáles cosas tiene Dios preparadas
para aquellos que le aman” (1 Cor 2,9). El Infierno, en cambio, es terrorífico.
“No tengáis miedo”, nos
dice el Señor. En una sociedad en la que se considera una conquista el derecho
y el respeto a la diferencia, aunque ésta sea tantas veces burlada, el
avergonzarse temerosamente de las propias creencias sencillamente porque
difieren de las que tienen las personas que tratamos, no debería tener sentido.
Es más, junto a una lamentable falta de personalidad y libertad, un
comportamiento semejante es sumamente peligroso porque el Señor ha asegurado que
Él también se avergonzará de quien así se conduzca en el día del Juicio delante
de su Padre y de sus ángeles. ¿Qué convicciones, qué libertad y qué concepto de
sí mismo tiene quien no se atreve a vivir y a hablar como piensa?
“La Iglesia católica -dice Juan
Pablo II- no dejará nunca de defender la libertad religiosa y la libertad de
conciencia como derechos fundamentales de la persona, porque cree que no hay
libertad posible ni puede existir verdadero amor fraterno fuera de la
referencia a Dios... Cristo no obligó a nadie a aceptar sus enseñanzas. Las
presentaba a todos sin excepción, dejando que cada uno fuese libre de responder
a su invitación. Éste es el modelo que sus discípulos hemos de seguir... Lejos
de sentirnos obligados a pedir excusas por poner el mensaje de Cristo a
disposición de todos, estamos convencidos de que tenemos derecho y obligación
de hacerlo”.
No escondamos nuestra
condición de cristianos aunque con el Salmo Responsorial de hoy podamos
afirmar: “Por Ti, Señor, he aguantado afrentas”. Enseñaremos así a muchos el
verdadero sentido de los bienes de este mundo, el destino eterno a que toda
criatura está llamada. Realizaremos un servicio colosal a tanta gente que,
narcotizada por el afán desmedido de unos bienes efímeros, corre el peligro de
olvidar aquellos otros que no se acaban, que duran para siempre.
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Natividad de San Juan Bautista (24-VI)
Homilía I:
con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II:
a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba
(Is
49,1-6) "Te hago luz de las naciones"
(Hch
13,22-26) "Viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las
sandalias"